El padre Fabo de María, poeta: «Ruiseñores» (1914): temas religiosos

No son demasiados los literatos navarros que escriban en las dos primeras décadas del siglo XX: dejando aparte a Arturo Campión, cuya trayectoria arranca del siglo anterior, y a Félix Urabayen, también destacado novelista, podríamos mencionar unos pocos nombres más como los de Federico Urrecha o Ezequiel Endériz. Pues bien, por esas mismas fechas escribe igualmente el padre Fabo, de cuya producción literaria —y en concreto de su obra poética— intentaré ofrecer unas pinceladas en esta y en las entradas siguentes.

Retrato de Pedro Fabo Campo, por Francisco Maduro. Fuente: https://www.ecured.cu/
Retrato de Pedro Fabo Campo,
por Francisco Maduro.
Fuente: https://www.ecured.cu/.

El padre Fabo del Purísimo Corazón de María (Marcilla, 1873-Roma, 1933), de la orden agustina, aunque nacido en España, se nutrió en América, a donde pasó en 1895. Al año siguiente se ordenó sacerdote en Bogotá y llegaría a ser nombrado, en 1904, prior del convento del Desierto de la Candelaria. Cuenta en su haber con varias obras de tipo histórico, lingüístico, religioso, autobiográfico y de crítica literaria, y es autor de tres novelas (El doctor Navascués, 1904; Corazón de oro, 1914; Amores y letras, 1920) y un poemario (Ruiseñores, 1914). Es la suya una narrativa de sabor decimonónico, maniquea en la presentación de los universos novelescos y con una marcada intención moralizante (al final, en sus relatos, «los buenos» son premiados y «los malos» terminan recibiendo su justo castigo), sin grandes alharacas en cuanto a técnicas narrativas. Más que en su calidad literaria el interés de estos relatos estriba en su valor sociológico. En sus dos primeras novelas, en las que da entrada a personajes y paisajes americanos, el padre Fabo desarrolla al binomio campo (valores positivos) vs. ciudad (valores negativos), e introduce el elemento indígena (los indios guajivos, habitadores de las extensas llanuras de Casanare), lo que vincula a esas obras con la novela indianista americana (Cumandá, de Juan León Mera, La vorágine, de José Eustasio Rivera, etc.).

Una parte de su producción poética quedó recogida en el libro Ruiseñores (Barcelona, Luis Gili Librero-Editor, 1914), que se presenta bajo el lema «Canta et ambula» de san Agustín. Los principales temas de la poesía del padre Fabo podrían clasificarse en los siguientes apartados: «Temas religiosos», «Temas didáctico-moralizantes», «El arte y la creación poética», «Poemas de circunstancias» y «El paisaje y la naturaleza. Temas americanos».

Los temas religiosos son los más reiterados en el poemario. Encontramos composiciones dedicadas a distintos santos: «Dúo lírico» (fray Luis de León y san Juan de la Cruz, el ruiseñor agustino y la tórtola carmelita, forman «un dúo de eterno amor», p. 6), «San Agustín, «Al beato Querubín» y «Al Patriarca San José». Dios se hace presente con frecuencia en estos poemas: «¡Silencio!» (la soledad y el silencio son compañeros de Dios; más aún: el silencio es Dios), «Plegaria» (iniquidad del yo lírico frente a la eterna bondad de Dios), «Dios» (soneto en el que se ofrecen pruebas de su existencia) y «Voces de la Creación» (el hombre invita al sol, al agua, al aire y a la tierra a dar gloria al Creador). Varias composiciones se inspiran en pasajes o motivos bíblicos: «Ósculo traidor» (el beso de Judas), «Agar», «Huyendo a Egipto» (huida de la Sagrada Familia, con la indicación final: «que nunca muere abandonado el santo, / que siempre triunfa la honradez cristiana», p. 39), «Cántico fúnebre», poema que destaca por la musicalidad de sus rimas agudas:

Confiesa, confiesa con lúgubre acento
tu grande derrota, ¡oh, nación de Israel!
Repasa, si puedes, con breve recuento
los muertos y heridos de aquel campamento
que bravos lucharon ganando el laurel (p. 45).

«Noche Buena» es un villancico con léxico y ropaje modernista. Copio el principio:

Despertad, doncellitas de Engadi,
nazarenas, surgid sin tardanza
del lecho, y vestíos
las mejores galas;
brazaletes de sardios y de ónices,
cinturones de múrice y grana,
escofietas, cintillos,
ramilletes de flores galanas,
cachemiras de Persia y de India,
délficas sandalias,
de Bagdad brocados
y del Cairo gasas,
y ocurrid a Belén, que ha nacido
el Mesías del mundo (p. 59).

Otros títulos: «Super flumina» (glosa del salmo en quintillas), «El ruiseñor» (primer milagro del Niño Jesús), «Prófugo», «Viernes Santo», «¡Jerusalén, Jerusalén!» (Jesús maldice a la ciudad salomónica porque es infame), «El corazón de Jesús», «Aleluya» (amanecer en Tierra Santa, es primavera, Cristo resucita…) o «La mano de Jesús». El soneto «Iscariote» es interesante porque, a través de una acumulación de verbos y encabalgamientos, se recrea la angustia y desesperación del apóstol traidor:

Es Judas; entra al templo furibundo;
treinta monedas por el suelo arroja,
confiesa el deicidio, desaloja
el sagrado recinto, vagabundo

avanza, corre, un vértigo profundo
acométele, el crimen lo acongoja,
torvo es su rostro, la mirada roja,
el huelgo fuerte, el corazón inmundo;

asciende a un árbol, el cordel amarra
a su cuello, suspéndese de un bote,
su agonía es fatídica, violenta,

y muere maldiciéndose, y lo agarra
con sus uñas Satán, y el Iscariote
de bruces cae al suelo y se revienta (p. 69).

En fin, a la Virgen María están dedicados varios poemas:«María» («nombre divinísimo», «gayo nombre», p. 12), «El corazón de María» (contrafactum a lo mariano de una famosa rima de Bécquer), «Flor de mayo», «Mis amores» (letanía con los nombres de la Reina y Madre del Amor), «La rosa», «La obra maestra», «Reina de la paz», «Virgen y Madre» (acaba así: «Es Madre de Jesús, porque fue Pura; / es Pura, porque fue de Jesús Madre», p. 190) y «Tota Pulchra» (elogio, en dodecasílabos, de las bellezas de María)[1].


[1] Para más detalles, remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El P. Fabo de María, poeta: Ruiseñores (1914)», Río Arga. Revista de poesía, 99, tercer trimestre de 2001, pp. 27-32.

Poesía de Adviento: «Lumbre de Dios», de Pedro Miguel Lamet, SJ

Ven, ven, Señor, no tardes,
ven, ven, que te esperamos…

Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento, un soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ titulado «Lumbre de Dios». De este autor ya han entrado en el blog poemas de Adviento («Soy Adviento», y su tríptico «Tres profetas de Adviento», formado por «Isaías», «Juan el Bautista» y «María») y de Navidad («Encarnación», «Meditación de fin de año»), además de otros más propios del tiempo de Semana Santa («Ceniza eterna», «El dolor del tiempo»). El que añado hoy pertenece a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad (2016) y dice así:

Dios Padre y Dios Hijo

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; a las que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz resplandeció sobre ellos.

(Isaías, 9, 2)

Desde la sombra de la noche aquella
que también es la noche tuya y mía,
cuando esta tierra abandonada y fría
perdió sin ti la risa de tu huella,

y buscaba temblando la centella
de un sueño, una palabra, una alegría
que aliviara ese horror en que sufría
el ser sin ser, la vida sin estrella,

de pronto te asomaste a la ventana
y preguntaste al Padre de esta guisa:
—¿Qué te parece proclamar cariño

y que el hombre se sienta en la mañana
tu júbilo, tu lumbre, tu sonrisa?
—¡Bájate, Hijo, y llora como un niño![1]


[1] Pedro Miguel Lamet, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 79.

«Villancico del Adviento en Galilea. Homenaje a Federico García Lorca», de Jesús Górriz Lerga

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932​-Pamplona, 2016​), uno de los fundadores de la revista de poesía Río Arga, es un poeta que cultivó con maestría las formas estróficas tradicionales y que se aproximó a la temática navideña en distintas ocasiones, y de forma monográfica en su poemario Memorial del gozo (1994). Así, ya han entrado en el blog poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», el «Villancico que repite la letanía de siempre», el «Villancico de la espera en el portal», los «Gozos para entonar en la Nochebuena», el «Romancillo de la Natividad del Señor» o el «Soneto para un alumbramiento» (y también otras composiciones de tema no navideño como «Primera claridad» o «Canción para Antonio Machado»).

Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia)
Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia).

Vaya para hoy, primer domingo de Adviento e inicio del nuevo año litúrgico, su «Villancico del Adviento en Galilea», que lleva como subtítulo «Homenaje a Federico García Lorca» (y, en efecto, se aprecian en el texto claros ecos lorquianos en el empleo de una métrica neopopularista, con repetición continua del primer verso y de un estribillo que presenta variantes, y en la imaginería empleada: nácar, luna, alborada, verdes algas, etc.). Dice así:

La Virgen se fue a la mar
a buscar conchas de nácar
para hacerle al niño[1] un cofre
de madreperlas y escarcha.

(La Estrella del mar volvía
con el rocío del alba.)

La Virgen se fue a la mar
en buscas[2] de espumas blancas
para coser los pañales
con sus puntillas de Holanda.

(La Estrella del mar volvía
saludando a la mañana.)

La Virgen se fue a la mar
a ver la luna en el agua
para copiar en sus brazos
un regazo de luz alta.

(La Estrella del mar volvía
orilla de la alborada.)

La Virgen se fue a la mar
a buscar las verdes algas
con que hacerle al niño ajorcas
y túnicas de esmeralda.

(La Estrella del mar volvía
con la flor de la enramada.)

La Virgen se fue a la mar
a oírle[3] cantar su nana
para acunarle los sueños
al pequeño Dios del alma.

(La Estrella del mar volvía
por la senda de las barcas.)

La Virgen se fue a la mar
en busca de la alborada
para iluminar el día
de la promesa anunciada.

(La Estrella del mar volvía
con el sol de la mañana.)[4]


[1] Mantengo aquí y unos versos más abajo la minúscula del original.

[2] Tal vez podría enmendarse a «en busca», considerando parásita la s final, atraída por «espumas blancas». En cualquier caso, «en buscas» bien podría ser un plural intensificador querido por el poeta y por ello mantengo lo que dice el texto.

[3] Añado la tilde, ausente en el original.

[4] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [EUROGRAF], 1994, pp. 27-28. El libro fue editado con la colaboración del Departamento de Educación y Cultura (Institución Príncipe de Viana) del Gobierno de Navarra.

Otro soneto de Ernestina de Champourcin: «Huida»

De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya he transcrito aquí sus poemas «Contemplación de María», «Amor», «El beso» y su soneto «Búscame en ti. La flecha de mi vida…». Vaya para hoy otro soneto suyo, esta vez de su poemario Cántico inútil (Madrid, M. Aguilar, 1936).

Rosa marchita, de Tania Traver (Arteinformado.com).

Inercia de la muerte. ¡Qué distancia
me aleja ya, segura, de lo humano!
Aquella rosa que murió en mi mano
será pronto recuerdo de fragancia.

Silencio de silencios. En mi estancia
diluye su perfil lo cotidiano
y retorna sin hieles a su arcano
esa amargura que la vida escancia.

Nada será de todo lo que ha sido.
Voy a ofrecer al sello del olvido
mis párpados febriles y mis labios

que inmoviliza el rictus de lo eterno.
¡Quiero escapar indemne del infierno
que arde en la trama de tus besos sabios! [1]


[1] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 632-633.

«El beso», de Ernestina de Champourcin

Añado hoy a «Contemplación de María», «Búscame en ti. La flecha de mi vida…» y «Amor» el poema «El beso», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta que forma parte de la Generación del 27. Pertenece esta nueva composición —también de temática amorosa— a su poemario Cántico inútil (Madrid, M. Aguilar, 1936).

Der Kuss / El beso (1909), Gustav Klimt. Österreichische Galerie Belvedere de Viena (Austria)
Der Kuss / El beso (1909), Gustav Klimt. Österreichische Galerie Belvedere de Viena (Austria).

¡Tus labios en mis ojos!
Qué dulzura de estrellas alisa lentamente
mis párpados caídos…
Nada existe del mundo. Sólo siento tu boca
y el temblor de mi espíritu hecho carne de luz.
Sé cruel al besarme. Desgarra mis pupilas
y arranca de su sombra la lumbre de mi sueño.
Con ella te daré mi última mirada.

¡Abrásame los ojos! Que el peso de tus labios
despoje mi horizonte de lo que tú no has visto.
Quiero olvidarlo todo y anularme en la niebla
que ciñen tus caricias[1].


[1] Cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 268.

«Amor», de Ernestina de Champourcin

Añado hoy a «Contemplación de María» y «Búscame en ti. La flecha de mi vida…» el poema «Amor», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta que forma parte de la Generación del 27. Pertenece esta nueva composición a su poemario La voz en el viento (Madrid, Compañía General de Artes Gráficas, 1931), que recoge poemas de entre 1928 y 1931, con predominio de la temática amorosa.

Mano acariciando las estrellas

Puliré mi belleza con los garfios del viento.
Seré tuya sin forma, hecha polvo de aire,
diluida en un cielo de planos invisibles.

Para ti quiero, amado, la posesión sin cuerpo,
el delirio gozoso de sentir que tu abrazo
solo ciñe rosales de pura eternidad.

Nunca podrás tenerme sin abrir tu deseo
sobre la desnudez que sella lo inefable,
ni encontrarás mis labios
mientras algo concreto enraíce tu amor…

¡Que tus manos inútiles acaricien estrellas!
No entorpezcas besándome la fuga de mi cuerpo.
¡Seré tuya en la piel hecha fuego de sol! [1]


[1] Cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 266. En el penúltimo verso restituyo «besándome», frente al «basándome» que trae esta edición.

Un soneto de Ernestina de Champourcin: «Búscame en ti. La flecha de mi vida…»

De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya había transcrito aquí su poema navideño «Contemplación de María». Como bien escribe José Luis Ferris, «Ernestina de Champourcin fue, con distancia, una de las poetas más prolíficas de su generación, con más de veinte libros publicados y una extensa lista de poemas diseminados, desde los años veinte, por múltiples y prestigiosos diarios y revistas»[1]. Vaya para hoy este bello soneto de La voz en el viento (1931), «construido con una retórica que tiene en el símbolo cancioneril o místico su base, aquí destinada a la expresión del amor humano, que a la altura de 1930 constituye para Champourcín uno de sus temas poéticos preferidos»[2].

Flecha atravesando dos corazones

Búscame en ti. La flecha de mi vida
ha clavado sus rumbos en tu pecho
y esquivo entre tus brazos el acecho
de las cien rutas que mi paso olvida.

Despójame del ansia desmedida
que abrasaba mi espíritu en barbecho.
El roce de tus manos ha deshecho
la audacia de mi frente envanecida.

Navegaré en tus pulsos. Dicha inerte
del silencio total. Ávida muerte
donde renacen, tuyos, mis sentidos.

Ahoga entre tus labios mi tristeza,
y esta inquietud punzante que ya empieza
a taladrar mi sien con sus latidos[3].


[1] José Luis Ferris, en Mujeres del 27. Antología poética, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 255.

[2] Francisco Javier Díez de Revenga, en Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, p. 631.

[3] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, pp. 630-631. En el verso 3 edito «tus» en vez de la lectura «sus» que trae la transcripción de Díez de Revenga.

«Soneto para cantar una ausencia», de Ángel González

Vaya para hoy otro soneto de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trata de «Soneto para cantar una ausencia» y dice así:

Muro de las Lamentaciones

Las horas pasan, pesan lentamente
vacías de ti, llenas de tu memoria.
Tu ausencia rompe el hilo de mi historia,
aísla como un foso este presente,

dejándome indefenso e inocente
entre la espada aguda de la gloria
de haberte amado ayer, y la ilusoria
esperanza de amarte eternamente.

No dirijo mi vida, y el futuro
se presenta inseguro, turbio, incierto.
Me atengo sólo a ti, que no te tienes.

Me inclino sobre ti, endeble muro
de mis lamentaciones: roto, abierto,
hendido dique en el que me contienes[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, p. 48.

«¿Qué dejas en el aire?», de María Socorro Latasa Miranda

María Socorro Latasa Miranda, nacida en Pamplona, reside en Aoiz (Navarra). Entre sus libros publicados se cuentan Arpegios de sombra herida (Aoiz, 1989), con prólogo de Charo Fuentes; Edad sin tiempo (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1991) y Edad de niebla y otros poemas (s. l., COMAR, 2014). Desde la luz y el tiempo (Pamplona, Sahats, 2005) es la recopilación de la obra poética inédita del padre Damián Iribarren escrita entre 1965 y 2000, que incluye diez poemarios. Ha editado también Risa y ternura de unos papeles (Reflexiones sobre los caprichos de Goya), también del padre Damián Iribarren (Pamplona, Sahats, 2006).

En «De un lugar, de un tiempo, de una voz», palabras preliminares a Edad de niebla y otros poemas, escribe:

En este libro que ahora se presenta dividido en tres partes o secciones: Edad de niebla, Palabras a contrafuga y Otros poemas, he vuelto a plantearme, prácticamente, las mismas cuestiones [que en poemarios anteriores]. Vuelvo a centrarme en el proceso creativo adentrándome en esa región de niebla, abierta a todo lo posible, en la que indaga el intelecto, a la voluntad creativa —que ignora sus límites— y no sabe de dónde a dónde (p. 12).

Árboles y lago

Traigo hoy al blog su poema «¿Qué dejas en el aire?», perteneciente a Edad de niebla y otros poemas:

Asumes el instante
propicio al desencuentro.
Transitas la acrobacia de las horas.

¿Y qué dejas en el aire?
La impronta[1] levedad de algunos signos,
el gasto desleído de las cosas…

Sobre caminos de agua
la sombra estremecida del silencio[2].


[1] Nótese el uso aquí de impronta con valor adjetival.

[2] María Socorro Latasa Miranda, Edad de niebla y otros poemas, s. l., COMAR, 2014. Modifico ligeramente la puntuación.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (2)

«Se hace simple la mente…»[1], que juega con la anáfora de «se hace», es una evocación de la muerte y de lo que hay —o, más bien aquí, no hay— tras ella: «Sopla el silencioso mar de la nada, […] se ha quedado dormida en su sueño inexistente. […] Se hace simple la mente / y ya no eres nada…». Algo más misterioso es «Ay, este cerrar mis ojos» («Ay» se repite anafóricamente en las cuatro estrofillas del poema). Habla la voz lírica de «volver mis ojos al río triste de la noche» (expresión que se repite); después se dirige a un tú femenino («iluminada y bella»), que bien podría referirse a la muerte.

Con «Poesía» (también glosado antes) volvemos al asunto del poder creacional de la palabra poética y la solidaridad humana. Destaca la anáfora de «así» y varios encabalgamientos abruptos, y por ello muy expresivos. Citemos el comienzo, donde apreciamos algunos ejemplos:

Así, en este mundo desconocido
e idéntico de los que sufren como
yo sufro, de los que viven y mueren
cual yo vivo y muero, así en este mundo
solitario, en el inmenso silencio
atravesado de la soledad
derramada, luciente
y fría…

Silla solitaria

El poeta es, por definición, un solitario: habla de «esta gelidez de las almas / solas» y dice que «mi alma / partida apenas llora»; apunta entonces la solidaridad del poeta con el que es como él solitario, con el que sufre:

Voy llorando contigo
que lloras, hermano, sin tú saberlo,
amando contigo esto
que tú amas.

Y concluye:

… esta parda
ceniza que en tu amor late, este beso
que, pendido de mis labios,
a ti me ofrece enteramente, a ti.

En «Recóndita vena» (este sintagma ya se había utilizado al final del canto XXIII de El libro de la creación) el yo lírico se dirige a un Tú, con mayúscula, que se hace importante, que lo es todo para él:

Ya sé que Tú eres
el aire puro que gravita y fija
mi centro. Sé que eres
el brillo de mis años
y la densidad de mis noches,
eres el final ya hecho
de esta emprendida
y aún no comenzada
carrera.

Y sé que estás conmigo
en vuelo perenne,
y que sobre mis lados
has de posar tu peso
de Dios humanado.

Aunque mi muerte
me robe, verdecida rosa tuya
ha de brindar perfume
que vitalice así mis huesos.

En ese constante movimiento pendular entre duda y fe a que nos tiene acostumbrados, el poeta se inclina ahora claramente por la trascendencia, por la confianza en ese Dios humanado que es Cristo (destaquemos, en el haber estilístico, la bella aliteración «posar tu peso» y la anáfora «Ya sé… Sé… Y sé…»).

«Rumores nocturnos» presenta una dedicatoria «A Guillermo Rivell Amadoz, pequeño niño»; se trata de un nieto, visto poéticamente como un «pequeño animal desnudo» de mirada franca, de «frágil y abierta sonrisa». El poema se carga en su primera parte de imágenes positivas: amanecer de pájaros, profundo mar, estrellas amantes, color inmarcesible de los besos castos, espuma, manantial, sonrisa, encanto, para ponderar la alegría de esa nueva vida que se abre a la vida, a «esta hegemonía de ser / entre tanta ventana abierta a lo imperfecto». Pese a su pequeñez, pese a su desnudez («y asomas como una creación balbuciente, impregnadora, / como un animal que camina manso y dulce sin espolearse»), el niño puede ser contemplado como un «rico vástago, capaz de mirar sin turbarte al Dios escondido». Se cierra con estos dos versos:

… te he visto en tu ausencia como si no tuvieras límites,
te he visto en la sombra dibujada de mi nuevo mundo[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.