Clasificación de la novela histórica romántica española según su forma de publicación

Conviene aclarar ahora la relación existente entre novela histórica, novela por entregas y folletín; a veces aparecen juntos estos tres términos como si tratara de tres tipos distintos de novela parangonables a un mismo nivel, pero no es así: la novela histórica es un tipo dentro del género narrativo, según una división hecha con un criterio que podríamos denominar «temático»; así, existen novelas históricas, sentimentales, sociales, educativas, etc. En cambio, la entrega y el folletín son dos procedimientos de publicación de la novela, que de esta forma no aparece en forma de libro. O sea, que una novela, histórica o no, puede aparecer en volumen, por entregas o como folletín en las páginas de un periódico o revista. Y, por otra parte, las entregas o el folletín pueden corresponder a una novela de cualquier tipo, histórica o no.

Otra cosa distinta es que muchas novelas históricas se publicaran desde los años 40 por entregas o en el folletín de distintas publicaciones periódicas; o, dicho de otra forma, que la entrega y el folletín se nutrieran casi exclusivamente de novelas de tema histórico. Está claro, por tanto, que existe una estrecha vinculación entre novela histórica, novela por entregas y folletín, pero eso no permite hacer sinónimos esos tres conceptos, pues resulta evidente también que corresponden a dos criterios de clasificación distintos.

Una vez hecha esta aclaración terminológica, me referiré brevemente a cada uno de los tipos de novela histórica según su forma de publicación. Veamos:

1) Novela en volumen[1]

En principio, siguen siendo válidas las indicaciones que hicimos al hablar del público lector y de la industria editorial en el primer tercio del siglo: el libro es un objeto caro, casi un artículo de lujo, al que no todas las clases sociales pueden acceder[2]. Por término medio, un tomo de doscientas páginas venía a costar seis reales; el precio subía a los ocho reales si el número de páginas se acercaba a las trescientas. Hemos de pensar que muchas novelas históricas se publicaron en varios tomos, con lo que el precio total podía ser de treinta o cuarenta reales, una cifra muy elevada. Además, en provincias el tomo costaba uno o dos reales más que en Madrid. Aparte, claro, de que encuadernado o en rústica costaba un real o dos más, lo mismo que si incluía ilustraciones.

La novela histórica se publicó primero en colecciones, por el procedimiento de la suscripción, que abarataba en un real o dos el precio de cada tomo (normalmente eran libros en 8.º o en 16.º, aunque no faltan algunos en 32.º). Casi todas las colecciones pasarían a ser colecciones de novelas históricas en exclusiva desde los años 30; las más importantes fueron la de Cabrerizo en Valencia (1818-1856)[3], la de Bergnes en Barcelona (1831-1833, con una segunda serie en 1832-1834)[4] y, sobre todo, la Colección de Novelas Históricas Originales Españolas, de Repullés y Delgado, en Madrid. Otros editores de novela histórica que hay que mencionar son Jordán y Mellado en Madrid, Oliva y Oliveres en Barcelona y Mompié y Ortega en Valencia. Como vemos, estas tres ciudades siguen siendo los centros de edición y distribución de novela en España.

Por lo que respecta al público lector de novela histórica, de nuevo hay que señalar que coincide con el de la novela en general[5]. Entre 1830 y 1845, son todavía unos núcleos reducidos[6], concentrados en las ciudades, de burgueses, aristócratas y clérigos, quizá también de comerciantes y de algunos artesanos; es además un público formado en buena medida por mujeres y jóvenes. En principio, se podía buscar en esta novela simplemente un afán de evasión; pero hay que tener en cuenta que la novela histórica fue politizada muy pronto, con lo que los lectores hubieron de sentirse identificados con la problemática expuesta, de un sentido o de otro. Sea como sea, la novela histórica constituye la principal tendencia, casi la única, de la novela española durante el Romanticismo; de ahí que fuera en este subgénero narrativo donde se educó para la novela un grupo de lectores relativamente considerable[7].

2) Novela por entregas[8]

Con el triunfo de este procedimiento editorial[9], solo posible cuando la industria de este sector alcanzó un alto grado de desarrollo, la creación literaria pasa a convertirse en un negocio: la entrega es a la vez novela, de muy poca calidad, y mercancía de consumo. Estamos entrando en el mundo de la paraliteratura. La entrega no crea una nueva novela, sino que explota la novela ya existente, fundamentalmente la histórica, degradándola cada vez más[10].

La novela por entregas se vende por suscripción, lo que supone muy poco riesgo para el editor, que no lanzará la novela si no alcanza un número determinado de suscriptores que garantice cierto rendimiento económico. Paga bien al autor, cinco o seis duros por un pliego en 4.º de ocho páginas, pero puede llegar a tirar hasta diez mil ejemplares (frente a la tirada de un volumen, que oscila entre los mil y los dos mil), con lo que sus beneficios son altísimos. El editor necesita también una buena red de distribución para que la entrega llegue con puntualidad, normalmente cada semana, a todos los suscriptores, que pagan un real por cada pliego que reciben (y lo pagan porque no pueden permitirse comprar un libro entero, aunque a la larga la suma de las distintas entregas supone un precio mucho más elevado)[11]. De esta forma, y gracias también al aumento de los índices de alfabetización, el lectorado de novela histórica se extiende entre el proletariado en los años 40-60.

ObreroLeyendo

La entrega viene a ser la cantidad de lectura que puede consumir una persona en una semana; en el caso de que la novela se escriba al mismo tiempo que se va entregando, esa es la cantidad «de escritura» que debe preparar en una semana el escritor. Ahora bien, que una novela se publique por entregas no quiere decir necesariamente que se haya compuesto también por entregas. De hecho, muchas novelas históricas que aparecieron primero en forma de libro solo después se publicaron por entregas. Y la diferencia es fundamental: el entreguista escribe con prisas, cuando no dicta a uno o varios negros, porque son varias las entregas, de distintas novelas, que tiene que sacar adelante cada semana; de esta forma, la calidad literaria se resiente notablemente. En este tipo de novelas, no importa tanto el autor como el texto; y mucho menos la calidad que la cantidad de lo escrito. Los especialistas de la entrega, que deben aceptar las indicaciones del editor y el gusto del público para asegurar el éxito de ventas, se convierten así en «obreros de la literatura».

Por un lado, la entrega supone una serie de características formales; la más notable es la fragmentación de la lectura, no ya solo entre entrega y entrega, sino dentro de ellas con la aparición de múltiples subdivisiones internas, apartados separados por números romanos, abuso del punto y aparte, etc. Son trucos, junto al empleo de tipos de letra grandes, que ayudan al autor a llenar más papel, pero que también facilitan la lectura a un lector muy poco avezado a ella por su escasa preparación cultural.

En otro orden de cosas, la novela por entregas muestra una clara y maniquea división del mundo novelesco: los personajes, convertidos en meros tipos con una psicología elemental, se reparten en “buenos” y “malos”; al final, el sentido moralizante de los autores hace que la virtud y la inocencia triunfen siempre y reciban la recompensa correspondiente, en tanto que el vicio es castigado. Los personajes, los temas y las situaciones inverosímiles y extremas[12] se repiten una y otra vez (es particularmente frecuente, por ejemplo, el recurso de presentar al protagonista como persona de origen plebeyo para, al final, buscarle una ascendencia noble).

La novela por entregas, que empezó a cultivarse por los años 40, entraría en decadencia hacia 1868. Su mayor mérito tal vez sea haber acercado la novela histórica a amplias capas de la sociedad, popularizando los temas de la historia de España[13]. Ahora bien, hay que tener en cuenta que la novela histórica que se publique por entregas será una novela de aventuras, con una escasa o nula documentación, muy lejos ya de la calidad e importancia de la novela histórica de los años 30.

3) Novela en folletín

Las características de las novelas históricas aparecidas en forma de folletín son las mismas que las de la entrega en lo que se refiere a personajes, temas y recursos; la única diferencia está en la forma de publicarse: en la entrega el espacio es siempre el mismo, las ocho páginas del pliego; el autor puede calcular más o menos la materia narrada para hacer acabar la entrega en un momento de máxima tensión, para mantener el interés del lector y hacer así que espere impaciente la llegada de la nueva entrega; pero donde acaba el cuadernillo, acaba la entrega, dejando cortada una frase o una palabra incluso. En el folletín, en cambio, la cantidad de novela que entra cada día puede variar, pues la extensión del texto que se incluye viene impuesta por la necesidad de llenar más o menos columnas o páginas de la revista o diario.


[1] Tomo los datos de este apartado del libro de Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.

[2] Puede consultarse el trabajo de M. Carmen Artigas Sanz, El libro romántico en España, Madrid, CSIC, 1953-1956, 4 vols.

[3] Ver Francisco Almela y Vives, El editor don Mariano de Cabrerizo, Valencia, CSIC, 1949.

[4] Ver Santiago Olives Canals, Bergnes de las Casas, helenista y editor (1801-1879), Barcelona, CSIC, 1947.

[5] Ferreras ha reunido más de cuatrocientas novelas históricas de entre 1830 y 1870; teniendo en cuenta que la tirada media podía ser de mil ejemplares, podemos calcular una tirada total superior a los cuatrocientos mil volúmenes; además, las publicadas por entregas podían subir hasta los diez mil ejemplares de tirada, con lo que las cifras se disparan; y no se incluyen ahí leyendas, relatos y cuentos de tema histórico aparecidos en revistas y periódicos, pues están todavía por recoger. Con estos datos, parece claro que la novela histórica dominaba de forma aplastante el mercado editorial español en aquellos años. Francisco Blanco García señala que «el gusto por la novela histórica rayó en delirio» (en La literatura española en el siglo XIX, Madrid, Sáenz de Jubera, 1891, vol. I, p. 354).

[6] En el período 1845-1870 la entrega permitió, como veremos después, ampliar el lectorado de novela a importantes núcleos proletarios, cosa que solo será posible cuando se produzca en algunas ciudades de España una concentración industrial y obrera de cierta relevancia.

[7] Ferreras, El triunfo del liberalismo y la novela histórica, p. 50.

[8] Pueden consultarse los siguientes trabajos: Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas (1840-1900). Concentración obrera y economía editorial, Madrid, Taurus, 1972; Jean-François Botrel, «La novela por entregas: unidad de creación y de consumo», en Jean-François Botrel y Serge Salaün (eds.), Creación y público en la literatura española, Madrid, Castalia, 1974, pp. 111-155; Enrique Rubio Cremades, «Novela histórica y folletín», Anales de Literatura Española, 1, 1982, pp. 269-281; Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, pp. 11-94.

[9] Veamos la definición que ofrece Botrel de esta forma de publicar: «Las publicaciones por entregas son las que no llegan al lector o consumidor en una obra completa, sino por cuadernos o pliegos, a los que suelen acompañar ilustraciones fuera de texto o incluidas en él. Bibliológicamente, la entrega es la unidad-base, de uno o varios pliegos, de un libro por hacer. La publicación por entregas supone, pues, la distribución por fragmentos o unidades de extensión variable de una obra acabada o en vías de creación, con arreglo a una periodicidad mensual, bimensual o semanal» («La novela por entregas: unidad de creación y de consumo», p. 111).

[10] Ver Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», pp. 64-65.

[11] Ferreras, en su libro La novela por entregas…, habla de una doble estafa para los lectores, económica una, porque los miembros de las clases bajas, que son sus principales “consumidores”, terminan pagando la lectura mucho más cara; y moral la otra, porque además en este tipo de obras se introducen principios contrarios a sus intereses, ya que se niega la movilidad social.

[12] «Es casi un principio del género que la acumulación de hechos y situaciones poco frecuentes sustituya a la imaginación» (Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», p. 31).

[13] Ferreras, El triunfo del liberalismo y la novela histórica, p. 40. Recordemos que este tipo de novela puede tratar otros temas, además de los históricos; hay novelas por entregas sociales, costumbristas, de crímenes…

Clasificación de la novela histórica romántica española según el personaje y el universo novelescos

Existen distintos criterios para agrupar todas las novelas que forman el amplio corpus de la novela histórica romántica española: según la época en que sitúen la acción, según los temas que traten, según la procedencia regional de sus autores, según la forma de publicación y según sean el personaje y el universo novelescos[1]. Abordaré hoy este último criterio.

Ferreras[2] clasifica la producción de novela histórica española de los años 1830-1870 en tres tendencias, según sean el personaje y el universo novelesco: la novela histórica de origen romántico, la novela histórica de aventuras y la novela de aventuras históricas[3]. Esta clasificación responde también a un criterio de “espesor” histórico, pues la segunda viene a ser una degeneración respecto de la primera en lo referente a la documentación histórica y a la verosimilitud, y la tercera, a su vez, supone un nuevo empobrecimiento en este sentido. La tradicional clasificación establecida por la crítica en dos generaciones (una hasta los años 40, con López Soler, Larra, Espronceda, Vayo, Gil y Carrasco…, y otra posterior, que incluiría a Fernández y González, Escalante, Cánovas, Navarro Villoslada, etc.) no es del todo inexacta pero, como señala el propio Ferreras, siempre es arriesgado hablar de generaciones literarias, además de que existen autores que pueden producir novelas en las tres tendencias citadas. En este sentido, su clasificación me parece bastante acertada. Detengámonos, pues, un momento en la consideración de cada uno de sus tipos:

1) Novela histórica de origen romántico[4]

Esta tendencia «se caracteriza por la materialización de la ruptura insalvable de un protagonista héroe romántico y el universo»[5], que pueden ser trasunto del autor y de la sociedad del autor, respectivamente. Este héroe solitario, enfrentado con el mundo en el que vive, rara vez haya solución a sus problemas personales, viendo frustrados sus deseos y expectativas, de tal forma que suele verse abocado a un destino fatal de desesperación que le conduce a la huida del mundo o acaso a una muerte violenta (los mejores ejemplos son Álvaro en El señor de Bembibre, y Macías en El doncel de don Enrique el Doliente). Los protagonistas suelen ser personajes inventados, en tanto que las figuras históricas importantes no ocupan un lugar relevante. Por lo que toca a la ambientación histórica, existe una preocupación seria por la documentación y aunque no es la reconstrucción de la época en que sitúan su novela lo que más interesa a estos autores (con la notable excepción de Martínez de la Rosa en su Doña Isabel de Solís), sí que ofrecen minuciosas descripciones de armas, vestidos, usos y costumbres.

Empieza a aparecer este tipo de novela entre 1823 y 1830, si bien no se desarrolla plenamente hasta la década siguiente (su triunfo coincide de forma aproximada con el del Romanticismo en España), para continuar cultivándose también entre 1840 y 1850. Ya señalé en otra ocasión, al establecer las etapas de la novela histórica, el abandono momentáneo del género entre 1838 y 1844, dejando aparte el año 40, que sí produce varios títulos; viene después la fecha importante de 1844, con la aparición de la obra de Gil y Carrasco, que constituye otro hito en el desarrollo del género (el primero, el cenit de esta novela, fue en 1834-1835), pero que marca también el principio del fin de la novela histórica de origen romántico; la decadencia comienza, pues, aproximadamente en 1845, viniendo a coincidir con la aparición en ese año de La mancha de sangre, primera novela de Fernández y González[6], y con la decadencia del movimiento romántico español.

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En definitiva, esta tendencia es la primera, no solo en el tiempo, sino también por la importancia de sus autores: López Soler, Trueba y Cossío, Vayo, Escosura, Cortada y Sala, Larra, Espronceda, García de Villalta, Martínez de la Rosa, Eugenio de Ochoa, Gil y Carrasco o Navarro Villoslada[7], que escriben en estos años las mejores novelas de todo el género (tras un primer momento de imitaciones, muy pronto llegan las obras originales españolas, desde La conquista de Valencia por el Cid, de 1831, de Vayo). También sería importante aunque únicamente fuera por el número de títulos, unos 110 entre 1830 y 1844, copiosa producción para quince años, que ayuda a consolidar el género novelesco en España.

2) Novela histórica de aventuras[8]

Esta tendencia es intermedia entre las otras dos, pues si bien degenera respecto de la novela histórica de origen romántico al suprimir el héroe problemático, es superior a la novela de aventuras históricas por conservar, al menos, el universo novelesco histórico, en el que el protagonista podrá encontrar su sitio y solucionar sus problemas, sin estar condenado por un destino hostil e inexorable[9].

De todas formas, las fronteras entre las tendencias no son precisas, sobre todo porque se van superponiendo una a otra en el tiempo, pero con años en los que conviven novelas de dos tendencias distintas: primero, la novela histórica de aventuras convive con esa «segunda generación» de novelistas históricos (Gómez de Avellaneda, Vicetto Pérez, Navarro Villoslada); después, al mismo tiempo que se sigue cultivando, van apareciendo ya novelas de aventuras históricas. En cualquier caso, esta segunda tendencia produce entre 1845 y 1855 unos 117 títulos. Los autores más conocidos son Fernández y González, Pablo Alonso de la Avecilla, Ayguals de Izco, Ariza y África Bolangero[10].

En este tipo de novela, la documentación histórica y, por tanto, la reconstrucción del pasado presentan ya una importancia muy secundaria, adelgazada en beneficio de la pura aventura. Predominan con mucho los temas de la historia nacional, medievales y del Siglo de Oro, con sus tópicos habituales; decae el tema musulmán hispano, aunque se siguen escribiendo novelas sobre la Reconquista; el americano, apenas encontrará eco hasta la tendencia siguiente, cuando sea explotado por los entreguistas (también algunas de las novelas de esta tendencia se empiezan a cultivar por entregas, aunque el fenómeno no se generalizará sino con la tendencia siguiente). En definitiva, la novela histórica de aventuras supone la decadencia, que es al mismo tiempo divulgación, de la novela histórica de origen romántico, aunque no sea todavía su liquidación.

3) Novela de aventuras históricas[11]

Si la novela de aventuras históricas suprimía el héroe romántico de la primera tendencia, esta tercera supone la desaparición además del universo novelesco, siguiendo con la progresiva decadencia del género histórico y la degeneración en lo literario: «La novela de aventuras históricas remata, en paraliteratura, lo que empezó como un proceso romántico literario»[12].

Efectivamente, esta tendencia, que va unida al procedimiento editorial de la entrega, convierte a los personajes en tipos: el héroe, la heroína, el traidor, sin el más mínimo asomo de profundidad psicológica; repite hasta la saciedad temas, recursos y situaciones melodramáticas; y, simplemente, complica y complica la peripecia o trama aventurera, que suple todo lo demás. La reconstrucción histórica, obvio es decirlo, se reduce a un mínimo imprescindible[13]: la época en que transcurre la acción, pintada con dos pinceladas y los tópicos convencionales (el carácter de tal rey, una descripción en dos líneas de un castillo…), sirve como telón de fondo para que los personajes se puedan mover de un sitio para otro siguiendo las indicaciones del autor, que crea los espacios, sin describirlos, por medio de breves indicaciones. La aventura y los diálogos llenan la novela. Veamos cómo lo explica Ferreras:

En la novela histórica de aventuras el autor comienza por aligerar todo el “espesor” […]; suele contentarse con evocar la época, sin reproducirla: no se documenta o se informa mal y a trompicones. A partir de aquí, la aventura se hincha, la acción tiende a rellenar el vacío dejado por un paisaje, clímax, tiempo, época, que el autor no sabe reconstruir o no quiere reconstruir. Las descripciones tienden a desaparecer y en su lugar aparecen interminables diálogos, típicamente dramáticos en el peor sentido de la palabra. Los personajes hablan y hablan, y cuando no hablan actúan, corren, suben, bajan…, nunca parecen reflexionar, porque la reflexión de un personaje histórico obligaría al autor a resucitar la época que ignora[14].

La novela de aventuras históricas aparece desde finales de los 40, a la vez que la tendencia anterior, y desde 1860 aproximadamente domina todo el panorama de la novela histórica española. Entre 1856 y 1870 se pueden catalogar más de 200 títulos, “fabricados”, se puede casi decir, por numerosísimos especialistas en la entrega[15]. En cualquier caso, hay diferencias de escritor a escritor y así, aun dentro de su mediocridad, Fernández y González destaca con mucho, colocadas sus obras frente a las de un Parreño o un Ortega y Frías. Ferreras llama a estos autores «los sepultureros paraculturales»[16] de la novela histórica; en efecto, por una parte, continúan la divulgación de los temas históricos pero, al aumentar el empobrecimiento de ese novelar histórico, apuntillan la novela histórica romántica española[17]. Por supuesto, la novela histórica se seguirá cultivando durante el resto del siglo, pero la aparición de La Fontana de Oro, de Galdós, en 1870[18] y de sus Episodios Nacionales después, supone ya otra forma de entender la novelización de asuntos históricos.


[1] Paso por alto la distinción de tres tipos (novela histórica de argumento, novela histórica ambiental y novela de problema histórico) establecida por Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, pp. 41-43, por resultar poco interesante.

[2] Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, pp. 99 y ss.

[3] Indica que ha excluido de su clasificación algunas obras: leyendas, cuentos y novelas cortas de tema histórico, aparecidas en periódicos y revistas, que están todavía por recoger; novelas de origen romántico pero no históricas (sentimentales, sociales); las novelas de ambiente contemporáneo que ha denominado «históricas nacionales» (esto es, los antecedentes del episodio nacional galdosiano); y la novela histórica arqueológica (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, pp. 71-72).

[4] Esta tendencia la estudia Ferreras, al que sigo en lo fundamental, en El triunfo del liberalismo…, pp. 105-143.

[5] Y añade: «La historicidad de esta novela obedece a que solamente en un idealizado pasado histórico es posible construir un universo voluntario; a que solamente creando un universo novelesco, el héroe romántico puede, aún puede, expresar toda su desesperación y falta de destino en la sociedad» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 100).

[6] De hecho, en estos últimos cinco años de la década las únicas novelas importantes son las dos de Navarro Villoslada, Doña Blanca de Navarra en 1846 y Doña Urraca de Castilla en 1849 (dejando aparte alguna de tema americano o de ambiente contemporáneo).

[7] Ferreras incluye también en esta tendencia a Estébanez Calderón, Pusalgas y Guerris, Gómez de Avellaneda, Aguiló, Vicetto Pérez y Quadrado, así como al problemático García Bahamonde.

[8] Cfr. Ferreras, El triunfo del liberalismo…, pp. 145-177.

[9] «En esta tendencia —explica Ferreras— lo primero que llama la atención es la desaparición del héroe romántico, en el sentido de que el nuevo protagonista, aunque en ruptura con el mundo, encontrará al final de la obra su destino personal […]. En la novela histórica de aventuras, la ruptura del héroe romántico ha sido sustituida por la peripecia aventurera y arriesgada, por las correrías del nuevo héroe en un mundo histórico. Las mediaciones de este mundo no son rupturales, y la novela histórica de aventuras no tiene por qué acabar mal, ya que la muerte no es obligatoria en un mundo en el que la ruptura romántica ha desaparecido» (El triunfo del liberalismo…, p. 101).

[10] Estudia también Ferreras en esta tendencia las novelas de García Tejero, Muñoz Maldonado, Miguel Agustín Príncipe, Velázquez y Sánchez, Ribot y Fontseré, García Varela, Juan de Dios Mora, Goizueta, Antonio Trueba y Quintana, Vicente Barrantes y Moreno, Boix, Cánovas del Castillo, Orellana y Carolina Coronado.

[11] Ver Ferreras, El triunfo del liberalismo…, pp. 179-209 para esta tendencia en los años 1845-1870. Además, puede consultarse su libro La novela por entregas (1840-1900). Concentración obrera y economía editorial, Madrid, Taurus, 1972.

[12] Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 101.

[13] «Claro está que el universo de esta novela aparece como histórico, pero no lo es, si consideramos que carece de efectividad, que es incapaz de engendrar relaciones, mediaciones, de operar sobre el protagonista, de mediarlo, exactamente» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 101).

[14] Ferreras, La novela por entregas…, p. 262. Poco después resume la fórmula de este tipo de novela: «Acción y diálogos, he aquí la verdadera estructura de una novela histórica de aventuras y después, pero mucho después, viene lo que podemos llamar “aspecto histórico”» (p. 265).

[15] Además de los tres citados, Ferreras ofrece los nombres de Rafael del Castillo, Pérez Escrich, Sales Mayo, Moreno de la Tejera, Luis de Val, Angelón y Broquetas… y muchos otros que no merece la pena mencionar.

[16] Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 181.

[17] «La novela de aventuras históricas viene pues muy a tiempo para salvar, siempre hasta cierto punto, una moda literaria, y para liquidar una problemática que ya no tiene porvenir» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, pp. 183-184).

[18] Además, la España de 1870 está bastante lejos de la España de 1850 y no digamos de la de 1830; en lo social, el triunfo de la burguesía ha culminado en 1868 con la revolución de Septiembre; en lo literario, el Romanticismo queda ya muy lejos, y los escritores que publican ahora son ya los grandes nombres del Realismo español; en este sentido, las novelas históricas con características románticas estaban ya fuera de lugar, pese a la aparición de obras importantes en fecha tan tardía como 1877.