«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: valoración final

Como valoración final, puede decirse que Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque de José Robreño[1] no es una obra que destaque especialmente por sus méritos literarios: su calidad es más bien escasa; desde el punto de vista métrico, se caracteriza por la monotonía de la versificación y, en el plano ideológico, por su didactismo moralizante (nos plantea una interpretación didáctica del personaje y los hechos de don Quijote, una prevención contra los perniciosos efectos de las malas lecturas). Se trata de una obra sin mayores complejidades ni pretensiones, aunque es cierto que su autor, José Robreño, muestra bastante habilidad para sintetizar, engarzar y dar unidad a una serie de aventuras y episodios de la Segunda Parte de la novela cervantina, pues aúna todos los sucesos protagonizados por don Quijote en palacio (que muestran los inconvenientes de la vida cortesana) y todo lo relativo al gobierno insulano de Sancho Panza (con las dificultades y engorros del ejercicio del poder).

Sanch Panza, Gobernador de la Ínsula Barataria

En cualquier caso, más allá de sus valores dramático-literarios, la obra de Robreño resulta un título interesante en tanto en cuanto constituye un eslabón más en la larga y compleja cadena de recreaciones del Quijote, concretamente en el ámbito del teatro y en unos años (1834-1835) de pleno triunfo romántico en España e, igualmente, de destacada actividad cervantina[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: métrica y estilo

En cuanto a la métrica de Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (toda la obra de Robreño, recordemos, está versificada, hasta sumar un total de 2.178 versos), la monotonía es la nota dominante en la obra de Robreño[1]: en el Acto Primero predomina el romance -á o, pero en la parte central se introduce un romancillo de rima para la escena de requerimiento amoroso de Altisidora a don Quijote. En el resto de la pieza, ni siquiera se da esa mínima alternancia: en efecto, todo el Acto Segundo se construye en romance -é o; todo el Acto Tercero es romance -á a; y todo el Acto Cuarto utiliza el romance -í o. No son infrecuentes los casos de versos hipermétricos o hipométricos, así como los descuidos en la consecución de las rimas (los versos de Robreño son bastante ramplones; en algún momento concreto se pueden elevar un tanto, pero no podemos afirmar que «suenen» como los de Zorrilla: eso sería hacerles mucho honor). Encontramos además la presencia de palabras sin valor léxico en posición final de verso para conseguir la rima (por ejemplo, en los vv. 1873 y 2013).

Encuentro de Don Quijote con los Duques de Villahermosa

En otro orden de cosas, se introducen palabras y expresiones coloquiales (patarata, cachaza, zambomba…) y se utilizan tratamientos (el usted) que no se corresponden con los usuales en la época cervantina. Por lo demás, en la obra apenas entra el elemento del ornato retórico y, en definitiva, sus valores estéticos son bastante limitados[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: elementos humorísticos

El humor es un ingrediente importante en Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duqueobra dramática de José Robreño[1], que merece un pequeño comentario aparte. Es portado fundamentalmente por Sancho Panza (sus constantes rifirrafes con la dueña Rodríguez, su cobardía, sus refranes y cuentos[2]…). A la dueña la llama doña González (vv. 103-104), cambiándole el nombre, alude a sus muchos años (vv. 138-144), pone de manifiesto su fealdad al final del Acto Primero…; y la rivalidad sigue después (véanse los vv. 801 y ss.), amontona comentarios jocosos sobre su aborrecimiento a las dueñas (vv. 1006-1007), etc., etc.

En una ocasión, Sancho Panza se queja graciosamente de que son los caballeros, y no sus escuderos, los que se llevan toda la fama de las aventuras (vv. 986 y ss.). Humorísticas son las agudas respuestas del escudero en las tareas que afronta y los casos que resuelve durante su gobierno, y especialmente risible es la frustrada comida del gobernador, con el desfile de platos enfáticamente prohibidos por el médico.

ComidaGobernador

El humor está presente asimismo en los diversos apodos[3] que una enojada Altisidora dirige a Sancho Panza, quien estaría dispuesto a darle su mano si no estuviera ya casado:

… molde de botijo,
gaita gallega sin flautas,
pellejo de poner vino,
sapo hinchado de verano,
de comprador esportillo… (vv. 1848-1852).

En fin, aparte de algún chiste tópico sobre la espera de los judíos (vv. 1757-1758), merece la pena recordar la forma en que Sancho Panza agradece al Duque su oferta del gobierno de la ínsula; cuando el noble le dice que debe ser agradecido, él le responde:

No tenéis que prevenirlo
porque juro serlo tanto,
que estoy deseando os caigáis
de cabeza en un barranco
para echarme yo detrás
solamente por libraros (vv. 591-596)[4].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Ver los relatos de Sancho insertos en los vv. 433 y ss. y en los vv. 515 y ss.

[3] Estas acumulaciones de insultos constituyen una modalidad frecuente de la jocosidad disparatada, compartida por subgéneros como el entremés o la comedia burlesca.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: personajes

En esta pieza dramática, Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque, de José Robreño[1], cada personaje responde, grosso modo, al patrón del modelo serio: don Quijote es el caballero andante, desfacedor de entuertos, enamorado ideal de Dulcinea (personaje meramente aludido, como en la novela), y queda retratado en diversos parlamentos, propios o de otros personajes: «en su cerebro / cabe lo más imposible / de asuntos caballerescos, / y cree lo que no es dable / que suceda ni por sueños» (vv. 660-664), dice el Mayordomo; el Criado 2.º se refiere a él como «el asombro del esfuerzo, / el vencedor no vencido / y piadoso caballero / don Quijote de la Mancha» (vv. 738-741); el propio don Quijote razona así: «… porque un caballero andante, siendo favorable el tiempo, / puede ser señor del mundo» (vv. 860-862); como «Flor de la caballería, / de los osados espejo» (vv. 1146-1147) lo encomia el Duque, etc. En fin, su austeridad de caballero andante se refleja en este parlamento:

QUIJOTE.- Los caballeros, señor,
que profesan, cual profeso,
la andante caballería,
no buscan sitios amenos:
en los más áridos montes,
en los bosques más espesos,
donde es mayor el peligro,
allí deben morar ellos;
ni el calor en el verano,
ni el crudo yelo en invierno,
el hambre, la sed y otros
naturales contratiempos
son para su profesión
atractivos estupendos (vv. 675-688).

Don Quijote en el bosque

Por su parte, Sancho Panza es el escudero bonachón, pragmático y agudo. Si don Quijote se caracteriza lingüísticamente por el uso de la fabla caballeresca, a Sancho le corresponden el estilo jocoso y, especialmente, el empleo de refranes: «Si te quieren, vales algo» (v. 618), «quien no come, no trabaja» (v. 1587, con inversión de la formulación normal), «Bien está San Pedro en Roma» (v. 1680), y otros ejemplos, a veces acumulados en una larga serie:

… que el vientre lleva las piernas,
y gran susto, gran torrezno,
y muera Marta y muere harta,
y manducar es primero:
quien no come no pelea,
y por el pan baila el perro (vv. 695-700).

Sarta que desata el comentario airado de don Quiote: «Sancho, basta de refranes, / que eres pesado en extremo» (vv. 701-702).

El censo de personajes alcanza una cifra de 9 con una intervención destacada y otros 13 que quedan en un plano secundario. Los Duques, Altisidora, el Mayordomo, etc. tienen una caracterización típica, pudiendo decirse que, en líneas generales, se comportan y hablan como en el modelo cervantino[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: resumen de la acción (actos III y IV)

El Acto Tercero de Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque, de José Robreño[1], empieza con las ceremonias con las que Sancho Panza accede al gobierno de la ínsula: lavado de manos, corte de uñas y respuesta favorable al enigma del puente donde ahorcan al que miente al pasar. Luego se escenifica el engaño del hombre que había recibido en préstamo diez escudos y jura que los ha devuelto a su acreedor (encerrados en el hueco de un báculo). Llega una carta del Duque avisando de que quieren asaltar la ínsula y matar al gobernador. Sancho Panza resuelve a continuación el caso de la mujer supuestamente violentada por el ganadero. Los comentarios del Mayordomo a cada uno de estos casos resueltos satisfactoriamente van poniendo de manifiesto la agudeza y el genio despierto de Sancho. Sigue la comida del gobernador, frustrada por el doctor cada vez que intenta tocar alguno de los suculentos manjares.

Sancho Panza y Pedro Recio

En fin, se finge el asalto de los supuestos enemigos: Sancho Panza sale victorioso, pero abrumado y dolorido, elogia a su burro y la vida de antes y anuncia que deja el gobierno, pese a la visita de una comisión que le pide que siga.

Sancho Panza defiende la Ínsula Barataria

Al comienzo del Acto Cuarto, Sancho Panza conversa con la Duquesa acerca del gobierno y don Quijote promete darle un condado. Después, el manchego anuncia su partida del palacio, alegando que un caballero andante como él hace falta en el mundo para resolver injusticias. Sale entonces Altisidora llorando nuevamente el desamor de don Quijote, quien sigue proclamando su fidelidad constante a Dulcinea. Sancho Panza se ofrece para casar con ella, lo que suscita una enojada respuesta de la doncella.

Un criado anuncia la llegada del Caballero de la Blanca Luna, y el Duque cree que será alguna nueva burla no controlada por él. El relato que hace Sansón Carrasco —y el desenlace que sigue— constituye la parte más original de la obra de Robreño: enamorado de su dama doña Liria, quiere combatir con el famoso caballero don Quijote. Riñen, en efecto, y don Quijote queda vencido. La condición impuesta es que pase dos años en su casa (se adelanta, pues, lo que en la novela sucede en Barcelona). Sansón Carrasco explica a todos quién es él en realidad y los motivos que guían su comportamiento, y el Duque se lamenta de que, de esta forma, hayan acabado tan pronto las risas a costa del loco caballero. Un decaído don Quijote se dirige a su amada Dulcinea para lamentar la falta de su brazo en el mundo para amparar doncellas y desfacer entuertos, y la obra se cierra con el ultílogo didáctico mencionado en una entraada anterior[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: resumen de la acción (actos I y II)

Voy a resumir con cierto detalle la acción de esta pieza dramática de José Robreño, Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque[1], dado que no es una obra demasiado conocida y (al menos hasta donde se me alcanza) no cuenta con bibliografía específica. Externamente, se divide en cuatro actos que, como ya apunté en una entrada anterior, sintetizan las principales aventuras del palacio ducal, calificadas al interior del texto como «este enjambre de embelecos» (v. 668). Y todo ello para lograr la risa desenfadada de los Duques, como ponen de manifiesto estas réplicas cambiadas entre ambos en el momento en que los criados soplan con unos fuelles a don Quijote y Sancho (en la aventura del vuelo mágico de Clavileño):

DUQUE.- Duquesa, yo de la risa
estoy casi que reviento.

DUQUESA.- No es extraño, pues a mí
me a va suceder lo mesmo (vv. 1112-1115).

Véase además el tenor de las palabras del Duque a Sansón Carrasco, con las que se lamenta de que se le acabe la diversión, una vez que ha derrotado a don Quijote:

Vaya usted con Dios. Me pesa
que haya atajado tan pronto
de mi huésped las proezas,
pues con sus locuras daba
margen a la Europa entera
para admirarse y reírse (vv. 2116-2121).

Como en el modelo cervantino, como en tantas otras recreaciones literarias, don Quijote causa admiración y risa a quienes lo conocen y contemplan.

La acción de la obra comienza in medias res, cuando el Mayordomo anuncia a Altisidora y al grupo de criados y criadas la intención del Duque de burlarse de don Quijote, pero sin propasarse:

… porque es loco, aunque en efecto
tiene ciertos intervalos
que pudiera competir
con el más profundo sabio;
sólo los malditos libros
a que ha sido aficionado
de caballería andante
los sesos le trastornaron (vv. 3-10).

Altisidora ha frecuentado también esos mismos libros de caballerías y entiende de «asuntos caballerescos»; además sabe los sucesos de don Quijote porque leyó la Primera Parte de su historia, así que ella guiará a las demás doncellas en la farsa. El Mayordomo insiste en el tono de moderación en que deben mantenerse las bromas: «Te encargo / no le hagas alguna burla / que se incomoden los amos» (vv. 50-52).

Luego, el Duque y la Duquesa, con todos sus criados, dan la bienvenida a don Quijote y le ponen un manto escarlata. Saludan «al valiente, al fuerte, al bravo / caballero sin igual / y nunca bien ponderado / don Quijote de la Mancha» (vv. 66-69). Sancho Panza, sorprendido de que agasajen a su amo, pide a doña Rodríguez que acomode y atienda al rucio. Saltan ya las primeras chispas de la fricción entre Sancho Panza y la vieja dueña, y don Quijote reprende a su escudero por usar un estilo bajo en el palacio.

Sigue una escena en la que Altisidora requiebra y solicita de amores a don Quijote, quien a su vez recuerda la fidelidad de su amor a Dulcinea. La muchacha lo maldice por su desdén y se desmaya. Es esta una escena resaltada por la métrica —caso único en toda la obra—, pues se desarrolla en un vivaz romancillo de rima aguda en . Después, el criado Ramírez, al verlos en una actitud equívoca, cree que don Quijote está seduciendo a Altisidora y ofendiendo así a los Duques. Pero don Quijote no está dispuesto a reñir con un criado e indica que lo hará en su nombre Sancho Panza; este se niega (se producen aquí algunos momentos de humor, a propósito de su cobardía) alegando que él solo sabe mandar (incluye en su justificación un largo relato intercalado). El Duque media en la pelea entre don Quijote y el criado de palacio y le ofrece a Sancho Panza el gobierno de una ínsula. Sancho cuenta entonces otro cuento, tras lo cual el Duque reitera el ofrecimiento de una ínsula que tiene «de nones».

En la parte final del Acto Primero, el Duque invita a comer a don Quijote. Por su parte, la dueña Rodríguez cambia de opinión respecto a Sancho Panza al ver que va a ser gobernador y ahora se muestra interesada por él, pero este la rechaza por vieja (con esta escena humorística se remata el acto).

Don Quijote en el palacio de los Duques

En el Acto Segundo, la conversación inicial entre el Mayordomo y Altisidora evoca la aventura —no mostrada en escena— del lavatorio de barbas. El Mayordomo felicita a Altisidora porque su «traza e ingenio» han logrado «alucinar» al «andante caballero». Entran después unos enlutados, encabezados por el Criado 2.º, que hace de Trifaldín de la Blanca Barba y anuncia la llegada de la Condesa Trifaldi, «llamada del Desconsuelo / o la Dueña Dolorida». Sigue, mientras tanto, la humorística rivalidad de Sancho Panza con doña Rodríguez, que andan una vez más a la greña.

Llega entonces Joaquina, que representa el papel de Dueña Dolorida, y relata su historia y la de sus damas barbadas (castigo del gigante Malambruno). Después traen a Clavileño, suben a su lomo don Quijote y Sancho y se escenifica el falso vuelo y la caída final en medio de ruidos y estallido de cohetes, todo de forma similar a como se narra en la novela cervantina. El acto se cierra con el anuncio del gobierno de la ínsula Barataria por parte de Sancho[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: intención didáctica

La pieza de José Robreño Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque[1] no es, en esencia, demasiado original. Dramatiza hábilmente las principales aventuras de don Quijote y Sancho Panza en el palacio ducal, incluyendo la aventura de la gobernación de la ínsula Barataria (pero dejando de lado todo lo relativo a la aparición del mago Merlín y el desencanto de Dulcinea): así, el Acto Primero recoge el recibimiento a don Quijote en la corte de los Duques y los pretendidos amores de Altisidora; el Acto Segundo incluye lo tocante a la dueña Dolorida y la aventura de Clavileño; el Acto Tercero se centra en el gobierno de la ínsula Barataria por parte de Sancho; en fin, el Acto Cuarto presenta la derrota de don Quijote ante Sansón Carrasco (esto sí es un aspecto novedoso de Robreño, pues adelanta y trae al palacio ducal el desenlace final que en la novela ocurre en la playa de Barcelona). Al autor le guía sobre todo una intención didáctica, que queda de manifiesto en los últimos versos de la obra, puestos en boca de la Duquesa:

Y este ejemplo nos demuestra
los daños que las lecturas
siendo malas acarrean,
y aunque por distinto estilo,
no faltan en todas eras
Quijotes que por el mundo
buscan aventuras necias
olvidando lo sagrado
de su casa y de su hacienda (vv. 2170-2178).

Ese didactismo también asoma al final del Acto Tercero, cuando Sancho Panza renuncia sabiamente a su gobierno, y la jornada se remata con estas palabras suyas:

… otra cosa fuera el mundo
si todos se contentaran
con su suerte, y a ser hombres
los borricos no aspiraran (vv. 1724-1727).

Sancho Panza en la Ínsula Barataria

La obra presenta en estos momentos cierto tono de fábula moralizante a la manera neoclásica. Y es que, más allá de las aventuras cervantinas que se dramatizan, lo que subyace en el fondo es ese afán didáctico que, por otra parte, no se evidencia en una crítica o una sátira más concretas: sencillamente, don Quijote es el ejemplo palmario de las nefastas consecuencias que traen las malas lecturas y los comportamientos locos y extravagantes; la enseñanza se centra en la necesidad de recortar las alas de la imaginación y la fantasía, que, en dosis excesivas, pueden resultar perniciosas[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» (1834-1835), obra dramática de José Robreño

Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del duque, de José RobreñoEl domingo 7 de septiembre de 1834, en plena eclosión del movimiento romántico español —novela histórica y drama histórico, sobre todo— se estrenaba en Barcelona la pieza que hoy comento, con el título El famoso caballero andante don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza. Se imprimió al año siguiente (1835) con diferente título, Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño (Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835)[1].

Los años de estreno y publicación (1834-1835) de la obra de Robreño —autor del que no se conocen demasiados datos[2]— coinciden también con un momento de efervescencia cervantina: a finales de 1832, concretamente el 24 de diciembre, se había estrenado en el Teatro del Príncipe la comedia Don Quijote de la Mancha en Sierra Morena, de Ventura de la Vega[3]; en 1835 se inauguraría el monumento a Cervantes de Antonio Solá frente al Congreso de los Diputados; entre 1833 y 1839 aparecieron los seis volúmenes de la edición del Quijote de Clemencín, etc. Los años concretos de 1834 y 1835 son, por otra parte, los del triunfo pleno del Romanticismo español[4], especialmente en los dos subgéneros del drama histórico y la novela histórica (La conjuración de Venecia, Macías, Don Álvaro o La fuerza del sino…; El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña…).

No voy a detenerme en detalles sobre la recepción que tuvo el Quijote en el siglo XIX y, más concretamente, en el Romanticismo. Hay numerosos e importantes estudios que abordan esta cuestión[5], así que me limitaré ahora a transcribir una cita de Leonardo Romero Tobar que resume a grandes trazos la importancia de esa recepción decimonónica y romántica:

La estimulante fecundidad de la historia de don Quijote como nudo de inextinguible comunicación literaria, vivió un momento singularmente feliz en el siglo XIX. Muchas circunstancias —literarias unas, extra-literarias otras— contribuyeron a ello, si bien no fue la menos significativa la nueva idea de la actividad artística que aportó a la cultura occidental el gran movimiento que conocemos bajo el nombre de Romanticismo. Lejos de presagiar un vacuo postmodernismo, el conglomerado de intuiciones originales y teorización sistemática en que se asentaba este complejo fenómeno enriqueció sustantivamente y reorientó de forma radical las lecturas que se habían hecho de la novela cervantina hasta finales del siglo XVIII[6].


[1] Ver Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro, Barcelona, Editorial Milla, 1947, p. 54, núm. 59. Para las recreaciones teatrales (y literarias, en general) de la novela cervantina, pueden consultarse también los trabajos de Agapita Jurado Santos, Obras teatrales derivadas de las novelas cervantinas (siglo XVII). Para una bibliografía, Kassel, Edition Reichenberger, 2005; Gregory Gough La Grone, The Imitations of «Don Quixote» in the Spanish Drama, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1937 (tesis doctoral, Publications of the Series in Romanic Languages and Literatures, 27); y Santiago A. López Navia, Inspiración y pretexto. Estudios sobre las recreaciones del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005. Respecto a la obra de Robreño, he manejado la edición original de 1835, pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

[2] Escribió también El expatriado en su patria. Pieza bilingüe en un acto, Barcelona, en la imprenta de B. Espona, 1833. Fue además actor, y pasó a América, donde representó con la compañía de Armenta y Robreño.

[3] El autor la volvió a representar y a publicar, con cambios importantes, en 1861, bajo el título abreviado de Don Quijote de la Mancha. Ver el estudio y edición a cargo de Mariela Insúa Cereceda en Ignacio Arellano (coord.), Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor, 2007.

[4] Ver Edgar Allison Peers, Historia del movimiento romántico español, trad. del inglés por José María Gimeno, Madrid, Gredos, 1954, 2 vols.

[5] Ver, entre otros muchos, los trabajos de Anthony Close, The Romantic Approach to Don Quijote, Cambridge, Cambridge University Press, 1978 (hay trad. castellana de Gonzalo G. Djembé, La concepción romántica del «Quijote», Barcelona, Crítica, 2005); José Montero Reguera, «Aproximación al Quijote decimonónico», en Lectures d’une œuvre. Don Quichotte de Cervantes, ed. de Jean-Pierre Sanchez, Paris, Éditions du Temps, 2001, pp. 11-24; Carlos Reyero (ed.), Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid, Comunidad de Madrid, 1997; o Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, núms. 98-99, julio-agosto de 1989, pp. 116-119, y «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional, 2005, pp. 117-136.

[6] Leonardo Romero Tobar, «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional, p. 119. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

La recepción del «Quijote» en el siglo XX

Vida de don Quijote y Sancho, de UnamunoSi pasamos ahora al siglo XX, debemos recordar que algunas aportaciones fundamentales se producen con motivo del III Centenario, en 1905, de la publicación de la Primera Parte del Quijote[1]. En ese año se publican la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y La ruta de don Quijote de Azorín. La primera de esas obras es una recreación mítica de la novela cervantina, centrada en el drama vital de los personajes de don Quijote y Sancho. De acuerdo con la interpretación unamuniana, las novelas intercaladas y otros aspectos formales del Quijote quedan relegados a un plano muy secundario, y se da toda la importancia a la problemática existencial de los protagonistas. Para Unamuno, Cervantes es un creador inconsciente de la trascendencia de su creatura: para él, don Quijote, el personaje, está por sobre Miguel de Cervantes, el escritor. Por lo que toca a Azorín, de acuerdo con su práctica habitual de establecer una aproximación cercana a los clásicos (y frente a la tendencia a trabajar en abstracto de los críticos cervantinos), va a centrar su mirada en las gentes y en las tierras de la Mancha, en sus paisajes y costumbres, porque para él el Quijote es «un libro de realidad». También el máximo poeta del Modernismo, el nicaragüense Rubén Darío, se interesó, por esas mismas fechas, en Cervantes y don Quijote, dedicándoles algunas composiciones poéticas, ensayos y narraciones, entre las que cabe destacar su magistral «Letanía de nuestro señor don Quijote»[2], publicada en Cantos de vida y esperanza (1905).

Meditaciones del Quijote, de Ortega y GassetEn la década siguiente, encontramos otro aporte fundamental: las Meditaciones del «Quijote» (1914) de José Ortega y Gasset, libro en el que, de acuerdo con su filosofía racio-vitalista, interpreta al personaje como un símbolo del hombre que tiene un proyecto vital y lucha por hacerlo realidad. Una década después se suma otro título señero en la historia de la recepción del Quijote: nos referimos a la obra de Américo Castro El pensamiento de Cervantes (1925), que marca una ruptura frente a la crítica anterior. Para Castro, Cervantes estaba familiarizado con las poéticas del Renacimiento y el tema central del Quijote es la polémica relación entre historia y poesía. Señala además que el pensamiento de Cervantes es unitario, un sistema coherente que se va conformando en todas sus obras, en el que el aspecto artístico y la expresión de una ideología van de la mano. En cualquier caso, ese pensamiento es difícil de aprehender porque se expresa de una forma ambigua, tamizada por la ironía y el perspectivismo. Décadas después, con Hacia Cervantes (1957) y Cervantes y los casticismos españoles (1966), Castro modifica las ideas expuestas en 1925 y plantea su teoría del Quijote como manifestación cimera del sistema de valores de los judeoconversos españoles.

Al año siguiente, 1926, se añaden otros dos trabajos significativos: la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga y Don Quijote, don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Desde ese momento, las líneas de interpretación se multiplican y diversifican y, de acuerdo con Close[3], podríamos resumirlas —muy esquemáticamente— en las siguientes tendencias: 1) perspectivismo (Spitzer, Riley, Mia Gerhard); 2) existencialismo (Castro, Gilman, Durán, Rosales); 3) narratología o socio-antropología (Redondo, Joly, Moner, Segre); 4) estilística (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero, Rosenblat); 5) inventario de fuentes del pensamiento (Bataillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Maravall); 6) oposición al impulso modernizante de Castro (Auerbach, Parker, Green, Riquer, Russell, Close). Hay además otras corrientes críticas que derivan de tradiciones antiguas: 7) actitud ante la tradición caballeresca (Murillo, Williamson, Eisenberg); 8) estudio de errores (Stagg, Flores); 9) lengua y estilo (Amado Alonso, Rosenblat); 10) biografía de Cervantes (McKendrick, Canavaggio); 11) estudios del género novela (Riley, estructuralismo, postmodernismo)[4].

En definitiva, cada época, cada generación, cada corriente crítica y filosófica ha leído e interpretado el Quijote de forma diferente, proyectando sobre él sus preocupaciones y problemáticas. Sobre la novela cervantina se han acumulado multitud de interpretaciones literarias, ideológicas, simbólicas, estéticas, etc., aunque todas esas interpretaciones se podrían sintetizar en dos grandes líneas: la que incide en los aspectos serios (el Quijote como libro profundo, con un gran contenido ideológico, etc.) y la que se centra en los aspectos cómicos (el Quijote como libro de entretenimiento, lleno de burlas y gracias del lenguaje). Todo este crisol de interpretaciones constituye una prueba palpable de la riqueza de una obra con inmensas potencialidades, de un clásico, en suma, que sigue y seguirá dando lugar a inagotables acercamientos críticos.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Comienza con esta estrofa: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / con la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

[3] Anthony Close, «Interpretaciones del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, vol. I, pp. CLX-CLXIV.

[4] Ver Close, «Interpretaciones del Quijote», pp. CXLII-CLXV.

La recepción del «Quijote» en los siglos XVIII y XIX

En el siglo XVIII, la recepción de la novela cervantina se centra sobre todo en el aspecto satírico[1]. Para los eruditos españoles de esa centuria, el Quijote constituye una sátira moralizante que sigue la premisa horaciana del delectare aut prodesse. Como indica Aguilar Piñal, el acento no está puesto

en la genialidad de la ficción novelesca, ni en las implicaciones psicológicas de los personajes, cuanto en la utilidad que para la nueva sociedad que se quiere construir presenta el aspecto satírico del Quijote. Así, paradójicamente, el siglo antinovelesco exalta hasta límites de veneración la genial novela que destruye la inverosímil, mágica e irracional novela de caballerías[2].

Por ello, la lectura ilustrada se ciñe a la idea de un «quijotismo positivo» que alaba la destrucción del pernicioso género caballeresco por parte de Cervantes. De este modo, don Quijote sigue siendo visto como un personaje ridículo y risible, que sirve de vehículo para ejemplificar el daño que puede provocar la lectura de este tipo de ficciones. Asimismo, el Quijote inspira una serie de comentarios y continuaciones que no se quedan únicamente en la sátira de la novela de caballerías sino que se abren a la crítica de la sociedad y de las costumbres. Como señala Álvarez Barrientos, esta actitud crítica podrá apoyar ideologías diversas e incluso contrapuestas:

Los hombres del siglo XVIII se sirvieron de su modelo para criticar todo aquello que les parecía censurable. Este es el motivo por el que podemos encontrar a Don Quijote respaldando críticas de ideologías distintas. Don Quijote es un medio del que se sirven unos y otros para censurar la realidad, dando origen, así, a la ausencia de uniformidad ideológica en la crítica[3].

Don Quijote de la ManchuelaComo he indicado, el Quijote no solo motiva opiniones por parte de los autores ilustrados, sino que también inspira la producción de textos literarios que continúan las aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero en distintas circunstancias o que relatan historias de personajes que tienen rasgos quijotescos, como por ejemplo las novelas Don Quijote de la Manchuela (1767) de Donato de Arenzana (publicada con el seudónimo de Cristóbal Anzarena) o Don Quijote en la Cantabria (1782) de Alonso Ribero y Larrea y, en el terreno del teatro, Las bodas de Camacho el rico (1784) de Juan Meléndez Valdés, entre otras muchas piezas[4]. Se estudia más científicamente la biografía de Cervantes (Mayans y Siscar escribe su Vida de Miguel de Cervantes Saavedra y Vicente de los Ríos un Análisis del «Quijote») y se convierte en autor canónico, pasando el Quijote a formar parte de los programas de enseñanza. A finales del siglo XVIII la percepción del personaje de don Quijote comienza a cambiar: pasa a ser considerado como un hombre virtuoso y ejemplar en muchos aspectos. Recordemos lo que planteaba Caldalso en sus Cartas marruecas al decir que en el trasfondo del Quijote hay «un conjunto de materias profundas e importantes». Este cambio significa un avance hacia lo que será la interpretación romántica.

Asimismo, fuera de España, el Quijote cobra entonces mayor renombre y es leído en las numerosas ediciones aparecidas fundamentalmente en Inglaterra y Francia. La obra va a influir en la gestación de la gran narrativa inglesa, a través de autores tan importantes como Fielding (Joseph Andrews y Tom Jones), Sterne (Tristam Shandy), Lennox (The Female Quixote), etc. Igualmente dejará su huella en novelistas franceses como Lesage, Marivaux y Florian.

Portada de la edición del Quijote por Diego ClemencínYa en el siglo XIX[5], uno de los hitos que debemos mencionar es la edición del Quijote de Diego Clemencín (1833-1839), quien anota exhaustivamente, con rigurosa erudición, todos los aspectos relacionados con las novelas de caballerías, al tiempo que manifiesta todos los reparos neoclásicos frente a la obra, a la que critica por ir contra la pureza de la lengua (insiste en las continuas incorrecciones gramaticales y estilísticas de Cervantes) y por no respetar las reglas del arte. Merece la pena recordar también la romántica empresa de Juan Eugenio Hartzenbusch y Manuel Rivadeneyra, quienes instalaron una imprenta en la cueva de Medrano de Argamasilla de Alba para preparar una edición de las Obras completas de Cervantes, en el mismo lugar donde suponían que había estado preso el escritor y donde habría sido pergeñado el Quijote. En Europa, el Romanticismo alemán (Schegel, Schelling, Tieck, Richter…) tomó el Quijote como modelo y cima ideal del género novela. Además de valorarse cuestiones narrativas y estilísticas, en el aspecto ideológico se empieza a fraguar la lectura simbólica de don Quijote como un héroe universal que encarna la escisión del hombre entre espíritu y materia. Así pues, poco a poco la obra se va cargando de valores serios y cada vez más profundos.

El siglo XIX va a insistir, igualmente, en el carácter histórico-nacionalista de la novela. Desde mediados del XVII pesaba sobre el autor del Quijote la acusación de antipatriotismo, al considerarse que había acabado no solo con las novelas de caballerías, sino además con el espíritu caballeresco español. En cambio, en un momento en el que en España se da una idealización romántica de la caballería medieval, saldrán en su defensa escritores y eruditos como Agustín Durán y, algunas décadas después, Juan Valera, Marcelino Menéndez Pelayo o Ramón Menéndez Pidal. Con la interpretación de los autores que están a caballo de los siglos XIX y XX, el Quijote se va a convertir en el paradigma del tradicionalismo de la cultura castellana, y sobre su trascendencia reflexionarán con frecuencia los noventayochistas, los regeneracionistas y los novecentistas, cuando aborden en sus obras el problema de España, cuya gravedad se ve acentuada a raíz del Desastre de 1898 (derrota militar, pérdida de los últimos restos del imperio colonial…). En don Quijote verán encarnado el espíritu nacional, la quintaesencia de la vieja España.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Francisco Aguilar Piñal, «Cervantes en el siglo XVIII», Anales cervantinos, XXI, 1983, p. 161.

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, «Sobre la institucionalización de la literatura: Cervantes y la novela en las historias literarias del siglo XVIII», Anales cervantinos, XXV-XXVI, 1987-1988, pp. 47-48.

[4] Para referencias sobre esta materia, remito al ya citado trabajo de Aguilar Piñal «Cervantes en el siglo XVIII».

[5] Para más detalles, ver Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, 98-99, julio-agosto 1989, pp. 116-119.