Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (y 3)

Dentro de ese contexto festivo que veíamos en la entrada anterior, el texto de doña María de Peralta fue leído el día jueves, en el mencionado Convento de los Descalzos de Zaragoza[1], junto con otras composiciones presentadas al certamen quinto, en el que obtuvo el premio la glosa de un tal Jerónimo Zamorano. Pero hora es ya de reproducir el texto de la corellana:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

GLOSA

Paulo Quinto le mandó
a toda la Rota viera
la información que se dio
de Teresa, y respondió
la Rota desta manera:
«Bien podéis beatificalla
a Teresa, Padre, vos,
pues es tal que no se halla
Virgen que pueda igualalla
no siendo Madre de Dios.

»Y según su información,
no solo podéis llegar
a la beatificación,
pero con justa razón
la podéis canonizar.
Que es Virgen, y del Carmelo
la Reformadora y Madre,
y esta honra, Sancto Padre,
mejor que a ella en el Cielo
no hallo santa a quien le cuadre

Cuando el Pontífice vio
lo que la Rota decía,
luego la beatificó,
y el canonizalla dio
palabra de que lo haría.
Por beata la confiesa
en su breve el Santo Padre,
dando en él licencia expresa
para que pueda Teresa
llamarse Virgen y Madre.

Con bien y merced tamaña
estrañamente se goza
y se regocija España,
y con alegría estraña
hace fiestas Zaragoza.
Pero para merecer
en ellas mucho con Dios,
¿qué santa pudiera haber
a quien podellas hacer,
Teresa, mejor que a vos?[2]

Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España)
Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España).

Como es sabido, la glosa es una composición poética artificiosa formada por varias estrofas, cada una de las cuales se remata con un verso de un texto previamente existente. La de doña María se articula como una hipérbole: lo que se celebra ahora es la beatificación de Teresa de Jesús, pero sus virtudes son tan grandes, que el papa bien podría canonizarla (de hecho, sería canonizada pocos años después, en 1622). Este es el comentario acerca de la composición que figura en el propio Retrato de las fiestas…, en la «Sentencia» del certamen quinto:

Doña María de Peralta,
clara y rutilante estrella
que con sus rayos esmalta
la hermosura de Corella[3],
como reside tan alta
desde allí quiso mirar
a Paulo beatificar
a nuestra Madre Teresa,
y de aquella cuenta expresa
pretendió en su glosa dar.
Pero su escribiente ha errado
en la palabra que dice
que Su Santidad ha dado;
eso se le contradice
y su ingenio han laureado[4].

En cuanto a su estructura, la glosa se divide claramente en dos partes: la primera (las tres primeras estrofas) aclara que el papa ha solicitado un informe sobre Teresa de Jesús al Tribunal de la Rota y que este no solo recomienda la beatificación, sino incluso la canonización; a tenor de este informe, el papa la declara ahora beata y da palabra de incluirla en el canon de los santos (y esto es precisamente, como hemos visto, lo que se le criticaba a la autora en la «Sentencia»). En la segunda parte (la estrofa última) se pondera que las fiestas que se están celebrando en Zaragoza y, en general, en toda España no podrían dedicarse a otra santa mejor que a Teresa de Jesús.

Por lo demás, el texto no presenta mayor complicación léxica o sintáctica, ni requiere mayor comentario. Tampoco destaca especialmente por su ornato retórico. En definitiva, se trata de una composición que se explica en ese contexto hagiográfico de las fiestas zaragozanas con motivo de la beatificación de Teresa de Jesús, y en el marco mayor de ese gran siglo de la santidad que es el XVII español. Es un poema de circunstancias (uno más de los muchos al uso), sin especial calidad literaria, pero que he creído conveniente exhumar para ir completando la nómina de los escritores navarros del Siglo de Oro y el estudio de sus textos[5].


[1] Ver Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad, p. 92b. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[2] Retrato de las fiestas…, p. 100a-b.

[3] En el original se lee «Corrella».

[4] Retrato de las fiestas…, pp. 120b-121a.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Estructura y contenido de «Aula de Dios» de Miguel de Dicastillo (1)

La obra lleva censuras y aprobaciones de enero de 1637, así que podemos suponer que estaría acabada a finales de 1636. Pese a publicarse bajo el seudónimo de Miguel de Mencos[1], la paternidad del libro queda claramente desvelada en los poemas laudatorios. Al parecer, antes salió otra edición del poema sin permiso del autor[2], y hubo otra posterior publicada en Zaragoza, Imprenta de Pascual Bueno, 1679, con Dicastillo ya muerto, que presenta importantes adiciones. En cuanto a su intención, «Dicastillo —escribe Egido— elige como tarea literaria la descripción de la vida dentro de la Cartuja, para hacerla comunicable y modélica, con una función indudablemente didáctica en su empeño»[3].

Estructura y contenido de «Aula de Dios» de Miguel de Dicastillo (1)
Cartuja de Aula Dei (Zaragoza).

Dejando de lado los textos preliminares (admonición latina al lector, censuras y aprobaciones, dedicatoria, poemas laudatorios de diversos ingenios…), la obra se divide en tres partes: una «Carta de Teodoro a Silvio», la «Silva de Teodoro» y la «Respuesta de Silvio a Teodoro» (de esta última es autor el clérigo zaragozano Tomás Andrés Cebrián). Ha de notarse el valor simbólico de los nombres de los interlocutores: el cartujo refugiado en Aula Dei se llama Teodoro ‘regalo de Dios’, mientras que su amigo —al que aquel invita a retirarse allí— es Silvio, esto es, ‘silvestre, el que permanece todavía en la selva del mundo, sin conocer el cultivado jardín de Aula Dei’. Tres son los propósitos de Dicastillo: por un lado, describe la cartuja y su vida de cartujo, dedicada a la oración y el silencio: atendiendo una petición de Silvio —así se indica en distintas ocasiones[4]—, Teodoro le pinta con palabras el lugar de Aula Dei y la vida que allí lleva. Pero la «Silva de Teodoro» no es solo una descripción de tan idílico lugar, sino también —en segundo término— una invitación a su interlocutor Silvio para que acuda allí y se olvide de los falsos engaños del mundo, que son vanidad de vanidades. En tercer lugar, por boca de Teodoro, Dicastillo llora su vida pasada y se lamenta por haber tardado tanto tiempo en dejar el mundo, en responder a la llamada de Dios. El tema principal es, por tanto, el desengaño barroco de los valores mundanos, expresado con los tópicos clásicos del Beatus ille y del «menosprecio de corte y alabanza de aldea» (aldea que, en este caso, es la terrena Ciudad de Dios de Aula Dei, anticipo de la celestial). Teodoro —trasunto del autor—, que vive ya cautivo del amor de Dios[5], se lamenta así en la carta preliminar por su juventud perdida:

Aquí lloran mis ojos
la libertad pasada
de aquella juventud tan mal lograda,
que esta prisión suave,
donde en lo que es lo menos lo más cabe,
cuando nací quisiera
que albergue o tumba de mi vida fuera («Carta de Teodoro a Silvio», s. p.).

Más adelante, ya en la silva, explica que allí espera tranquilo la llegada de la muerte (p. 30). Y llora de nuevo el haber resistido durante un tiempo a la llamada del cielo:

Con estos ejercicios,
la vida alegre paso, y tan contento,
que aunque sé que se pasa, no lo siento,
y lloro arrepentido
de haber al Cielo un tiempo resistido
impulso tan divino,
imaginando cárcel este Cielo,
y lo que es sumo gozo, desconsuelo.
¡Oh, loco pensamiento,
que en la más dulce vida
finges mayor tormento
y tienes por feliz la más perdida! (p. 55)[6].

Teodoro vive feliz «en esta soledad apetecida» (p. 42) donde «todo es gozo y amor, y Dios es todo» (p. 56), y llora asimismo porque antes escribió versos profanos:

Salgo después al coro
donde equívocamente canto y lloro:
canto de Dios la gloria
y lloro renovando la memoria
de cuando yo algún día
cantar versos solía
de finezas humanas,
tan olvidado destas soberanas,
dando en vano instrumento,
con toda propiedad, voces al viento (p. 60).

Ahora ha comprendido que todo lo terreno pasa (cfr. p. 63), conoce a la perfección los desengaños de lo caduco y sabe que el negocio principal del hombre consiste en la salvación del alma:

Con estos infalibles desengaños
en que atento reposo,
menosprecio del hombre más dichoso
los gustos, las delicias, las riquezas,
los honores, los timbres, las grandezas,
pues todo viene al fin a rematarse
solamente en salvarse o no salvarse (p. 64)[7].


[1] El título completo del libro es: Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza, fundación del excelentísimo príncipe don Fernando de Aragón, su arzobispo. Describe la vida de sus monjes, acusa la vanidad del siglo, acuerda las memorias de la muerte en las desengañadas plumas de Teodoro y Silvio. Conságrala a la utilidad pública don Miguel de Mencos…, Zaragoza, Diego Dormer, 1637.

[2] Así se indica en las palabras preliminares «Al letor».

[3] Egido, en su edición facsímil de Aula de Dios,Zaragoza, Libros Pórtico, 1978, p. 20.

[4] Teodoro explica que le envía la silva «más por obedecerte que por mía» y para atraerlo allí: «con ansias de que vivas donde vivo» («Carta de Teodoro a Silvio»). En la propia silva se insiste en que ha sido su amigo quien le ha pedido que describa su retiro: «… pues que me pides amoroso / que por menor te lo describa todo…» (p. 8).

[5] Se habla de esas cadenas de amor divino en las pp. 11 y 38.

[6] Se muestra avergonzado «de que a la voz de Dios respondí tarde, / siendo para mi bien siempre cobarde» (p. 55).

[7] Para más detalles remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (2)

En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.

Portada del libro Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad

El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:

Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].

Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:

Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].


[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.

[2] Retrato de las fiestas…, s. p.

[3] Retrato de las fiestas…, p. 9a. Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús»Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

El padre Miguel de Dicastillo y su poema «Aula de Dios» (1637)

El padre Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649), religioso cartujo, es autor de Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza (Zaragoza, Diego Dormer, 1637; 3.ª ed., Zaragoza, Pascual Bueno, 1679), poema en silvas, de contenido didáctico, del que Hermilio Olóriz dio a conocer una versión refundida a finales del siglo XIX[1]. Contamos además con una edición facsímil del poema, de 1978, con estudio preliminar de Aurora Egido[2]. Aula de Dios pertenece al género barroco del poema descriptivo[3], y —como ha destacado la crítica— con él Dicastillo se anticipa algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos (1652) de Pedro Soto de Rojas.

Aula de Dios

En los versos de Dicastillo también se aprecia cierta influencia gongorina (González Ollé la detecta «tanto en sintaxis y léxico como en motivos concretos»[4]), aunque contenida, porque el estilo del cartujo tiende más a la claridad y sencillez que al exceso. Otros rasgos estilísticos mencionados por el citado estudioso son el amplio conocimiento de la cultura de la Antigüedad de que hace gala el autor, la presencia de situaciones y motivos contemporáneos vueltos «a lo divino» y el acertado tono poético general, mantenido —con algunos altibajos— a lo largo del poema. Para González Ollé, su calidad poética es patente, «pese a seguir los convencionalismos propios de un género que los tiene muy estrictos»[5]. Considero que este poco conocido poeta navarro y su poema son dignos de mayor atención, y así, en próximas entradas analizaré algunos aspectos de Aula de Dios. Pero antes recordaré los datos biográficos esenciales relativos a Miguel de Dicastillo[6].

Miguel de Dicastillo nació en Tafalla (Navarra) en 1599. Sus padres, Miguel de Dicastillo y Johanna de Muruzábal, pertenecían a la alta nobleza navarra. En los versos de su poema se lamentaría «de aquella juventud tan mal lograda», perdida entre los placeres de la caza a orillas del Cidacos (el río que pasa por Tafalla) y en la elaboración de poesías profanas, que no han llegado hasta nosotros. Ahora bien, esta indicación podría responder quizá a un mero tópico literario. Dicastillo ingresó como cartujo: el 29 de junio de 1626 profesa en Aula Dei, recibiendo el hábito de manos de su paisano el padre fray Martín de Zunzarren. En cuanto a su formación, es posible que contase con una base cultural de cierto rigor humanístico, pues era exigida para ingresar en la Orden de San Bruno. Para Egido, su cultura «atendía a los más variados temas»[7]. Esta investigadora alude también al ambiente de estudio —con su matiz de santificación personal— de la cartuja de Aula Dei, que contaba con una excelente biblioteca donada por Jerónimo Zurita hacia 1571. Sus monjes —explica— estaban en contacto con los escritores aragoneses, en especial con los de la Academia de los Anhelantes, que ya funcionaba en 1628 y que duraría hasta la muerte de su mantenedor, Juan Francisco Andrés de Uztárroz[8].

Ocupó Dicastillo algunos cargos dentro de su Orden: fue vicario y procurador de las cartujas de Las Fuentes, Aula Dei y La Concepción; y rector (5 de junio de 1645) y luego prior de la Concepción (1646-1649). El Capítulo general de la Orden lo envió a la Cartuja de El Paular (Madrid), y allí murió en el mes de junio de 1649. Su principal, casi única, obra literaria es el mencionado poema descriptivo Aula de Dios. Sabemos que empezó a redactar una Historia de San Bruno, pero no se nos ha conservado. Dicastillo se interesó por la obra de Gracián, autor que lo cita en el discurso XXVIII de la Agudeza y arte de ingenio (lo llama «elocuentísimo silencioso» y a su obra le aplica los calificativos de «grave, ingeniosa y culta»)[9].


[1] Aula de Dios. Poema del padre cartujo Fray Miguel de Dicastillo, refundido por Hermilio Olóriz, Pamplona, Imprenta de N. Aramburu, 1897.

[2] Miguel de Dicastillo, Aula de Dios, Cartuxa Real de Zaragoza (Zaragoza, 1637), ed. facsímil, con estudio preliminar de Aurora Egido, Zaragoza, Libros Pórtico, 1978. Citaré por este facsímil, pero modernizando las grafías y la puntuación.

[3] Para la poesía descriptiva en Aragón por aquellos años, véase el estudio preliminar de Egido a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 29-42.

[4] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 122. Para Egido, Dicastillo «es menos fiel [que Soto de Rojas] a los moldes culteranos, que utiliza sólo en ocasiones, y se aleja, por su intencionalidad, de su modelo» (estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 43).

[5] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 122.

[6] Los resume Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 11-19, a quien sigo aquí.

[7] Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 15.

[8] Véase Egido, estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 18.

[9] Para más detalles remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (1)

Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:

Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestas que a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].

Escudo de Corella (Navarra)
Escudo de Corella (Navarra).

Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].


[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra: Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.

[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.

[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.

[4] Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (y 2)

El deseo de cercanía con los lectores explica también el empleo frecuente en la poesía de Fermín Mugueta de frases hechas y expresiones coloquiales (a la chita callando, como Dios manda, la mar de contentos, a troche y moche, como si tal cosa, con salero y garbo, dale que dale…), de refranes (por ejemplo, «No hay mal que por bien no venga») y de diminutivos afectivos (callandico, monjita, hierbecica, infantico…). Mugueta desea mantenerse en un tono coloquial, familiar, cercano a sus interlocutores, de ahí que sus imágenes y metáforas no sean ni muy frecuentes ni especialmente audaces:

Cuando el fuerte robledal
se desnuda de oro viejo… («La vida sigue»).

Los montes se abufandan de neblina («Otoñal»).

… reír de espumas blancas («Como el mar»).

… se ruboriza el cerezo («¡Qué largo el día y qué corto…!»).

Hay, sí, una creación verbal que le resulta particularmente grata a Mugueta: me refiero a la expresión enflorar espinas, usada en dos ocasiones: en el poema que empieza «¿Qué importa que yo esté triste?» y en «Para vivir alegre». En fin, en estas composiciones apenas se dan casos de intertextualidad, y tan solo cabría señalar alguna reminiscencia literaria como la alusión a la «música callada» (del «Cántico espiritual» de San Juan de la Cruz») en el poema «Cantan los pájaros».

Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.
Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.

Hasta aquí lo relativo a la forma, a la expresión. En cuanto a los temas, Fermín Mugueta canta en varios de sus poemas a la naturaleza. En ellos da entrada a elementos sencillos, los habituales en la poesía tradicional (las hojas secas, la niebla, las aves, el río, el mar, el viento…), aunque a veces encierran un valor trascendente: en el poema «Niebla» se habla de ese fenómeno atmosférico, pero al final adquiere un significado simbólico cuando se concluye que Dios sopla la niebla (las maldades) del corazón humano; o en otra composición («Tormenta») se contrapone la pequeñez del hombre a las fuerzas desatadas de la naturaleza, pero también a la inmensidad de Dios.

Otro grupo de poemas elogia valores humanos y virtudes cristianas (la vida sencilla, el trabajo y la humildad, el amor a los demás, la solidaridad humana…), y algunos están dirigidos específicamente a los jóvenes. En fin, un tercer núcleo temático, numéricamente importante, está formado por los poemas de contenido religioso (dedicados a Dios, a la Virgen María, a distintos santos, a la Navidad, a la Eucaristía…). Son composiciones que, como escribiera José Antonio Marcellán, «resultaron la mejor expresión de sus sentimientos, actitudes profundas y disposición de espíritu cristiano en el atardecer de su vida». Poemas leves en los que Mugueta aúna el entretener y el aprovechar, haciendo suyo el tópico horaciano del delectare et prodesse. Poemas, también, que se construyen con el mismo derroche de cariño con que el ave construye su nido («Nido de pájaro») y versos que se juntan en una composición como las flores en un humilde ramo:

Para rendir pleitesía
y homenaje
a tus nobles atributos
de mujer, esposa y madre
hacer quiero un ramillete
con versos de mi romance («Ramillete»).

Versos y poemas sencillos los de Mugueta, que son pequeñeces, menudencias, levedades (así los califica él mismo), pero con la grandeza de las cosas pequeñas (véase el poema «Dime cómo han de ser grandes…»: el poeta es plenamente consciente de que «Lo pequeño es grande»; hay un poema titulado precisamente así). En suma, poesía sincera, porque transparenta los sentimientos y la humanidad del poeta y va directa al corazón del lector; y poesía eficaz, porque —desde su humilde modestia— cumple con el objetivo que se ha propuesto el escritor, un escritor que quisiera ser payaso para llevar la risa —y la gracia de Dios— a todo el mundo («Payaso», «La risa»), ser caricia que llegue igualmente a todas las personas («Como el mar») o ser espiga para fructificar y entregarse a los demás («Espiga»)[1].


[1] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (1)

Creo que esa expresión, «una poética de la sencillez», constituye un epígrafe acertado para mis palabras prologales que anteceden a esta antología de poemas de Fermín Mugueta (1906-1985), poemas que fueron publicados originariamente en La Verdad a partir del año 1979, y que han sido seleccionados en esta ocasión por Dani Aldaya y Ricardo Ollaquindia[1]. La primera característica que se hace evidente al leer los versos de Mugueta es, precisamente, la de su modesta sencillez: preferencia muy marcada por los metros cortos y las rimas asonantadas (solo en escasas ocasiones emplea los versos largos y las rimas consonantes y nos encontramos, por ejemplo, algún soneto); gusto por la estructura circular, de forma que los versos iniciales se reiteran en el cierre de varias composiciones; predilección por las figuras de repetición como los paralelismos o las anáforas…

Cubierta del libro: Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005

El propio autor reflexiona en unos cuantos poemas acerca del quehacer literario, y lo que se desprende de sus versos es, precisamente, esa «poética de la sencillez» a la que he aludido. En efecto, Fermín Mugueta se refiere a sus versos calificándolos como «Mis sencilleces» (en el poema así titulado):

Como a la chita callando
discurren mis sencilleces,
fáciles para escribirlas,
fáciles a quien leyere.

En otra composición, la que se presenta bajo el epígrafe «Por ahora…», reflexiona sobre las razones que le llevan a escribir, y afirma que lo hará «hasta que olvide el estilo / que nunca tuve», con lo que pone de manifiesto su despreocupación por las cuestiones formales. Más explícito todavía respecto a su intención es el poema «Mis versos», donde el poeta proclama claramente que quiere estar «con la inmensa mayoría»:

Si mis versos no entendieren,
¿a qué habría de escribirlos?
¿A qué decir nada nuevo,
si no entienden lo que digo?
¿A quién voy a dirigirme
si ignoro a quien me dirijo?
Los versos son para todos
tanto que para uno mismo.
Y porque son espontáneos
y triviales y sencillos,
lleguen a los iletrados
y a los pobres y a los niños
… y hasta a los analfabetos,
que para tales escribo.
Mis versos son, pues, de todos,
muy antes que de uno mismo.

Sencillez formal, por tanto, para llegar a un público lo más amplio posible, que va en paralelo con la sencillez de los temas tratados (más adelante me referiré a ellos). Con este desideratum, no nos deberá extrañar que el paralelismo sea la figura estilística más reiterada en estos poemas (se emplea, especialmente, en el comienzo o en el final de las composiciones), combinada a veces con otras figuras como la antítesis o el quiasmo. Mencionaré algunos ejemplos, indicando entre paréntesis los títulos de los poemas a los que corresponden:

La nieve vino callando,
se fue, callando, la nieve («Luego será primavera»).

¿Quién sabe si llora el río,
quién sabe si el río canta? («Llorar y reír»).

Los ojos sin luz no ven,
los ojos sin luz no miran («A tientas»).

El sol es pura caricia
y es pura caricia el aire («Paseando»).

Por mucho que vaya y venga,
por mucho que venga y vaya («Un avión»).

… sin que se ofenda el oído
y sin que el Cielo se ofenda («Habla bien»).

… en cada corazón más hermosura
y en esta ingrata vida menos penas («¿Qué haces ahí, monjita de clausura…»).

Conforme la vida llega,
conforme la vida pasa («Sólo un momento se vive»).

Sencillez formal no quiere decir necesariamente ausencia de ornato retórico. En efecto, otras veces la figura empleada es la anadiplosa, la cual consiste en que un verso comience con la palabra o expresión con que acababa el anterior:

… parece triste la ermita,
la ermita del altozano («Ronquera metálica»).

Siempre la cara morena,
morena de sol y viento («Ceguera»).

La anáfora (repetición de un mismo elemento al comienzo de varios versos) se emplea en varios poemas, como «Hay que amar», «Estás en todo» o «¿Dónde está?». También encontramos algún ejemplo de concatenación, como el que estructura el comienzo del poema «A la vista del trigal»:

En el inquieto trigal
reverberan las espigas.
De la espiga sale el trigo,
y del trigo flor de harina.
Con harina se hace el pan,
pan nuestro de cada día…

Abundan, como ya indicaba, los poemas que adoptan una estructura circular. Así, por ejemplo, los titulados «Hojas secas», «En busca de otros climas», «El caso es llegar», «En esta mañana», «A solas» o «La cruz»; en algunos casos, los versos que se repiten al final del poema ofrecen alguna variante con respecto a los del comienzo:

Por la calle donde voy
me sigue un perrito negro

[…]

Por la calle, cariñoso,
me sigue un perrito negro («Me sigue»).

Y lo mismo sucede en «Como si tal cosa»:

Que soy la misma pobreza
lo sabes, Señor, de sobra

[…]

… Y que soy todo pobreza
lo sabes, Señor, de sobra.

Como vemos, se trata de recursos retóricos sencillos, propios de la poesía popular, pero que contribuyen, sin duda, eficazmente a la consecución del ritmo poético[2].


[1] Ya con anterioridad José Antonio Marcellán había editado, con escritos recopilados y clasificados por Luis María Echeverría, una Antología de Fermín Mugueta (Villava, Ayuntamiento de Villava, 2000). En su «Introducción» pueden consultarse algunos datos más acerca del autor.

[2] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

«Resurrección y vida», de Sebastián Urbano Baena

Vaya para hoy, Lunes de Pascua, un soneto de Sebastián Urbano Baena (La Malahá, Granada, 1904-Granada, 1977), autor de Canto eucarístico. Sonetos como el amor los quiere (Granada, Ediciones Antonio Ubago, 1989). Con este poema titulado «Resurrección y vida» cerramos el ciclo poético de esta Semana Santa.

Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Ares de San Fernando (Madrid, España)
Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España).

Así Te quiero, Dios: agua manante,
de tu muerto costado descendente,
viva, a mi encuentro, al muerto en mí viviente;
en mis vértebras río desbordante.

Así Te quiero: enamorado, amante,
y nominado Tú, tan tiernamente:
panal, pastor, pelícano muriente[1],
y vid de los sarmientos transformante.

Renáceme este aliento amortajado,
en surtidor perenne, cielo arriba.
Por la ventana del milagro, viva,

como aquella de Lázaro enterrado[2],
puede saltar el alma, si cautiva;
si sedienta, escondida en tu costado[3].


[1] pelícano muriente: el pelícano es símbolo cristológico bien conocido, dada la creencia, documentada en los bestiarios y la tradición animalística medieval, de que se hería en el pecho para alimentar a sus crías con su sangre. No anoto, por más conocidos, los otros nombres aplicados a Cristo en estos versos 7-8: panal, pastor y vid.

[2] ventana del milagro … Lázaro enterrado: alusión a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús residente en Betania con sus hermanas Marta y María, a quien devolvió la vida después de llevar ya cuatro días muerto. Lo refiere Juan, 11, y ahí, versículos 25-26, Cristo proclama: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá». La resurrección de Lázaro anticipa y prefigura la propia resurrección de Cristo, demostrando su poder sobre la muerte. 

[3] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 303.

 

«Y al tercer día resucitó», de José Luis Ortiz de Lanzagorta

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 
No está aquí; ha resucitado. 
(Lucas, 24, 5-6)

En años anteriores ya han quedado recogidos en el blog varios poemas dedicados a la Resurrección del Señor: así, el soneto «A la Resurrección», de Lope de Vega; «A la resurrección del Señor», de Bartolomé Leonardo de Argensola; la «Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza o el «Soneto de la Resurrección», de Francisco Luis Bernárdez, más la versión en español («Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza…») de la Secuencia de Pascua, «Victimae paschali laudes». Vaya para este nuevo Domingo de Resurrección un poema de José Luis Ortiz de Lanzagorta, que dice así:

Piero de la Francesca,  La Resurrezione (146-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia)
Piero de la Francesca,  La Resurrezione (1463-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia).

Señor, ya estás en pie.
Ya tu presencia ocupa el centro de la Historia.
Ya eres Cristo Total.
Eterna Pascua por derecho de Resurrección.

Amigos, alegraos:
Dios vive para siempre entre nosotros.

Él nos envuelve en la Alegría del mundo;
en la vida que no pasa;
en la ternura inmensa de tantas cosas bellas
que rodean el caminar del hombre:
un cántico, una flor, una mirada…

Todo es vida, Señor;
todo es luz,
todo es gracia,
todo es Dios…

Cristo nos envuelve en su Pascua[1].


[1] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 305.

«Soledad», de Manuel García Viñó

Vaya para hoy, Sábado Santo, un soneto de Manuel García Viñó (Sevilla, 1928-Madrid, 2013) centrado en la soledad y el dolor de María tras la muerte de su Hijo.

Atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, La Virgen de la Soledad (c. 1665). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, La Virgen de la Soledad (c. 1665). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Qué intacta soledad en la montaña,
qué solo el sol[1] y sola la violeta,
qué hora de tercia[2] y recoleta
sobre la sola, vegetal guadaña[3].

Qué tensa, intensa soledad empaña
los paños de la Cruz; sobre el planeta
flota y se yergue sola la muleta
del cojo universal de vista huraña[4].

Qué solo y gris el Gólgota[5] dormido,
qué solo el viento aúlla en el ejido[6]
enroscando temblón su caracola;

y qué sola Tú sola, Madre mía,
en el extraño amanecer del Día,
ya Madre universal[7], ¡pero qué sola![8]


[1] solo el sol: además de la repetición de solo, sola y soledad a lo largo del poema, nótese la presencia de juegos paronomásticos: solo el sol (v. 2), tensa, intensa (v. 5), empaña … los paños (vv. 5-6).

[2] hora de tercia: tercera hora después del amanecer, las 9 de la mañana.

[3] la sola, vegetal guadaña: lo entiendo como referencia a la Cruz, un árbol convertido en instrumento de muerte.

[4] la muleta / del cojo universal de vista huraña: alusión a la muerte, que —hasta la Resurrección de Jesús— parece haberse apoderado de todo. Recordemos que la muerte suele representarse tradicionalmente como un esqueleto (el «cojo universal de vista huraña») con una guadaña (aludida aquí metafóricamente como «muleta»).

[5] Gólgota: el Gólgota (del arameo Gûlgaltâ) o Calvario (del latín Calvariae Locus) es el lugar de la crucifixión de Jesús, mencionado en los cuatro evangelios. Significa ʻLugar de la Calaveraʼ y se situaba extramuros de Jerusalén.

[6] ejido: «Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras» (DLE).

[7] Madre universal: en el evangelio de Juan, 19, 26-27 leemos: «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba [el propio Juan], que estaba presente, dijo a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo”.Después dijo al discípulo: ¡He ahí tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (es la tercera palabra de Cristo en la Cruz). Este acto simboliza a María como Madre de la Iglesia, pues Jesús la entrega como madre de todos los creyentes. 

[8] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 300. En el v. 10 cambio egido por ejido.