Burla, teatralidad y violencia en el episodio del carro de las Cortes de la Muerte («Quijote», II, 11) (2)

Merece la pena destacar que la primera reacción de don Quijote ante el inesperado y sorpresivo encuentro había sido imaginar una aventura caballeresca: «Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura» (p. 713)[1]. Sin embargo, en cuanto el Diablo-carretero o carretero-Diablo detiene la carreta y le habla mansamente, el manchego acepta la explicación racional de todo aquello tan aparentemente extraño que está viendo:

—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula (pp. 714-715).

Las Cortes de la Muerte

El episodio podría haber concluido ahí. Sin embargo, hay un factor añadido que va a hacer que la violencia no se haya desactivado todavía. Don Quijote, no lo olvidemos, viene abatido tras la burla del encantamiento de Dulcinea sufrida en el capítulo anterior (recordemos las primeras palabras de este capítulo II, 11: «Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana», p. 711); y ahora se va a tener que enfrentar a otra burla, cuando aparece el moharracho, «uno de la compañía que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas» (p. 715). Los exagerados movimientos de este «demonio bailador de las vejigas» (p. 715) asustan a Rocinante, que sale corriendo y termina derribando al suelo a don Quijote.

El resto del episodio se puede resumir brevemente: consiste primero en el fracasado intento de robo del rucio por parte del Diablo de las vejigas (se monta en él y trata de llevárselo, pero finalmente rueda también el por tierra: «habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante», p. 716), que finalmente lo deja marchar, volviendo entonces la bestia tranquilamente a su querencia; sigue el deseo expresado por el caballero de vengarse en alguno de los de la carreta; vienen luego las prevenciones de Sancho contra los farsantes, «que es gente favorecida» (p. 716), y los gritos de don Quijote, que quiere arremeter contra el «gallardo escuadrón» (p. 717) que forman los cómicos, los cuales se previenen con piedras para dar una buena «sopa de arroyo» (p. 717) a su atacante; finalmente, vemos cómo Sancho convence a su amo de que es mejor no atacarlos diciendo que «entre todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante» (p. 717). Esta advertencia del «Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y sincero» (p. 717) constituye un argumento de peso para don Quijote, que queda convencido y vuelve las riendas de Rocinante; «la Muerte con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje», y «este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte» (p. 718)[2].


[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.

Burla, teatralidad y violencia en el episodio del carro de las Cortes de la Muerte («Quijote», II, 11) (1)

Este episodio ocupa el capítulo 11 de la Segunda parte del Quijote, titulado «De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de Las Cortes de la Muerte»[1]. El caballero manchego y su fiel escudero van conversando acerca del encantamiento de Dulcinea, que se ha producido en el capítulo anterior; Sancho, tras expresar su preocupación ante la posibilidad de que los gigantes y caballeros que venza su amo no puedan encontrar a la dama (por estar encantada), muestra su disposición a emprender nuevas aventuras. Entonces algo sorprendente viene a interrumpir sus cavilaciones:

Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:

—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza (pp. 713-714)[2].

El carro de las Cortes de la Muerte

Stefano Arata, en su lectura explicativa del capítulo, comenta al respecto que este encuentro sucede durante la semana de las fiestas del Corpus Christi, la llamada octava del Corpus[3], «cuando las compañías teatrales, tras haber actuado en las procesiones de las capitales, solían llevar sus autos sacramentales a los pueblos de la comarca»[4]. Ya sabemos que Cervantes fue un gran hombre de teatro —género en el que también quiso triunfar, aunque ahí se topó con la figura y la obra del Fénix—, y que estaba muy atento a todas las novedades teatrales de su tiempo, que conocía muy bien —como demuestra, por otra parte, la siempre destacada teatralidad del Quijote, en especial de su Segunda parte—, de ahí que no deba extrañarnos el carácter documental de este episodio, como ha puesto de relieve la crítica. Cito de nuevo a Arata:

Todo, en la descripción de la carreta de actores que se cruza en el camino de DQ, responde a la esfera de la verdad histórica, de forma casi documental. Existió realmente el autor de comedias Andrés de Angulo «el Malo», cuya compañía era una de las más afamadas de la época; el auto sacramental de Las Cortes de la Muerte que los actores acaban de representar, se puede identificar con una pieza de Lope de Vega, cuyo texto ha llegado hasta nosotros, y la descripción del atuendo de los faranduleros reproduce casi literalmente las indicaciones de vestuario del manuscrito lopesco. También el extraño personaje que aparece junto a la carreta —ese bojiganga que hace sonar unos cascabeles y esgrime un palo con unas vejigas de vaca—, procede de la viva realidad de las fiestas del Corpus. Se trata de una figura carnavalesca, personificación de la Locura, que precedía a los carros durante las procesiones, asustando con sus saltos y con un palo a los espectadores. Según la zona geográfica, se le conocía con el nombre de botarga, mojarrilla o moharracho[5].


[1] Sobre este episodio pueden consultarse los trabajos de Leonard Mades, «El auto de Las cortes de la Muerte mencionado en el Quijote», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, pp. 338-343; Roberto Jiménez Silva, «Un drama sacro en el Quijote: Las Cortes de la Muerte», en Homenaje académico al «Quijote» en el IV Centenario de su publicación, Toledo, Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, 2006, pp. 65-71, y James Iffland, «Don Quijote ante Las Cortes de la Muerte: reflexiones sobre la intertextualidad festiva», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 605-615, entre otros posibles.

[2] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).

[3] Dato que rompe la cronología interna del Quijote… pero esa es otra cuestión.

[4] Arata, en Don Quijote de la Mancha, volumen complementario, p. 132. Dejo de lado otros asuntos interesantes del episodio, pero que no atañen al tema de hoy, como por ejemplo la identificación del auto que representaba la compañía de Angulo el Malo. Ver para estas cuestiones Carlos Mata Induráin, «Las cortes de la Muerte, auto sacramental atribuido a Lope de Vega, y el episodio cervantino de la carreta de la Muerte (Quijote, II, 11)», Alpha. Revista de artes, letras y filosofía, 43, 2016, pp. 219-231.

[5] Arata, en Don Quijote de la Mancha, edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, volumen complementario, p. 132. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.

Burla, teatralidad y violencia en la Segunda parte del «Quijote»

En la serie de entradas a la que doy comienzo hoy pretendo un acercamiento a dos episodios de la Segunda parte del Quijote —el del carro de las Cortes de la Muerte (II, 11) y el del retablo de maese Pedro (II, 25-26)— en los que burla, teatralidad y violencia se dan la mano. Obvio es decir que estos tres conceptos han dado mucho juego a la hora de analizar la novela cervantina y han generado una abundantísima bibliografía[1]. Sin embargo, ahora me interesa destacar la fuerte imbricación de esos tres conceptos en los dos episodios seleccionados. En ambas ocasiones don Quijote se va a ver enfrentado a sendas realidades del mundo teatral cotidianas en aquella época (una compañía de actores, un retablo de títeres), pero que en su caso van a ser interpretadas en clave caballeresca.

En este sentido, los dos episodios ponen en primer plano el conflicto clave entre realidad y apariencia. El desenlace, en ambos episodios, resulta diferente: si en el primero de ellos don Quijote sufre la violencia carnavalesca del bojiganga y termina derribado por los suelos, quedando conjurada su proyectada venganza por la fuerza de la palabra (merced a un sabio consejo de Sancho), en el segundo el resultado será una explosión de violencia física derivada de la cólera del hidalgo, cuyos objetos pacientes serán los títeres de maese Pedro. Interesa destacar además que ambos episodios no solo incluyen burlas, sino que se desarrollan en un contexto general de burlas: así, el primero sucede tras el encantamiento de Dulcinea (en el momento del encuentro con las labradoras del Toboso en II, 10); y el segundo está colocado entre el planteamiento (II, 25) y el desenlace (II, 27) de la burlesca aventura del rebuzno[2].


[1] Sobre la burla en el Siglo de Oro son imprescindibles las reflexiones de Monique Joly, La bourle et son interpretation, Lille, Université de Lille, 1982; y, más recientemente, las de Ignacio Arellano, «La burla en el Siglo de Oro. Algunas consideraciones previas», en Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 1. Poesía de Lope de Vega, Góngora y Quevedo, New York, IDEA, 2020, pp. 13-24; con relación a la teatralidad en el Quijote, ver por ejemplo Bruce R. Burningham, «Jongleuresque Dialogue, Radical Theatricality, and Maese Pedroʼs Puppet Show», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, 23.1, 2003, pp. 165-200, y Jesús G. Maestro, «De la teatralidad en el Quijote. Sancho en Barataria o la subversión de la preceptiva sobre lo cómico», en Emilio Martínez Mata (coord.), Cervantes y el «Quijote». Actas del coloquio internacional, Oviedo, 27-30 de octubre de 2004, Madrid, Universidad de Oviedo (Catedra Emilio Alarcos Llorach) / Arco Libros / Asociación de Cervantistas, 2007, pp. 97-112; para la violencia, remito a Antonio Martí, «Mal y violencia en Don Quijote: crítica social cervantina», Anales Cervantinos, 25, 1987, pp. 285-303; Bénédicte Torres, Cuerpo y gesto en el «Quijote» de Cervantes, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2002, y Bénédicte Torres y Michèle Estela-Guillemont, «Algunas consideraciones acerca de la violencia en el Quijote», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 719-745, entre otros muchos trabajos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: Dulcinea y el amor

El amor es el motor principal del actuar del caballero andante, la fuerza que le da vida y ser («Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser», leemos en Quijote, II, 30), y el servicio amoroso a «su sin par Dulcinea», la alta señora de sus altos pensamientos, queda evocada en el texto de Larráyoz Zarranz[1] en la frase «juramos fidelidad a una única y sola dama» que pronuncia don Quijote. En cualquier caso, la presencia de Dulcinea, aparte algunas menciones sueltas de este tipo, no adquiere en esta obra una función estructural, ni siquiera una importancia destacada.

Dulcinea

Añadiré para cerrar este apartado que la intertextualidad de la obra, además de con el Quijote, se produce con la novela histórica Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879), de Francisco Navarro Villoslada, de la que hay claros ecos: así, la alusión a la célebre expresión «Domuit vascones» con la que comenzaban las crónicas de los reinados de todos los monarcas godos, la legendaria elección de Jimeno García como primer rey de Pamplona, o el comienzo del capítulo II, con un comentario del narrador que recuerda mucho el estilo del escritor vianés (aprendido, a su vez, en Cervantes y el Quijote[2], inicio y origen último de toda la novela moderna occidental):

Mejor será, paciente lector, dejar de lado todas estas disquisiciones de las escuelas, para seguir más de cerca al Caballero de la Triste Figura en sus primeros pasos por el reino de Navarra, que por habernos detenido en ellas más de la cuenta, hemos dado lugar a que háyannos dejado rezagados (p. 24)[3].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Para la influencia de Cervantes en Navarro Villoslada, véase Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995; y Carlos Mata Induráin, «Cervantes y Navarro Villoslada. Reminiscencias quijotescas en el Pedro Ramírez», Pregón Siglo XXI, núm. 10, Navidad de 1997, pp. 63-66 (reeditado en Doce estudios sobre Navarro Villoslada. Semblanza y obras literarias, Viana, Ayuntamiento de Viana, 2002, pp. 199-207).

[3] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: lo caballeresco

El tema caballeresco se hace presente en Don Quijote en las Améscoas[1] a través de la mención de ciertos nombres como Amadises, Palmerines y Cirongilios; se alude además a la famosa historia del Caballero y el Cisne, o se habla de ciertas princesas Briolanjas, de la princesa Magalona… Pero más interesantes que estas alusiones sueltas son los pasajes en los que Larráyoz Zarranz inventa algunas nuevas aventuras pseudocaballerescas, por ejemplo la historia de la «mustia infanta Isomberta», en el episodio de la alacena de la casa rectoral de San Martín de Améscoa. Ese nombre de Isomberta pertenece a la tradición caballeresca, y su historia, recogida en la Gran conquista de Ultramar, preludia la del Caballero del Cisne. Sin embargo, hasta donde se me alcanza, no lo encuentro documentado en el Quijote[2], donde sí son frecuentes las referencias a aventuras caballerescas protagonizadas por menesterosas damas[3]. Parece, pues, invención de Larráyoz Zarranz esta famosa aventura de la alacena narrada en el capítulo XII: «De la misteriosa alacena que descubrió don Quijote en la sacristía de San Martín de Améscoa, con otros regocijantes sucesos dignos de referirse». Al verla, don Quijote exclama:

—¡Alégrese la mustia infanta Isomberta, que ya di con la alacena de las seis llaves, en donde se esconde sin duda el talismán que trocará en claro gozo su negro dolor! (p. 94).

Y poco después explica las razones de su contento:

—¿Quién ignora que la fiel infanta Isomberta vio bendecidos sus amores hacia el temerario conde Eustasio con el alumbramiento de siete angelicales mellizos? ¿Quién desconoce la larga envidia y retuerta trapacería de su artera madrastra —madrastra, el nombre le basta— que envió recado al buen conde, anunciándole que su mujer había dado a luz, ¡oh, infamia!, siete cachorrillos podencos? ¿Quién no sabe como los siete infantes, acurrucados en el hueco de un añoso roble en el fondo de un bosque, fueron amamantados por una cierva y educados ocultamente por un ermitaño? ¿Quién no conoce como al dar con ellos los esbirros de la madrastra para matallos, tornáronse en otros tantos cisnes, que huyeron raudos por los aires graznando cua, cua? ¿Quién no sintió henchido su pecho de justo gozo al ver satisfecha la justicia con el emparedamiento de la pérfida madrastra, que mal poso haya su ánima? ¿Y quién de voacedes, clérigos navarros venerables, no mezcló luego sus lágrimas con las de la egregia y cuitada Isomberta, cuando aquella sufrió tamaño desencanto, como lo fue el de ver desencantados a todos sus hijos menos a uno, al cual solo no le fue dado tornar a su prístino y natural ser, y hubo de continuar con la figura de cisne, por razones luengas de explicar y sobradamente de todas vuesas reverendas mercedes conocidas? ¿Y quién, en fin, no está sabidor de que el contrahechizo para sacallo de su encantamiento, ora fuese un talismán, ora un amuleto, ora unas hierbas, quizás un ungüento, tal vez un mejunje, hállase puesto a buen recaudo en un lugar escondido y apartado del siglo, como lo es aqueste de la Améscoa, en una férrea alacena, como lo es también aquesta, y cerrado con seis cerrojos, como lo son aquestos? (pp. 95-96).

Sin embargo, el señor Nemesio, el sacristán, se niega decididamente a abrir la alacena, donde además de lo que habitualmente se guarda en ella (un copón viejo, el cáliz de uso diario en la misa y la botella con el vino de celebrar, para tenerlo lejos del alcance de los monaguillos), hay algo bien distinto del pretendido talismán que imaginara don Quijote, como se explica hacia el final del capítulo:

Abriéronla enhoramala para don Quijote y para el señor Nemesio, porque, aunque hallaron como había manifestado este, un añosísimo cáliz y otro usado a diario, encontraron otrosí junto a ellos algo que el sacristán habíales celado: un trozo de pan con tortilla y unas viejas alpargatas, todo ello envuelto en unos arremendados calzones, cosas de las que había ido proveído porque, al dar remate a los funerales, pensaba irse a regar unos bróquiles a su huerta (p. 97).

Además de este humorístico episodio original del escritor navarro, debemos mencionar otra aventura que evoca las antiguas caballerescas: cuando el cura don Xavier baila durante la sobremesa de la cena a manera de gigante de la comparsa de Tafalla, don Quijote reacciona —todo lo que tenga que ver con gigantes le trastorna el juicio y lo transporta de inmediato al terreno de lo caballeresco— arremetiendo contra él (es algo similar a lo que sucede en el episodio del retablo de maese Pedro, cuando don Quijote carga contra el teatrillo donde se representa la historia de Melisendra, desbaratando muchas de las figurillas).

GigantesTafalla2

 

En la novela de Larráyoz Zarranz, don Quijote cree que un cazo de sopa que tiene al alcance de la mano es un venablo, y tal es el arma con la que pretende atacar al gigante-don Xavier[4].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] En efecto, Isomberta no figura en Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato (México), Universidad de Guanajuato, 1997; ni tampoco en Carlos Alvar (dir.), Alfredo Alvar Ezquerra y Florencio Sevilla Arroyo (coords.), Gran enciclopedia cervantina, vol. VII, Ínsula Firme-luterano, Madrid, Castalia-Centro de Estudios Cervantinos, 2008.

[3] Por ejemplo, en I, 49 don Quijote inventa una historia caballeresca tipo, la del Caballero del Lago; recordemos además la historia de la princesa Micomicona fingida por Dorotea para sacar a don Quijote de Sierra Morena, o la de la dueña Dolorida en el palacio ducal.

[4] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: los encantadores

Encontramos en Don Quijote en las Améscoas de Larráyoz Zarranz[1] algunas alusiones a los «encantadores invidiosos»[2] (envidiosos, se entiende, de las hazañas y la fama de don Quijote) y a sus encantamientos (y, en concreto, al «gigante encantador Malambruno»). Ellos son, como en el Quijote, quienes le atormentan trastocando la realidad para robarle la honra y prez que sin duda ganaría en todas sus aventuras con la fuerza de su valiente brazo, movido siempre al impulso ideal de su Dulcinea. Así, en el capítulo II Sancho Panza ve la realidad tal cual es, un carbonero navarro, pero don Quijote se empeña en imaginar que tal personaje es un príncipe (esto es, justamente, lo que sucede en la Primera Parte del Quijote: el hidalgo manchego deforma la realidad para ajustarla a las características de su monomanía caballeresca; en cambio, en la Segunda Parte son otras personas —el cura y el barbero, Sansón Carrasco, los Duques…— las que transmutan esa realidad, que don Quijote ve ahora tal cual es, con el fin de llevarlo de vuelta a casa, o peor —en el caso concreto de los Duques—, para burlarse cruelmente de él y reírse a su costa). En efecto, al ver al carbonero, dice Sancho:

—También lo digo yo […], pero cátese bien mi amo antes de lo que hace, que aquellos no parecen príncipes de sangre, ni tan siquiera marqueses, ni condeses. Al menos, aquel que yo mejor veo, por la negrura de su rostro y manos, más parece demonio de pura raza escapado de alguna zahúrda de Satanás que infante criado en los palacios con leche azaharada y lengüítas de pavo real. A lo más, y perdonándole mucha mugre, daríale yo cédula de carbonero, que tales y tan negros suelen andar por mi tierra los que trabajan en aquestas labores (p. 25).

Carbonero

Y más tarde, cuando le explica que don Quijote quiere acercarse a besar sus manos, añade que lo hará «estén ellas como estuviéreden, ambaradas si sois príncipe, u hollinadas si carbonero, según se les antoja a estos mis ojos, aunque, a lo que creo, ahora me mienten como bellacos» (p. 28).

Algo similar sucede en el capítulo IV, cuando los clérigos que se presentan ante su vista (y que Sancho, por supuesto, identifica claramente como tales) se le representan a don Quijote, en su fantástica imaginación, como viudas enlutadas:

—Con la Iglesia tornamos a topar, mi señor don Quijote, que aquellas cuentas negras que lueñe veíamos, no en otra cosa se han trocado sino en otros tantos curas, enteros y verdaderos, tanto o más que los de nuestra tierra.

—¿Y cómo lo conociste, Sancho?

—¿En qué voy a conocer que de día estamos? —respondió Sancho—. Tan simple es, pues vienen como entalegados de pies a cabeza y más negros que la noche.

—¿Y no pudieran ser una caterva de viudas enlutadas? —replicó don Quijote.

—Rasúreme en seco si aquellos no son tan clérigos como el que más pudiere serlo en Roma, que antes confundiera yo una gallina con un alguacil de a caballo, si los hubiere, que a una dueña plañidera con un cura navarro.

—¿Curas y navarros? Buena nueva me das, Sancho —dijo don Quijote (p. 38).

A su vez, llama la atención que estos simpáticos curas navarros no crean de entrada que se encuentren ante ellos los verdaderos don Quijote y Sancho, como si dijéramos «en carne y hueso», sino que piensan que se trata de dos gangarilleros, es decir, dos actores de teatro que representan el papel de las inmortales creaciones cervantinas (y tal vez no estaría de más relacionar este aspecto con el motivo del juego y la representación, tan presente en todo el Quijote, y muy especialmente en la Segunda Parte)[3].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Y el adjetivo follones ‘malandrines, desalmados’, que suele aparecer ligado en el Quijote a los encantadores y gigantes, lo encontramos aquí en el sintagma «cleros tan follones».

[3] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: autoría y fuentes

Sabemos que la arquitectura narrativa del Quijote es muy compleja, con alternancia de distintos planos de ficción: el autor real de la novela, que es Miguel de Cervantes Saavedra (quien en el prólogo de la Primera Parte se nos presenta como padrastro, y no como padre, de don Quijote), el autor arábigo Cide Hamete Benengeli que historia las hazañas del caballero, el autor segundo, el traductor, los anales de la Mancha y otras fuentes diversas que registran los hechos del caballero, etc. El distanciamiento y el perspectivismo, que se suman a la ironía y la ambigüedad cervantinas (características destacadas también de toda su narrativa), hacen que muchas veces no sepamos a qué carta quedarnos. Pues bien, todos estos aspectos quedan apuntados en Don Quijote en las Améscoas[1], si bien las menciones no revisten tanta complejidad como en el modelo cervantino.

En el capítulo V, titulado «En que se da cuenta del enojo de don Quijote al tener noticia de lo que sobre él dijera cierto clérigo letrado navarro en la lición de apertura de aulas de la Universidad Pampilonense, con lo cual se interrumpe la sarta de improperios contra la clerecía navarra que Sancho comenzara en el capítulo anterior», don Quijote parece rebelarse —un poco a la manera unamuniana, como el Augusto Pérez protagonista de Nieblacontra Cervantes por haberlo retratado como un pobre loco falto de juicio. En realidad, eso es lo que sucede con el personaje don Quijote descrito por Fernández de Avellaneda en su continuación apócrifa de 1614: ahí don Quijote, llamado el Caballero Desamorado (el don Quijote auténtico jamás renunciará a su ideal amoroso representado por Dulcinea, ni siquiera cuando se vea vencido en las playas barcelonesas por el Caballero de la Blanca Luna y con su arma apuntándole directamente a los ojos), sí es un loco de remate que termina sus días en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo.

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En cambio, el personaje cervantino es un genial «loco cuerdo» o «cuerdo loco», un personaje entreverado de locura y discreción, un orate tan solo en lo atingente a la caballería pero con muy «lúcidos intervalos» cuando no se deja arrebatar por su monomanía[2]. Pero citemos ya esas palabras de don Quijote en el capítulo V de la novela de Larráyoz Zarranz:

—Así sabrán los mundos que don Quijote de la Mancha no es el que fingiera aquel Migueluelo de Cervantes, un antojadizo visionario de huero seso, que por una nadería perdía los estribos, sino un caballero, señor de sí y del mundo, cuerdo y sentado las veinticuatro horas del día (p. 46)[3].

En otro orden de cosas, se alude a lo largo de la novela a fuentes diversas que han servido para la redacción de estos nuevos hechos de don Quijote, que aumentan el perspectivismo de la historia («el antedicho historiador», «Malas lenguas afirman»…); se hacen protestas de veracidad con relación a los hechos contados, al tiempo que se pondera su importancia, de forma similar a lo que ocurre en el Quijote cervantino («esta verdadera historia», «historia tan importante como esta»…); o se introducen comentarios metanarrativos a propósito de episodios o sucesos que quedan pendientes de un capítulo a otro («… habrá de guardarlo para el capítulo siguiente…», «… como en el capítulo siguiente y con la ayuda del Cielo se dirá…»), de los cuales hay también abundantes ejemplos en el Quijote. Baste recordar el episodio de la pelea con el escudero vizcaíno, que queda interrumpido al final del capítulo I, 8 (ambos contendientes con las espadas en alto), y que no se completa hasta el capítulo siguiente, merced al hallazgo del cartapacio con papeles arábigos que descubre el narrador-autor en el Alcaná de Toledo (hallazgo que le permite seguir contando las hazañas de don Quijote) [4].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Recordemos que en II, 18 don Lorenzo, el hijo poeta de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo llama «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos».

[3] Pero en otro lugar de la novela sí que encontramos la mención «mi padre Cervantes». A continuación vienen unas palabras del propio don Quijote defendiéndose de cierta caracterización de su persona hecha en la lección magistral que una vez dio Johannes de Olio (alusión a Juan Ollo) en la apertura de aulas de la «Universidad Eclesiástica Pampilonense» (supongo que con esa denominación alude al Seminario Diocesano de Pamplona; pese a mis pesquisas, no he conseguido localizar ese texto de Juan Ollo, e ignoro incluso si llegó a publicarse), donde presentaba a don Quijote como «un psiconeurótico vulgarcejo, un tipo típico a catalogar en la casilla de los esquizofrénicos de Krapelin». Don Quijote no está de acuerdo, en modo alguno, con tal catalogación que lo convierte en un mero loco, y manifiesta su contrariedad y su profundo enojo de la siguiente manera: «¿Yo esquizofrénico? ¿Esquizofrénico yo? Ante todo, ¿quién es ese casuistilla de mala muerte, por muy mucetado que sea, para hurgar con su péñola en las más recónditas entretelas de mi ánima, o con palabra suya para hacer análisis de mi psiquis, como cuando trincha las entrañas de un orondo palomino? / ¿Yo esquizofrénico, Sancho? ¿Osará decirme que aquellos gigantes con quienes medí mis armas no eran tales gigantes sino unos molinos ventolineros? ¿Soy yo acaso un iluso? ¡Yo haré volver a tragar sus palabras al tal dómine, que en mengua de mi honor redundan, por más que vengan arropadas pomposamente con verbo cienzudo y con helenismos pedantoches!» (p. 46).

[4] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: introducción

Un aspecto muy importante —de los más significativos a la hora de analizar esta novela de Don Quijote en las Améscoas[1]— es la rica relación de intertextualidad que se establece con el Quijote de Cervantes. Como cabía imaginar, el texto de Larráyoz Zarranz entra en diálogo con el cervantino en numerosas ocasiones. Sin ánimo de ser exhaustivo, mencionaré los aspectos más destacados.

Hay, por ejemplo, claros ecos del Quijote en el empleo de algunas denominaciones para el caballero andante: el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones o el Caballero de los Molinos (esta última denominación no se aplica a don Quijote en la obra de Cervantes, pero sabemos que esa aventura de los molinos transformados por su imaginación en gigantes es, sin duda, una de las más universales del Quijote); en la mención de diversos personajes: Rocinante y el rucio, Dulcinea, Teresa Panza, el bachiller Sansón Carrasco, entre otros; en la consideración del humor melancólico de don Quijote, según la teoría médica de los humores vigente en la época; en la recreación de escenas y episodios cervantinos: la aventura con «los gigantes aquellos manchegos», la de los yangüeses, la llegada a la venta (don Quijote imagina aquí que algún vigía navarro hará sonar la voz potente de su cuerno para anunciar su llegada, al igual que sucede en el Quijote al entrar en la venta donde será armado caballero, que él imagina castillo), el gobierno de Sancho de la ínsula Barataria, las enlutadas dueñas, Clavileño…

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Además, la milagrosa resurrección de don Quijote y Sancho recuerda el discurso que Cide Hamete Benengeli dirige a su pluma al final de la Segunda Parte, cuando solicita que nadie la tome para volver a la vida —vida literaria— a sus personajes «contra todos los fueros de la muerte». Los ecos los apreciamos también claramente en algunos detalles más concretos: así, el empleo continuo de refranes, puestos especialmente en boca de Sancho (véase más abajo), los denuestos de don Quijote por lo mucho que habla su escudero y, ya en el plano estrictamente textual, por medio de claras reminiscencias del tipo: «mi descanso es la pelea y mi manjar el desfacer entuertos»; «Érase, pues, que se era…»; «noches pasadas de claro en claro»; «aquella nunca vista escena»; «quien lo leyere»; «Íbase el dorado Apolo»; «que vieron los pasados siglos y verán los venideros», etc. También deberíamos recordar la influencia de Cervantes en el arte de titular los capítulos (por ejemplo, el título del capítulo XIV reza así: «En que se da razón del modo como la pacífica mesa trocose en agitada sobremesa y cómo la comedia estuvo a punto de dar en tragedia»).

En próximas entradas repasaré de forma breve y esquemática algunas de estas cuestiones, dejando para un apartado distinto lo relativo a la lengua y el estilo (terreno en el que también apreciamos patentes ejemplos de intertextualidad con la obra cervantina)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Don Quijote como adalid de Navarra en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz

Dedico la entrada de hoy
a mi tío Jesús Mata Sanz  (1937-2020),
in memoriam

En esa estructura dual de Don Quijote en las Améscoas de Martín Larráyoz Zarranz[1] que he comentado en una entrada anterior, Sancho va a atacar continuamente a los navarros y las cosas de Navarra, mientras que don Quijote saldrá siempre en su defensa, como paladín de su tierra y sus gentes:

—No a todos es dado ver lo que ahora, aunque de lejos, tú y yo vemos; este pedazo de nuestra patria España, que sin haber nunca llegado hasta él, tiempo ha le traía yo muy dentro de mi entraña; este reino de Navarra, el primero, a mi entender, entre los reinos que forman el suelo de las Españas. Pues has de saber, Sancho, que en él se mecieron las cunas de los reyes que lo fueron luego de las demás partes de la España cristiana; que fue Navarra, y no otra tierra, la que dio Fernandos a León y Castilla, la que a Aragón dio Ramiros y la que diera Gonzalos a Sobrarbe y Ribagorza, hermanos todos ellos de los Garcías y Sanchos, que siguieron ciñendo las coronas deste viejo y noble reino (p. 16).

Don Quijote sigue elogiando las antiguas glorias de la «vetusta y señorial Vasconia», con un retrato idealizado, que incluye desde el carácter bucólico de esta tierra (comparable a la «felice Arcadia») hasta la belicosidad y el indómito afán de independencia de sus moradores (los valientes guerreros vascones que pactan con Aníbal para acompañarlo en su marcha contra Roma, la secular lucha de las gentes del reino pirenaico contra los godos primero y contra los musulmanes después, la entronización de García Jiménez como primer rey de Pamplona, la célebre batalla de las Navas de Tolosa del año 1212 en la que Sancho el Fuerte rompe las cadenas de la tienda del Miramalolín, que quedan incorporadas —explicación legendaria— al escudo del reino…), etc.

Navarra

Sin embargo, Sancho Panza no se muestra tan de acuerdo con estas «glorias y loanzas del reino de Navarra» que hace su amo y —sugestionado por lo que con relación a Navarra le ha explicado un conocido suyo, un barbero natural de Peralvillo que participó en alguna acción de armas contra los navarros y que no guarda muy buen recuerdo de ellos—, dedica estas palabras al viejo reino y a sus naturales:

—Siempre túvela yo a Navarra por reinecillo de poca monta y muchas ínfulas, que no ínsulas, pues según oí a un barbero que sirvió al rey por estas partes, no tiene de mar puerto sino apenas uno. A sus gentes, téngolas yo por casta montaraz, de más mugre en el cuello que caletre en la cabeza, de muchos sacramentos y pocos mandamientos, fáciles para la reyerta y la guerra y mal avenidos con el sosiego y la paz, más dados al mosto y aficionados a la buena mesa que a las artes y a las letras, a no ser que les salieran en la sopa; y con los cuales, si son de pura cepa, parece que no cuenta aquello que dijo Dios a nuestro padre Adán: «Darete la mujer por compañera», pues hasta gustan de danzar solos y allá se andan dando zapatetas al aire, y aciertan un poco en sus requiebros y galanteos con las doncellas, que bien pudiera darles liciones cualquier mochacho encogido de nuestra tierra, los cuales, como sabe vuesa merced, madrugan en esto más de la cuenta (pp. 17-18).

Y la discusión sobre Navarra y los navarros se prolonga en lo que resta de este capítulo I, al tiempo que se mezcla con la descripción del paisaje de las Améscoas que contemplan los protagonistas. Como rasgo de estilo, se puede mencionar la fluida cadencia de la prosa de Larráyoz Zarranz, tanto en el discurso del narrador como en los diálogos mantenidos por la pareja protagonista.

Al comienzo del capítulo II, Sancho insiste sobre lo mismo, cuando comenta que «anduviera yo de mejor grado y con el corazón más en su sitio por este reino de Navarra si no hubiera navarros, ni quien dellos se acordare» (p. 24); a lo que don Quijote replica que deberían recorrer de rodillas el tramo que les falta hasta encontrarse con ellos, porque todos los navarros son héroes y descendientes de reyes:

—Cata y sosiégate que, si ahora vamos a vérnoslas con héroes, no es en son de guerra, sino en abrazo apretado de paz. Este trecho que nos resta hasta llegar a ellos debiéramos andarlo de hinojos y de rodillas, rogándoles a voces nos dieran a besar sus manos, que aquellos navarros que allí vemos hijos de héroes son y de estirpe de reyes (p. 25).

De hecho, el viejo tópico de la hidalguía universal de los navarros (desde tiempos de la Reconquista, todos se consideraban hidalgos por el mero hecho de ser navarros, cuya sangre no se mezcló con la de los invasores moros, y también en reconocimiento a los muchos servicios prestados al rey y al reino), defendido por don Quijote, se reitera varias veces a lo largo de la novela.

Algo después Sancho comenta al carbonero —no sin cierta sorna en la acumulación de superlativos[2]— que su amo don Quijote es

admirador y alabador si los hay deste reino de Navarra, nobilísimo, antigüísimo, lealísimo y ecetra, y a quien agora se le ha metido en el caletre, y lo viene deseando con todo encarecimiento hace más de una legua, de besar de rodillas esas navarrísimas manos de vuesa merced (p. 28).

Más adelante, el esquema se reproduce nuevamente, no con relación a Navarra y los navarros en general, sino en lo tocante a la Iglesia navarra y sus clérigos en particular. Sancho no ve con buenos ojos a los sacerdotes navarros, en cuyo pensamiento —influido, recordemos, por las opiniones del barbero de Peralvillo— domina la imagen de curas trabucaires aficionados a encabezar partidas carlistas:

—El que vengan armados de bendiciones, mi amo, mejor es dejallo; que de los curas destas partes tengo oído irse suelen a su confesonario con el arcabuz o trabuco bajo sus capisayos, para salirse luego al frente de una partida de sus fieles hijos, por aquestos montes de Dios o del diablo, trayendo a mal andar a los reales ejércitos. ¡A fe que no dispararán con indulgencias! Guardarse es de cuerdos; que si vuesa merced confía y no teme, es sin duda porque todo lo de aqueste reino entrole por el ojo diestro (p. 38).

Y, una vez más, corresponde a don Quijote el papel de defender a Navarra vindicando las virtudes y la santidad de sus hombres de Iglesia. En cualquier caso, Sancho pronto tendrá ocasión de comprobar por su propia cuenta el buen talante de los clérigos navarros y, en este sentido, el abrazo que el cura don Ramón da al «Escudero de la Oronda Figura» resulta bien significativo[3].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] El empleo humorístico del sufijo superlativo en –ísimo recuerda un célebre pasaje del Quijote en que Sancho, tras la intervención de la dueña Dolorida (que usa las formas cuitísima, Manchísima…) introduce muchos otros superlativos cómicos, aplicando también el sufijo a adjetivos, a sustantivos e incluso a un verbo: «—El Panza […] aquí está, y el don Quijotísimo asimismo; y así podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prestos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos» (II, 38).

[3] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

Personajes de «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz

Evidentemente, al abordar la consideración de los personajes de Don Quijote en las Améscoas de Martín Larráyoz Zarranz[1], no cabe establecer un parangón ni de calidad, ni en cuanto a la profundidad psicológica, con los inmortales don Quijote y Sancho Panza de Cervantes. Pretender tal cosa sería un verdadero desatino. El autor ha conservado, simplemente, los rasgos esenciales del carácter de cada uno: por un lado, la locura y la idealidad de don Quijote (su fantasía caballeresca que le lleva a deformar la realidad para ajustarla a su quimérico mundo soñado), su fabla arcaizante, su misión como caballero andante de desfacer entuertos y socorrer a doncellas y menesterosos, su amor por Dulcinea…; y, por otra parte, en lo que toca a Sancho Panza, su simplicidad y su pragmatismo (cobardía, afición a la comida y la bebida, gusto por los refranes…). El carácter esquemáticamente contrapuesto de ambos personajes queda ya apuntado por Larráyoz Zarranz nada más comenzar el relato, en las primeras líneas, que marcan claramente la diferencia entre ambos; don Quijote mira el horizonte, mientras Sancho Panza tiene fijos sus ojos en unas empanadas:

Un buen trecho llevaban caminando en silencio don Quijote de la Mancha y Sancho, su escudero, fijos aquel los ojos en el horizonte, que se les trocaba en montañoso, y fijos los suyos Sancho en un par de empanadas, bien ungidas de aceite y alegradas con ajo, obsequio del último mesón que dejaran atrás en la Rioja alavesa, cuando don Quijote, parado que hubo el paso indeciso de Rocinante, dijo… (p. 15).

paisajes mexicanos oleo, jesus helguera, don quijote y sancho panza

La contraposición entre ambos sigue en el diálogo que se establece a continuación, y que ya anuncia el buen tono de estas partes dialogísticas, que va a mantenerse, por lo general, a lo largo de toda la novela:

—Aquella tierra que allí ves, Sancho hermano, es, si no yerran estos mis ojos pecadores, la mismísima del reino de Navarra. Deja, pues, en buen hora, se huelgue tu corazón con el mío, que, según le noto, anda ya dando brincos, como rapaz en víspera de fiesta.

—Muy de grado lo hiciera —respondió Sancho—, pero corazón no he más que uno, y este ocupado le tengo agora en un menester muy otro del que ocupa a vuesa merced, como es el de atender y dar cristiano hospedaje a estas empanadas, tocadas con este ajo tan alegrillo, que según me va entrando, me va pareciendo ser él la creatura por Dios elegida para solaz y refrigerio de este nuestro cuerpo de muerte (p. 16)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.