«Nadie ni nada», de José Luis Martín Descalzo

Copio hoy este bello y emotivo soneto, de factura clásica, de José Luis Martín Descalzo (Madridejos, Toledo, 1930-Madrid, 1991), sacerdote, periodista y escritor, perteneciente a su libro Testamento del Pájaro Solitario, publicado en abril de 1991, pocas semanas antes de su fallecimiento. «Nadie ni nada» es el último poema de la tercera parte del libro, «Que bien sé yo la Fonte» (todo el volumen se presenta «En homenaje a y en seguimiento de San Juan de la Cruz»).

Nadie estuvo más solo que tus manos
perdidas entre el hierro y la madera;
mas cuando el Pan se convirtió en hoguera
nadie estuvo más lleno que tus manos.

Nadie estuvo más muerto que tus manos
cuando, llorando, las besó María;
mas cuando el vino ensangrentado ardía
nadie estuvo más vivo que tus manos.

Nadie estuvo más ciego que mis ojos
cuando creí mi corazón perdido
en un ancho desierto sin hermanos.

Nadie estaba más ciego que mis ojos.
Grité, Señor, porque te habías ido.
Y Tú estabas latiendo entre mis manos[1].


[1] Cito por José Luis Martín Descalzo, Testamento del Pájaro Solitario, 13.ª ed., Estella, Verbo Divino, 1991, p. 87.

«Al ponerle en la cruz», de Lope de Vega

Muchos son los poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y algunos de ellos han tenido cabida ya en este blog. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz»«A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima»«A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además de los sonetos que comienzan «Muere la vida y vivo yo sin vida…», «Dulce Señor, mis vanos pensamientos…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…», entre otros textos. 

Crucifixión, de Tintoretto.

Añadiré hoy el romance de las Rimas sacras «Al ponerle en la cruz», que describe el momento de la crucifixión. Ahora bien, el relato en tercera persona de aquellos hechos alterna con los apóstrofes a Cristo en los vv. 41-56 («mi Jesús, bien de mis bienes», v. 42, «mi Amor», v. 49) y a la Virgen María en los vv. 61-72 («divina Madre suya», v. 61, «Reina de los cielos», v. 65, «Madre de piedad», v. 69); pero la voz lírica apela sobre todo directamente al alma pecadora y endurecida, en dos ocasiones (vv. 25-28 y 81-84), un «Alma pegada en tus vicios…», «Alma de pórfido y mármol» a la que se le dirige la admonición final «no te despierte la muerte».

Este es el texto del romance:

En tanto que el hoyo cavan
adonde la cruz asienten,
en que el Cordero levanten
figurado por la Sierpe[1],

aquella ropa inconsútil[2]
que de Nazaret ausente
labró la hermosa María
después de su parto alegre,

de sus delicadas carnes
quitan con manos aleves[3]
los camareros que tuvo
Cristo al tiempo de su muerte.

No bajan a desnudarle
los espíritus celestes,
sino soldados que luego
sobre su ropa echan suertes.

Quitáronle la corona,
y abriéronse tantas fuentes,
que todo el cuerpo divino
cubre la sangre que vierten.

Al despegarle la ropa
las heridas reverdecen,
pedazos de carne y sangre
salieron entre los pliegues.

Alma pegada en tus vicios,
si no puedes, o no quieres
despegarte tus costumbres,
piensa en esta ropa, y puede.

A la sangrienta cabeza
la dura corona vuelven,
que para mayor dolor
le coronaron dos veces.

Asió la soga un soldado,
tirando a Cristo de suerte
que donde va por su gusto
quiere que por fuerza llegue.

Dio Cristo en la cruz de ojos,
arrojado de la gente,
que primero que la abrace
quiere también que la bese.

¡Qué cama os está esperando,
mi Jesús, bien de mis bienes,
para que el cuerpo cansado
siquiera a morir se acueste!

¡Oh, qué almohada de rosas
las espinas os prometen!
¡Qué corredores dorados
los duros clavos crueles!

Dormid en ella, mi Amor,
para que el hombre despierte,
aunque más dura se os haga
que en Belén entre la nieve.

Que en fin aquella tendría
abrigo de las paredes,
las tocas de vuestra Madre
y el heno de aquellos bueyes.

¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo el verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo entre tanta gente!

¡Ay, divina Madre suya!,
si agora llegáis a verle
en tan miserable estado,
¿quién ha de haber que os consuele?

Mirad, Reina de los cielos,
si el mismo Señor es este,
cuyas carnes parecían
de azucenas y claveles.

Mas, ¡ay, Madre de piedad!,
que sobre la cruz le tienden,
para tomar la medida
por donde los clavos entren.

¡Oh, terrible desatino!,
medir al inmenso quieren,
pero bien cabrá en la cruz
el que cupo en el pesebre.

Ya Jesús está de espaldas,
y tantas penas padece,
que con ser la cruz tan dura,
ya por descanso la tiene.

Alma de pórfido y mármol,
mientras en tus vicios duermes,
dura cama tiene Cristo,
no te despierte la muerte[4].


[1] el Cordero … figurado por la Sierpe: reminiscencia bíblica, de Números, 21, 1-9: cuando los israelitas atraviesan el desierto tras escapar de Egipto, muchos de ellos mueren mordidos por las serpientes; por indicación del Señor, Moisés fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un asta. Todos los mordidos por las serpientes que miran a la serpiente de bronce, sanan. Esta serpiente exaltada en el asta es trasunto de Cristo salvador en la Cruz. Comp. con estos versos del romance «A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», de Agustín López de Reta: «Si abrigó el pecho en afectos / áspides que le envenenan, / en ti, exaltada Serpiente, / salud prodigiosa encuentra» (en Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz, con privilegio, en Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, impresor del reino, año 1688).

[2] inconsútil: sin costura.

[3] aleves: traidoras, malvadas.

[4] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 641-643.

«Reyes que venís por ellas, / no busquéis estrellas ya…», de Lope de Vega

Para este 6 de enero —fiesta de la Epifanía del Señor— he seleccionado unos versos pertenecientes a Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612)[1].

La adoración de los Reyes Magos (Rubens).

El poema del Fénix («una canción que uno de los criados que traemos comenzó a cantar a los Reyes») se inserta entre la prosa del Libro cuarto:

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

Reyes que venís de Oriente
al Oriente del Sol solo
que, más hermoso que Apolo,
sale del Alba excelente;
mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

No busquéis la estrella agora,
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.
Ya no hallaréis luz en ellas;
el Niño os alumbra ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el Sol se enciende.
Aquellas lágrimas bellas,
la estrella oscurece ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas
[2].


[1] Hay edición moderna: Pastores de Belén, ed. de Antonio Carreño, Madrid, Cátedra, 2010.

[2] Tomo el texto, con algunas modificaciones, de la versión de Pastores de Belén preparada por Enrique Suárez Figaredo, edición electrónica que tiene como texto base la edición de Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de Libros, 2012. Ver https://users.pfw.edu/jehle/CERVANTE/othertxts/Suarez_Figaredo_PastoresDeBelen.pdf (estos versos se localizan en las pp. 277-278). El poema se encuentra reproducido en varios sitios de Internet con el título facticio de «La llegada de los Reyes Magos».

«Resplandor del ser», de Rosario Castellanos

Vaya para esta Noche de Reyes, una noche especial, siempre mágica e ilusionante, este breve poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos:

Para la adoración no traje oro.
(Aquí muestro mis manos despojadas.)

Para la adoración no traje mirra.
(¿Quién cargaría tanta ciencia amarga?)

Para la adoración traje un grano de incienso:
mi corazón ardiendo en alabanzas[1].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 338.

La «Canción del pastor con los tres presentes» de Ernesto Pinto

Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador.

Vaya para este feliz y esperanzado día de Navidad un segundo poema del uruguayo Ernesto Pinto, la «Canción del pastor con los tres presentes», que se presenta bajo la forma de un romancillo.

Adoración de los pastores, de Andrea Mantegna.

El texto, tan sencillo como emotivo —en la mejor tradición de la poesía popular—, reza así:

Bajo los manzanos
yo estaba dormido.
Las flautas del ángel
hirieron mi oído.

—¡Despierta, pastor,
Jesús ha nacido!
¡El frío lo cerca
con siete cuchillos!

La estrella me guía
por el buen camino.
Voy con mi guitarra
en busca del Niño.

El aroma llevo
de los verdes pinos,
a los tres ofrezco
la gloria del trigo.

A la Virgen bella,
pañuelos de hilo;
para José el justo,
queso, miel y vino.

Al Niño que tiembla,
¡oh, mi Dios de lirio!,
la flor de mi sangre
para darle abrigo[1].


[1] Cito (con algún ligero retoque de puntuación) por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 294-295.

La «Canción de la noche en desvelo» de Ernesto Pinto

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Este año 2020 que está a punto de acabar ha sido un año duro, muy difícil para muchas personas, a lo largo de todo el mundo. Pero esta noche es Nochebuena, una noche de especial Esperanza porque en ella nace el Niño-Dios, y para seguir fieles a la tradición del blog, pondré aquí, sin mayor comentario en esta ocasión, un breve poema navideño, de aire popular, del uruguayo Ernesto Pinto.

El texto del poema (versos heptasílabos y hexasílabos, con rima en los pares; vocativo «mi madre», propio de la lírica tradicional, reiterado en varios versos…) dice así:

¿Cómo dormir, mi madre,
cómo dormir,
cuando sobre la nieve
llora el jazmín?

¡Déjame ir, mi madre,
déjame ir!
Desde la gruta el Niño
pide por mí.

Quiero sentir, mi madre,
quiero sentir
cuando en el duro establo
sufre por mí.

¿Cómo dormir, mi madre,
cómo dormir?
¡Si hoy para nuevo cielo
por Él nací![1]


[1] Incluido en Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 294.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: rasgos estilísticos

Finalizaré esta serie de entradas sobre Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982) con un breve comentario de sus principales rasgos estilísticos. Lo más destacado a lo largo de todo el poemario es, sin duda alguna, el frecuente empleo de juegos de palabras. De hecho, podría afirmarse que la poesía de Irigoyen es, en buena medida, un puro juego, un continuo alarde verbal, fruto de un afán lúdico comprobable también en su prosa. Aquí encontramos juegos de palabras a partir de año y ano, en las disociaciones vill-anos, m-ano, Vatic-ano, ciudade-anos (pp. 17 y 23); las paronomasias: calma y cama (p. 18); égida y héjira (p. 19); «la paranoia, la menopausia, la paronomasia» (p. 19); «a mi papá y al Papa» (p. 20); «rayada por el Rayo» (p. 21); «escasas casas de putas» (p. 24); «los beocios y los batracios» (p. 24); «sarro de serrallo» (p. 35); el empleo de nombres comunes para aludir a nombres propios: «las arias de su testamento» (p. 19), alusión casi transparente a Carlos Arias Navarro.

Carlos Arias Navarro

Más ejemplos: franco por Franco, en todo el libro; pintura becerril, en el epílogo, aludiendo a la ministra Soledad Becerril; el calambur: pistola como un compuesto de pis y de estola (p. 27); la modificación con fines humorísticos de frases hechas: «las hacía [las traducciones] para pasar el rapto» (p. 31). A veces el juego es más complejo; explica el yo lírico al comienzo del fragmento XI que tiene la memoria rayada, de ahí que el poema finalice con estos versos:

La sopa conyugal la sopa conyugal
la sopa conyugal se ha helado (p. 33),

donde la repetición del sintagma emula, efectivamente, el sonido de un disco rayado. Lo mismo ocurre en el fragmento III, donde se repite cuatro veces el verso «que escribe poesía de santos» (p. 21).

En fin, es también notable la elaboración retórica, con figuras como los paralelismos: «porque no me gusta trabajar la lluvia / y mucho menos trabajar el campo» (p. 20), a veces combinados con polisíndeton anafórico (pp. 21 y 28); la anadiplosis: «al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado» (p. 20); las metáforas sugerentes: «los aviones de los orgasmos» (p. 20); «el betún de tus besos / y […] los polvos de las uñas de tus telarañazos» (p. 35); «mi chocolate del camposanto» (p. 36); las imágenes, cercanas en ocasiones a la greguería: la estola «es el foulard de moda en el Vaticano» (pp. 28-29), etc.[1]


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: retrato de un régimen y una sociedad

Tomaré unas palabras de Tomás Yerro como punto de partida para mi reflexión sobre esta cuestión relativa a Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982):

La agresividad anticatólica, profanadora y blasfema a veces, no es resultado [en la poesía de Irigoyen] de una “pose” culturalista: brota del rechazo del nacional catolicismo español de posguerra, causante de diferentes traumatismos del poeta (y de tantos españoles de a pie, y en particular navarros) gestados en los años cincuenta y sesenta en la levítica ciudad de Pamplona. Surgida de la experiencia autobiográfica con la fuerza irreprimible del instinto, la poesía de Irigoyen alcanza, sin embargo, una dimensión colectiva, generacional y, por ello mismo, solidaria»[1].

Efectivamente, aunque tras la voz lírica cabe percibir circunstancias autobiográficas de Ramón Irigoyen (el paso por el Seminario, los años de estudio en la Universidad de Salamanca, la estancia purificadora en Grecia, donde tradujo a los clásicos, hasta la circunstancia del hermano gemelo que nació muerto aludida en las pp. 23 y 36…), la intención de estos poemas busca trascender la propia experiencia personal del poeta para alcanzar una dimensión social. El propio Irigoyen lo indica en el «Epílogo», relativizando así la posible interpretación “autobiografista” de su poemario:

Lo primero que veo en estos versos es que la voz que habla en el poema es la de un juglar, o sea la voz de un poeta-saltimbanqui más empeñado en urdir una crónica de costumbres colectivas que en ofrecer un resumen de su autobiografía. Naturalmente el juglar ha estado y está inmerso en los avatares de la sociedad cuya historia quiere contar y participa de sus calamidades y fortunas. Pero esta participación personal, en la historia del poema, es relativamente irrelevante. En este sentido el yo que habla en el poema es un yo muy tangencial de Ramón Irigoyen, o por lo menos del Ramón Irigoyen que más conozco (p. 13).

El enfoque social —taxativamente declarado por el autor— viene determinado por el hecho de que, como él, hubo muchas otras personas en la misma circunstancia, que vieron recortadas sus posibilidades de realización personal por el régimen y la sociedad franquistas. Así, la conciencia de su fracaso personal («Me está desviando del tema / la mala hostia que hago / al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado», p. 18; «conmigo como hijo / ya es suficiente el fracaso», p. 20) es exponente de un fracaso más amplio, de muchas otras personas que vivieron ese mismo momento histórico, de toda una generación; y es también una crítica corrosiva de un modelo —cultural, social…— de régimen autoritario, el del general Franco, al que se alude siempre en el poemario de forma indirecta, aunque transparente, por medio del sustantivo Rayo, imagen que sintetiza su poder y su energía destructora: «aquel Rayo / tan campechano, gallego / y franco», «aquel Rayo franco» (p. 19), «el Rayo» (pp. 21 y 22), «el Rayo ha muerto» (p. 34).

Francisco-Franco

Los abanicos del Caudillo no solo nos ofrecen una «visión desmitificadora», una «crónica negra», «la caricatura y el esperpento de las miserias del inmediato pretérito» (son expresiones de Yerro), sino que se remonta años atrás, para poner de manifiesto las secuelas de muerte, odio y violencia que dejó en España la guerra civil. No falta una referencia al exilio en el final del fragmento I: «cuando sufrimos aquí la héjira / de los mejores ciudadanos» (p. 19); ni, en la página 24, a propósito del padre legendario, a los fusilados en las represalias de la guerra del 36:

Por él mi poesía ahora es más árida
que sus inhóspitos brazos.
Ya mi ternura está más seca
que los pellejos del bacalao.
Ya no me queda ni una lágrima.
Sequía y sal: tengo la gracia
de un universo de fusilados (p. 24).

Y esa visión negativa se proyecta hacia el futuro, pues el juglar se duele del triste legado que Franco dejó para lustros a los españoles «en las arias de su testamento» (una clara alusión a su heredero político), legado que fue «la paranoia, la menopausia, la paronomasia / y la desgracia de los chistes malos» (p. 19). En conjunto, el poemario nos transmite una imagen nada halagüeña de aquellos «asquerosos años» en los que «nos quitaron todo, / por no coincidir en nada / con quienes nos destriparon» (p. 18, jugando con la antítesis todo / nada). El autoritario régimen de Franco tan solo sirvió para crear una sociedad de locos, de personas sexualmente reprimidas («… porque por hombres nos han castrado / y no renunciamos a la vida / ni con los testículos ensangrentados», p. 22) y con sus libertades personales brutalmente recortadas[2].


[1] Tomás Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga. Revista navarra de poesía, 27, segundo trimestre de 1983, p. 30.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

El soneto de Quevedo «Vinagre y hiel para sus labios pide»

Dedico la entrada de hoy a
Amancio Mata Sanz (1926-2020),
in memoriam

Vaya para este Viernes Santo, día de dolor y luto, y sin posibilidad por ahora de mayor comento, este soneto de don Francisco de Quevedo, quien entre sus poesías religiosas cuenta con algunas dedicadas específicamente a la Pasión y Muerte de Cristo.

CristoenlaCruz_FedericoBarocci

Tal es el caso, por ejemplo, de su soneto «En la muerte de Cristo», que comienza «Pues hoy derrama noche el sentimiento…», o de este otro que reza así:

Vinagre y hiel para sus labios pide,
y perdón para el pueblo que le hiere:
que como sólo porque viva, muere,
con su inmensa piedad sus culpas mide.

Señor que al que le deja no despide,
que al siervo vil que le aborrece quiere,
que porque su traidor no desespere,
a llamarle su amigo se comide,

ya no deja ignorancia al pueblo hebreo
de que es Hijo de Dios, si, agonizando,
hace de amor, por su dureza, empleo.

Quien por sus enemigos, expirando,
pide perdón, mejor en tal deseo
mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando.

El soneto «Dulce Señor, mis vanos pensamientos…», de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Así, por ejemplo, entre otros, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima»«A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix, el Soneto LXXXV de sus Rimas sacras, que comienza «Dulce Señor, mis vanos pensamientos…». En él la voz lírica muestra la confianza que tiene para lograr mantener los fundamentos divinos frente a sus «vanos pensamientos» (v. 1), pero no en virtud de sus propias fuerzas (habla de «mi flaqueza […] ligera más que los mudables vientos), sino por la «defensa y piedad» de Dios (v. 10) y «la sombra de tu cruz divina» (v. 12). En efecto, como anota Carreño a propósito de los vv. 13-14, «Los cuatro elementos símbolos de la desarmonía y del aciago cósmico no podrán doblegar a quien se refugia en la sombra de la cruz».

SombraCruz

El texto del soneto es como sigue:

Dulce Señor, mis vanos pensamientos
fundados en el viento me acometen,
pero por más que mi quietud inquieten
no podrán derribar tus fundamentos.

No porque de mi parte mis intentos
seguridad alguna me prometen
para que mi flaqueza no sujeten,
ligera más que los mudables vientos.

Mas porque si a mi voz, Señor, se inclina
tu defensa y piedad, ¿qué humana guerra
contra lo que Tú amparas será fuerte?

Ponme a la sombra de tu cruz divina,
y vengan contra mí fuego, aire, tierra,
mar, yerro, engaño, envidia, infierno y muerte[1].


[1] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 637.