«Ser en poesía». A propósito de la novela «Irene Klein», de Javier Corres (y 2)

La novela Irene Klein (Mutilva, Newbook Ediciones, 2001) constituye también una reflexión sobre la soledad (el escritor Delphin Körrs se define como un hombre que es solo; no como un hombre que está solo, sino como alguien que es solo, la soledad es la esencia interiorizada de su ser; Körrs es una persona que vive «La soledad sangrante de la inteligencia» (p. 145); y un buen día descubre una mujer —¿real, mítica, símbolo del arte y de la creación artística?—, Irene Klein, de «gélida belleza», «de ojos casi verdes, casi grises, casi felinos» (p. 19), que también es sola: «Ella es sola, te digo. Es sola como yo» (p. 24). Desde ese momento, la soledad en su vida se conjuga con el amor y con la euforia. Desde ese momento, Körrs querrá vivir en poesía, ser en poesía, entendida esta como vía abierta al conocimiento, como espacio de verdad y de belleza total, como única patria posible del hombre: «La poesía, vivir desde ella, este puede ser el ámbito deseado…» (p. 21).

Javier Corres Bengoetxea
Javier Corres Bengoetxea.

Importantísimo es también el canto a la amistad (pocos elogios de la amistad conozco tan sentidos como el que hace Delphin Körrs, en las pp. 27-28, a propósito de Miguel Burgs, trasunto sin duda de Ángel de Miguel, natural de un pueblo de Burgos). Y junto a estos temas mayores —la palabra poética, el amor, la amistad—, toda una constelación de subtemas: el dolor, la muerte, la ausencia, el recuerdo y la memoria… («El pasado siempre es una traición», escribe Corres en la p. 69; «Inútil repetirme que el recuerdo / de ayer y un sueño son la misma cosa», había sentenciado Borges en su poema «Endimión en Latmos»).

Añadamos a todo esto el interés de la intriga por conocer qué ocurrió realmente con la muerte de Jon Esquivel. Y la presencia de unos escenarios, ¿cómo definirlos?, reales e imaginarios a un mismo tiempo: una Estella bañada por el mar, la magia caribeña de La Habana… Si sumamos todos estos factores nos encontramos con una novela redonda, muy meditada y muy trabajada, tanto desde el punto de vista de su contenido como por la riqueza de su lenguaje, de intensa potencialidad expresiva.

No quisiera extenderme demasiado más, pero no puedo dejar de señalar algunas características estilísticas y narrativas de Irene Klein. La primera, la más llamativa, la que inmediatamente sorprende al lector desde sus primeras páginas, es el marcado tono lírico, con el que Corres logra bellísimos aciertos expresivos. Todas las páginas de la novela —no exagero: todas— están recorridas por infinidad de símiles, metáforas tradicionales, metáforas aposicionales, juegos rítmicos con series trimembres, cierta dislocación de la sintaxis («noche recién lluvia», leemos en la primera página, la p. 13; «colores recién sueño»; «faros ojos estrellados», p. 14; «lágrimas tan viejas que el mundo», p. 16; «tan antiguos que un mar», p. 30), recursos de estilo que llaman poderosamente nuestra atención por su fuerza y capacidad expresiva. Por otro lado, ciertos juegos también con la perspectiva narrativa: la historia está contada por una primera persona narradora, la voz monologal de Delphin Körrs, pero con la irrupción ocasional de la segunda persona, con un narrador que se dirige y apela a un tú.

En definitiva, lo que Javier Corres nos propone en Irene Klein es un regreso del hombre al ser poético que fue, para que el hombre, cualquier persona, sea ese ser que pide la paz y la palabra. A lo largo de sus páginas, escritas con insaciable y cuidada voluntad de estilo, subyace una inquebrantable fe en la palabra, en el hombre dignificado por el verbo creador. Y es que tanto Delphin Körrs como Javier Corres tienen la íntima, profunda, sentida convicción de que «Sólo la palabra redime» (p. 100)[1].


[1] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «“Ser en poesía”. A propósito de Irene Klein, de Javier Corres», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 18, Navidad de 2001, pp. 81-82.

La documentación histórica en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado

Un detalle que merece la pena destacar es el gran trabajo de documentación histórica llevado a cabo por Gómez-Jurado para redactar su novela[1] (el autor ha declarado que ese proceso de documentación le llevó cuatro años), la cual está escrita en un tono marcadamente realista. En efecto, a lo largo de sus páginas vemos aparecer la Sevilla del Siglo de Oro. Recordemos que la ciudad hispalense era entonces el puerto y la puerta del Nuevo Mundo. Y el relato refleja no solo ese aspecto del comercio, sino también la lucha por la vida que tenía lugar en sus calles, la división social entre pobres y ricos, la violencia generalizada y el mundo del hampa (con la presentación de la Corte de Monipodio, nombrado también con el apodo «el Rey de los Ladrones»), siendo obvia la intertextualidad con la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo. Aquí y allá van apareciendo algunas descripciones de aquella Sevilla áurea (el Arenal, Triana, el Compás, etc.). Citaré a modo de ejemplo la evocación del Arenal, tal como es visto desde una almena por Sancho, al comienzo de la novela:

El espectáculo era magnífico.

Ante él se extendía el Arenal, el más famoso lugar de comercio de la cristiandad. Aquella enorme explanada que se abría entre la muralla oeste de Sevilla y el caudaloso Betis maravillaba a todos los que visitaban la ciudad. El muchacho había caído también bajo su hechizo cuando puso en ella los pies por vez primera, el invierno anterior. Cada día, desde el alba hasta el ocaso, miles de personas bullían por aquel espacio abierto. Literalmente todas las mercancías del globo se daban cita en aquel lugar, en el que se comerciaba con pieles y grano, especias y acero, armas y municiones. En un caos tan sólo inteligible para quienes llevaban años inmersos en él, los bizcocheros y los curtidores se mezclaban con los plateros y los zapateros bajo cientos de toldos azules, blancos y parduzcos. El golpeo de los martillos y el burbujear de las olas se fundía con el regateo apresurado en catalán, flamenco, árabe e inglés, por citar unos pocos. Que si algo se aprendía pronto en el Arenal era a timar en todas las lenguas posibles.

El Arenal era lo que había convertido a Sevilla en la capital del mundo. Su puerto fluvial, al abrigo del ataque de los piratas por hallarse bien tierra adentro, era el paso obligado de todo el comercio con las Indias por expreso deseo de Felipe II. Nunca había menos de doscientas embarcaciones amarradas en sus muelles, y en las próximas semanas llegarían hasta trescientas. Cuando todos los barcos de la flota alcanzasen su destino, formarían un gigantesco bosque de mástiles y velas que taparían literalmente la vista de la orilla contraria, la de Triana (p. 29).

Alonso Sánchez Coello, Vista de Sevilla (hacia 1576 o 1600). Museo de América (Madrid, España)
Alonso Sánchez Coello, Vista de Sevilla (hacia 1576 o 1600). Museo de América (Madrid, España).

Asimismo, abundan los datos históricos sobre la época (la guerra entre España e Inglaterra, las deudas contraídas por Felipe II para sufragar los gastos de los ejércitos, los continuos préstamos de los banqueros genoveses, la carestía del trigo, etc.). Encontramos también datos sobre la comida y la bebida, los vestidos (la moda del negro), el juego, las armas (y el arte de la esgrima matemática), la esclavitud, la vida en galeras, etc. En ocasiones se da entrada a un léxico y una fraseología propios del Siglo de Oro (a través de pequeños detalles como, por ejemplo, la mención de los bodegones de puntapié).

En suma, La leyenda del ladrón de Juan Gómez-Jurado constituye una entretenida novela de acción y aventuras, que pone sobre la mesa el mundo de pobreza, corrupción, hampa y marginalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. Sobre ese telón de fondo de la acción narrativa, junto con personajes igualmente interesantes como Sancho de Écija, Clara y Monardes, asistimos a un nuevo encuentro —en una nueva ficción literaria— y a la amistad entre los dos grandes genios literarios del momento, el inglés Shakespeare y el español Cervantes[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

 

«Ser en poesía». A propósito de la novela «Irene Klein», de Javier Corres (1)

Comenzaré con una afirmación tajante: a fecha de hoy, entrados ya en el nuevo milenio, las letras navarras gozan de una excelente salud. Así lo demuestran la continuada actividad de distintas revistas poéticas (Río Arga, Elgacena, Traslapuente, Luces y Sombras…), las numerosas convocatorias de premios literarios y las crecidas publicaciones que nuestros escritores navarros —navarros por nacimiento o por adopción— vienen aportando en tiempos recientes. Un pequeño dato cuantitativo lo confirma: el año pasado [2000], y ciñéndonos solo al género de la narrativa, se escribieron, en Navarra o por autores navarros, más de una docena de novelas. Además, frente al tradicional despego sentido hacia la literatura escrita en Navarra, hoy en día comienzan a reconocerse los valores literarios de muchos de nuestros literatos. Recordaré tan solo otro detalle señero: el hecho de que en los últimos años el Premio «Príncipe de Viana de la Cultura» —máximo galardón que en esa materia se concede en nuestra Comunidad— haya recaído en dos escritores, Pablo Antoñana y Miguel Sánchez Ostiz, reciente ganador de ese premio en su última convocatoria, la del presente año 2001.

Esta circunstancia me parece fundamental, porque por desgracia ocurre que muchos de los escritores navarros resultan desconocidos aun para los propios navarros. Recuperar estas figuras y valorarlas en su contexto y en su justa medida —sin incensarlas por encima de lo debido solo por el hecho de ser escritores navarros, pero tampoco sin menospreciarlos de entrada— es tarea que me he impuesto y que vengo desarrollando en los últimos años en un proyecto de investigación titulado Historia literaria de Navarra. Desde los orígenes hasta nuestros días (equipo HILINA de la Universidad de Navarra). Bien es verdad que durante mucho tiempo la literatura navarra, la narrativa en concreto, ha estado demasiado ligada a dos elementos ajenos en principio a la creación literaria; me refiero al elemento histórico y al elemento costumbrista (novelas de tipo regional-costumbrista, de tipos y paisajes navarros; novelas históricas, etc.). Sin embargo, de unos años a esta parte, los escritores navarros han sabido crear verdaderos mundos de ficción, entramados y universos novelescos de pura invención, desligados por completo de lastres no literarios que actuaban como pesada carga, como verdadera rémora, en narraciones de décadas anteriores. Así pues, ahora son muchos los escritores navarros que, aun cuando den entrada en sus novelas a personajes de origen local o ambienten sus acciones en escenarios de nuestra geografía foral, han trascendido con creces el interés de lo puramente localista para plantear temas y conflictos de índole y validez universales.

Javier Corres, Irene Klein

Un magnífico ejemplo de esta última afirmación lo tenemos en la novela Irene Klein (Mutilva, Newbook Ediciones, 2001; 2.ª ed., Pamplona, Cénlit Ediciones, 2002, con el subtítulo La fuerza de la palabra), de Javier Corres Bengoetxea, que, como muy bien señalan las bellas palabras de Ángel de Miguel recogidas en la contracubierta —¡qué lujo contar con un reseñista tan acertado en la magia de su conciso lirismo!—, no es una «novela al uso». Irene Klein aparece publicada en un volumen bellísimo, bellísimo por su apariencia exterior (es preciosa la ilustración de cubierta de Esther Makazaga), bellísimo por su cuidada tipografía (felicidades al autor por haber sabido cuidar estos detalles), bellísimo, en fin, por la hermosura de su contenido. Decía antes —decía Ángel de Miguel, en realidad— que Irene Klein no es una «novela al uso», porque es una narración lírica, reflexiva, íntima, también, en cierta manera, sentimental y romántica, por qué no decirlo. Estamos ante una lograda novela de amor y de amistad, sentimientos humanos contados y cantados desde la perspectiva del protagonista y narrador en primera persona, el escritor Delphin Körrs; pero estamos también ante una novela que reflexiona y nos hace reflexionar sobre la creación poética o, en un sentido más amplio, sobre los indiscutibles valores de la palabra como vía de conocimiento y de verdad. Tanto Delphin Körrs como Javier Corres —intuyo que la cuasi homonimia del apellido del narrador-protagonista y el autor no es en modo alguno casual—son personas que quieren ser en poesía. No quieren vivir rodeados por la poesía, vivir desde la poesía, vivir con la poesía; no es eso, no, quieren algo más íntimo y esencial: desean ser en poesía. A propósito de esto, debo advertir que, aunque en esta novela el autor haya podido incluir determinadas vivencias personales, y aunque algunos de sus personajes pudieran ser considerados trasuntos de personas realmente existentes, no debemos engañarnos. De todos es sabido que vida y literatura se influyen mutua y profundamente, pero a nadie se le debe ocultar que vida y literatura son cosas muy distintas. Como muy bien nos enseñó Pessoa, «El poeta es un fingidor, / finge tan completamente, / que llega a fingir dolor / cuando de veras lo siente». No leamos, pues, Irene Klein como una novela en clave. Insisto: aunque pueda estar reflejando determinadas vivencias personales de su autor, todo ello está pasado por el mágico tamiz de lo literario, de la fábula, de la creación poética. Porque una novela será siempre, ante todo y sobre todo, una invención, una obra de pura ficción, fruto de la fantasía y del entusiasta trabajo creador de su autor.

Antes de dar a las prensas Irene Klein, Javier Corres había bajado a la arena literaria con las obras Este silencio sonando (1983), Del teatro y el sueño (1986), Homodiós (1992) o relatos como «Una increíble decepción», «Un individuo vulgar» «La ruta flotante (Paseo de un raro)», «El regreso», etc. Pero creo estar en lo cierto al afirmar que esta novela, este apasionado canto en defensa de la palabra poética, de su valor como instrumento de comunicación y de disfrute estético, y como forma íntima de vivir la vida, es su aportación mejor y más original[1].


[1] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «“Ser en poesía”. A propósito de Irene Klein, de Javier Corres», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 18, Navidad de 2001, pp. 81-82. Con posterioridad Corres ha publicado las novelas El crimen redentor (2016), Cartas a Renata (2018) y Estación El Seco (2022) y ha trabajado en la presentación en Madrid de su obra de teatro de los años 80 titulada Habitáculo con fisuras.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (y 4)

Por su parte, en La leyenda del ladrón[1] Sancho inspirará a Cervantes el episodio de los cueros de vino acuchillados (Quijote, I, 35) y también, claro, el nombre de Sancho Panza. Ocurre que Shakespeare le ha contado a Cervantes cómo el muchacho terminó de ladrón, tras escapar de la taberna de Castro después de acuchillar todos los toneles de vino:

Aun después de todo aquel tiempo y de lo que habían pasado juntos, Sancho no pudo evitar ruborizarse al recordar cómo había apuñalado los barriles de vino aquella noche, como si fueran los enemigos imaginarios de su propia vida.

—Es una historia lamentable.

—Bien contada podría ser brillante. Tal vez la escriba algún día y le ponga vuestro nombre al protagonista.

Sancho meneó la cabeza.

—No, por Dios, don Miguel. Al protagonista no. Tal vez a algún secundario de buen corazón (p. 652).

Don Quijote acuchillando los cueros de vino

Recordaré que el título original con que fue concebida la novela de Gómez-Jurado era La materia de los sueños, que es un sintagma tomado de La tempestad. Este es el final de la novela, que remite a un diálogo previo sobre este mismo tema:

—¿Qué hay de vos, Sancho? ¿Habéis descubierto cuál es la materia de los sueños?

—Maese Guillermo creía en la tinta que da forma a las historias. Yo en el oro que da los medios para realizarlas. Y vos en la esperanza que nos lleva a cumplirlas.

[…]

Miguel permaneció aún mucho rato en el muelle de Sevilla, contemplando cómo el galeón se iba alejando Betis abajo. El pelo color medianoche de Clara se agitaba por encima de la borda donde los tres le decían adiós, mecido por el viento que impulsaba la flota del rey hacia el Nuevo Mundo. Miguel se dejó llevar por una extraña melancolía, deseando ocupar el lugar del joven al que había salvado de la muerte, al que había acabando debiendo más que la propia vida y al que tanto iba a echar de menos. Cuando la última vela se ocultó tras el recodo del río, el comisario se permitió por fin una única lágrima que quedó brillando en su rostro curtido y enjuto.

«Oro, tinta y esperanza. No es mala combinación —pensaba Miguel, mientras llevaba su caballo entre la muchedumbre, cogido por el ronzal. Cruzó el Puente de Barcas, montó y picó espuela, rumbo de nuevo a su tarea—. No es mala en absoluto.»

Los cascos de su caballo flotaron sobre el polvo del camino. Y después fuese, y no hubo nada (pp. 653-654).

Notemos, de nuevo, la intertextualidad cervantina en la última frase —que es la que cierra de novela—, «fuese, y no hubo nada», en este caso con el remate del famoso soneto del túmulo de Felipe II en Sevilla «Voto a Dios, que me espanta esta grandeza».

Sobre el posible encuentro de Cervantes y Shakespeare, ya sabemos que ha habido varias recreaciones desde la ficción literaria (queda una nota acerca de esta cuestión en una antrada anterior). En la semblanza que dedica al escritor inglés en su nota final, Gómez-Jurado justifica el —hipotético, ficticio, no lo olvidemos— encuentro sevillano de ambos ingenios:

William Shakespeare, «vagabundo, actor y poeta» y más tarde un dramaturgo no del todo desconocido, es una figura tan cambiante y apasionante como fueron sus obras. Es difícil alcanzar la verdad sobre muchas partes de su vida, y muy en concreto sobre los denominados «años perdidos» (1587-1592), en los que no por casualidad transcurre La leyenda del ladrón. Shakespeare pudo haber estado en cualquier parte durante aquellos años, y desde luego que huyese de su matrimonio a la ciudad más grande e importante del mundo en el siglo XVII no es una posibilidad tan loca como pudiera parecer[2].

Y añade a continuación:

Siempre me ha fascinado profundamente el que los dos autores más grandes que ha dado la historia muriesen el 23 de abril de 1616, que hoy es consagrado como el Día del Libro. Ambos tienen otra cosa en común, y es que parecieron recibir la inspiración que los volvió inmortales hacia la misma época. Antes de sus «años perdidos» Shakespeare era un don nadie. Antes de su etapa sevillana Cervantes era un autor de poco fuste. La posibilidad de que se conociesen y de que sus dos enormes mentes se prendieran fuego literario mutuamente fue la idea que dio pie a esta aventura. Uno y otro se lanzan referencias cruzadas a lo largo de la historia, y puede ser divertido para una segunda lectura descubrirlas todas[3].

En fin, prolonga su comentario aludiendo al perdido texto de Cardenio, al tiempo que menciona de paso sus dos principales fuentes bibliográficas:

La inspiración entre Shakespeare y Cervantes existió, de hecho. Tras leer una traducción de El Quijote, el inglés escribió una comedia, Cardenio, basada en el personaje del mismo nombre aparecido en la obra del español. Por desgracia esa obra se perdió en un incendio y tan sólo referencias del argumento han llegado hasta nosotros. Para saber más de ambos genios recomiendo las biografías de Manuel Fernández Álvarez, Cervantes visto por un historiador; y la mastodóntica Shakespeare, de Harold Bloom[4].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657.

[3] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. En realidad, los dos escritores no murieron el mismo día: Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616, pero en Inglaterra regía todavía el antiguo calendario juliano, en tanto que en España se usaba ya el calendario gregoriano. La fecha de su muerte correspondería, entonces, al 3 de mayo, diez días más tarde. Además, Cervantes murió el 22 de abril, siendo enterrado, eso sí, al día siguiente, 23 de abril.

[4] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (3)

En lo que respecta a la presencia de Shakespeare en Sevilla, la novela en La leyenda del ladrón[1] nos lo muestra como un simpático borrachín que vive en la taberna del Gallo Rojo, donde entrará a servir Sancho. Como España e Inglaterra están en guerra en ese momento, no se presenta como inglés, sino que se hace pasar por irlandés. De esta forma se explican las razones de su marcha de Inglaterra:

Aunque procuraba no pensar en ellos para no sentir aún más el peso de la soledad, en aquel momento recordó a sus hijos. Hacía muchos meses que no conseguía dinero suficiente para enviar a casa, y se preguntó si todos estarían bien. Su esposa era demasiado egoísta y demasiado estúpida como para aprender a escribir o mandarle noticias. Por enésima vez en su vida lamentó haber dejado preñada a una mujer ocho años mayor que él y con la que se había casado a la fuerza. Apenas se soportaban, y marcharse lejos de ella en busca de fortuna había sido un auténtico alivio (p. 587).

William Shakespeare

Y se ofrecen a continuación algunos datos sobre su trabajo como actor:

Llevado por su deseo de triunfar en el teatro, se había unido a una troupe de cómicos itinerantes que hacían una gira de dos años por el continente, visitando lugares de los que nunca antes había oído hablar, como Verona, Venecia o la propia Sevilla. El talento de Guillermo para la interpretación era bastante justo, algo que compensaba intentando improvisar sobre el escenario. Para ello sí que estaba dotado, mucho más que sus compañeros. Esto había ocasionado roces y peleas que habían acabado con la paciencia del director y resultado en su expulsión de la compañía. Había terminado viviendo en un cuchitril de mala muerte llamado el Gallo Rojo, maldiciendo su suerte, atrapado por la guerra con España y por el agujero perpetuo de sus bolsillos (pp. 587-588).

En un determinado momento Shakespeare le cuenta a Sancho la leyenda de Robert Hood, bandido honesto, leit motiv repetido a lo largo de la novela (de hecho, Sancho aspirará a ser como ese Robert Hood, un ladrón honesto y bondadoso)[2]. En esta ficción narrativa, Cervantes y Shakespeare, presentados por el joven, se hacen buenos amigos:

Guillermo le contó lo difícil que habían sido para él aquellos años, con un ardor y una pasión que llenaban de colores y sensaciones el relato. Había sido maestro de inglés en varias casas de jóvenes nobles y comerciantes, un trabajo que había acabado con su paciencia y que le daba para malvivir. Hubo días en que tuvo que deslizarse en las cocinas de las casas para robar algo de comer. Cuando no aguantó más las impertinencias de los mocosos malcriados, cambió la hambrienta profesión de maestro por la aún más hambrienta profesión de actor. Con su pobre castellano todos los papeles a los que podía aspirar eran secundarios y sin frase.

—He sido guardia, pastor y piedra. Y árbol, maldita sea. Juro que si algún día escribo una comedia digna de tal nombre no pondré un solo árbol en ella (p. 582).

El comentario no deja de ser humorístico pues, recordemos, en el Acto III de Macbeth una aparición le avisa al protagonista: «Mantén el ánimo valeroso: serás invencible y glorioso hasta que el bosque de Birnam veas moverse y avanzar hacia ti». Luego, en el Acto IV, Malcolm ordena a sus soldados: «¡Que cada uno arranque y lleve consigo una rama para ocultarse tras ella!». Y entonces el Coro exclama: «¡El bosque de Birnam está moviéndose!».

Un detalle interesante es que, tras entablar conocimiento y mantener largas conversaciones, Shakespeare y Cervantes se inspiran mutuamente para algunas de sus futuras obras literarias. El inglés le cuenta al español que la leyenda de Robert Hood, el bandido justiciero, había afectado profundamente a su común amigo Sancho. Esto supone la “chispa” de inspiración para el personaje protagonista del Quijote:

—Supongo que una buena historia puede trastornar al hombre más sereno —dijo el inglés, apurando la jarra.

[…]

Cuando se volvió hacia el comisario, vio que éste tenía la mirada fija en un punto de la pared, y parecía encontrarse muy lejos de allí. Murmuraba algo entre dientes, algo que Guillermo no pudo captar. Tan sólo entendió la palabra «molinos», que para él no tenía ningún significado (p. 507).

A su vez, Cervantes habría sido quien la brindó a Shakespeare el argumento de Hamlet, al hilo de unos comentarios referidos al deseo de venganza que ha anidado en el joven Sancho de Écija:

—Vos no le convertisteis en un ladrón —dijo al cabo de un rato Miguel—. Eso era algo que él llevaba dentro, por los motivos equivocados.

—Temo, no obstante. Ser la causa de haberlo provocado. Y de haberle obligado a buscar venganza. La más baja e inútil de las pasiones.

Miguel sonrió.

—La venganza. Es curioso, don Guillermo, pero recientemente llegó a mis oídos una trágica historia que le sucedió a un príncipe de Dinamarca hace cuatro siglos… (p. 591) [3].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Robin Hood fue una amalgama de tres individuos distintos: un campesino proscrito del bosque de Barnsdale en torno a 1225; Robert Hood de Wakefield, soldado del ejército rebelde del conde de Lancaster que luego estuvo al servicio de Eduardo II en 1324 […] y Fulk Fitz Warine, uno de los barones que se alzaron contra el rey Juan entre 1200 y 1215» (Valdés Miyares, «Robin Hood, historia y leyenda de un proscrito», s. p.).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

 

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (2)

Otro momento que se reconstruye de la biografía cervantina en La leyenda del ladrón[1] es el de sus años de cautiverio en Argel. Este es el momento en que fray Juan Gil negocia con Hazán Bajá la libertad de algunos cautivos cristianos que están ya embarcados para ser llevados a Constantinopla:

El siguiente en su lista era un soldado que llevaba más de cinco años cautivo en Argel, y cuya familia había vendido hasta la última fanega de tierra que poseían en España para rescatarle. Le dijo su nombre al cadí.

—Ah, ése. Le tengo un cierto aprecio, es gran conversador. Pensaba guardármelo para mí.

—¿Podría ser que os hiciese cambiar de planes, majestad?

—Bien pensado, necesito una alfombra nueva. Seiscientos escudos.

—¡Majestad, es sólo un simple soldado!

El cadí meneó la cabeza.

—Llevaba cartas de recomendación del mismísimo don Juan de Austria. Debe de tener amigos influyentes. Si quieren recuperarlo, tendrán que pagar.

La negociación volvió a empezar, esta vez con una vida distinta en la balanza. Al cabo de largo rato, Hazán se cansó del juego y plantó una cifra definitiva.

—Quinientos escudos, fray Juan. No creo que consiga un buen brocado persa por menos (pp. 494-495).

Cervantes cautivo en Argel

Se alude a los supuestos amores homosexuales de Hazán Bajá con el cautivo cristiano, que podrían ser la causa que explicase por qué Cervantes no fue nunca castigado pese a sus reiterados intentos de fuga. Así, en un momento del «Interludio», traen a Cervantes cargado de cadenas a presencia de su amo y de fray Juan:

El cadí dio una palmada y un par de guardias se presentaron enseguida arrastrando al prisionero. Éste iba cargado de cadenas, con grilletes en muñecas y tobillos. Tenía el pelo y la barba largos y enmarañados, y apestaba a sudor y a orines. Cuando los guardias dejaron de sostenerle, se desplomó jadeante en la cubierta.

—Menuda mercancía me entregáis, majestad —protestó el fraile.

—Debéis agradecer a mi magnanimidad que se encuentre en tan buen estado. Este caballero ha intentado escaparse cuatro veces. En una de las ocasiones incluso se llevó a sesenta esclavos más con él. Tendría que haberlo ahorcado hace tiempo, pero tengo una debilidad especial por este hombre. Me conformo con ir metiéndole en el agujero cuando se porta mal —dijo Hazán, poniendo un énfasis especial en la última frase.

Fray Juan ignoró el malicioso comentario, pues a diferencia de muchos otros, el fraile jamás juzgaba lo que hacían los hombres para sobrevivir en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Además, a través de otros prisioneros había escuchado de la extrema valentía con la que se había portado aquel hombre. Había intentado la fuga de todas las maneras posibles, desde huyendo a los montes cercanos a la ciudad hasta robando una barca y confiándose al mar. En una de aquellas tentativas había conducido a un gran grupo de esclavos cristianos hasta una cueva, donde habían malvivido, escondidos durante meses hasta que otro cristiano traidor les había vendido por una jarra de manteca.

La ley turca estipulaba que la fuga se castigaba con la muerte, pero el hombre que ahora languidecía sobre la cubierta había dado un paso al frente y se había atribuido toda la responsabilidad cuando los guardias del cadí los habían capturado en la cueva. Aquel hombre, aunque fuera de ascendencia humilde, tenía más derecho que nadie a regresar a España, con los suyos (pp. 494-495).

Más adelante, después de que Sancho le ayuda a ganar dinero en el garito de juego de Ramos, se aludirá a sus heridas cobradas en Lepanto:

Sobrevino un silencio incómodo, y Sancho se vio obligado a hablar. Señaló la mano izquierda, atrofiada e inútil de su interlocutor.

—¿Qué os ocurrió?

El comisario pareció azorado un instante, como si la simple mención de la herida lo transportase muy lejos de allí.

—Esto, muchacho, fue a causa de tres tiros de arcabuz que me dieron en Lepanto. La más alta ocasión que vieron los siglos. Y si me hicierais el honor de compartir un vaso de vino conmigo, me encantaría contaros cómo sucedió.

—Tal vez en otra ocasión, señor (p. 512).

Como vemos, hay aquí, con la mención de «La más alta ocasión que vieron los siglos», un claro eco intertextual cervantino (reminiscencia del famoso prólogo del Quijote de 1605). La intertextualidad se aprecia también cuando Sancho pide ayuda al comisario para desenmascarar a Vargas, que ha acaparado todo el trigo de la ciudad:

—Habéis tenido una vida muy dura, amigo Sancho. Siempre he sido de la opinión de que cada hombre se labra su propia fortuna. Pero nunca tenemos a mano un buen cincel, y a veces hay que hacerlo a dentelladas. No temáis que os juzgue, porque eso no me corresponde a mí, sino a Dios (p. 579).

La formulación «cada hombre se labra su propia fortuna» evoca, con otras palabras, la afirmación, tan del gusto cervantino, de que «cada uno es artífice de su ventura» (Quijote, II, 66).

En fin, esta es la breve semblanza que se dedica a Cervantes en la nota explicativa del autor, la cual se centra en los acontecimientos de su vida aquí evocados:

Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey en la época en la que transcurre la novela y más tarde autor de cierto renombre, pasó una etapa de su vida muy ligado a Sevilla y la recolección de grano. También se metió en bastantes líos con las cartas y con la justicia antes de escribir una obra inmortal que, quién sabe, pudo ser inspirada en parte por un ladrón impetuoso y noble llamado Sancho de Écija. Toda la parte correspondiente a su rescate en Argel, así como la figura de fray Juan Gil, responden tanto a la realidad como he sido capaz de reflejar[2].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (1)

El autor ha señalado en alguna entrevista que, en su novela[1], Cervantes es un secundario de lujo. Efectivamente, no ocupa el lugar protagónico, sino que aparece en determinados momentos de la acción global: 1) en el «Prólogo», en su primera jornada como comisario de abastos, salva al niño Sancho de Écija. Luego desaparece de la acción narrativa durante un buen trecho del relato. En el «Interludio» (situado entre los capítulos XLIV y XLV, ocupando las pp. 487-497) se rememora su rescate de Argel por fray Juan Gil y se ofrecen datos relativos a sus cinco años y medio de cautiverio. Por último, en el tramo final de la novela, Sancho le ayuda en una partida de cartas en el garito de Gonzalo Ramos, el Florero, y le presenta a Shakespeare. A partir de ahí Cervantes y Shakespeare, que se hacen amigos, ayudarán juntos a Sancho de Écija.

Shakespeare y Cervantes

Esta es la primera descripción que se ofrece de Cervantes (aunque su nombre no se revelará hasta el final de este apartado introductorio de la novela, para los conocedores de la biografía del autor del Quijote resulta claro de quién se trata):

Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo […]. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir el trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra. Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen (p. 11).

Y con estas líneas refleja el narrador sus pensamientos, en estilo indirecto:

Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los sitios, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba (pp. 11-12).

Insisto: todavía no se ha mencionado su nombre, pero para el lector avisado ya queda suficientemente claro quién es este comisario de abastos. Sea como sea, para que no quede ninguna duda, su identidad se explicita al final de este prólogo, cuando deja al niño que ha salvado en el orfanato, en manos de un fraile:

El comisario volvió a montar, pero cuando iba a ponerse en marcha el anciano agarró el bocado del animal.

—Esperad, señoría. ¿Quién debo decirle que es su salvador, para que le tenga en cuenta en sus oraciones?

El hombre guardó silencio un momento, con la mirada perdida en las calles tenebrosas de Sevilla. Estuvo a punto de negarse a responder, pero había pasado por demasiados malos tragos en la vida, demasiadas pruebas y sinsabores como para desperdiciar una oración a cambio de sus seis escudos. Volvió sus ojos tristes hacia el fraile:

—Decidle que rece por Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey (p. 21)[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Características de «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado: el subgénero de esta novela

La enumeración de las principales características de la novela[1] nos permitirá acercarnos a la cuestión del subgénero narrativo al que pertenece. Estamos, a mi juicio, ante una novela histórica de aventuras, con los ingredientes propios de este tipo de relato: 1) la división maniquea del universo novelesco en héroes (Sancho, Clara) y sus coadyuvantes (Monardes, Bartolo, Josué), por un lado, y villanos (Vargas, Monipodio) y sus secuaces (De Groot, Gabriel Soutino el Cuervo, Catalejo, Maniferro), por otro; 2) acumulación de lances y aventuras que se suceden con un ritmo que pudiéramos calificar de “cinematográfico” (duelos de espada, peleas, persecuciones, asaltos, etc.); 3) una historia de amor con personajes que buscan su propio destino y su libertad (Sancho y Clara), y que tienen deseos de venganza y justicia (Sancho). Se aprecia en la novela una rigurosa documentación histórica, aunque sin alardes de erudición, de forma que la lectura no se hace pesada. Al contrario, estamos ante una redacción fluida, que hace ágil y ameno el discurrir de los acontecimientos.

La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado

Otra característica destacada la constituyen los paralelismos que se establecen entre el tiempo en que se ambienta la acción y nuestros días, el de los lectores contemporáneos: por un lado, se presenta una época de crisis, marcada por la pobreza y las desigualdades sociales, la existencia de políticos y gobernantes corruptos, la venalidad (o parcialidad) de la justicia, siempre favorable a los poderosos y cruel con los más desposeídos. En este contexto se inserta la presencia del protagonista, Sancho, personaje que sueña con la justicia y la libertad. En segundo lugar, se destaca la “invisibilidad” (o escasa presencia) de la mujer en la sociedad. Y, en ese sentido, tenemos al personaje femenino, Clara, que trata de ser libre y tomar las riendas de su destino a través del ejercicio de la profesión médica en un momento en que esta era fundamentalmente cosa de hombres.

Cabe destacar también, como no podía ser de otra manera, la importancia de la materia y la intertextualidad cervantinas. Por un lado está la propia inclusión de Cervantes como uno de los personajes (ya he señalado que no es el protagonista central, pero sí que tiene cierta relevancia). A esto hay que sumar la amistad que se entabla entre el (futuro) autor del Quijote y Shakespeare, que pasan mucho tiempo «hablando de historias y de gentes» (p. 648). Sus diálogos servirán, entre otras cosas, para hacer surgir la inspiración mutua para obras que escribirán próximamente. Añadamos asimismo la amistad de Cervantes y Sancho, que también servirá de inspiración para una futura historia, nada menos que el Quijote (un personaje que lucha por la justicia y la libertad, y el episodio concreto del acuchillamiento de los toneles de vino, que mencionaré en una próxima entrada). En fin, no debemos olvidar la inclusión de Monipodio —un personaje ficticio cervantino inserto en esta otra ficción novelesca— y la descripción del hampa sevillana, que remite en última instancia, obviamente, a Rinconete y Cortadillo, junto con otros elementos diversos de intertextualidad cervantina repartidos a lo largo de todo el relato[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado: estructura y argumento

Examinemos ahora la estructura y el argumento de La leyenda del ladrón[1]. Ofrezco primero la división externa de la novela, que nos brinda información acerca de las fechas exactas en las que se sitúa la acción de la historia:

—«Prólogo. A mitad de camino entre Écija y Sevilla. Septiembre de 1587» (pp. 9-21)

—«Octubre de 1588 a marzo de 1589» (caps. I-XXVII, pp. 23-218)

—«Abril de 1589 a agosto de 1589» (caps. XXVIII-XL, pp. 219-332)

—«Septiembre de 1590 a abril de 1591» (caps. XLI-LIV, pp. 333-486)

—«Interludio. Once años antes» (pp. 487-497)

—[Continúa la cronología de «Septiembre de 1590 a abril de 1591»] (caps. XLV-LXX, pp. 498-645)

—«Epílogo» (pp. 647-654)

La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado

A los materiales que forman la parte propiamente narrativa habría que añadir una serie de textos preliminares y postliminares, a saber:

—[Una nota sobre la aplicación de realidad aumentada para smartphones] (p. 5)

—[La dedicatoria] «A la memoria de José Antonio Gómez-Jurado, que me enseñó a apreciar una buena historia» (p. 7)

—«Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón» (pp. 655-659)

—«Agradecimientos» (pp. 661-662)[2] 

El argumento se puede resumir, en unos pocos párrafos, así: Miguel de Cervantes, comisario de abastos de Su Majestad, salva al joven Sancho, al que halla junto a su madre muerta por la peste en una venta del Camino Real entre Sevilla y Écija, la venta de Griján. Lo deja en el orfanato de la Hermandad del Santo Niño de Sevilla al cuidado de fray Florencio. Cual buen samaritano, aporta para su cuidado seis escudos de oro, que —se dirá más adelante— serán la mejor inversión de su vida[3].

Siguen luego las historias —que se enlazarán— de Sancho y de su amiga Clara. Un día Sancho de Écija, que vive en el orfanato sevillano donde fue recogido y trabaja como esportillero, roba una moneda del cargamento de oro del rico comerciante Francisco de Vargas. Surge así el enfrentamiento con De Groot, el lugarteniente de Vargas. Comienza pronto el aprendizaje para la vida de Sancho: el enano Bartolo será el encargado de enseñarle el noble arte de Caco[4] (es decir, el robar sin ejercer violencia). Por su parte, Clara es una joven esclava, hija de la esclava caribe Catalina y de Francisco de Vargas (quien la desea sexualmente, pese a saber que es su hija). Sancho empieza a trabajar con Castro en la taberna del Gallo Rojo, donde conoce a Guillermo de Shakespeare, un vagabundo borrachín, actor y escritor que finge ser irlandés (porque España e Inglaterra están en guerra en ese momento, y sería peligroso afirmar que es inglés). Se da luego la presentación de Monipodio, conocido como «el Rey de los Ladrones», y su Corte del hampa sevillana, en evidente guiño y homenaje al Rinconete y Cortadillo cervantino. Clara encuentra la protección de Nicolás de Monardes, un médico —personaje este histórico, de figura bien conocida— que se muestra dispuesto a enseñarle el oficio. Tiene lugar después el asesinato del enano Bartolo a manos de Catalejo y Maniferro, por orden de Monipodio. Surgirá así el deseo de venganza de Sancho, que deberá quedar aplazado un tiempo porque el muchacho es detenido por ladrón[5].

El siguiente tramo narrativo nos presenta a Sancho en galeras, donde traba amistad con el negro Josué. Ambos lograrán recuperar la libertad cuando un jabeque tunecino echa a pique la galera San Telmo en la que reman. Sigue luego el año de formación de Sancho con el maestro espadero Joachim Dreyer en la localidad de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), quien le enseña el arte de la esgrima[6].

Gracias a la herencia de Monardes, Clara obtiene su libertad, aunque prosigue el acecho de su padre sobre ella. Sancho y Clara terminan enamorándose. El joven puede ejecutar ahora su plan de venganza contra Monipodio, cuando los Fantasmas Negros debilitan su organización delictiva y el hampón pierde todo su crédito en Sevilla. A su vez, Sancho ayuda a Cervantes en un garito de juego. Vargas secuestra a Clara y pide un rescate de 20.000 escudos. Para poder pagarlo, Sancho roba el oro —200 centenes— de la Casa de la Moneda[7]. Con la ayuda de Cervantes y Shakespeare, el muchacho logra desacreditar a Vargas, que había acaparado todo el trigo de Sevilla, causando la hambruna del pueblo. Consiguen también liberar a Clara y mueren De Groot y Vargas[8].

Además, en un interludio narrativo, se recupera la historia de Cervantes rescatado de Argel, al tiempo que se ofrecen algunos detalles sobre su cautiverio[9].

Nos acercamos así al final de la novela. Los protagonistas se despiden en el muelle de Sevilla, dispuestos a emprender una nueva vida (como en el final del Buscón quevediano). Shakespeare se dispone a regresar a su país, donde intentará que se representen algunas obras dramáticas que se le han ocurrido durante el tiempo que ha pasado en España. Cervantes también tiene una historia —la de don Quijote, claro está— que «Bien contada podría ser brillante» (p. 652). Sancho, Clara y el negro Josué se embarcan para las Indias, donde podrán iniciar otra vida, buscar su lugar en el (Nuevo) mundo y ser libres. Así pues, el relato se cierra con este final esperanzado, y que queda abierto para una posible continuación[10].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Hay que sumar diez marcas de respuesta rápida (códigos QR) situadas en las pp. 34, 48, 58, 144, 171, 226, 299, 420, 535 y 580.

[3] «Prólogo. A mitad de camino entre Écija y Sevilla. Septiembre de 1587»
(pp. 9-21).

[4] Asistimos a este diálogo: «—Pero ¿tú de dónde sales, niño? Creo que tendré que trabajar mucho contigo si es que de verdad quieres dedicarte a este oficio. / —¿A qué oficio?/ —¿A cuál va a ser? Al noble arte de Caco, a la redistribución de la riqueza, a la incautación de excedentes. Al robo, vamos» (p. 38).

[5] «Octubre de 1588 a marzo de 1589» (caps. I-XXVII, pp. 23-218).

[6] «Abril de 1589 a agosto de 1589» (caps. XXVIII-XL, pp. 219-332).

[7] Tendríamos aquí una versión avant la lettre de La Casa de Papel, con Cervantes en funciones de El Profesor, planeando el golpe perfecto y fundiendo el oro para transportarlo mejor.

[8] «Septiembre de 1590 a abril de 1591» (caps. XLI-LIV, pp. 333-486 y XLV-LXX, pp. 498-645).

[9] «Interludio. Once años antes» (pp. 487-497).

[10] «Epílogo» (pp. 647-654). Nótese, en fin, que el relato adopta una estructura circular, pues empezaba con la llegada de la flota de Indias y acaba, precisamente, con la partida de la flota a las Indias. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«La leyenda del ladrón» (2012), de Juan Gómez-Jurado, una exitosa novela de aventuras históricas

Hasta donde se me alcanza, no existe bibliografía (académica) acerca de esta novela, que data del año 2012[1] (y que ha conocido diversas ediciones, en distintos formatos, incluyendo una app con realidad aumentada[2]), aunque sí hay muchas reseñas y comentarios en Internet (blogs, foros de lectura, grupos de Facebook sobre novela histórica…) y algunas entrevistas al autor en prensa y digitales[3]. En este sentido, es útil recordar la «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», que figura al final de las distintas ediciones. En la edición conmemorativa de 2021 se añade un «Prólogo» explicativo. En fin, el autor dio cuenta de la génesis de la novela, comentando el trabajo de documentación histórica que llevó a cabo y otras cuestiones relacionadas con su redacción en una serie de ocho entradas aparecidas en ZendaLibros entre el 16 de abril y el 25 de mayo de 2016, «Cómo escribí La leyenda del ladrón», que resultan de gran utilidad.

Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón

Un detalle que llama la atención es que las contracubiertas de estas ediciones, y lo mismo los textos promocionales de la novela, no aluden (al menos no directamente) a Cervantes y a Shakespeare, nombres que, sin duda alguna, podrían haber sido un buen “gancho” comercial. Así, este es el texto promocional de la primera edición, del año 2012:

Una aventura épica en la majestuosa Sevilla del XVI

Prepárate a transportarte a la Sevilla del XVI, a un fascinante mundo de mendigos y prostitutas, nobles y comerciantes, espadachines y ladrones. El amor, la pasión y la venganza son los pilares de esta magistral novela de aventuras en torno a un niño salvado misteriosamente de la muerte, que crecerá para erigirse en la última esperanza de los desfavorecidos. El destino de Sancho y el de quienes le rodean hunde sus raíces en los secretos orígenes de la literatura. Su historia te cambiará para siempre.

Este otro, algo más amplio, es el texto promocional de las ediciones de bolsillo:

Una aventura épica

Andalucía, 1587. En medio de un pueblo arrasado por la peste, uno de los comisarios de abastos del rey Felipe II encuentra a un niño que aún se aferra a la vida. Arriesgando su carrera, lo rescata de las garras de la muerte y lo lleva a Sevilla, sin poder imaginar lo que acabará suponiendo ese acto.

Una Sevilla en la que ricos y pobres luchan por sobrevivir

Unos años más tarde, el joven Sancho se encuentra en las calles de una sociedad moldeada por la pobreza, la guerra y las intrigas. Abandonado a su ingenio y voluntad, crecerá para convertirse en el defensor de los desfavorecidos y las causas justas, y junto a sus compañeros tendrá que enfrentarse a un desafío de cuya resolución dependerá el mismo destino de la ciudad de Sevilla.

Una historia que te cambiará para siempre

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una magistral historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo.

En fin, transcribo también el texto promocional de la edición conmemorativa de 2021:

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una extraordinaria historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo. Con esta nueva y lujosa edición, con ilustraciones y prólogo de Juan Gómez-Jurado, se rinde homenaje a esta novela magistral del autor de Reina Roja en su 10.º aniversario[4].


[1] Las citas son por esta edición: La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Se indica en la app oficial de La leyenda del ladrón: «Con esta aplicación de realidad aumentada podrás disfrutar de contenidos inéditos de la nueva novela de Juan Gómez-Jurado. Captura las marcas que encontrarás en las páginas del libro y accede a vídeos, podcasts, concursos y documentación extra que darán una mayor dimensión a tu lectura. ¡Disfruta de una experiencia de lectura única con tu smartphone!».

[3] Ver por ejemplo Piña, 2012 y «La leyenda del ladrón (Juan Gómez Jurado). Oro, tinta y esperanza» (2012).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.