«Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales

Aunque ya han pasado los Reyes y las vacaciones tocan a su fin, seguimos todavía —hasta el domingo— en el tiempo litúrgico de la Navidad, y por eso quiero recordar uno de los textos que quedó mencionado en una entrada anterior y estaba pendiente de ser recogido aquí. Me refiero al «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales, perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).

Se trata de un breve romance (veinte versos con rima é e) en el que Dios Padre se interesa por la situación en Belén (pregunta al ángel por la mula, la paja, la Virgen, la nieve y el niño). Y aunque todas las respuestas del ángel enuncian algún aspecto negativo, la conclusión de Dios Padre es que «Todo está bien», y acalla la tímida protesta del ángel con un nuevo «Todo está bien» (valga entender que todo se ajusta a lo previsto en sus designios divinos). Como es frecuente en las composiciones de temática navideña desde la época clásica, se anticipa en el momento del nacimiento de Jesús su futura pasión (aquí en los vv. 7-8, cuando el ángel cuenta que la paja del pesebre se extiende bajo el cuerpo del recién nacido «como una pequeña cruz / dorada pero doliente»).

Niño Jesús con nieve

—¿La mula?

              —Señor, la mula
está cansada y se duerme;
ya no puede dar al niño
un aliento que no tiene.

—¿La paja?

              —Señor, la paja
bajo su cuerpo se extiende
como una pequeña cruz
dorada pero doliente.

—¿La Virgen?

                 —Señor, la Virgen
sigue llorando.

                 —¿La nieve?
—Sigue cayendo; hace frío
entre la mula y el buey[1].

—¿Y el niño?

              —Señor, el niño
ya empieza a mortalecerse[2]
y está temblando en la cuna
como el junco en la corriente.

—Todo está bien.

                     —Señor, pero…

—Todo está bien.

Lentamente
el ángel plegó sus alas
y volvió junto al pesebre[3].


[1] buey: en posición de rima (verso par) del romance; podemos considerarlo una licencia, o bien añadir una -e paragógica (bueye).

[2] mortalecerse: no figura este verbo en el DRAE, ni lo encuentro documentado tampoco en el CORDE. Sea o no un neologismo de Rosales, se trata de una sugerente creación léxica: el niño Jesús (que, siendo Dios, ha asumido la naturaleza humana, mortal) empieza ya a mortalecerse, a ʻacercarse a la muerteʼ, en primer lugar porque está desprotegido, aterido de frío, y podría morir; pero, sobre todo, porque morir para redimir a todo el género humano es su destino.

[3] Cito por Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 242, donde es el poema número 37 de Retablo de Navidad. En Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 59-60, es el poema número 28 y el texto presenta algunas variantes: los vv. 3-4 son «tal vez no sepa mañana / que ha nacido para siempre»; el v. 6 es «no parece paja y duele»; y en el v. 8 el segundo adjetivo es «crujiente» en vez de «doliente».

Poesía de Navidad: «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”», de José García Nieto

Siguiendo con la serie de poemas navideños, traigo hoy al blog la «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”» de José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001), poeta de la generación de la posguerra, ganador en 1996 del Premio Cervantes. El texto, un soneto, tiene la originalidad de focalizar la mirada en una figura humilde del Nacimiento, un pastor que ha sido colocado demasiado lejos del Portal y que, por tanto, no puede contemplar al Niño Dios recién nacido —y por eso, porque le han dejado «en una orilla triste y sin sentido» (v. 6), se considera «maniatado» (v. 8)—. La voz lírica enunciadora del poema es el pastor que pide a las manos que han montado el belén (v. 7) que lo acerque hasta la presencia de Jesús, que lo espera. En fin, esa sencilla figurilla hecha de barro que suplica que le levanten de su barro (v. 12), viene a simbolizar al hombre, al género humano —barro humano—, que puede alzarse de su condición terrenal y caduca en el encuentro trascendente con la divinidad.

Pastor de Francisco Salzillo (Museo Salzillo, Murcia)
Pastor de Francisco Salzillo (Museo Salzillo, Murcia)

Este es el texto del poema:

Estoy aquí tan mal, tan apartado,
que nunca veré a Dios recién nacido.
Un sitio en el «belén» me han escogido
y una manera de esperar me han dado.

Yo jamás veré al Niño. Me han dejado
en una orilla triste y sin sentido.
Manos que habéis creado lo prohibido[1],
dadle ya ligereza al maniatado.

Sé bien cuál es la estrella conductora,
dentro del pecho está brillando ahora
y es más hermosa en mí de lo que era.

Haced que de mi barro[2] me levante;
no alejéis el encuentro un solo instante…
Tampoco Él puede andar, pero me espera[3].


[1] habéis creado lo prohibido: no apuro la referencia exacta de esta expresión. El pastor se está dirigiendo en apóstrofe a las «manos» que han fabricado o colocado las figuras que forman el belén. Tal vez con «lo prohibido» se refiera al carácter inefable del misterio del nacimiento de Dios, o puede quizá que la prohibición tenga que ver más bien con el hecho de que él está excluido de ver al recién nacido; pero no veo claro el significado exacto del verso.

[2] barro: en el texto se lee aquí «barrio», pero luego, en los comentarios de ese verso, se edita como «de mi barro me levante». Aunque «barrio» podría hacer sentido, parece que se trata simplemente de un descuido —una errata— al reproducir el soneto. «Haced que de mi barro me levante» es, sin duda, mucho mejor lectura.

[3] José García Nieto, Versos para la Navidad, edición comentada de Fernando Carratalá, Madrid, Sial Pigmalión, 2016, p. 49 (con un amplio comentario en las pp. 49-52).

Poesía de Navidad: el «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales

«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón»
(Lucas, 2, 19)

Para este día de Año Nuevo, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, quiero recuperar el bello y sentido «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales[1], perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).

San José con el Niño en brazos mientras la Virgen descansa acostada

Se trata de un romancillo (versos hexasílabos, por tanto) con rima á a del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:

La Virgen María
se siente cansada;
San José la acuesta;
la Virgen descansa.

La techumbre rota;
las estrellas altas;
leguas, muchas leguas
llevan caminadas.

La Virgen María
está soleada
por dentro, su sangre
se convierte en savia,

su cuerpo florece
igual que una vara
de nardos o un ramo
de celindas blancas[2].

El niño ha nacido
como nace el alba;
los ojos con risa,
la boca con lágrimas.

En el aire nieve;
en la nieve alas
y el viento que bate
puertas y ventanas.

La Virgen no tiene
rebozo[3] ni manta;
San José la mira,
se quema mirándola.

Entre la penumbra,
pidiendo posada,
la carne del niño
desnuda se halla.

La nieve que cae,
pues del cielo baja,
va formando techo
para cobijarla.

La Virgen María
se siente cansada;
cuando mira al niño
la Virgen descansa[4].


[1] Este poema ya había aparecido en el blog, si bien en una entrada genérica titulada «La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (y 3)», de forma que su presencia podía pasar más desapercibida. Creo que, por su calidad, bien merece destacarlo con entrada propia. Por lo demás, en el blog pueden leerse también otros poemas navideños de Luis Rosales como los titulados «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron los Reyes» y «Villancico de la falta de fe».

[2] nardos … celindas blancas: el color blanco de ambas flores simboliza la pureza de la Virgen María.

[3] rebozo: «Parte de la capa, el manto y otras prendas de vestir que permite cubrirse la cara» (DRAE).

[4] Luis Rosales, Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 26-27, donde es el poema número 2. En la edición de las Obras completas, donde el libro se recoge con el título de Retablo de Navidad, es el poema número 3 (aquí el verso 12 acaba con punto y coma en vez de con coma). Ver Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 218-219. Mantengo la distribución de los versos del romancillo agrupados de cuatro en cuatro y la palabra niño en minúscula.

«Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron los Reyes», de Luis Rosales

Elijo para este día de los Reyes Magos —Epifanía del Señor— un poema de Luis Rosales perteneciente a su libro Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940, con ilustraciones de José Romero Escassi; 2.ª ed., Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, con ilustraciones de José R. Escassi). Melchor Fernández Almagro, reseñando la nueva edición del libro en la sección «Libros y revistas» de ABC, el 27 de diciembre de 1964, p. 23, comentaba con certeras palabras este soneto:

El fervor religioso, la sencillez en la directa, tiernamente pueril, visión del Niño que llegará hombre, ennoblecido, decantado por la pureza de la memoria; la transparencia de la palabra ingenua y de la imagen creada al paso gozoso del poema son instrumentos de poesía que se sirven mutuamente en la exigencia de sonetos como el que citamos a continuación: «Donde se cuenta que en el Portal, unánime y humilde, le adoraron tres Reyes» […]. La cita adrede de Jorge Guillén permite comprobar la fusión auténticamente lograda de elementos clásicos y actuales, que serán clásicos también; cultos y populares, alentados     por el ingenuo efluvio de la niñez renacida en el hombre mayor, si es que algún día perdió ese aroma sutilísimo que deja la infancia en todo espíritu sensible. Hermosa, perenne, transfigurada puerilidad… De ahí el encanto del villancico. Por otra parte, el villancico para mayor carga de poesía, utiliza emotivos valores de leyenda piadosa, de narración al modo de “enxemplo” medieval; a veces de auto y de balada. Tan diversos y delicados ingredientes los utiliza Luis Rosales en justa medida, pero distinta, claro es, según el tema de cada composición.

El soneto, que va precedido por un verso de Jorge Guillén (el segundo de «Cima de la delicia», de Cántico) a modo de lema, dice así:

«Todo en el aire es pájaro».

Jorge Guillén

Con dulce y grave majestad ferviente,
mientras arde cantando la retama,
llegan los Reyes cuando el sol derrama
su niña antigüedad de oro inocente.

Con boca y labio de abejar riente
donde vuela la miel de rama en rama
besaron al Señor, que les enrama
de alegre mirto el corazón creyente.

Con toque y mano de fluvial espuma,
le ofrecieron el oro desvalido
y el lento incienso de ascensión trigueña:

¡todo en el aire es pájaro y es pluma,
está el cielo en el ser restablecido
y en la indefensa carne el tiempo sueña![1]

LaAdoracionDeLosMagos_Jan-De-Bray

La Adoración de los Magos, de Jan de Bray.

Cabe recordar que Luis Rosales es autor que ha cultivado con frecuencia el tema de la Navidad en sus poemas, algunos de los cuales han ido apareciendo en este blog; así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva» o el «Villancico de la falta de fe».


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 202-203.

«De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

El poema para el día de Navidad nos lo brinda en esta ocasión Luis Rosales, autor que cultivó con asiduidad los temas navideños. Se trata de un soneto perteneciente a su libro Retablo sacro del nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940). Como escribe Alicia María Raffucci de Lockwood,

Rosales se conforma, en la mayoría de los poemas, a los temas tradicionales de los villancicos de Navidad, pero añade otros temas nuevos que vienen a reiterar el tema de la paz y el descanso que el niño promete. Añade el tema de una nueva estrella que surge de la mirada de la Virgen a su hijo[1].

Nacimiento2.jpg

Este es el texto del soneto, en su versión revisada, con el título «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva»:

Como un cendal la estrella fugitiva
se levantó en la luz de la mirada
con la extensión del agua sosegada
y el verde silencioso de la oliva.

En la dulce pupila pensativa
nació la luz y se encontró agraciada,
como crece el silencio en la nevada
y se funde en el mar la nieve viva.

Nació de aquel mirar nuestra alegría
—el humano mirar en cuyo vuelo
el silencio de Dios buscaba al hombre—,

y una estrella nació, la que aún nos guía,
la estrella de Belén que está en el cielo
como se forma en nuestra boca un nombre[2].


[1] Ver Alicia María Raffucci de Lockwood, «Luis Rosales», Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 257-258, mayo-junio de 1971, pp. 489-520; la cita en la p. 511.

[2] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 130. La versión original, bajo el título «Una nueva estrella», ofrece algunas diferencias significativas: en el v. 1 se añade una coma tras «Como un cendal»; en el v. 8 se lee «se funde» en vez de «descansa», y varían completamente los tercetos: «Quedó llena de luz la primavera, / los ojos donde nace la alegría / se unieron en tan cándida corriente, // que descansó el marino en la ribera, / perdido con la estrella que lucía / por vez primera en el azul doliente» (ver Raffucci de Lockwood, «Luis Rosales», pp. 511-512).

«De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», soneto de Luis Rosales

Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te.

Vaya para el día de hoy, festividad de la Inmaculada Concepción, este hermoso soneto de Luis Rosales (perteneciente a su poemario Retablo de Navidad), sin comento, pero acompañado de uno de los cuadros que Francisco de Zurbarán dedicó a este tema:

Inmaculada Concepción de Zurbarán (Budapest)

Alba, mírala bien, mira el lucero
de miel, casi morena, que trasmana
un rubor silencioso de milgrana
en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,
la risa con repique de campana
y el labio en que despunta la mañana
como despunta el sol en el alero.

¡Alba, mírala bien! y el mundo sea
heno que cobra resplandor y brío
en su mirar de alondra transparente;

aurora donde el cielo se recrea,
¡aurora Tú que fuiste como un río,
y Dios puso la mano en tu corriente![1]

[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 222-223. Es el poema número 9 de Retablo de Navidad. En el primitivo Retablo sacro del nacimiento del Señor, Madrid, Escorial, 1940, figura en la p. 34 y es el poema número 5; ahí aparece con cuatro variantes significativas: «Venid, alba, venid; ver el lucero» (v. 1); «la mano amiga como luz cercana» (v. 6); «con sonrisa de almendro tempranero» (v. 8); «¡Venid, alba, venid!; y el mundo sea» (v. 9).

El «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales

Para esta Noche de Reyes, siempre mágica y especial, cuando los tres Magos de Oriente que han seguido la estrella que les ha guiado están a punto de llegar ya a Belén para adorar al Niño-Dios, pongo en el blog este «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales, cuyos versos nos invitan a reflexionar. (Entre paréntesis, una pequeña nota léxica para que se entienda mejor la referencia del verso 12: el almez —Celtis australis— es un árbol ornamental que puede verse en parques y calles; su fruto, la almeza, toma el color negro cuando está ya totalmente maduro.)

La estrella de los Reyes Magos

La estrella es tan clara que
no todo el mundo la ve.

En el cielo hay una estrella
nueva y lentísima, es
la estrella de Dios que guía
hacia el portal de Belén.

Los Magos, como son magos,
vieron la estrella nacer;
los hombres, como son hombres,
la miran y no la ven.

Baltasar tiene la carne
morena como el almez;
es viejo, tan viejo
que ha muerto más de una vez,

y Melchor es tan creyente,
tan iluminado, que
siempre que sus ojos miran
se ven sus ojos arder.

Pasan ciudades, ciudades
con calentura en la sien,
donde la estrella, que es niña,
se apaga para no ver.

Pasan desiertos, desiertos
como los hombres también,
y bosques que acaso nunca
volverán a florecer.

Pasan años y los hombres
siguen padeciendo sed,
la estrella sigue en el cielo,
sólo muy pocos la ven[1].


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 199-200.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (y 3)

A la pluma conjunta de Antonio Murciano y Carlos Murciano se debe la «Canción de la primera madrugada», en la que el tema navideño no es explícito, aunque se adivina fácilmente (la voz lírica es la de la Virgen, y el Niño es flor y, sobre todo, Amor):

Anoche, con la nevada,
de mi tallo brotó la flor.
Anoche, con la nevada.

La nieve sobre el alcor
y el céfiro en la llanada.
Que hasta el ave en la enramada
tuvo cobijo mejor.

Que yo le di mi calor
y mi pecho por almohada,
anoche, con la nevada…
La primera madrugada
del Amor.

Árbol de Navidad de nieve

De Luis Rosales quiero traer a este panorama su «Villancico de las estrellas altas», romancillo (versos de seis sílabas) del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:

La Virgen María
se siente cansada;
San José la acuesta;
la Virgen descansa.
La techumbre rota;
las estrellas altas;
leguas, muchas leguas
llevan caminadas.
La Virgen María
está soleada
por dentro, su sangre
se convierte en savia,
su cuerpo florece
igual que una vara
de nardos o un ramo
de celindas blancas.
El Niño ha nacido
como nace el alba:
los ojos con risa,
la boca con lágrimas.
En el aire nieve;
en la nieve alas
y el viento que bate
puertas y ventanas.
La Virgen no tiene
rebozo ni manta;
San José la mira,
se quema mirándola.
Entre la penumbra,
pidiendo posada,
la carne del Niño
desnuda se halla.
La nieve que cae,
pues del cielo baja,
va formando techo
para cobijarla.
La Virgen María
se siente cansada;
cuando mira al Niño
la Virgen descansa.

La lista de autores y textos podría ampliarse fácilmente; pero pongo aquí punto final a este somero recorrido por la Navidad en las letras españolas[1], para pasar —en próximas entradas— a los escritores navarros, que también han tratado con frecuencia este bello tema poético en sus obras literarias.


[1] Para más autores, cabe remitir a distintas antologías de poesía religiosa española, donde se hallarán textos antiguos y modernos; por ejemplo, Antología de poesía sacra española, selección y prólogo de Ángel Valbuena Prat, Barcelona, Apolo, 1940; Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1952; La Navidad en la literatura nacional del siglo XII al XX, selección, prólogo y notas bio-críticas de José Sanz y Díaz, Barcelona, Ediciones Patria, 1941; Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999; Antonio Ortiz Muñoz, La Navidad en el mundo, Madrid, Siler, 1957; José María Pemán y Miguel Herrero (eds.), Suma poética: amplia colección de la poesía religiosa española, Madrid, Editorial Católica, 1944; Poesía religiosa española, selección, estudio y notas por Lázaro Montero, 3.ª ed., Zaragoza, Ebro, 1969; José Sanz y Díaz, La Navidad en España, 2.ª ed., Madrid, Publicaciones Españolas, 1956; Roque Esteban Scarpa, Voz celestial de España: poesía religiosa, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944, etc.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (1)

Si pasamos ya al siglo XX, encontraremos que la poesía de Navidad va a conocer un gran rebrote, en ambas orillas del Atlántico. El argentino Francisco Luis Bernárdez —que después de su conversión llegó a ser el máximo representante de la literatura católica de su país— nos brinda un bello «Soneto de la encarnación» sobre el maravilloso misterio de Dios hecho hombre:

Para que el alma viva en armonía
con la materia consuetudinaria
y, pagando la deuda originaria,
la noche humana se convierta en día;

para que a la pobreza tuya y mía
suceda una riqueza extraordinaria
y para que la muerte necesaria
se vuelva sempiterna lozanía,

lo que no tiene iniciación empieza,
lo que no tiene espacio se limita,
el día se transforma en noche oscura,

se convierte en pobreza la riqueza,
el modelo de todo nos imita,
el Creador se vuelve creatura.

Y volviendo la vista a España, ¿cómo no traer a estas páginas la «Canción al Niño Jesús» de Gerardo Diego? Dice así:

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…

Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo,
para cuando el Niño quiera
correr, volar a su vera…

Si la palmera supiera
que sus palmas algún día…
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira… Si ella tuviera…

Si la palmera pudiera…
… la palmera…

Nacimiento de Cristo

El poeta hace aquí un magistral uso de la reticencia. La expresividad del poema, en efecto, está más en lo que se calla que en lo que se dice: la palmera dará palmas, con las que Jesús será recibido triunfalmente en Jerusalén, pero eso será para padecer poco después su Pasión y Muerte en Cruz. De ahí la callada angustia con que la Virgen —que presiente el dolor futuro de su Hijo— mira a la palmera…

Otros poetas del 27 se acercaron también al tema navideño, como por ejemplo Jorge Guillén, quien tiene una composición titulada «Epifanía», que se centra en la Adoración de los Reyes Magos a un Dios que no es rey ni rico, sino «camino, verdad y vida», mientras el Portal de Belén supone una «invitación fraternal» a todos los hombres[1].

Entre el corpus poético de Luis Rosales figuran varios poemas dedicados al Nacimiento del Niño-Dios: «Nana», «Villancico y canción de la divina pobreza»…, pero aquí copiaremos otros dos textos. El primero, «Callar…», está formado por dos décimas que repiten el último verso en una suerte de estribillo:

Dicen que el Niño ha nacido,
y el corazón en la brisa
tiene una fiesta imprecisa
de campanario sin nido…;
siempre hay un niño dormido
junto al silencio…; vivir
sin despertarle ni herir
con la nieve su garganta…;
callar, es la noche santa,
no la debemos dormir.

Callar… ¿Si el Niño tuviera
siquiera luz por abrigo,
y el viento no helara el trigo
de su sonrisa primera…?
Callar… ¿Si el Niño quisiera
descansarnos de vivir,
y el mundo dejara oír
su alegre mensajería?
Callar… Habla todavía,
no la debemos dormir.

El segundo poema se presenta bajo el título «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», y se trata de un soneto:

¡Morena por el sol de la alegría,
mirada por la luz de la promesa,
jardín donde la sangre vuela y pesa,
inmaculada tú, Virgen María!

¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía
de tu paso sencillo, qué sorpresa
de vuelo arrepentido y nieve ilesa
junta tus manos en el alba fría?

¿Qué viento turba el monte y le conmueve?
Canta tu gozo el alba desposada,
calma su angustia el mar antiguo y bueno.

La Virgen a mirarle no se atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada
canta al Señor, que llora sobre el heno.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 266.