San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Genaro Xavier Vallejos y José María Pemán

A modo de conclusión de esta serie de entradas dedicadas a las piezas dramáticas sobre San Francisco Javier de Genaro Xavier Vallejos y José María Pemán, añadiré unas palabras comparando ambas obras[1]. En el caso de Volcán de amor, obra escrita en ocasión del Centenario de la canonización de 1922, podemos decir que el propósito que guía a su autor es la exaltación misional, mientras que en El Divino Impaciente prevalece el mensaje ideológico-propagandístico, quizá no buscado deliberadamente, pero derivado de la conflictiva situación de la España de 1933[2]. Las dos coinciden en exaltar el afán evangelizador de San Francisco Javier (mostrando, por ejemplo, sus debates con los brahmanes de la India) y en presentar la figura de don Álvaro de Ataide como villano antagonista. En líneas generales, las dos obras se ajustan a los hechos históricos conocidos —que conforman el telón de fondo sobre el que se presentan sus respectivas acciones—, pero entran en ellas diversas licencias, permitidas en una obra literaria.

Desde el punto de vista dramático, la pieza de Vallejos se caracteriza por su mayor unidad dramática, que va unida a una concentración de la acción en el tiempo y en el espacio, mientras que la de Pemán está formada por una sucesión de escenas independientes entre sí (el autor confiesa que dudó si subtitular el drama retablo o estampas, «por su técnica un poco deslabazada»[3]): hay más variedad en los escenarios (París, Roma, Lisboa, India, Japón, Sanchón…) y abarca un periodo de tiempo mucho más amplio. Volcán de amor está escrita en su mayor parte en prosa, con algunos pocos pasajes en verso (los versos se utilizan para subrayar algunos momentos de especial intensidad dramática o emotiva), mientras que El Divino Impaciente, todo en verso, ofrece un aire de sonora musicalidad, en la línea del teatro de Zorrilla, Marquina o Villaespesa, pero posee también una notable intensidad lírica. Una diferencia significativa estriba en el hecho de que en la pieza de Vallejos, pensada para ser representada en colegios, seminarios, casas de formación, etc., no intervienen mujeres, todos los papeles son masculinos, mientras que en la de Pemán, nacida para su estreno en los circuitos comerciales, se añade una trama amoroso-sentimental a través del personaje de Leonor, prometida y luego esposa de Atayde.

En cualquier caso, estas son las dos obras más importantes del siglo XX que se han acercado a la figura señera de San Francisco Javier, el santo navarro más universal, que encarna el prototipo de misionero y que sigue siendo a día de hoy un personaje que constituye un modelo válido tanto para creyentes como no creyentes, pues simboliza unos valores morales y unos criterios de vida que tienen plena vigencia[4].

San Francisco Javier en Goa


[1] Comparación ya apuntada en Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas (española, francesa, italiana y portuguesa), tomo III, Siglos XVIII, XIX y XX, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1977, pp. 453-454.

[2] Las dos obras pueden leerse juntas en esta edición: Genaro Xavier Vallejos, Volcán de Amor, y José María Pemán, El Divino Impaciente, prólogo de Alfredo López Vallejos, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003.

[3] Introducción a El Divino Impaciente, en Obras de José María Pemán, tomo IV, Teatro, Madrid, Edibesa, 1997, p. 17.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (y 3)

Como hemos podido ver en las entradas anteriores, en El Divino Impaciente[1] de Pemán se plantea la misma oposición entre Javier y Atayde que ya encontrábamos en Volcán de amor de Genaro Javier Vallejos. Una idea repetida a lo largo del drama es, precisamente, que los mercaderes, llevados del interés material y con un comportamiento sin escrúpulos, pueden desacreditar el laborioso trabajo de los misioneros. La distinta visión que de los indios tienen unos y otros, mercaderes y religiosos, apunta en un diálogo (Acto II, Cuadro Primero) entre don Martín Alonso de Sousa, Atayde y Javier:

ATAYDE.- Solo de tu mano
depende, Padre Javier,
mi ida a Oriente.

JAVIER.- Bien, hermano:
¿pero irás como cristiano o
irás como mercader?
Porque si en mí está el lograr
la licencia, me resisto
a que traspases el mar
para desacreditar,
ante los negros, a Cristo.

DON MARTÍN.- (Acercándose a Javier y Atayde, cuyo diálogo ha oído.)
Cuando ese ardor que hoy le embarga,
le pase, Padre, a la larga
ya verá que los infieles
no sirven más que en la carga
de galeras y bajeles.
Solo hay que ver prisioneros
en ellos.

JAVIER.- Con esas leyes
de egoísmos altaneros,
lo que hagan los misioneros
lo desharán los virreyes.

DON MARTÍN.- Son unos pobres paganos,
sin religión.

JAVIER.- Son hermanos;
siguen la ley natural…
Acaso muchos cristianos
no pueden decir igual.
Ellos viven al mandar
de su instinto, como potros.
Saben creer o matar…
¡pero no saben andar
a medias, como vosotros!
Si los voy a bautizar
es por hacerlos más sanos,
mas cuenten que, con mis manos,
os bautizara lo mismo
si hubiera un otro bautismo
para los malos cristianos (pp. 222-224).

Ignacio-Valdés-y-Albarca-San-Francisco-Javier-Predicando-a-los-Indios

En otro orden de cosas, merece la pena destacar la escena del Acto II, Cuadro Segundo en la que Javier sale a mendigar por las calles de Malaca acompañado de un coro de niños que repiten cantando la doctrina aprendida (esta era una práctica habitual en la predicación del santo: enseñar a los niños, que a su vez transmitían luego a sus familiares el mensaje recibido):

VOCES LEJANAS DE NIÑOS.- (Con tono salmodioso, parecido al de las coplas de los campanilleros.)

Se encontraba la Virgen María
en el oratorio haciendo oración;
por la puerta se le ha entrado un ángel
vestido de blanco que parece un sol.

LA VOZ DEL PADRE JAVIER.- (Lejos.) ¡Una limosnita, hermanos!
¡No se me hagan de rogar!
¡Ayuden todos a dar
a Cristo nuevos cristianos!

(Toques de campanillas, cada vez más cercanos.)

PADRE COSME.- ¡El Padre Javier!

MANSILLA.- El mismo.
Allí viene mendigando,
con sus niños, y cantando
versillos del catecismo.

VOCES DE NIÑOS.- (Más cerca.) Dios te salve —le dijo—, María,
llena eres de gracia a los ojos de Dios:
entre las mujeres bendita Tú eres
y bendito el fruto de tu Encarnación.

(Toques de campanilla.)

PADRE COSME.- ¡Qué lindas voces de oro!

[…]

(Entra el Padre Javier por la derecha. Trae la sotana sucia y desgarrada. Una campanilla en una mano. Le rodea un grupo de niños, algunos negros y otros de tipo malayo.)

JAVIER.- (No bien ha entrado, antes de acercarse al grupo de los que ya estaban en escena, despide a los niños dándoles a besar la mano.)

Y ahora, hijos míos, volad
a vuestra casa… Y ¡cuidado
con el juego!

(Cuando ya han salido todos todavía se dirige hacia ellos.)

¡Y recordad
las cosas que os he enseñado! (pp. 250-252)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (2)

El Divino Impaciente[1] se presenta bajo el subtítulo de Poema dramático en verso, dividido en un prólogo, tres actos y un epílogo. Es una pieza bastante extensa y, como se indica en las ediciones impresas, «por necesidades de adaptación escénica, [el texto] se representa con notables abreviaciones». Examinemos someramente la acción. El Prólogo ocurre en el Colegio de Santa Bárbara de París. Varios estudiantes comentan la expansión portuguesa y española por el mundo, lo que da pie para que apunte ya el carácter ambicioso de Javier, quien siente envidia de no haber sido el primero en llegar a las Indias. Después, los estudiantes traman una burla a Javier y al «santón cojitranco de Loyola», introduciendo una mujer en el colegio. Ignacio comenta que espera «milagros de santidad» por parte de Javier si es capaz de domar su vanidad. Asimismo, se anticipan ya aquí los futuros roces entre Javier y Atayde.

La acción del Acto I ocurre en Roma, en la Casa de la Compañía de Jesús. Se decide que Javier irá como misionero con Mascareñas por la enfermedad de Bobadilla. Destaca el famoso romance de los consejos que ofrece Ignacio a Javier antes de partir, parlamento que comienza «Yo te bendigo, Javier…».

San Ignacio y San Francisco Javier

El Cuadro Primero del Acto II nos traslada a Lisboa, al Palacio Real. Atayde también quiere ir a la India, lo que sirve para plasmar la oposición entre los motivos que guían a los misioneros y a los mercaderes. Se da la noticia de que Javier ha sido nombrado Nuncio Apostólico de Su Santidad y se introduce la trama amorosa relacionada con Leonor, la prometida de Atayde (Javier lo obliga a que se case con ella antes de partir). El Cuadro Segundo nos sitúa en Malaca y en él apuntará el carácter seductor del Oriente. Por el diálogo inicial se nos informa de la llegada del santo a la India y de sus primeras misiones, en las que se ayuda de los niños para extender su predicación; más tarde se nos refiere el milagro consistente en la resurrección de un niño. Sigue, por otra parte, su enfrentamiento con Atayde (de nuevo la oposición misioneros/mercaderes, que recorre la obra a modo de leitmotiv), quien planifica una trampa para acabar con el jesuita.

El Cuadro Primero del Acto III ocurre en Macassar: Javier dialoga con el jefe indio encargado de asesinarlo, según el plan ideado por Atayde, y debate también con un brahmán: según enseña, todos los indios, sean parias o brahmanes, son iguales. Tras lograr desenmascarar a Atayde, predica su mensaje evangélico entre los indios. El Cuadro Segundo (que se suprime en la representación) se ambienta en el muelle de Malaca y nos muestra a Javier a punto de marchar hacia Japón, mientras que en el Cuadro Tercero el autor nos lo presenta ya en Funay: los jesuitas se enfrentan a los bonzos japoneses y aparecen dispuestos al martirio.

En fin, el Epílogo traslada la acción al Castillo de Javier, en Navarra, pero el dramaturgo crea a través de la iluminación otro espacio dramático, que es la playa de Sanchón, donde tiene lugar la muerte del santo[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

Un milagro de San Francisco Javier en Nápoles

Bandera de NavarraSiendo hoy 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier y Día de Navarra, y estando en Nápoles, participando en el Congreso Internacional «Nápoles y la cultura teatral hispánica», coorganizado por la Seconda Università degli Studi di Napoli, el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra y la Fondazione Pietà deʼ Turchini-Centro di Musica Antica di Napoli, en colaboración con el Instituto Cervantes de Nápoles y otras instituciones, no estará de más honrar al Santo copatrón de Navarra, el más universal de todos los navarros, evocando un milagro suyo en Nápoles, el obrado en la persona del padre Marcelo Mastrilli.

San Francisco Javier

Este milagro ha sido estudiado con mayor detalle por María Gabriela Torres Olleta, en su trabajo «Relación de un prodigioso milagro de San Francisco Javier en Nápoles» (Pamplona, Universidad de Navarra, 2003, colección «Pliegos volanderos del GRISO, núm. 4), donde escribe:

El milagro del padre Marcello Mastrilli es uno de los más conocidos de San Francisco Javier. Viene recogido en relaciones, cartas y hagiografías tanto de San Francisco como de Mastrilli. Lo encontramos, entre otros textos, en la Vida y milagros de San Francisco Javier del padre Francisco García; en El Apóstol de las Indias y Nuevas Gentes, de Cristóbal de Berlanga; en El Príncipe del mar, San FranciscoJavier, de Lorenzo Ortiz; sin que falte mención del mismo en los sermones del famoso padre Antonio Vieyra y otros lugares.

El padre Marcello Mastrilli nació en Nola, Nápoles, en 1603. De familia noble entró en la Compañía a pesar de la oposición de su padre. Se educó en el colegio de Nápoles, donde hizo estudios clásicos, filosofía y teología y enseñó gramática. En diciembre de 1633, mientras desmontaban los altares de la fiesta de la Purísima en el palacio del virrey, le cayó accidentalmente un martillo en la cabeza, de cuya herida curó por intercesión milagrosa de San Francisco Javier, que se le apareció en forma de peregrino.

El padre Mastrilli, poco después de su curación, partió para la India el 7 de abril de 1635, junto con treinta y dos jesuitas y dieciséis padres de otras religiones. Llegó a Japón en 1637 en plena persecución contra los cristianos, y murió martirizado en Nagasaki el 17 de octubre de 1637.

El padre Nieremberg, en su obra Varones ilustres de la Compañía de Jesús, cuenta su vida, el viaje tan deseado a las Indias y las atrocidades de su martirio. Incluye también la relación del famoso milagro de San Francisco Javier así como los numerosos milagros que a su muerte fueron concedidos por sus méritos a sus devotos.

Después de la curación milagrosa Mastrilli inició la famosa «Novena de la Gracia», que se haría muy popular, en honor de San Francisco y desde entonces quiso llamarse Marcelo Francesco Mastrilli Felicísimo Indiano.

El San Francisco que se aparece al padre Mastrilli sale de una imagen devota que tiene en su habitación, donde figura en forma de peregrino, iconografía reflejada con frecuencia por pintores y escultores, y muy común en la tradición cristiana que entiende la vida en la tierra como peregrinaje hacia el Cielo. De esta imagen milagrosa se hicieron al parecer muchas copias, y curiosamente en muchas relaciones posteriores de milagros javerianos el santo se describe «tal como se apareció al padre Marcelo». Y además también será milagrosa la «imagen con el milagro que obró con el bendito padre Marcelo Mastrilli» (Vida y milagros … del padre García), en una multiplicación de niveles de representación o juego de espejos muy barroco. [1]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.


Presencia de San Francisco Javier en el teatro español

(Esta entrada debería haber salido con más propiedad ayer lunes, 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, copatrón de Navarra —junto con San Fermín— y patrono universal de las Misiones, pero… no fue posible programarla a tiempo. En cualquier caso, más vale tarde que nunca, y un día de retraso, tampoco es tanto…)

San Francisco JavierLa figura señera de san Francisco Javier (1506-1552), santo navarro y universal, ha dado lugar a numerosas recreaciones literarias, a lo largo de los siglos y en los tres grandes géneros de la narrativa, la poesía y el teatro. Me acercaré hoy someramente a este último aspecto de la presencia del personaje en el teatro español.

En su importante trabajo de 1961 sobre San Francisco Xavier en la literatura española, el Padre Ignacio Elizalde, SJ, explicaba con estas palabras el hecho de que la vida del santo resulte un tema muy adecuado para su tratamiento en el teatro:

La vida de Xavier, esencialmente dramática y profundamente humana, constituyó un tema fecundo y apropiado para el dramaturgo y comediógrafo. Su intensidad emocional, su aventura a lo divino, la psicología de su conversión, el clima exótico y legendario del Oriente, su apostólica impaciencia, su ardiente y volcánico amor, su carácter emprendedor que tejió el mapa de las naciones en una red de viajes, la simpatía de su carácter, hacen de Xavier una figura extraordinariamente apta para la escena[1].

Buena parte de esa producción dramática sobre San Francisco Javier corresponde al siglo XVII: se trata de obras compuestas según los patrones del teatro jesuítico y concentradas en torno a tres fechas claves: 1619, beatificación, 1622, canonización, y 1640, primer Centenario de la Compañía de Jesús. Después de la época barroca, la presencia del tema javeriano en el teatro es más escasa, pero reaparece con cierta intensidad en el siglo XX. Tenemos, por un lado, obras en las que el santo es el protagonista o tiene un papel muy destacado. En 1923, el jesuita argentino Juan Marzal publica en Buenos Aires El caballero de Dios, Ignacio de Loyola. Monólogo y escenas dramáticas; pues bien, dos de las piezas contenidas en ese volumen son javerianas: Adiós a las armas, sainete de estudiantes, y Desdén, afición y amor, drama histórico en tres actos. En 1922 se estrena y en 1923 se publica Volcán de amor, de Genaro Xavier Vallejos, quien además de este drama sacro compondría otra pieza dramático-musical, Xavier. Estampas escénicas (1930). Del año 1933 es el estreno de El Divino Impaciente de José María Pemán y de 1952 el de Las estrellas fulguran, de Adolfo Muñoz. A esta lista debemos sumar Destellos javierinos. Escenificación de la vida del santo dividida en 11 cuadros, de Luis María Arrizabalaga, SJ (1958), con ilustraciones musicales de Antonio Massana, SJ[2]. Y pocos años después (1963) se representaba Dolores y gozos del Castillo de Javier, un espectáculo de luz y sonido en cuya preparación colaboraron José María Recondo, SJ (sinopsis histórica), José María Pemán (guión literario), Cristóbal Halfter (música) y Cayetano Luca de Tena (puesta en escena).

Por otra parte, encontramos otras obras en las que Javier interviene, no como personaje principal, sino secundario: así sucede en El Marqués y el bachiller (1940), de Víctor Espinós, El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, y El capitán de sí mismo (1950), de Manuel Iribarren[3].

De todo este corpus dramático del siglo XX sobre la figura de San Francisco Javier, las dos piezas más exitosas e interesantes son, sin duda alguna, Volcán de amor (1922), de Genaro X. Vallejos, y El Divino Impaciente (1933), de José María Pemán, pero el análisis de estas obras requiere más espacio y serán, por tanto, objeto de futuras entradas en este blog.


[1] Ignacio Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, Madrid, CSIC, 1961, p. 107. La revisión más completa y reciente del teatro jesuítico javeriano en el Siglo de Oro es la de Ignacio Arellano, al frente de su edición de San Francisco Javier, el Sol en Oriente (comedia jesuítica del P. Diego Calleja), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006. Para un panorama amplio de la presencia de San Francisco Javier en el teatro español, ver Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, pp. 105-189.

[2] Si nos fijamos en las fechas, veremos que tres de esas piezas se compusieron en torno a 1922, con motivo del Centenario de la canonización, o 1952, Centenario de la muerte del santo, mientras que la de Pemán apareció en un momento especialmente conflictivo, coincidiendo con las persecuciones contra la Iglesia católica que tuvieron lugar durante la II República.

[3] En este caso, las dos primeras obras se escriben en torno al año 1940, Centenario de la Compañía de Jesús.

Con San Francisco Javier en Goa

Inauguro con esta entrada una serie que tendrá continuidad en el blog, «Con San Francisco Javier en…». En efecto, el influjo y la presencia del Santo navarro y universal, Apóstol de las Misiones, copatrón de Navarra junto con San Fermín, se extiende por numerosos rincones de todo el planeta…

Una buena forma de comenzar la serie es con el recuerdo de la visita a la Goa Antigua (Old Goa) del pasado mes de diciembre de 2011. En efecto, haciéndolo coincidir con la festividad del Santo (que se celebra el 3 de diciembre), GRISO convocó el Congreso Internacional «San Francisco Javier, navarro universal, y la empresa jesuita. Elementos, conflictos y asimilaciones de dos mundos culturales / St. F. Xavier from Navarre to the World: the Jesuit Mission. Elements, Conflicts, and Assimilations of two Cultures», patrocinado por el Gobierno de Navarra, el cual tuvo lugar en el International Centre Goa (Dona Paula, Panaji, Goa) los días 1-3 de diciembre de 2011. El enlace del congreso puede verse en:

http://www.unav.es/congreso/javier-india-2011/

San Francisco Javier (o Goencho Saib, el Señor de Goa, como allí lo denominan) es admirado por muchos indios, no solo cristianos, y su fiesta resulta sumamente popular. Era tanta la afluencia de gente el día grande de su fiesta, que en esta ocasión, al comprobar lo lento que avanzaban las largas colas de peregrinos, desistimos de acercarnos al sepulcro en el interior de la basílica del Bom Jesus, donde se conserva el cuerpo incorrupto del Santo.

En su lugar, pudimos asistir a la misa celebrada en el exterior:

Y pudimos ver las ofrendas florales que hacían los devotos a distintas imágenes del Santo:

Para dejar constancia de nuestra «navarridad», quise que mi hijo Jeff, que me acompañaba en este viaje, me hiciera esta foto, con la bandera de Navarra y la basílica al fondo:

El nombre de San Francisco aparece, claro está, en numerosos puestecillos de venta de artículos religiosos y objetos de recuerdo:

Pero se extiende también a muchas otras actividades, incluidas las gastronómicas:

En ese animado mercadillo de los alrededores de la basílica Jeff se pudo comprar, y a muy buen precio, algunos recuerdos típicamente goanos: la camiseta del Barça de Iniesta y la de Messi de la selección argentina (estos son, ay, los efectos de la famosa globalización…).

En fin, el pasado 3 de diciembre en Goa tuvimos una bonita experiencia y pudimos disfrutar de una feliz fiesta de San Francisco Javier, como deseaba a todos los peregrinos este cartel del Departamento de Turismo del Estado de Goa: