«Nace el alba María, / y el Sol tras ella», villancico de Lope de Vega

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para este día de Nochebuena un villancico del Fénix, perteneciente a Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog en años anteriores; ver, por ejemplo, «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», o «Campanitas de Belén»). Explica su editor moderno, Antonio Carreño:

Canta este villancico Palmira, que con Aminadab mueve el discurso narrativo de esta novela pastoril a lo divino. El drama de la redención está alegóricamente aprisionado en este villancico: María es concebida por una gran luz que penetra su vientre; se anuncia la epifanía y el destierro alegórico de la noche ante la figura mesiánica del que va a nacer: Cristo[1].

Y en nota a los vv. 1-2 añade:

En términos lumínicos y cósmicos se establece la alegoría del nacimiento de María (Alba) y con ella la promesa de Cristo (Sol), que al nacer desterrará el pecado de nuestras vidas, idea que refuerza el estribillo (vv. 3-4, 11-12, 19-20 y 27-28).

Natividad

Como tantas otras composiciones de temática navideña de Lope de Vega, este villancico tiene toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

Nace el alba María,
y el Sol tras ella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Nace el Alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz como Aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas[2].


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 606.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 19. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 295, pp. 606-607 (modifico la puntuación del v. 24).

«De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», villancico de Lope de Vega

 

El Niño Dios ha nacido en Belén,
¡aleluya, aleluya!
Quiere nacer en nosotros también,
¡aleluya, aleluya!

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para el feliz día de la Natividad del Señor este otro villancico del Fénix, perteneciente también a Pastores de Belén[1]. Comenta su editor moderno, Antonio Carreño, que «Cristo es el nuevo Sol, el centro por analogía del nuevo mundo que va a regir con su llegada (vv. 13-14)». Y añade después en su anotación:

Nótese el conceptismo sacro: el sol se rinde a los pies de la Virgen (de la Estrella) como señal de adoración, pues esta porta en sus brazos al otro Sol mayor. La iconografía sagrada presenta numerosos ejemplos de tal representación[2].

Natividad

Este es el texto completo del villancico, que tiene (¡es de Lope!) toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

De una Virgen hermosa
celos tiene el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

Cuando del Oriente
salió el sol dorado,
y otro sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la Estrella[3]
su lumbre adoró,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

«Hermosa María»,
dice el sol vencido,
«de vos ha nacido
el Sol que podía
dar al mundo el día
que ha deseado».
Esto dijo humillado
a María el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor[4].


[1] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fols. 193v-194r.

[2] Antonio Carreño, en su ed. de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610, nota a los vv. 10-11.

[3] Se trata de un heptasílabo en un contexto de hexasílabos, lo mismo que el v. 21, «Esto dijo humillado».

[4] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610.

«Campanitas de Belén», villancico de Lope de Vega

Venid, que es hoy Nochebuena.
Venid, que es hoy Navidad…

Vaya para la noche de Nochebuena este precioso villancico de Lope de Vega, inserto en Pastores de Belén. Los humildes pastores han recibido la embajada angelical que les anuncia el nacimiento del Salvador, y ellos se preparan para acudir a adorarlo: «—Vamos a ver la inmensa maravilla que Dios ha usado con nosotros: pasemos hasta Belén y gocemos desta gloria que por tan altos y fidedinos embajadores nos ha sido prometida». Tras lo cual, añade el narrador:

No se les olvidaron algunos dones y presentes, aunque humildes (puesto que de los corazones y voluntades es el mejor para quien hizo todas las cosas criadas que estima el hombre), y con varios y dulces instrumentos comenzaron a regocijar la divina mañana de aquel venturoso día, de tal suerte que los demás vaqueros y pastores de aquellas cabañas se les iban juntando por el camino, y todos cantando ansí.

Nacimiento

Este es el texto del villancico que entonan:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el Cielo,
y en la tierra tocan a paz.
En Belén tocan al Alba
casi al primer arrebol
porque de ella sale el Sol,
que de la noche nos salva.
Si las aves hacen salva
al Alba del Sol que ven,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Este Sol se hiela y arde
de amor y frío en su Oriente,
para que la humana gente
el Cielo sereno aguarde,
y aunque dicen que una tarde
se pondrá en Jerusalén,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre[1].


[1] Pastores de Belén, prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612. Cito por la edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo (pp. 179-180), disponible aquí. Desarrollo los versos del estribillo.

Muere Carlos Félix, hijo predilecto de Lope

A principios de 1612 la salud del Fénix flaquea y, además, sufre una caída[1]. Declara en el proceso de beatificación de san Isidro Labrador. Su esposa Juana malpare un hijo y marcha a Toledo a reponerse. En abril de ese año el duque de Sessa ya estaba de regreso en Madrid, y las cartas que Lope le dirige dan viva cuenta de su vida familiar. Así, sabemos que en el verano de ese mismo año está enfermo con calenturas, y lo mismo su hijo Carlos Félix:

Su criado de Vuestra Excelencia, Carlitos, está con tercianas dobles, muy trabajoso; no come nada; si allá hay alguna jalea, mande Vuestra Excelencia a Bermúdez que la envíe.

Y en otra:

La salud de Carlos deseo, porque tenga Vuestra Excelencia otro Lope de Vega que le quiera como yo, aunque le sea de tan poco provecho como su padre.

Dedica a este hijo amado Los pastores de Belén (1612).

Pastores de Belén, de Lope de Vega

El 27 de abril data el manuscrito de El bastardo Mudarra. En el verano o el otoño de ese año moriría Carlitos, enfermo otra vez de calenturas, lo que deja inundado de tristeza al Fénix, cuyo dolor paternal se hace explícito en su entrañable elegía A la muerte de Carlos Félix:

Este de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, ¡oh, Rey eterno!,
ofrezco humildemente a vuestras aras;
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno,
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

[…]

Y vos, dichoso niño, que en siete años
que tuvistes de vida, no tuvistes
con vuestro padre inobediencia alguna,
corred con vuestro ejemplo mis engaños,
serenad mis paternos ojos tristes,
pues ya sois sol donde pisáis la luna;
de la primera cuna
a la postrera cama
no distes sola un hora
de disgusto, y agora
parece que le dais, si así se llama
lo que es pena y dolor de parte nuestra,
pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra.

[…]

Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío,
cuando marchitas las doradas venas,
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra, aunque traspuesto al cielo.

[…]

Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,
que hasta el sueño fastidia,
sin que la fiera envidia
de la virtud a los umbrales duerma,
del tiempo triunfaréis, porque no alcanza
donde cierran la puerta a la esperanza!

[…]

Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena
que no quedáis adonde todo es pena.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.