Narciso Serra, poeta y dramaturgo: caudal literario

En entradas anteriores me he ocupado ya de la biografía de Narciso Serra (1834-1877) y he trazado una semblanza literaria del escritor.

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A continuación, y sin ánimo de exhaustividad, ofrezco un listado con los títulos de las principales obras poéticas y dramáticas de Narciso Serra, ordenados por orden alfabético, con los datos más completos posibles que me ha sido dado recabar:

  • A la puerta del cuartel, juguete cómico en un acto y en verso (1867; 2.ª ed. en 1873).
  • Amar por señas, adaptación de la obra de Tirso de Molina (1855).
  • Amor, poder y pelucas, comedia en tres actos traducida libremente del francés (1855).
  • Cómo se rompen palabras, comedia en tres actos y en verso, original de Narciso Serra y Cayetano di Suricalday (1852).
  • Con el diablo a cuchilladas (1854).
  • ¡Don Genaro!, zarzuela en un acto y en verso, con música de Luis Martín (1866).
  • ¡Don Tomás!, juguete cómico (1867).
  • Dos Napoleones, juguete cómico en tres actos y en verso (1870).
  • El amor y la Gaceta, juguete cómico en tres actos, original y en verso (1863).
  • El bien tardío, segunda parte de El loco de la guardilla, drama original en un acto y en verso (1867; 2.ª ed. en 1876).
  • El gran día, zarzuela en un acto y en verso, con música de Soledad de Bengoechea (1874).
  • El loco de la guardilla, paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, con música de Manuel Fernández Caballero (1861; 8.ª ed. en 1887).
  • El querer y el rascar, comedia en un acto y en verso (1856; 3.ª ed. en 1886).
  • El reló de San Plácido (1858).
  • El todo por el todo (1855).
  • El último mono, sainete en verso sobre un pensamiento de Alfonso Karr, con música de Cristóbal Oudrid (1859).
  • Entre bastidores, zarzuela en un acto y en verso, con música de Miguel Carreras y González (1874).
  • Flor de los cielos, balada lírico-dramática en verso, con música de Soledad de Bengoechea (1874).
  • Harry el diablo, zarzuela en dos actos y en verso, en colaboración con Miguel Pastorfido y música de Antonio Repáraz (1862).
  • La boda de Quevedo, comedia en tres actos y en verso (1854).
  • La calle de la Montera, comedia en tres actos y en verso (1859).
  • La confesión de un muerto, cuento original y en verso (1875).
  • La edad en la boca, pasillo filosófico casero, original y en verso, con música de Joaquín Gaztambide (1861).
  • La oveja descarriada (1865).
  • Las desdichas de un buen mozo, juguete en dos actos y en verso (1876).
  • Las dos hermanas, comedia en un acto y en verso (1869).
  • Las ferias de Madrid, con Juan Dot y Michans (1849).
  • Las mocedades de Enrique V.
  • Leyendas, cuentos y poesías originales de D. Narciso S. Serra (1876; 2.ª ed. corregida y aumentada en 1877).
  • Los infieles, juguete cómico, con Luis Mariano de Larra (1860).
  • Luz y sombra, balada lírico-dramática en dos actos y en verso, con música de Manuel Fernández Caballero (3.ª ed. en 1867).
  • Marica-enreda, comedia en tres actos y en verso, con Juan Dot y Michans (1849).
  • Mi mamá, traducción (1848).
  • Nadie se muere hasta que Dios quiere, con música de Cristóbal Oudrid (1860).
  • Perdonar nos manda Dios (3.ª ed. en 1870).
  • Poesías líricas (1848).
  • Sin prueba plena (1857).
  • Todos al baile, juguete cómico en tres actos, arreglado a la escena española (1869).
  • Un hombre importante, comedia en tres actos y en verso (1857).
  • Un huésped del otro mundo, comedia en un acto, original y en verso.
  • Una historia en un mesón, zarzuela en un acto y en verso, con música de Joaquín Gaztambide (1861).
  • Zampa o La esposa de mármol, obra lírico-fantástica en tres actos y en verso, acomodada la letra (de Anne-Honoré-Joseph Duveyrier, Melesville) a la música del célebre Herold por Narciso Serra y Miguel Pastorfido (1859)[1].

[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002.

Navarro Villoslada, poeta: «A Pío IX»

En 1867, para el álbum del Centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, escribió Navarro Villoslada un poema titulado «A Pío IX»[1] (Obra poética, núm. 20). Está compuesto en séptimas, una estrofa muy poco utilizada por nuestros poetas[2] (aquí el esquema de rima que se sigue es AABBC´BC´, con versos decasílabos), y rematado con dos serventesios, también de decasílabos, con las rimas pares oxítonas: AB´AB´. El poeta (el yo lírico) se presenta como un soldado del ejército pontificio que, aunque herido y con escasas fuerzas, está dispuesto a darlo todo por la defensa del Papa:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

Se identifica plenamente con todas las penas y sufrimientos de Pío IX (son los años de la «cuestión romana», en el contexto de las luchas por la unificación de los territorios italianos), y se muestra preparado para obedecer sus consignas, aunque se considera la última oveja de la grey del Papa: «Palabras tuyas serán mi arenga» (esto es, precisamente, lo que hizo Navarro Villoslada desde El Pensamiento Español); concluye con estas palabras que dirige a su canto para que las transmita al Pontífice: «Dile que aún guardo para el combate, / si Dios me alivia, lanza y broquel; / que si mi frente la muerte abate, / mi último aliento será por Él».

PioNono

Este es el texto completo del poema, con algunas breves notas explicativas:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

No sientes penas, ¡oh Rey mendigo!,
que yo no sepa llorar contigo,
ni afanes tienes que yo no tenga,
que al pecho mío no den solaz.
Palabras tuyas serán mi arenga;
la paz que esperas será mi paz.

En esta tierra que el Betis baña
fuego despiden campo y montaña;
y con las nieves en cruda guerra,
solo consiente la altiva sierra
mantos de rosas, rizos de flor.
En naranjales que el valle encierra
cantan las aves, locas de amor.

Y en este campo, que de amor late,
yo, siervo inútil para el combate,
paso las horas yerto y sombrío,
mirando el agua correr del río,
y al pie sentado de humilde cruz.
O ya estás muerto, corazón mío,
o ya ni el cielo tiene aquí luz.

Pero de pronto grato silbido
del Pastor santo llegó a mi oído,
y vio su imagen la fantasía,
que en blanda queja me reprendía
por el silencio de mi laúd.
Y la vergüenza del alma mía
me dio este canto, me dio salud.

Hoy que en la fiesta mayor del siglo
vences a tanto fiero vestiglo[3],
y entre Pontífices reinar te veo,
¿quién pone trabas a mi deseo?
¿Quién niega cantos en tu loor?
Yo te saludo, gran Macabeo[4],
vuelto a la vida, lleno de ardor.

Cuando el impío, del Trono afrenta,
cetro de caña poner intenta
donde Dios puso llaves del Cielo;
cuando los brazos con dulce anhelo
tiende a tus brazos la humanidad,
y en medio se alza con faz de hielo,
seca de envidia, la Libertad;

en ira santa mi pecho estalla,
y el dardo aguzo de la batalla.
Pero, rendido por la dolencia,
caigo en el lecho con impaciencia,
mientra[5] el combate cruje sin mí…
¡Y yo aquí solo con mi impotencia,
y otros, oh Padre, luchan por Ti!

Vuela, airecillo de la montaña,
con los amores de toda España,
con sus virtudes de rico aroma:
llega hasta el Trono que se alza en Roma;
la dulce carga sacude al pie;
con el arrullo de la paloma,
dile al gran Pío, dile mi fe.

Vuela, y no temas hallarte solo;
que allí del Austro y allí del polo,
de donde el alba perlas derrama[6],
de donde muere del sol la llama,
van mil Apóstoles, Príncipes van,
y en vario idioma su voz proclama
una fe misma y un mismo afán.

Junta a sus preces mi ruego ardiente;
mi ósculo al suyo, Padre clemente;
que en este día de desagravios
van los pequeños entre los sabios,
y última oveja soy de tu grey.
Si Rey te llaman augustos labios,
los más humildes llámente Rey.

…………

Ruin testimonio del amor mío,
débil suspiro del corazón,
pégate al polvo que huella Pío,
voz del doliente, triste canción.

Dile que aún guardo para el combate,
si Dios me alivia, lanza y broquel[7];
que si mi frente la muerte abate,
mi último aliento será por Él[8].


[1] Figura a veces con otro título: «El Papa. Oda escrita para el álbum destinado al Sumo Pontífice, en celebridad del centenario de San Pedro y San Pablo».

[2] Ver José Domínguez Caparrós, Métrica española, Madrid, Síntesis, 1993, p. 207: «Se llama “septeto”, “séptima” o “septilla” a toda estrofa de siete versos. No son muy frecuentes estas estrofas en la poesía castellana»; cita sendos ejemplos de Dionisio Ridruejo, Rubén Darío y Fray Luis de León.

[3] vestiglo: monstruo horrible y fantástico.

[4] gran Macabeo: en la tradición bíblica, los Macabeos son siete hermanos que fueron martirizados junto a su madre, según narra el segundo libro de los Macabeos. Son héroes nacionales del pueblo judío.

[5] mientra: es necesaria esta forma (no desconocida en la lengua clásica), en lugar de mientras, para que pueda haber sinalefa y lograr así la medida del hemistiquio (cinco sílabas).

[6] el alba perlas derrama: imagen poética tópica para el rocío del amanecer.

[7] broquel: escudo.

[8] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 20, pp. 131-134.

Navarro Villoslada, poeta: «A Jesús crucificado»

Del año 1841 es el poema de Francisco Navarro Villoslada titulado «A Jesús crucificado» (Obra poética, núm. 5), que se divide en tres partes diferenciadas: en la primera, formada por 7 octavas agudas (o italianas) de versos endecasílabos, clama contra el pueblo judío que, en lugar de agradecer a Dios los inmensos favores que le ha concedido, da a su Hijo muerte, y muerte de cruz; en la segunda (9 redondillas) se dirige a Jesús, que ha muerto para redimir al hombre y hacerlo eterno, aunque este le paga con sus pecados:

En tu ardiente caridad,
mueres con dulce consuelo
porque las puertas del cielo
abres a la humanidad.

[…]

Mueres en expiación
de los crímenes del mundo;
y él, más y más furibundo,
¡te destroza el corazón!…

En la tercera parte, en fin, se vuelve a las octavas agudas (son ahora 3), pero esta vez con versos decasílabos; el poeta[1] pide primero al Dios vengador y justiciero que castigue al mundo por sus pecados: «¡Viva el justo no más en la tierra!»; pero a continuación se arrepiente y termina solicitando la clemencia de Dios para todos.

JesusCrucificado_AlonsoCano

Este es el texto completo del poema:

I

Ni sol ni luz: oscuridad y espanto
cubren la faz del consternado mundo;
y el ancha tierra[2], en rebramar profundo,
con terremoto cruje aterrador.
Su misterioso velo rasga el Templo;
arroja sus cadáveres la tumba;
y por el aire tenebroso zumba
de sombras mil fatídico clamor.

Desgájanse los árboles añosos
y las rocas durísimas se hienden;
y su carrera rápida suspenden
estrellas mil y mil, muerta su luz.
¿Será que el orbe se desquicia entero?
¿Torna al lóbrego caos la natura?
—¡No!, que muerte al Señor le da su hechura[3]:
¡muerte a su Dios en afrentosa cruz!

En torno del patíbulo, rugiendo,
vedlo allí del Gólgota en la cumbre,
insultando su blanda mansedumbre,
cubriéndole de befa y de baldón.
¿Estás desamparado, Jesús mío?
¿Elevas, ¡ay!, los moribundos ojos?…
¿Qué pides al Señor en tus enojos?…
«—¡Perdón para los míseros, perdón!»

¡Sacrílegos!, tened[4] la horrenda mano
armada contra el Dios omnipotente;
temblad[5] que arrugue la serena frente
y desparezca[6] el mundo pecador.
Esos cárdenos labios ultrajados,
que el polvo vil de vuestros pies afea,
dijeron a la nada: «El orbe sea»,
y la nada fue el orbe encantador.

¿A taladrar os atrevéis las plantas
engendradoras del crujiente trueno,
que turban de los ángeles el seno
cuando miden la vaga inmensidad?
¿En su rostro ponéis la cruda mano?
¡Frágil cetro le dais ignominioso,
y en su trono magnífico y lumbroso
anonada su augusta majestad!

Insano pueblo, de tu Dios verdugo,
¿no pisaste del mar las hondas grutas,
al raudo soplo del Señor enjutas[7],
palpitando de miedo el corazón?
¿Y las domadas olas no bramaban,
en montes dividiéndose de espuma?
¿Quién las contuvo, di, cual leve pluma,
y encima las soltó de Faraón?

¿Y quién fue tu caudillo en las batallas,
bajo sus anchas alas encubierto?
¿Quién te condujo, quién, por el desierto,
derramando en tus labios el maná?
¿Al verle, por tu amor, manso cordero,
tu ingratitud le desconoce y niega?…
¡Ay, si un día le ves que airado llega,
cual león tremebundo de Judá!

II

¿Quién te puso, Jesús mío,
esa corona de abrojos,
sin que tus augustos ojos
helaran su brazo impío?

¿Quién te robó la color
de las rosadas mejillas?
¿Quién tus sagradas rodillas
descarnó con tal horror?

¿Fue el pueblo que regalabas[8]
con blanda mano, amoroso,
y, cual padre cariñoso,
por su bien te desvelabas?

¿Fue la viña que plantaste
frondosa, lozana y pura,
y con llanto de ternura
siglos y siglos regaste?

¿Fue la adúltera Sión,
que moraba entre tus brazos,
la que te arranca a pedazos
la vida, sin compasión?

¡Ay, cuanto más te atormenta,
es tu cariño mayor;
una palabra de amor
desvanecerá su afrenta!

En tu ardiente caridad,
mueres con dulce consuelo
porque las puertas del cielo
abres a la humanidad.

Haces que a Luzbel asombre
y que, tras sueño de muerte,
en tu regazo despierte
para ser eterno el hombre.

Mueres en expiación
de los crímenes del mundo;
y él, más y más furibundo,
¡te destroza el corazón!…

III

Justo Dios, vengador del diluvio,
Dios de fuego en la infanda Sodoma,
¿cuándo, cuándo tu cólera asoma,
cuándo sorbe a la ingrata Sión?
¿No cercaste el Edén de querubes
que vibraban flamígero acero?[9]
¿Quién dio muerte al profano boyero?
¿Quién la diera a Natán y Abirón[10]?

Levantaos, león adormido;
sacudid la erizada melena,
y lanzad el rugido que atruena
y estremece del hondo a Salén[11].
Ese pueblo de entrañas de acero
desdeñó tu filial mansedumbre…
¡Vea, pues, la terrífica lumbre
de tus ojos airados también!

¡Que desborde tu justa venganza
cual torrente de lava inflamado,
y derribe y devore al malvado
que su frente elevó contra Ti!
¡Viva el justo no más en la tierra!
¡Pero, no…, no, mi Dios! ¡Ten clemencia!
Todo el orbe firmó tu sentencia…
¡Ay, qué fuera del mundo y de mí?[12]


[1] Aunque soy consciente de que «poeta» y «yo lírico» son instancias diferentes, utilizo indistintamente ambos términos, dado que los dos se identifican plenamente en estas composiciones.

[2] el ancha tierra: sic en el texto de Navarro Villoslada. Estos versos evocan las señales ocurridas en Jerusalén a la muerte de Cristo.

[3] su hechura: el hombre, criado a imagen y semejanza de Dios.

[4] tened: detened.

[5] temblad: temed.

[6] desparezca: ha de editarse así, y no desaparezca, para la correcta medida del verso endecasílabo.

[7] Aluden estos versos al hecho de que Dios separó las aguas del mar Rojo para que pasara el pueblo judío tras escapar de la esclavitud de Egipto. Y los de la estrofa siguiente, al maná que Dios le dio como alimento durante su larga travesía por el desierto en su marcha a la tierra prometida.

[8] regalabas: mimabas, cuidabas.

[9] ¿No cercaste … flamígero acero?: tras la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, Dios puso como guardián un ángel con espada de fuego.

[10] Datán y Abirón: estos dos hijos de Eliab, de la tribu de Rubén, lideraron, junto con Coré, el hijo de Yishar, una revuelta contra Moisés y Aarón (Números, 16).

[11] Salén: Salem es uno de los nombres antiguos de Jerusalén.

[12] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 5, pp. 85-90.

«El estudiante de Salamanca» de Espronceda: métrica, estilo y valoración

Señalamos[1] brevemente algunos de los rasgos estilísticos más destacados en El estudiante de Salamanca de José de Espronceda:

  • Polimetría, experimentación con la métrica, que anticipa recursos que usarán luego los poetas modernistas.
  • Ritmo y musicalidad: abundancia de recursos retóricos como aliteraciones, paralelismos, versos bimembres, anáforas, etc. La métrica subraya los momentos climáticos del poema. Se utiliza la forma para realzar distintos aspectos del contenido.
  • Empleo de una adjetivación típicamente romántica (epítetos).
  • Gusto por los juegos de contrastes: luz / oscuridad, noche / día, vida / muerte.

Para la crítica, El estudiante de Salamanca es el mejor poema narrativo del siglo XIX. Junto con El diablo mundo y las canciones, es la obra más significativa de Espronceda, el mayor poeta romántico español, autor de referencia para muchos escritores de las décadas siguientes. Además, su texto presenta algunas de las características más destacadas del movimiento romántico español. Su protagonista, don Félix de Montemar, es, por un lado, el prototipo del rebelde romántico. Pero, al mismo tiempo, es un personaje con fuerza, un personaje que queda prendido en nuestra memoria, sumándose a otros muchos de la galería de la literatura universal.

Don Félix y el esqueleto

Las interpretaciones que se han dado del texto son muy variadas, y ahora no podemos detenernos a comentarlas. Únicamente, para finalizar, transcribiremos la valoración que ofrece Varela Jácome, con la que coincidimos:

El estudiante de Salamanca es un impresionante poema de la noche y de la muerte, desarrollado entre medianoche y el amanecer. Es la máxima expresión de la muerte terrorífica, desesperada, opuesta al conformismo […]. La publicación del «cuento» en verso El estudiante de Salamanca elevó el nivel de la poesía lírico-narrativa a una altura desusada. Es la mejor muestra del género dentro del Romanticismo español[2].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

[2] Benito Varela Jácome, introducción a El estudiante de Salamanca, 6.ª ed., Madrid, Cátedra, 1980, pp. 26-27.

Personajes de «El estudiante de Salamanca» de Espronceda

Don Félix de Montemar, protagonista central de El estudiante de Salamanca de José de Espronceda, es un personaje con características donjuanescas: apuesto, seductor, valiente, rebelde, cínico, irreverente; en su retrato se acumulan las notas negativas, pero dentro de su maldad se aprecia cierto halo de grandeza. Así nos lo presenta el poeta en este retrato incluido en la primera parte:

Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor;
siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y todo fía
de su espada y su valor.

Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y hoy, despreciándola, deja
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió (vv. 100-115).

Poco más adelante se completa la caracterización así:

En Salamanca famoso
por su vida y buen talante,
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza,
su hermosura varonil.

Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar;
que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar (vv. 124-139).

Don Félix de Montemar

En contraste con él, tenemos a Elvira:

Bella y más segura que el azul del cielo
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira (vv. 140-147).

Su aparición en la obra es bastante efímera. No es un personaje de gran profundidad psicológica, pero constituye un buen ejemplo de heroína romántica, que en esta ocasión prefiere la locura y la muerte a la vida sin amor, tras ser olvidada por el galán que la ha seducido.

Don Diego de Pastrana, hermano de Elvira, y los jugadores de la taberna son personajes menos caracterizados, pero desempeñan una función importante en la construcción de la trama. Don Diego es el oponente de don Félix y le mueve la venganza. Al final, es quien sanciona el matrimonio de don Félix con el esqueleto de Elvira. Los jugadores, en fin, ayudan a completar el retrato de Montemar como jugador y mujeriego[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

Temas y motivos de «El estudiante de Salamanca» de Espronceda

Para la sensibilidad romántica, el amor es el eje principal del universo. Muchos personajes románticos depositan todas sus esperanzas de salvación en el amor, que llega a sustituir a la fe, la religión o la razón; pero si ese amor fracasa, si las expectativas que había despertado quedan defraudadas, llega la desilusión y se ven abocados a la desesperación, la locura y la muerte. Para el temperamento romántico, el amor produce dolor, pero sin amor la vida es un desierto, un páramo. Así lo expresan estos versos de la obra de José de Espronceda que ahora estudiamos, El estudiante de Salamanca:

¡El corazón sin amor!
¡Triste páramo cubierto
con la lava del dolor,
oscuro inmenso desierto
donde no nace una flor! (vv. 273-277).

Otro de los temas centrales del poema, muy relacionado con el anterior, es el de la ilusión perdida, resumido perfectamente en los cinco versos de esta quintilla:

Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
las ilusiones perdidas,
¡ay!, son hojas desprendidas
del árbol del corazón (vv. 268-272).

Hojas

El tema de la muerte recorre de principio a fin las páginas de El estudiante de Salamanca, desde el cadáver que deja atrás don Félix en la primera parte a la escalofriante muerte, rodeado de una danza macabra, de Montemar, pasando por la romántica muerte de amor de Elvira y la de don Diego de Pastrana en duelo.

Tema presente también en El estudiante de Salamanca es el de la rebeldía romántica. Don Félix ha sido visto por la crítica como expresión del titanismo romántico. Se trata de un personaje que rompe con toda norma y que se rebela incluso frente a Dios, sin importarle las consecuencias, su condenación eterna:

DON FÉLIX.- Perdida tengo yo el alma,
y no me importa un ardite (vv. 503-504).

Su personalidad presenta incluso rasgos demoníacos:

Grandiosa, satánica figura,
alta la frente, Montemar camina,
espíritu sublime en su locura,
provocando la cólera divina:
fábrica frágil de materia impura
el alma que la alienta y la ilumina,
con Dios le iguala, y con osado vuelo
se alza a su trono y le provoca a duelo.

Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta,
hollada sí, pero jamás vencida:
el hombre, en fin, que en su ansiedad quebranta
su límite a la cárcel de la vida,
y a Dios llama ante él a darle cuenta,
y descubrir su inmensidad intenta (vv. 1245-1260).

Para Pedro Salinas[1], El estudiante de Salamanca expresa simbólicamente el romántico anhelo del alma ante el mundo y ante su misterio.

Asimismo, podemos destacar la presencia de abundantes motivos románticos. Por ejemplo, la noche y la luna:

Melancólica la luna
va trasmontando la espalda
del otero: su alba frente
tímida apenas levanta,

y el horizonte ilumina,
pura virgen solitaria,
y en su blanca luz süave
el cielo y la tierra baña (vv. 184-191).

Y también, por último, la atmósfera sepulcral y misteriosa del poema, con la presencia de espectros y fantasmas. Recuérdese el ambiente de pesadilla de toda la cuarta parte, cuando don Félix persigue a la sombra, y la macabra danza de espectros que precede a su muerte. Citaremos tan sólo los versos en que el esqueleto de Elvira besa a don Félix:

El carïado, lívido esqueleto,
los fríos, largos y asquerosos brazos
le enreda en tanto en apretados lazos,
y ávido le acaricia en su ansiedad:
y con su boca cavernosa busca
la boca a Montemar, y a su mejilla
la árida, descarnada y amarilla
junta y refriega repugnante faz (vv. 1554-1561)[2].


[1] Véase su sugerente estudio «Espronceda. La rebelión contra la realidad», en Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1958, pp. 272-281; reed. en Ensayos completos, edición preparada por Solita Salinas de Marichal, Madrid, Taurus, 1983, vol. I, pp. 270-277.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

«El estudiante de Salamanca» de Espronceda: argumento y fuentes

Al parecer, José de Espronceda comienza a redactar este poema en 1836, año en que adelantó algunos fragmentos en El Español; en 1837 apareció la primera parte en el Museo Artístico y Literario, y en 1839 leyó un fragmento en la Asociación Literaria de Granada. En cualquier caso, El estudiante de Salamanca no se publicó entero hasta 1840, en el volumen de Poesías.

Poesías, de José de Espronceda

El poema, que consta de 1704 versos polimétricos repartidos en cuatro partes, supone una mezcla de modalidades discursivas, ya que en él se fusiona lo narrativo-descriptivo, lo lírico y lo dramático, circunstancia que podría hacernos dudar del género literario al que pertenece. Por su forma externa, es un poema, está escrito en verso; y, al mismo tiempo, se trata de una obra narrativa que nos cuenta una historia (de ahí el subtítulo cuento del poema). Asimismo, en algunos momentos posee un marcado carácter dramático (especialmente en la tercera parte, dividida en escenas y con réplicas de los protagonistas distribuidas como un diálogo teatral).

También es importante recalcar el carácter de oralidad que Espronceda confiere a su obra, desde el comienzo («antiguas historias cuentan», v. 2) hasta el final («como me lo contaron te lo cuento», v. 1704), a lo que habría que sumar otras marcas repartidas a lo largo del texto (apelaciones a los lectores-oyentes, etc.).

El protagonista es don Félix de Montemar, un joven noble, estudiante en Salamanca, de corrompidas costumbres: seductor, jugador, altanero, irreverente, etc. De él se enamora la bella e inocente Elvira, que, tras ser abandonada por don Félix, enloquece y muere de amor. Para vengar su muerte viene desde Flandes su hermano don Diego de Pastrana, que desafía a don Félix y es muerto por él. Cuando Montemar escapa por la calle del Ataúd, todavía con la espada ensangrentada en la mano, se le aparece una misteriosa figura femenina de blancos ropajes que reza ante una imagen de Jesús. Don Félix, intuyendo una nueva aventura amorosa, sigue a la visión, que le avisa varias veces para que enmiende su conducta. Pero el supuesto lance amoroso terminará siendo un encuentro con la muerte. Muy pronto, la persecución por las calles de Salamanca adquiere un tono de pesadilla, de alucinación, que culmina primero con el encuentro de don Félix con su propio entierro y, más tarde, con una macabra ceremonia de boda: en efecto, la misteriosa dama lo conduce hasta una infernal mansión custodiada por sombras y espectros; allí baja por una escalera que le lleva ante una tumba que es a la vez tálamo nupcial. Cuando don Félix destapa el velo que cubre la cara de la mujer a la que ha seguido, contempla asombrado que es la calavera de Elvira. Se les une el cadáver del muerto don Diego, quien junta las manos de los prometidos. El esqueleto abraza fuertemente a don Félix y este muere sin contrición. Con el amanecer, la atmósfera de pesadilla que ha presidido la noche se desvanece: vuelve la luz y desaparecen los sonidos y las visiones infernales. Por las calles salmantinas se rumorea que esa noche el diablo ha venido para llevarse al infierno a don Félix de Montemar.

Como ha explicado Varela Jácome, en El estudiante de Salamanca se funden «varios motivos temáticos ya fijados por la tradición literaria: el mito de don Juan Tenorio, la locura de la protagonista, la impresionante ronda espectral, la visión del propio entierro, la mujer transformada en esqueleto»[1]. Y son muchas las obras que la crítica ha señalado como posibles fuentes de inspiración para Espronceda.

  • Así, para el personaje donjuanesco el referente más claro es El burlador de Sevilla y convidado de piedra de Tirso de Molina, junto con la versión de Antonio de Zamora No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra.
  • Otro precedente importante es el personaje del estudiante Lisardo, que aparece en el Jardín de flores curiosas (1570) de Antonio de Torquemada y en Soledades de la vida y desengaños del mundo (1658) del Dr. Cristóbal Lozano. Hay también dos romances sobre «Lisardo, el estudiante de Córdoba», incluidos en el Romancero general de Durán (1828-1832), con los que el poema presenta varias coincidencias: la visión del propio entierro, el desfile fúnebre y el ambiente tenebroso (hasta los títulos guardan un parecido significativo).
  • La locura de Elvira recuerda la de Ofelia en el Hamlet de Shakespeare.
  • Para la atmósfera tenebrista, de espectros y demonios, se han sugerido fuentes pictóricas (El Bosco o Pieter Brueghel) y musicales (La sinfonía fantástica de Héctor Berlioz).
  • La visión del propio entierro es un motivo folclórico que cuenta además con varias versiones literarias: El niño diablo de Vélez de Guevara, El vaso de elección, San Pablo de Lope de Vega, El purgatorio de San Patricio de Calderón, en el teatro del Siglo de Oro, y, más recientemente, la novela El golpe en vago de José García de Villalta, amigo de Espronceda que prologó su volumen de poesías en 1840.
  • La mujer transformada en esqueleto está en la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine (relato de San Cipriano), en El esclavo del demonio de Mira de Amescua y en El mágico prodigioso de Calderón.
  • Para la escena de juego en la taberna se mencionan El rufián dichoso de Cervantes y San Franco de Sena de Moreto[2].


[1] Benito Varela Jácome, introducción a El estudiante de Salamanca, 6.ª ed., Madrid, Cátedra, 1980, p. 23.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponderán a esta edición.