«Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen: la identificación entre Toledo y Leocadia (1)

En esta novela de Félix Urabayen, Leocadia es la hija de Daniel, uno de los tres hermanos Meneses. Al morir pronto su madre, fue educada en un ambiente de tolerancia y despreocupación, de forma que ha podido formar una personalidad propia, un carácter enérgico e independiente. El rasgo más destacado de esta joven es su hermosura:

Pero la belleza de Leocadia rendía a propios y extraños, sin que ninguno acertase a definir dónde estaba el origen de aquella atracción inexplicable. Para unos era su palidez de flor semita, siempre encerrada en el gheto; para otros, el empaque señorial y castizo a la par, la arrogancia y gallardía de su figura; éstos habían sorprendido el secreto de su encanto en el detalle; aquéllos, en el contraste de las facciones perfectas sobre el fondo de la piel infantil (pp. 28-29)[1].

La identificación con la ciudad se subraya en estas primeras páginas de la novela merced a la alusión al color verdoso de sus ojos, «tan maravillosos y cambiantes como las aguas del Tajo» (p. 29). Su condición de mujer hermosa y rica le hace tener mil admiradores, pero lejanos, de forma que ha llegado a los veintitrés años sin una sola declaración amorosa, precisamente porque despierta demasiados deseos. Todos la admiran de lejos, como adoradores platónicos: «Nada de acercarse al ideal», comenta el narrador (p. 30). Cuando se habla, en tono lírico, de que Toledo llora su viudedad de emperatriz, esta circunstancia permite una nueva identificación entre ambas:

Y pensaba Leocadia que aquella riqueza y hermosura de Toledo, tan ponderadas por todos, eran como ella misma, una lápida magnífica puesta sobre su corazón, bajo el cual, hondo, soterraño y silencioso, corre un río arrastrando una pena muy antigua… (p. 31).

El río Tajo a su paso por Toledo

La acción de la novela comienza propiamente al final del capítulo III, cuando Daniel y Sebastián visitan a su hermano sacerdote, Inocente, para tratar de un asunto grave, los amoríos de Leocadia, cuya exposición se pospone al capítulo cuarto: ocurre que la muchacha tiene un amante, Serafín, el chico de Santiago Garrido, un plebeyo enriquecido. La desigualdad social entre Leocadia y el muchacho (descrito como tonto, guapo y rico) no puede ser tolerada, porque «Leocadia es el fruto refinado de muchos siglos de civilización. Han hecho falta cientos de generaciones para producir esta flor de galanía en la que se juntan la gracia agarena, la majestad romana, la pureza helénica, la esbeltez judía y el atractivo picante de la mujer moderna» (pp. 63-64). Nótese cómo los rasgos aplicados a la muchacha son extensibles a la ciudad de Toledo.

El capítulo V está dedicado a la descripción de Serafinito, muchacho consentido que no ha estudiado ninguna carrera y que se considera poeta, eso sí, con unas faltas de ortografía garrafales; el narrador lo presenta como un «hortera injerto en periodista» (p. 73) que tiene la osadía de entrar a saco en la ciudad y en Leocadia. Leocadia no quiere casarse con él: está cansada de amores de lejos, pero el candidato que le ofrecen es tonto y no lo acepta, afirmando que preferiría ser monja. Así las cosas, el padre o los tíos de la muchacha la acompañan siempre, constituidos en «escuderos permanentes de la virtud familiar» (p. 85). Ella es quien, en uno de sus paseos, establece la relación entre el paisaje de Toledo y su propia persona:

En lo hondo de aquel barranco rugía el Tajo; en lo alto el monte albeaba un santuario entre calveros pajizos y peñascos desgarrados. Una barrera de olivos en actitud orante velaba el reposo letárgico de los abandonados cigarrales. El brujo ensalmo de tanta ruina turbaba el espíritu de Leocadia. Frente a frente de estos pingajos rurales, arrugados y sucios, trascendiendo a vejez y muerte, como sudario de agonizante, se afligía, cerraba los ojos y sentía ganas de llorar. Parecíale asistir al espectáculo de su propia vejez y no lograba serenarse hasta que, de vuelta en casa, el espejo le devolvía la imagen de su juventud (pp. 86-87).

Cuando los otros hermanos están ausentes, es su tío Inocente, el cura, quien la tiene a su cargo, haciéndola sufridora de sus pesados discursos eruditos. Leocadia, que parece una diosa entre ruinas de un templo pagano (p. 91), comenta con su tío el despojo de la ciudad y opina que, si siguen desapareciendo sus tesoros al mismo ritmo, pronto no quedará nada en Toledo, a lo que responde el sacerdote:

No lo creas. En Toledo hay algo que sobrevivirá a todas las rapiñas y vandalismos indígenas y extraños. Su secreto no está en los monumentos, ni en la riqueza de los templos, ni siquiera en su luz, como suponen los pintores, ni en su pasado, como pretenden los novelistas. Está en la entraña de la ciudad, fecundada por tres razas viejas y artistas que pusieron en ella lo mejor de su espíritu y no se resignan a abandonarla. Desde más allá de la muerte velan su letargo y ahuyentan de sus puertas al espíritu malo del progreso, enemigo de la poesía y de la historia. Toledo pertenece a las sombras, a los fantasmas, a las evocaciones y a la tradición. Por eso es estéril. Sigue entregándose un poco a todos: al artista, al viajero, al literato, al hombre vulgar. Cada cual piensa poseerla íntegra, pero ella guarda su secreto y resbala sobre el amor de todos. Porque sabe que el día en que ese amor sea verdadero y fecundo está condenada a morir… (pp. 93-94).

En estas palabras se anticipa el final de Leocadia y de la novela: cuando esta encuentre un amor verdadero, vivificador, el del ingeniero Santafé, morirá[2].


[1] Citaré por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Las evocaciones histórico-literarias en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

Aquí y allí en la novela de Félix Urabayen se ofrecen apuntes o, a veces, digresiones más largas sobre diversos personajes y hechos relacionados con la ciudad. Por ejemplo, a propósito de los negocios de confitería de los Garrido, se habla por extenso de los gremios y de las escasas fábricas. En sus viejas callejuelas todavía pueden vislumbrarse las sombras de numerosos personajes ilustres (literatos, artistas…) que vivieron en ella, y el narrador va desgranando parcialmente el pasado histórico y artístico de la ciudad. Se explica, por ejemplo, que la historia de Castilla es la de la ciudad (pp. 124-125)[1]. En el capítulo I de la segunda parte se insiste en ese abolengo artístico y literario de Toledo: «Y es que la Humanidad no ha tenido más que dos Toledos: uno, el actual, y otro, anterior a Cristo, que se llamaba Atenas» (p. 144).

Vista de Toledo

Cuando se recuerda que apenas existe la industria en esta «Sión chismosa y beata» (Urabayen habla de «virginidad industrial», p. 144; Toledo fue siempre más bien «orfebrería de oficios y escuela de pulimentos y primores», p. 150), se introduce una extensa digresión sobre las ordenanzas municipales, sobre los cambios operados con Juan II, la decadencia en el siglo XVI, los gremios, etc., apoyándose en la autoridad del historiador Martín Gamero. «La Atenas española se niega a someterse a las leyes naturales de la conservación. Prefiere morir a transformarse» (p. 151), apostilla el narrador. «Y por su mala ventura sucedió un día…». Este proceso de decadencia progresiva se hace patente también en la identificación entre Toledo y Leocadia, que analizaré en próximas entradas[2].


[1] Citaré por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

El retrato moral de la ciudad en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

Desde el principio Félix Urabayen retrata a Toledo como una «ciudad clerical», anclada por su mal en el pasado, intransigente e hipócrita: «En Toledo la Iglesia lo engulle todo: la vida y la muerte. Cuanto más inmoral una ciudad, más católica aparece; a mayor número de pecados, mayor número de confesores que absuelvan» (p. 107)[1]. Es una ciudad tradicional, dominada por las fuerzas vivas, de carácter neo-católico, a las que califica de «hordas prehistóricas», «dólmenes» y «fósiles»: «Toledo es la ciudad de las momias», añade. Abunda en leyendas y habladurías, y ni la más mínima intimidad resulta posible, porque «en Toledo se sabe la vida y milagros de todo el mundo» (p. 158). «Nada hay más inmoral que la moral toledana», se afirma, y también que sus gentes gustan del morbo y de la murmuración:

En Toledo hay siempre ambiente propicio para acoger todas las monstruosidades por inverosímiles que parezcan, como si el incesto, el estupro y otras aberraciones inventadas por cerebros enfermos o degenerados fuesen cosas naturales, descubiertas para apicarar el comadreo en las tediosas horas tardecinas (p. 116).

Vista de Toledo con el cielo nublado

También la presenta como ciudad adormecida a fuerza de oraciones (p. 174); la paloma Tolaitola es una ciudad levítica, inamovible, que Santafé compara con la Jerusalén judaica (la Catedral sería el Templo de Salomón). Otro de los asistentes a la tertulia opina: «Esas dos fortalezas, Catedral y Alcázar, son un asilo de forasteros. Toledo es un peñón, una prisión atenuada, donde vivimos parasitariamente curas, militares y ciudadanos sin graduación» (pp. 190-191).

Una de las grandes preocupaciones de Urabayen es el despojo artístico de la ciudad, que sufre las continuas rapiñas de los chamarileros sin escrúpulos, aquí representados por Sebastián Meneses: este dice sentir un amor proverbial a Toledo, y sin embargo se vale de su condición de arquitecto de la Diputación y del Ayuntamiento para sacar pingües beneficios en sus negocios de más que dudosa licitud. Él es el más señero representante de toda una banda de «caballeros intachables» que venden como si fueran bagatelas los tesoros de la ciudad, convirtiéndola en «Toledo la despojada» (p. 40)[2].


[1] Cito por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

La trilogía toledana de Félix Urabayen

Para centrarme ya en las tres novelas de Félix Urabayen ambientadas en Toledo (Toledo: Piedad, Toledo la despojada y Don Amor volvió a Toledo), citaré unas palabras de Juan José Fernández Delgado que resumen su importancia y sus características principales:

… podemos afirmar que en la trilogía toledana Urabayen se revela como excelente novelista que logra fusionar absolutamente el elemento simbólico con lo simbolizado: el tañido de las campanas, la tristeza del paisaje y el aspecto mutable e inaprensible, se plasman en su integridad y de forma exquisita en la mujer que les simboliza; además se nos presenta con enormes dotes para la crítica, y poseedor de acrecentadas cualidades para la observación del entorno social, y con un amplio poder evocador de ambientes pretéritos y un lenguaje clasicista acorde con esos ambientes novelescos. Desde su presente interpreta la historia de Toledo como justificante de su momento actual y, a través de ella, la historia de Castilla. […] A su vez, la ciudad, erigida en protagonista, es tratada en su forma real y social y también simbólica, e intuida como capaz de generar el hombre salvador de España. Su figura, su color y sus sonidos; el abrazo eterno y estéril con el Tajo, los cigarrales y alrededores, fundido todo con evocaciones de tiempos y personajes pretéritos que dejaron huella en la ciudad, están tratados con tal maestría que hacen de Urabayen intérprete sin par del paisaje, de la vida y del alma de Toledo[1].

Vista de Toledo

De las tres novelas dedicadas a Toledo, voy a dedicar mi análisis a la tercera, que viene a ser un compendio temático y estilístico de toda la trilogía, como ya destacó Fernández Delgado. En efecto, muchas de las ideas expuestas en Toledo: Piedad (1920, con una 2.ª edición en 1925) y en Toledo la despojada (1924) reaparecen y hallan su culminación expresiva en Don Amor volvió a Toledo (1936). En la primera ya se apuntaba una cuestión básica en el pensamiento de Urabayen, la idea de que Vasconia debía fecundar a Castilla o, en general, el Pirineo a España (cfr. las pp. 76, 82, 312, 343 y ss.). También se plasmaba ahí la imagen de una Toledo, si no muerta, por lo menos aletargada, sumida en profundo sueño (véase, especialmente, la p. 329). Si en ella las ideas regeneradoras de Urabayen encuentran como cauce de exposición la autobiografía del navarro Fermín Munguía, en Toledo la despojada el planteamiento fundamental vendrá dado por la identificación de la ciudad con el personaje de la Diamantista, mujer amada por varios personajes (las «larvas») que, lejos de fecundarla y hacerla fructificar, colaboran a su ruina y destrucción. En Don Amor volvió a Toledo Urabayen retomará esta técnica simbólica de la identificación entre la ciudad y una mujer, en este caso Leocadia, de la que se narran sus sucesivos amoríos, que culminarán con un fracaso completo de sus posibilidades de salvación[2].


[1] Juan José Fernández Delgado, titulado Félix Urabayen. La narrativa de un escritor navarro-toledano, Toledo, Caja de Ahorro de Toledo, 1988, p. 114.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.