«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: génesis, contenido, voz lírica y estructura (1)

En esta y en próximas entradas voy a abordar el análisis de Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982). Dividiré mi comentario en tres apartados: 1) génesis, contenido, estructura y voz lírica del poemario; 2) retrato de un régimen y una sociedad; y 3) rasgos estilísticos. Comenzaremos hoy con el primero de los puntos señalados.

Irigoyen

Los abanicos del Caudillo es una versión abreviada de un poema más extenso, de más de novecientos versos, titulado La hoz y los zarcillos, que Ramón Irigoyen había escrito, aproximadamente, entre diciembre de 1977 y abril de 1978; en 1981, para solicitar una ayuda a la creación literaria del Ministerio, reescribió el texto según los consejos que, ya en 1979, le había dado Jaime Gil de Biedma, optando por abreviar considerablemente el texto primitivo: el contenido coincide en líneas generales con el del poema extenso, aunque varía la disposición de los materiales, en los que se ha operado una importante concentración expresiva. Los datos principales sobre ese proceso pueden seguirse acudiendo a las palabras de Jaime Gil de Biedma recogidas en el libro como apéndice[1]. La versión publicada incluye catorce fragmentos poéticos de desigual extensión (el más largo, el I, tiene sesenta y cuatro versos; el más breve, el V, consta de seis) que conforman un poema unitario. Esa unidad viene dada no solo por la presencia de una misma voz lírica enunciativa, sino también por reiterarse la figura referencial —que no reverencial— de ese «padre mítico» ferozmente atacado en el texto; por constituir el conjunto una negativa crónica social, muy crítica, del nacional-catolicismo (el régimen político del general Franco y el modelo socio-cultural de él resultante) y, en el plano textual, por la repetición a modo de leit motiv de determinadas expresiones que van enlazando unos fragmentos con otros.

La voz lírica del poemario es la de un «poeta-saltimbanqui», una especie de juglar medieval «apicarado y goliardesco»[2], que en el primer fragmento se identifica con estas palabras: «Si soy poeta tengo semilla de diablo», comentando a continuación: «Aunque por lo que al diablo le queda de ángel, / si soy poeta, / le agradezco mucho los servicios prestados» (p. 17). Ahí es donde anuncia su propósito de «bajarles las bragas / a todas las palabras del diccionario» (p. 18), idea retomada en el fragmento III cuando habla de «romperles las bragas / a todos los poemas contemporáneos». Ese mismo fragmento tercero es un ataque a la poesía culta, la del mester de clerecía, «que escribe poesía de santos» y que, trasladada la idea a un contexto histórico contemporáneo, simbolizaría la poesía —por extensión, toda la cultura— oficial del régimen franquista[3]. En el número V se interroga por su deseo de destrozar o desarticular el lenguaje («No sé qué busco envenenando las palabras», p. 25), pregunta a la que se dará respuesta en el X. En efecto, los fragmentos IX y X corresponden al paso del yo lírico por Grecia, estancia que dulcifica en parte su carácter. Ahí es donde descubrirá la íntima unión del amor y la palabra, pero de un amor «con caricias de garfio», que pone de manifiesto el carácter sanguinario de nuestro yo lírico: «Descubiertos en el amor mis deseos de crimen / hice del lenguaje mi matadero privado», confiesa, para añadir inmediatamente:

Y necesito asesinar
porque soy hijo de matarifes con escapulario.
Violo y acuchillo palabras
para resistir la tentación de asesinaros.
Ya sé qué busco envenenando las palabras:
busco la manera impune de reventaros (p. 32).

La expresión bronca y violenta de su lenguaje (nuestro juglar, dice en otro lugar, tiene «la lengua de un fullero / de los escasos burdeles vascos», pp. 23-24) obedece, por tanto, a una función catártica; la palabra, como exteriorización de sus traumas internos, es salvadora: «Asumimos nuestra locura / y a aullido limpio nos salvamos» (p. 22). La voz lírica se rebela en el fragmento VI contra todos aquellos («mis amos») que le han condenado a vivir una vida vacía («más que seco porque soy árido», «seco y árido como una pasa», p. 26) y, en consecuencia, a escribir una poesía prosaica, seca también. No obstante, ese pasaje es importante, porque marca el momento de una inflexión en su vida: cuando el juglar estaba ciego y solo, colgado como una pasa, echó los caldos hacia adentro y reventó de amor: «Me armé de látigos y me eché a vivir» (p. 26), y por eso desde entonces su carácter es dulce y árido a la vez[4].


[1] Jaime Gil de Biedma, Pueblo, viernes literario, 19 de marzo de 1982, texto reproducido en Los abanicos del Caudillo, pp. 51-53.

[2] Tomás Yerro (en su trabajo «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga, 27, segundo trimestre de 1983, pp. 30-33) le aplica estos términos, aunque Javier Pérez Escohotado (en «Para una teoría de la armonía universal», Revista Hiperión, 4 —El excremento—, 1980, pp. 91-99) matiza la calificación de goliardesco.

[3] Pérez Escohotado («Para una teoría de la armonía universal, p. 245) escribe con relación a este poema: «La clerecía es una referencia doble, tanto se refiere a la beatería lírica medieval, como a esa poesía de oficio, escrita por santones y para beatos de escuela o cátedra. Se trata de romper los estrechos moldes de “lo culto”, de las capillas, de las iglesias, de las devociones entontecidas».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

Breve nota sobre la poesía de Ramón Irigoyen

Existen ya algunas aproximaciones generales a la producción lírica de Ramón Irigoyen, como los trabajos de Javier Pérez Escohotado y Tomás Yerro[1], y a ellos remito para mayores detalles. Aquí bastará con recordar que Cielos e inviernos y Los abanicos del Caudillo forman un corpus de poesía directa, provocadora, mordaz, bronca en determinados pasajes (Irigoyen no evita la irreverencia ni aun la blasfemia[2]) y que, en ocasiones, adopta como rasgo estilístico distintivo un deliberado prosaísmo (en la línea de Cavafis), sin que esto suponga, en modo alguno, que sus composiciones tengan una escasa fuerza expresiva. El propio poeta alude a esta circunstancia:

Encuentro una gran dificultad para afirmar que Cavafis sea un poeta que ha marcado mi vida —como puedo afirmar que la han marcado, en etapas sucesivas, Ramón Gómez de la Serna, Seferis, Cernuda, Vallejo y Jaime Gil de Biedma— y, sin embargo, este poeta, cuya presencia en mí siento tan difuminada, es el escritor cuya influencia ha sido para mí más decisiva a la hora de escribir, en 1978, la primera versión de Los abanicos del Caudillo, mí último libro de poemas. A la hora de escribir este texto tuve especialmente presente mi experiencia de lector inicial de los poemas de Cavafis y el rechazo que sentí por su prosaísmo. Totalmente consciente de aquel repudio por aquella aparente frialdad del lenguaje, elegí la vía del más crudo prosaísmo escribiendo un texto que, en forma y contenidos, se situaba en el mismo terreno que el lenguaje de las bandas rockeras. […] No es quizá fácil verlo desde fuera, pero en mi caso aquí estaba Cavafis presente de cuerpo entero. Mi experiencia ateniense de lector de Cavafis —y de lector ignorante que aún no está educado para percibir el lenguaje poético de los nuevos tiempos— la apliqué a la redacción de este libro, y quedé encantado de los resultados, pues Los abanicos del Caudillo causaron en 1982 un sonoro escándalo, según la calificación de Santos Sanz Villanueva. Por experiencia propia sabía que los manjares del prosaísmo no pueden disfrutarlos los cerebros insuficientemente educados[3].

Por el contrario, algunas de las características más destacadas de sus dos poemarios (marcado tono humorístico, numerosos alardes verbales, predilección por las paronomasias y otros juegos de palabras, empleo frecuente de las figuras retóricas, imágenes y metáforas atrevidas, cercanas en ocasiones a la greguería ramoniana, etc.) coinciden con las que se pueden percibir en el conjunto de la producción literaria del autor.

PoesiaReunida

Como valoración general de su poesía, resultan muy acertadas estas palabras de Tomás Yerro:

Para Irigoyen […] la poesía es actividad liberadora de sus propios fantasmas personales, no sedante recuperación del tiempo pasado ni consolador regreso al paraíso perdido de la consabida inocencia infantil. La catártica cancelación de la «sucia memoria» se lleva a cabo por medio de la exorcización vengativa de los odios, resentimientos, frustraciones y complejos de culpabilidad acumulados en la infancia y adolescencia. Penetrado de un odio visceral hacia su propio pasado —castrador de libertades y, por consiguiente, de posibilidades de felicidad y realización personal—, el poeta se aplica afanosamente a la tarea de demoler los cimientos de su educación en el ámbito del espacio textual. El cristianismo, el patriotismo y el amor heterosexual, verdaderos baluartes de la sociedad burguesa al decir de Peter Bien, citado repetidamente por Ramón Irigoyen, son objeto de violentos ataques[4].

Las afirmaciones del crítico, con las que coincido plenamente, constituyen el marco perfecto para centrar el análisis de Los abanicos del Caudillo, al que dedicaré algunas próximas entradas[5].


[1] Javier Pérez Escohotado, «Para una teoría de la armonía universal», Revista Hiperión, 4 (El excremento), 1980, pp. 91-99 y «Paraísos particulares de Ramón Irigoyen», Institute for the Study of Ideologies and Literature, nueva época, núms. 1-2, invierno-primavera 1985, pp. 230-251; y Tomás Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga, 27, segundo trimestre de 1983, pp. 30-33.

[2] Para estas cuestiones, y para la asimilación de la poesía a funciones digestivas y escatológicas, ver Pérez Escohotado, «Para una teoría de la armonía universal» y «Paraísos particulares de Ramón Irigoyen».

[3] Ramón Irigoyen, prólogo a C. P. Cavafis, Poemas, Barcelona, Seix Barral, 1994, p. 40.

[4] Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», p. 30.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

Datos biobibliográficos de Ramón Irigoyen

Ramón Irigoyen, nacido en Pamplona en 1942, es licenciado en Lenguas Clásicas por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor universitario, de español en la Universidad de Atenas (1967-1968), ciudad en la que residió de 1966 a 1969; y de filología latina en el Colegio Universitario de La Rioja (1973-1986). Otra faceta importante es la de traductor de literatura grecolatina: así, ha vertido al castellano textos de Catulo, Horacio, Marcial, Eurípides y varios escritores griegos de los siglos XIX y XX, en especial Cavafis[1].

Irigoyen2

Irigoyen ha sido colaborador esporádico de radio (en Radio Nacional de España y la Cadena Ser) y televisión (en Telemadrid); colaborador habitual de prensa (su firma se rastrea en más de veinte diarios de información general, en el deportivo As y en más de cincuenta revistas y publicaciones periódicas); y letrista de canciones (ha trabajado en discos de Mocedades, Rosa León y Mango, entre otros). Como poeta, es autor de Cielos e inviernos (Madrid, Hiperión, 1979, con reediciones en 1980 y 1989), considerado por la crítica como uno de los libros clave de la poesía de los 70, y de Los abanicos del Caudillo (Madrid, Visor Libros, 1982[2]). Se ha acercado al género del cuento con Inmaculada Cienfuegos y otros relatos (Madrid, Grupo Libro 88, 1991), Curación milagrosa y otros relatos (Madrid, Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1998) o Un placer inconfesable (Madrid, Brand, 2001). Otros libros suyos adoptan un tono ensayístico: Historia del virgo (Madrid, Temas de Hoy, 1990) y La locura de los césares. Las anécdotas de Roma (Barcelona, Planeta, 1999); Fábulas de Grecia. Macedonia de humor (Barcelona, Planeta, 2001); Los clásicos en la empresa. Del currículo de Cervantes al acoso moral del Cid (Barcelona, Planeta, 2003); Una pequeña historia de la filosofía (Barcelona, Oniro, 2008); o bien son recopilación de artículos publicados en prensa: El humor de los amores (Madrid, Moreno-Ávila, 1989); Puñaladas traperas (Madrid, Mondadori, 1991); Madrid. Sus gentes, calles y monumentos (Madrid, Libertarias-Prodhufi, 1993) y Locas por el Ejército (Madrid, Grupo Libro, 1995). Ha recopilado en volumen sus poemas: Poesía reunida (1979-2011) (Madrid, Visor Libros, 2011); y también sus relatos: Cuentos reunidos (1991-2012) (Madrid, Pigmalión, 2012). En fin, la obra poética y narrativa de Irigoyen ha sido recogida en varias antologías[4].


[1] Por ejemplo, Giorgios Seferis, Mithistórima y otros poemas, Barcelona, Orbis, 1983; Konstantino Kavafis, Homenaje a Kavafis. Antología poética, Valencia, Fernando Torres Editor, 1984, ed. trilingüe (griego, catalán, castellano); Ocho poetas griegos del siglo XX, Madrid, Mondadori, 1989; C. P. Cavafis, Poemas, Barcelona, Seix Barral, 1994; Eurípides, Medea, Madrid, Ediciones VOSA, 1992; Eurípides, Las Troyanas, Madrid, Alianza Editorial, 2002; Eurípides, Medea, Barcelona, Random House Mondadori, 2006; Esquilo, Prometeo encadenado, Barcelona, Random House Mondadori, 2007, entre otras traducciones.

[2] Con anterioridad había publicado otros dos poemarios, Amor en carne muerta, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1972, y Versos de entretiempo, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1976, que se incorporaron de forma casi íntegra a Cielos e inviernos.

[3] De su prosa quedan recogidos testimonios en Escritores navarros actuales. Antología, vol. I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1990, pp. 144-150. De su poesía, por ejemplo, en Poetas de los 70. Antología de poesía española contemporánea, preparada por Mari Pepa Palomero y publicada en Hiperión.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

Un apunte de crónica moral del franquismo: «Los abanicos del Caudillo» (1982), de Ramón Irigoyen

En 1982 se publicaba el libro de Ramón Irigoyen Los abanicos del Caudillo (Madrid, Visor Libros), poemario que desató una ruidosa polémica al serle denegada a su autor la segunda mitad de una ayuda a la creación literaria que le había sido concedida previamente por el Ministerio de Cultura (por esta circunstancia, Juan García Hortelano llegó a calificar a Irigoyen como el «primer poeta maldito de la democracia»[1]). Efectivamente, no gustó al jurado el contenido de este libro que constituye una mordaz sátira del régimen del general Franco (a través de la feroz visión de un «padre mítico», aquí «salvajemente masacrado por el poeta-saltimbanqui»), que había periclitado muy pocos años antes.

AbanicosCaudillo

Los abanicos del Caudillo puede ser considerado un libro de «poesía histórica» en tanto en cuanto su autor pretende ofrecer «una crónica de costumbres colectivas», y en concreto una imagen de la vida sentimental de la España del franquismo, pasada por el tamiz de su sarcasmo. Como indica Irigoyen en unas palabras preliminares, recordando la célebre frase que Stendhal aplicaba a la novela, el poeta-juglar —la voz lírica del poemario— viene a ser un cronista que «pasa el espejo por la sociedad de nuestros cuarenta años felices», aunque reconoce también a continuación que «un poema no es un estudio de sociología». Por otra parte, algunos de los rasgos que caracterizan a esa voz lírica van a coincidir con circunstancias biográficas del escritor, con lo que estaríamos también ante una poesía de corte, en cierto sentido, autobiográfico (aunque voz lírica y autor real son instancias bien distintas que, si bien pueden coincidir en determinados aspectos, no deben confundirse; el propio Irigoyen aludirá a esto).

En próximas entradas intentaré analizar el contenido de este libro, Los abanicos del Caudillo, como un apunte de crónica moral del franquismo, esto es, como retrato social —y retrato muy negativo— de una época de la España contemporánea, de un régimen político y de la sociedad que ese régimen trajo aparejada. También dedicaré atención al comentario de los principales recursos expresivos del poemario, dentro de su extremado —y deliberadamente buscado— prosaísmo[2].


[1] Los avatares principales de esa polémica pueden seguirse en las pp. 37-53 del libro, gracias a los documentos (reseñas, cartas, etc.) que se transcriben a modo de apéndice. El libro va dedicado «A los amigos que han creído en la honestidad de este trabajo». Durante la preparación de este trabajo he estado en contacto con el autor, a quien agradezco su amabilidad al facilitarme diversos materiales relacionados con su obra y responder a todas mis consultas.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.