El Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547)

(Va dedicada la entrada de hoy a dos buenos amigos: Joaquín Ansorena, amante de la cultura e impulsor del proyecto de reedición facsimilar del Compendio…, y a Luis Artica, cuidadoso maestro en el noble arte de la edición artesanal de libros.)

Un magnífico ejemplo de la actividad de la imprenta en Navarra al servicio de la difusión de los saberes humanísticos lo tenemos en el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), preparado por Fray Diego de Canales (su nombre no figura en la portada, junto al título, sino que se declara su apellido al final de unos versos latinos preliminares: «O decus, o generi decus immortale Canales, / me precor accipias in tua iussa. Vale»).

Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (1547)

La génesis del libro la explica el propio autor al final de la dedicatoria «Al Muy Reverendísimo Padre Fray Diego de Sahagún»:

En el ocio de las lecciones (aunque ha sido harto poco) yo había intentado de hacer en metro castellano un breve epílogo de la Filosofía natural que había oído, a fin que mejor en la memoria me quedase; y sabido por algunas memorias de entendimiento y doctrina, fueles tan acepto, que cuasi me le hurtaban a pedazos. Ofrecióseme aquel precepto del Levítico que al principio dije [se refiere a las primicias de la cosecha entregadas al sacerdote]; y considerando ser decente, que pues yo había cogido esta poca de mies, dándome aparejo V. R. P., la ponga en sus manos, para que, haciendo a Dios gracias, debajo de sus alas sea levantado y favorecido, como son hoy por él encumbradas y autorizadas las letras. Suplico a V. R. P. no deje de advertir que, dado yo no ofrezca profundidad de misterios esmaltados en oro, ni elocuencia labrada en plata, deseo a lo menos ofrecer los pelos de cabra en la labor que el príncipe de los filósofos nos enseñó en las cosas naturales; y admitida esta de V. R. P. con benigno favor, no dejaré de intentar adelante lo que el mesmo labró de las costumbres con maravilloso artificio. Vale.

Como vemos, la idea es redactar un resumen de las lecciones de Filosofía natural aprendidas en Aristóteles, recurriendo al verso como técnica nemotécnica, es decir, como instrumento didáctico que facilitase el trabajo de la memoria. Por otra parte, Canales —sin abandonar el tono tópico de la humilitas propio de estos textos preliminares— señala en la octava 7 del «Prohemio» cuál ha sido su método de trabajo y pide se disculpen sus posibles faltas:

El texto pretiendo de recopilar
según los doctores nos han declarado;
porné mi trabajo con todo cuidado
por tus documentos la obra guiar.
Suplico humilmente lo quieras limar
en faltas y sobras frecuentes halladas,
las cuales seyendo por ti limitadas
ningún estropiezo pretienden hallar.

El autor nos habla, asimismo, de la utilidad del libro en las coplas 11 y 12, que se presentan bajo el epígrafe «De utilitate libri»:

Para mí tengo será provechosa
la filosofía en vulgar traductión,
no solo a aquellos de su profesión,
empero a los otros será deleitosa;
porque seyendo su frasis sabrosa
y la materia muy dulce y subida,
pienso será sin duda leída
antes que otra leyenda jocosa.

Los doctos y sabios podrán descansar
después que el studio les tenga cansados
leyendo sus mesmos trabajos pasados,
los cuales por tiempo se van a olvidar.
Los otros sin duda podrán levantar
sus almas, notando la gran compostura,
a su Dios eterno, que es suma holgura,
el cual sin subjecto la quiso criar.

 Al revisar la forma métrica en que está compuesto el Compendio, nos damos cuenta de que su autor ha utilizado para su redacción la copla de arte mayor castellano. Pero si además hacemos el ejercicio de contar el número total de octavas empleadas, descubriremos que alcanzan el número exacto de 300 (sumadas las 22 correspondientes al «Prohemio del autor», las 277 del tratado propiamente dicho y una última de envío al General de su Orden), circunstancia que no parece sea fruto de la mera causalidad. Más bien obedece a un objetivo previo, y no resulta demasiado complicado descubrir que el modelo ha sido Juan de Mena, uno de los escritores más destacados (junto con el Marqués de Santillana y Jorge Manrique) de la literatura peninsular del siglo XV. Por si nos quedase alguna sombra de duda, el propio Canales menciona expresamente a Mena (en las octavas 9 y 10) entre los ilustres precedentes que justifican lo que para algunos podría ser un atrevimiento, es decir, «traer [‘trasladar, traducir’] al filósofo en verso vulgar»:

Traer al filósofo en verso vulgar
ser cosa indecente podrían decir,
mas puédese esto muy bien impedir
pues otros lo mismo quisieron usar (octava 9, vv. 1-4).

No creo pensaban hacer poquedades
el gran Joan de Mena, Petrarca y el Dante,
los cuales dejaron dechado bastante
por clara reseña de sus dignidades (octava 10, vv. 5-8).

 Los tres insignes escritores citados, el español y los dos italianos, sirven a nuestro autor para justificar el empleo de una lengua romance como vehículo apto, a la par del latín, para difundir la cultura. Como antes indiqué, este hecho se inserta en el contexto de la difusión de los valores del Humanismo.

Algunas cuestiones interesantes al abordar el estudio del Compendio tienen que ver, por tanto, con la métrica y la retórica. Señalaba que, a la hora de escribir su Compendio, Canales toma como modelo a Juan de Mena, autor, entre otros títulos, del Laberinto de Fortuna. Esta obra de Mena es un precedente claro en dos aspectos: por un lado, su Compendio aristotélico está redactado en coplas de arte mayor castellano; pero, además, suma un total de trescientas octavas, de forma similar a lo que sucede con el Laberinto de Fortuna, obra también conocida como Las trescientas por ser ese el número aproximado de coplas de que consta (en realidad, son doscientas noventa y siete). En unas palabras «Al mesmo lector» se refiere precisamente Canales a la dificultad técnica del metro elegido, la octava de arte mayor castellano; la necesidad de ajustarse a ese rígido esquema de versificación basado en la distribución de los acentos y el hecho, además, de tener que introducir tecnicismos propios del lenguaje filosófico, puede dar como resultado algunos «vocablos sin vida» o algunos «versos compuestos sin orden medida»:

Si en la corteza acaso hallados
fueren algunos vocablos sin vida
o versos compuestos sin orden medida
suplico al leyente no sean notados;
porque verán los considerados
sus términos proprios tener esta sciencia,
los cuales en verso no forman sentencia
si no se pusiesen del todo mudados (octava 17).

Esta es, precisamente, una de las dificultades que puede encontrar el lector moderno en una obra como el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles: la cadencia del verso, los tecnicismos filosóficos, el escaso ornato retórico (no olvidemos que no estamos ante una obra literaria, sino ante una pieza con un objetivo eminentemente didáctico). Sin embargo, se trata de un libro especialmente interesante porque resume la manera en que se enseñaba y se aprendía la filosofía natural de Aristóteles en un centro difusor de cultura como fue el Monasterio de Irache[1].


[1] Ver ahora Compendio de toda la Filosofía Natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), edición facsímil patrocinada por la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache, introito de Joaquín Ansorena Casaús, estudios preliminares de Roberto San Martín Casi, M.ª Idoya Zorroza y Carlos Mata Induráin, epílogo de Luis Artica Asurmendi, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2004.

El Humanismo y la defensa de las lenguas vernáculas

El desarrollo de la imprenta —importante en Navarra, como apuntaba en otra entrada— va unido al auge de los autores humanistas, y a su defensa de las lenguas vernáculas. Recordemos que el Humanismo es una corriente intelectual caracterizada por el deseo de asimilación del pensamiento, la literatura y el arte de la Antigüedad clásica[1]. Dante, Boccaccio y, sobre todo, Petrarca, los autores italianos más importantes de los siglos XIII y XIV, suponen su punto de arranque, en los albores del Renacimiento.

Petrarca

Más tarde se les sumarán Pietro Bembo, Baltasar de Castiglione, León Hebreo, Ludovico Ariosto, Erasmo de Rotterdam…, y en España Alonso de Palencia, Elio Antonio de Nebrija, Juan y Alfonso de Valdés, Luis Vives o Arias Montano, entre otros. Frente al pensamiento teocéntrico medieval, todos estos intelectuales —que tienen un profundo conocimiento del pasado grecolatino— colocan al hombre en el centro de su cosmovisión (humanitas) y privilegian como valor destacado la cultura.

Los humanistas, por un lado, potencian la recuperación de las lenguas clásicas (griego, latín, hebreo…), que ellos dominan a la perfección. Pero, al mismo tiempo, consideran que las lenguas vernáculas —hasta entonces no suficientemente valoradas— constituyen un vehículo adecuado para el cultivo de las ciencias, para la transmisión de los saberes y para la expresión literaria. En este sentido, es esencial un tratado de Dante escrito en latín, De vulgari eloquentia (Sobre la lengua vulgar), en el que lanza un brioso alegato en defensa del italiano. En el mismo sentido se manifestaría, ya en el XVI, el veneciano Pietro Bembo —autor de Gli Asolani y sistematizador del petrarquismo— con su trabajo Prose della lingua volgare.

En el ámbito hispánico, el hito más importante que debemos recordar es, sin duda alguna, el famoso Arte de la lengua castellana (1492) de Nebrija, que se convierte, precisamente, en la primera gramática de una lengua vulgar. En esta obra, Nebrija dignifica el castellano, equiparándolo al latín, y manifiesta su idea de que es una lengua válida desde el punto de vista político y también desde el artístico. Estamos, pues, en un contexto de estima creciente por las lenguas vulgares, aunque a la altura de 1533 Garcilaso de la Vega se lamenta todavía: «Yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien excusar». Por su parte, Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua (1535), señala:

… como sabéis, la lengua castellana nunca ha tenido quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento cuanto sería menester para que hombre, quiriendo o dar cuenta de lo que scribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiese aprovechar de su autoridad.

Y, en la misma obra, consigna estas expresivas palabras:

Todos los hombres somos más obligados a ilustrar y enriquecer la lengua que nos es natural y que mamamos en las tetas de nuestras madres, que no la que nos es pegadiza y que aprendemos en libros.

No menos tajante se muestra Cristóbal de Villalón en su Proemio a la Gramática castellana (1558): «La lengua que Dios y naturaleza nos ha dado, no nos debe ser menos apacible que la latina, griega y hebrea». En fin, entre las muchas citas que cabría aducir, podemos recordar el testimonio de dos escritores navarros, Juan Huarte de San Juan, nacido en Ultrapuertos, y el cascantino fray Pedro Malón de Echaide. El primero realiza una «apasionada defensa» de la lengua castellana en el capítulo VIII de su Examen de ingenios para las sciencias (1575):

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.

Asimismo, el «Prólogo del autor a los lectores» que antepone Malón de Echaide a su tratado ascético La conversión de la Madalena (1588) constituye un vigoroso alegato en favor del castellano, en el que viene a destacar, del mismo modo, su capacidad para ser vehículo conductor de cultura, por ejemplo para que puedan verterse en esta lengua los comentarios escriturísticos:

A los que dicen que es poca autoridad escribir cosas graves en nuestro vulgar, les pregunto: ¿la ley de Dios era grave? La Sagrada Escritura que reveló y entregó a su pueblo, adonde encerró tantos y tan soberanos misterios y sacramentos y adonde puso todo el tesoro de las promesas de nuestra reparación, su encarnación, vida, predicación, doctrina, milagros, muerte, y lo que su majestad hizo y padeció por nosotros; todo esto […], ¿en qué lengua lo habló Dios, y por qué palabras lo escribieron Moisén y los Profetas? Cierto está que en la lengua materna en que hablaba el zapatero y el sastre, el tejedor y el cavatierra, y el pastor y todo el mundo entero. […] Pues si misterios tan altos y secretos y tan divinos se escribían en la lengua vulgar con que todos a la sazón hablaban, ¿por qué razón quieren estos envidiosos de nuestro lenguaje que busquemos lenguas peregrinas para escribir lo curioso y bueno que saben y podrían divulgar los hombres sabios?

Y, con argumentos parecidos a los de Huarte de San Juan, explica que Platón, Aristóteles, Pitágoras y todos los demás filósofos griegos escribieron sus obras en su lengua materna; que Cicerón escribió «en la lengua que aprendió en la leche», lo mismo que hicieron Marco Varrón, Séneca o Plutarco; y se queja, en fin, de aquellos a los que les parece «poca gravedad escribir y saber cosa buena en nuestra lengua»:

No se puede sufrir que digan que en nuestro castellano no se deben escribir cosas graves. ¡Pues cómo! ¿Tan vil y grosera es nuestra habla que no puede servir sino de materia de burla? Este agravio es de toda la nación y gente de España, pues no hay lenguaje, ni le ha habido, que al nuestro haya hecho ventaja en abundancia de términos, en dulzura de estilo y en ser blando, suave, regalado y tierno y muy acomodado para decir lo que queremos, ni en frases ni rodeos galanos, ni que esté más sembrado de luces y ornatos floridos y colores retóricos, si los que tratan quieren mostrar un poco de curiosidad en ello.

Y, en efecto, durante este siglo, el XVI, y también en el XVII (los dos Siglos de Oro de nuestras letras), poetas y prosistas pulen el castellano, eliminando de él todo lo que todavía podía tener de lengua tosca y medieval. La altura literaria a la que consiguen elevar el idioma viene a colocarlo al mismo nivel, en calidad y prestigio, que las lenguas clásicas. A la pujanza literaria del español habría que añadir su expansión política, con su difusión como lengua cortesana por toda Europa (Castiglione, en El Cortesano, señala que el perfecto caballero ha de saber hablar español) y también en el Nuevo Mundo descubierto por Colón en 1492.


[1] Ver Francisco Rico, El sueño del humanismo. De Petrarca a Erasmo, Madrid, Alianza, 1993.