El héroe en la novela histórica romántica

En la novela histórica tradicional, lo más frecuente es que los personajes principales sean inventados, en tanto que los históricos reales, si aparecen, quedan en un segundo plano; y es lógico si pensamos en la dificultad añadida de tener que ceñirse a un carácter bien conocido por otras fuentes, no pudiendo recurrir a la imaginación sin el riesgo de falsear la novela. El protagonista masculino viene a ser, por tanto, el típico «héroe medio» de Scott aunque, como siempre, puede haber excepciones (Martínez de la Rosa o Navarro Villoslada, entre otros, colocan en un primer plano de sus novelas a personajes históricos importantes). Puede tratarse del típico héroe romántico, caracterizado por la soledad y melancolía de su persona, enfrentado a unas circunstancias adversas y a un destino fatal que le conduce irremisiblemente a la muerte o a la frustración de todas sus esperanzas (los modelos más acabados serían Sancho Saldaña, en la novela de Espronceda, y Macías, en El doncel de don Enrique el Doliente).

Sátira del suicidio romántico, de Leonardo Alenza

Se trata, por tanto, de un «héroe pasivo», según la definición de Ana L. Baquero:

Por héroe pasivo debe entenderse, en el concreto género que estudiamos, el personaje que queda configurado desde su nacimiento por las circunstancias que lo rodean. Esto es: lo que importa es la acción que pesa sobre el héroe y no la individualidad y personalidad del mismo[1].


[1] Ana L. Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, pp. 180-181. Esta característica ya fue señalada por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de Don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 174. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Antecedentes de la novela histórica en la literatura española: la épica

La novela histórica moderna nace en el siglo XIX —según hemos visto en entradas anteriores— con Walter Scott y, en el caso de España, con sus imitadores. Sin embargo, cabe rastrear en la literatura española algunos posibles antecedentes de ese peculiar modo de narrar en el que se mezcla historia y ficción. En efecto, son muchas las obras en las que, de una forma u otra, encontramos una amalgama de ambos elementos, aunque esto no quiera decir, ni mucho menos, que la novela histórica del XIX descienda directamente de las producciones que a continuación voy a mencionar[1]. Guillermo Zellers ya dejó indicado que los orígenes de la novela histórica pueden buscarse desde los comienzos mismos de la literatura, y que

los elementos de ficción e historia en conjunto se encuentran en las epopeyas, en las crónicas, en traducciones de leyendas árabes y otras orientales, en cuentos de caballerías de fondo histórico y en unas pocas obras a las cuales se puede aplicar correctamente el nombre de «novelas históricas»[2].

Así pues, haré una referencia a esos posibles antecedentes de la novela histórica decimonónica, destacando características generales, y sin pretender que esta enumeración sea exhaustiva. Habría que comenzar hablando de la épica, de las crónicas medievales y de las obras del mester de clerecía.

La epopeya es propiamente la primera forma literaria inspirada por la historia. Y se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre épica y novela histórica: la descripción de armas, batallas, combates singulares, embajadas y ceremonias de investidura de caballeros; la escasa presencia del pueblo (aunque en la novela histórica aparece un mundo algo más diferenciado socialmente); o la comunicación entre narrador y receptor (oyente en el caso de la épica, lector en el de la novela). Otros elementos menores de la épica como la lucha fronteriza o el enfrentamiento familiar entre miembros de un mismo clan reaparecen también en la novela histórica. Sin embargo, en la obra épica el héroe está mitificado, es un personaje nacional que ocupa el puesto central de la historia, en tanto que en la novela histórica casi nunca pasa de ser un «héroe medio» que concilia los dos extremos en lucha; aquí lo histórico queda en un segundo plano, y las relaciones entre lo público y lo privado, lo social y lo individual, son bien distintas.

Por otra parte, es conocida la teoría de Georg Lukács según la cual la novela cumple en la moderna sociedad burguesa el mismo papel que la épica en la antigua; en este sentido, la novela histórica vendría a ser la «épica moderna»: «La novela histórica clásica hizo patentes en forma ejemplar las leyes generales de la gran poesía épica»[3]. También para Vladimir Svatoñ la novela es un género problemático que constantemente está «volviendo la vista a la epopeya»[4], aspecto este que ha sido negado por María de las Nieves Muñiz: «Si el hombre moderno existe en el horizonte de la historia, ello […] no acerca más la novela a la epopeya»[5].

En cuanto a la mezcla de historia y ficción en la épica, convendría recordar que la epopeya castellana es muy verista o «realista», a diferencia de la de allende los Pirineos, más dada a incluir elementos fantásticos y maravillosos. Menéndez Pidal destacó la historicidad del Cantar de mio Cid, que se ciñe con bastante fidelidad a los sucesos acaecidos: acción, personajes, pensamientos y sentimientos corresponden en lo esencial a la realidad histórica (frente al desfigurado Cid, altanero e insolente, que hallaremos en los romances y en otras obras del ciclo de las mocedades). En fin, el Cantar de mio Cid es poético como documento histórico y es histórico como poema literario[6].

Primer folio del Cantar de mio Cid


[1] Como señala Juan Ignacio Ferreras, «la novela histórica que comienza en el primer tercio del siglo XIX no debe nada a los sin duda honrosos y honrados antecedentes nacionales de la misma; creer que existe un novelar histórico que viene de Las guerras civiles de Granada para acabar, pongamos por caso, en El doncel, de Larra, es un disparate crítico, o lo que es lo mismo, una curiosidad erudita» (El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 70).

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, pp. 9-10.

[3] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 441.

[4] Vladimir Svatoñ, «Lo épico en la novela y el problema de la novela histórica», Revista de Literatura, LI, 101, 1989, pp. 5-20: «Por su concentración en el destino de la comunidad popular la llamada novela histórica está más cerca de la novela epopeya que de la historiografía racionalista» (p. 20).

[5] María de las Nieves Muñiz, La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, 30. Cf. el capítulo I, «De la épica a la novela histórica» (pp. 21-52).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.