Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (y 4)

Por su parte, en La leyenda del ladrón[1] Sancho inspirará a Cervantes el episodio de los cueros de vino acuchillados (Quijote, I, 35) y también, claro, el nombre de Sancho Panza. Ocurre que Shakespeare le ha contado a Cervantes cómo el muchacho terminó de ladrón, tras escapar de la taberna de Castro después de acuchillar todos los toneles de vino:

Aun después de todo aquel tiempo y de lo que habían pasado juntos, Sancho no pudo evitar ruborizarse al recordar cómo había apuñalado los barriles de vino aquella noche, como si fueran los enemigos imaginarios de su propia vida.

—Es una historia lamentable.

—Bien contada podría ser brillante. Tal vez la escriba algún día y le ponga vuestro nombre al protagonista.

Sancho meneó la cabeza.

—No, por Dios, don Miguel. Al protagonista no. Tal vez a algún secundario de buen corazón (p. 652).

Don Quijote acuchillando los cueros de vino

Recordaré que el título original con que fue concebida la novela de Gómez-Jurado era La materia de los sueños, que es un sintagma tomado de La tempestad. Este es el final de la novela, que remite a un diálogo previo sobre este mismo tema:

—¿Qué hay de vos, Sancho? ¿Habéis descubierto cuál es la materia de los sueños?

—Maese Guillermo creía en la tinta que da forma a las historias. Yo en el oro que da los medios para realizarlas. Y vos en la esperanza que nos lleva a cumplirlas.

[…]

Miguel permaneció aún mucho rato en el muelle de Sevilla, contemplando cómo el galeón se iba alejando Betis abajo. El pelo color medianoche de Clara se agitaba por encima de la borda donde los tres le decían adiós, mecido por el viento que impulsaba la flota del rey hacia el Nuevo Mundo. Miguel se dejó llevar por una extraña melancolía, deseando ocupar el lugar del joven al que había salvado de la muerte, al que había acabando debiendo más que la propia vida y al que tanto iba a echar de menos. Cuando la última vela se ocultó tras el recodo del río, el comisario se permitió por fin una única lágrima que quedó brillando en su rostro curtido y enjuto.

«Oro, tinta y esperanza. No es mala combinación —pensaba Miguel, mientras llevaba su caballo entre la muchedumbre, cogido por el ronzal. Cruzó el Puente de Barcas, montó y picó espuela, rumbo de nuevo a su tarea—. No es mala en absoluto.»

Los cascos de su caballo flotaron sobre el polvo del camino. Y después fuese, y no hubo nada (pp. 653-654).

Notemos, de nuevo, la intertextualidad cervantina en la última frase —que es la que cierra de novela—, «fuese, y no hubo nada», en este caso con el remate del famoso soneto del túmulo de Felipe II en Sevilla «Voto a Dios, que me espanta esta grandeza».

Sobre el posible encuentro de Cervantes y Shakespeare, ya sabemos que ha habido varias recreaciones desde la ficción literaria (queda una nota acerca de esta cuestión en una antrada anterior). En la semblanza que dedica al escritor inglés en su nota final, Gómez-Jurado justifica el —hipotético, ficticio, no lo olvidemos— encuentro sevillano de ambos ingenios:

William Shakespeare, «vagabundo, actor y poeta» y más tarde un dramaturgo no del todo desconocido, es una figura tan cambiante y apasionante como fueron sus obras. Es difícil alcanzar la verdad sobre muchas partes de su vida, y muy en concreto sobre los denominados «años perdidos» (1587-1592), en los que no por casualidad transcurre La leyenda del ladrón. Shakespeare pudo haber estado en cualquier parte durante aquellos años, y desde luego que huyese de su matrimonio a la ciudad más grande e importante del mundo en el siglo XVII no es una posibilidad tan loca como pudiera parecer[2].

Y añade a continuación:

Siempre me ha fascinado profundamente el que los dos autores más grandes que ha dado la historia muriesen el 23 de abril de 1616, que hoy es consagrado como el Día del Libro. Ambos tienen otra cosa en común, y es que parecieron recibir la inspiración que los volvió inmortales hacia la misma época. Antes de sus «años perdidos» Shakespeare era un don nadie. Antes de su etapa sevillana Cervantes era un autor de poco fuste. La posibilidad de que se conociesen y de que sus dos enormes mentes se prendieran fuego literario mutuamente fue la idea que dio pie a esta aventura. Uno y otro se lanzan referencias cruzadas a lo largo de la historia, y puede ser divertido para una segunda lectura descubrirlas todas[3].

En fin, prolonga su comentario aludiendo al perdido texto de Cardenio, al tiempo que menciona de paso sus dos principales fuentes bibliográficas:

La inspiración entre Shakespeare y Cervantes existió, de hecho. Tras leer una traducción de El Quijote, el inglés escribió una comedia, Cardenio, basada en el personaje del mismo nombre aparecido en la obra del español. Por desgracia esa obra se perdió en un incendio y tan sólo referencias del argumento han llegado hasta nosotros. Para saber más de ambos genios recomiendo las biografías de Manuel Fernández Álvarez, Cervantes visto por un historiador; y la mastodóntica Shakespeare, de Harold Bloom[4].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657.

[3] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. En realidad, los dos escritores no murieron el mismo día: Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616, pero en Inglaterra regía todavía el antiguo calendario juliano, en tanto que en España se usaba ya el calendario gregoriano. La fecha de su muerte correspondería, entonces, al 3 de mayo, diez días más tarde. Además, Cervantes murió el 22 de abril, siendo enterrado, eso sí, al día siguiente, 23 de abril.

[4] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

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