Navarro Villoslada, poeta: «A Pío IX»

En 1867, para el álbum del Centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, escribió Navarro Villoslada un poema titulado «A Pío IX»[1] (Obra poética, núm. 20). Está compuesto en séptimas, una estrofa muy poco utilizada por nuestros poetas[2] (aquí el esquema de rima que se sigue es AABBC´BC´, con versos decasílabos), y rematado con dos serventesios, también de decasílabos, con las rimas pares oxítonas: AB´AB´. El poeta (el yo lírico) se presenta como un soldado del ejército pontificio que, aunque herido y con escasas fuerzas, está dispuesto a darlo todo por la defensa del Papa:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

Se identifica plenamente con todas las penas y sufrimientos de Pío IX (son los años de la «cuestión romana», en el contexto de las luchas por la unificación de los territorios italianos), y se muestra preparado para obedecer sus consignas, aunque se considera la última oveja de la grey del Papa: «Palabras tuyas serán mi arenga» (esto es, precisamente, lo que hizo Navarro Villoslada desde El Pensamiento Español); concluye con estas palabras que dirige a su canto para que las transmita al Pontífice: «Dile que aún guardo para el combate, / si Dios me alivia, lanza y broquel; / que si mi frente la muerte abate, / mi último aliento será por Él».

PioNono

Este es el texto completo del poema, con algunas breves notas explicativas:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

No sientes penas, ¡oh Rey mendigo!,
que yo no sepa llorar contigo,
ni afanes tienes que yo no tenga,
que al pecho mío no den solaz.
Palabras tuyas serán mi arenga;
la paz que esperas será mi paz.

En esta tierra que el Betis baña
fuego despiden campo y montaña;
y con las nieves en cruda guerra,
solo consiente la altiva sierra
mantos de rosas, rizos de flor.
En naranjales que el valle encierra
cantan las aves, locas de amor.

Y en este campo, que de amor late,
yo, siervo inútil para el combate,
paso las horas yerto y sombrío,
mirando el agua correr del río,
y al pie sentado de humilde cruz.
O ya estás muerto, corazón mío,
o ya ni el cielo tiene aquí luz.

Pero de pronto grato silbido
del Pastor santo llegó a mi oído,
y vio su imagen la fantasía,
que en blanda queja me reprendía
por el silencio de mi laúd.
Y la vergüenza del alma mía
me dio este canto, me dio salud.

Hoy que en la fiesta mayor del siglo
vences a tanto fiero vestiglo[3],
y entre Pontífices reinar te veo,
¿quién pone trabas a mi deseo?
¿Quién niega cantos en tu loor?
Yo te saludo, gran Macabeo[4],
vuelto a la vida, lleno de ardor.

Cuando el impío, del Trono afrenta,
cetro de caña poner intenta
donde Dios puso llaves del Cielo;
cuando los brazos con dulce anhelo
tiende a tus brazos la humanidad,
y en medio se alza con faz de hielo,
seca de envidia, la Libertad;

en ira santa mi pecho estalla,
y el dardo aguzo de la batalla.
Pero, rendido por la dolencia,
caigo en el lecho con impaciencia,
mientra[5] el combate cruje sin mí…
¡Y yo aquí solo con mi impotencia,
y otros, oh Padre, luchan por Ti!

Vuela, airecillo de la montaña,
con los amores de toda España,
con sus virtudes de rico aroma:
llega hasta el Trono que se alza en Roma;
la dulce carga sacude al pie;
con el arrullo de la paloma,
dile al gran Pío, dile mi fe.

Vuela, y no temas hallarte solo;
que allí del Austro y allí del polo,
de donde el alba perlas derrama[6],
de donde muere del sol la llama,
van mil Apóstoles, Príncipes van,
y en vario idioma su voz proclama
una fe misma y un mismo afán.

Junta a sus preces mi ruego ardiente;
mi ósculo al suyo, Padre clemente;
que en este día de desagravios
van los pequeños entre los sabios,
y última oveja soy de tu grey.
Si Rey te llaman augustos labios,
los más humildes llámente Rey.

…………

Ruin testimonio del amor mío,
débil suspiro del corazón,
pégate al polvo que huella Pío,
voz del doliente, triste canción.

Dile que aún guardo para el combate,
si Dios me alivia, lanza y broquel[7];
que si mi frente la muerte abate,
mi último aliento será por Él[8].


[1] Figura a veces con otro título: «El Papa. Oda escrita para el álbum destinado al Sumo Pontífice, en celebridad del centenario de San Pedro y San Pablo».

[2] Ver José Domínguez Caparrós, Métrica española, Madrid, Síntesis, 1993, p. 207: «Se llama “septeto”, “séptima” o “septilla” a toda estrofa de siete versos. No son muy frecuentes estas estrofas en la poesía castellana»; cita sendos ejemplos de Dionisio Ridruejo, Rubén Darío y Fray Luis de León.

[3] vestiglo: monstruo horrible y fantástico.

[4] gran Macabeo: en la tradición bíblica, los Macabeos son siete hermanos que fueron martirizados junto a su madre, según narra el segundo libro de los Macabeos. Son héroes nacionales del pueblo judío.

[5] mientra: es necesaria esta forma (no desconocida en la lengua clásica), en lugar de mientras, para que pueda haber sinalefa y lograr así la medida del hemistiquio (cinco sílabas).

[6] el alba perlas derrama: imagen poética tópica para el rocío del amanecer.

[7] broquel: escudo.

[8] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 20, pp. 131-134.

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