Eduardo Godoy Gallardo (1934-2020), profesor de literatura española (“in memoriam”)

Ayer por la tarde nos golpeaba la inesperada noticia del fallecimiento en Valparaíso (Chile) del Dr. Eduardo Godoy Gallardo. En su memoria, quiero recuperar hoy esta semblanza académica suya que trazamos Mariela Insúa y yo como introducción a su libro Lecturas españolas (2015), un volumen recopilatorio de sus investigaciones en el ámbito de la literatura española que incluye autores, como precisa el subtítulo, que van de Jorge Manrique a José Ricardo Morales, valga decir del Prerrenacimiento a nuestros días[1].

GodoyBuena

Eduardo Godoy Gallardo: profesor de literatura española

El título que encabeza esta introducción podría haber sido otro: dentro del amplio espectro de cualidades que definen a Eduardo Godoy Gallardo como reconocido hispanista, docente modélico y riguroso investigador, podrían haberse escogido muchas otras combinatorias posibles. No obstante, él ha sugerido este sintético calificativo que considera resume su actividad durante los casi sesenta años que se ha dedicado a difundir la literatura española en universidades chilenas y del extranjero.

En efecto, para don Eduardo —como lo llamamos con respeto y admiración sus discípulos y colegas— el oficio de enseñar ha constituido su objetivo primordial, el suyo ha sido un magisterio en el amplio sentido del término: ha enseñado literatura, pero sobre todo ha sido un maestro de vida, un espejo de rectitud y humildad profesional. La materia a la que ha dirigido su empeño docente ha sido especialmente la literatura española, a la que se ha acercado siempre con entusiasmo y exhaustividad. Ha sabido comunicar en sus clases y en sus numerosos libros y artículos esta visión de conjunto sobre sus «lecturas españolas», que van desde la Edad Media al siglo XXI, desde Jorge Manrique a José Ricardo Morales, desde el Quijote y la picaresca a la novela española de postguerra, entre otros muchos autores y temáticas. Los veinticinco trabajos reunidos en este volumen constituyen una muestra de esta aprehensión global del objeto literario concebido en tierras españolas o por autores españoles. Antes de aportar unas breves notas acerca del libro que presentamos, glosaremos las principales líneas de investigación del autor y los hitos más significativos de su trayectoria docente.

La actividad académica del Prof. Godoy ha tenido lugar fundamentalmente en su alma mater, la Universidad de Chile, donde se formó bajo la tutela de Juan Uribe Echevarría, a quien siempre ha considerado su maestro, y donde —a partir de 1957 y hasta 2014— ha desarrollado su carrera como profesor de la cátedra de Literatura española en las áreas de Siglo de Oro (impartiendo el curso monográfico del Quijote), Moderna y Contemporánea, sobre todo en Santiago pero también en otras sedes regionales de esta Universidad (La Serena y Valparaíso). En fechas recientes ha sido reconocido con la categoría de profesor emérito de esta universidad. También ha ejercido como profesor investigador en la University of Utah, en Estados Unidos. Cabe destacar asimismo otro ámbito importante en su desempeño docente, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, donde entre 1971 y 2005, además de profesor titular de la especialidad de Literatura española, fue Decano de la Facultad de Filosofía y Educación, Director del Instituto de Literatura y del Lenguaje, creador y director de los grados de postgrado en Literatura hispánica y editor de la prestigiosa Revista Signos.

En cuanto a su faceta como investigador, el primer acercamiento monográfico a la literatura española se materializa en su tesis de licenciatura por la Universidad de Chile dedicada a El naturalismo en España a través de Emilia Pardo Bazán (1958)[2], tema que retomará en otros trabajos[3]. Una línea de investigación temprana en su producción se centra en la relación entre la literatura y la niñez. Destaca en este sentido su tesis doctoral, también por la Universidad de Chile, titulada La infancia en la narrativa española de posguerra (1978), que luego publicará en formato de libro (Madrid, Playor, 1979). Varios artículos posteriores se sumarán a este ciclo temático[4]. Dedicará numerosos estudios a la novela española de postguerra en general y otros dedicados específicamente a autores como Ramón J. Sender, Camilo José Cela, Carmen Laforet o Ana María Matute[5]…, trabajos que han sido reconocidos por la crítica internacional[6]. Publicará también diversos artículos sobre la Generación del 98, y en particular sobre la producción de Antonio Machado y Miguel de Unamuno[7].

Un lugar importante en su producción lo ocupan sus asedios a la literatura del exilio republicano español, en particular la referente al ámbito chileno, donde sobresale la figura de José Ricardo Morales y su teatro. El Prof. Godoy ha dirigido varios proyectos de investigación y publicado ensayos centrados en la dramaturgia de este representante del exilio, los cuales ponen en valor su relevancia para el desarrollo del teatro contemporáneo en Chile, y visitan a este autor transterrado desde la orilla que lo recibió, cuestión que hasta el momento no había sido abordada con la dedicación merecida por parte de la crítica chilena.

Asimismo destacan de un modo especial los estudios referentes a la narrativa del Siglo de Oro, a la picaresca y sobre todo al Quijote. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que el Prof. Godoy es uno de los principales cervantistas que ha dado Chile: además de enseñar a centenares de alumnos a entender y a admirar el Quijote capítulo a capítulo, ha publicado numerosos trabajos que corroboran tal afirmación[8]. Por otro lado, ha aportado varios ensayos que abordan la presencia de Cervantes y de su inmortal novela en el contexto chileno, los cuales han abierto nuevas sendas de investigación para el estudio de las recreaciones de la obra del alcalaíno.

Guiado por su constante afán docente, ha publicado también ediciones de textos clásicos y varios libros panorámicos de gran utilidad para el alumnado; como él mismo indica en la dedicatoria de uno de ellos[9], varios de estos materiales se han fraguado a la luz de las discusiones y comentarios surgidos en las mismas clases. Entre sus ediciones comentadas y anotadas, de finalidad eminentemente didáctico-divulgativa, encontramos: Nada menos que todo un hombre de Unamuno (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1975) y, del mismo autor, Abel Sánchez (Santiago, Nascimento, 1976); Don Álvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas (Santiago, Nascimento, 1975), una Antología esencial de Antonio Machado (Santiago, Nascimento, 1975), Memorias del marqués de Bradomín de Valle-Inclán (Santiago, Nascimento, 1975); Teatro (Mariana Pineda, Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre y La cada de Bernarda Alba) de Federico García Lorca (Santiago, Nascimento, 1976); Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (1.ª edición: Santiago, Nascimento, 1980; 2.ª edición: Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1989); Camino de perfección de Santa Teresa de Ávila (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1982); y Lazarillo de Tormes (1.ª edición: Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1992; 2.ª edición revisada: Santiago, LOM, 2005). Por último, esta lista se cierra —de momento— con su reciente edición comentada del Quijote (Santiago, Origo Ediciones, 2014), que incluye notas explicativas dirigidas fundamentalmente a los alumnos universitarios que se aproximan al texto cervantino por primera vez.

En cuanto a sus libros recopilatorios de artículos, podemos citar: Estudios sobre Literatura Española (Santiago, Nascimento, 1972), Hora actual de la novela hispánica (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1994) y Novela española de postguerra. Ramón J. Sender, Camilo José Cela, Exilio Republicano (Valparaíso, Consulado de España en Valparaíso, 2009). Ha colaborado además en la prensa periódica (El Mercurio de Santiago y Valparaíso, La Época y El Día de La Serena) con abundantes publicaciones sobre temas hispánicos, muchas de ellas centradas en la literatura, pero también con relatos de sus viajes por España.

Ha ejercido como profesor visitante y conferenciante invitado en diversas universidades extranjeras, sobre todo del ámbito americano (Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Venezuela…), y especialmente de España, donde ha mantenido estrechos vínculos intelectuales con destacados representantes del mundo académico (Ignacio Arellano, Director del Grupo de Investigación Siglo de Oro, GRISO, de la Universidad de Navarra; José María Martínez Cachero, catedrático de la Universidad de Oviedo; o Darío Villanueva, actual director de la Real Academia Española, entre otros).

Merece una mención especial su papel como organizador de coloquios internacionales de alto nivel como el congreso Temas del Barroco hispánico, coorganizado por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y el GRISO de la Universidad de Navarra (2003), o el congreso Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, coorganizado por la Universidad de Valparaíso también con el GRISO de la Universidad de Navarra. Ha creado además foros universitarios dedicados al encuentro de jóvenes investigadores como las Jornadas de Estudios Hispánicos en la Pontificia Universidad Católica de Chile (que dirigió entre 1978 y 2005) y las Jornadas cervantinas en la Universidad de Chile, vigentes desde 2006 hasta la actualidad.

Sus méritos como difusor del hispanismo le han hecho acreedor de varias distinciones como el premio de ensayo del Centro Cultural de España en Chile (1998) por su trabajo Santa Teresa de Ávila: obra, construcción y sentido, el Premio Pedro de Valdivia (2004) otorgado por la Asociación de Instituciones Españolas en Chile, y el premio de la Fundación José Nuez Martín por su obra Acercamientos críticos al «Quijote». Desde 2002 es miembro correspondiente por Valparaíso de la Academia Chilena de la Lengua. En 2013 fue nombrado Ciudadano Ilustre de Valparaíso —ciudad en la que ha residido gran parte de su vida— por su destacado aporte intelectual a la región.

En suma, podría concluirse que la trayectoria docente e investigadora de don Eduardo Godoy tiene como directriz básica el anhelo de conocimiento y comunicación de lo hispánico, de acercamiento del “otro costado” a Chile, a sus discípulos y a todas aquellas personas deseosas de hermanarse en esta riqueza cultural compartida.


[1] Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, «Eduardo Godoy Gallardo: profesor de literatura española», en Eduardo Godoy Gallardo, Lecturas españolas (de Jorge Manrique a José Ricardo Morales), Valparaíso, Editorial Puntángeles / Universidad de Playa Ancha, 2015, pp. 9-24. Reproduzco aquí la primera parte de esa introducción, la dedicada específicamente a su semblanza académica.

[2] No incluiremos en este prólogo referencias a la actividad del Prof. Eduardo Godoy centrada en la literatura chilena, especialmente la dedicada a la Generación del 50; ahí cuenta también con una amplia nómina de aportaciones, donde destaca su libro La Generación del 50 en Chile: historia de un movimiento literario (Santiago, La Noria, 1992). Nos centraremos exclusivamente en sus aportaciones referentes a la literatura española.

[3] Así, por ejemplo, en «Emilia Pardo Bazán y la concepción española del Naturalismo» (Revista del Pacífico, 5, 1968, pp. 24-25) o en «El movimiento naturalista y la crítica española del XIX» (Mapocho, 23, 1970, pp. 53-70).

[4] Dos de ellos se incluyen en este volumen: «La vía cordial de la infancia, espacios de consuelo y reencuentro de la fe en Unamuno» y «La infancia, aspecto olvidado de la caracterización de Pascual Duarte».

[5] Mencionaremos solo los más relevantes: «Problemática y sentido de Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender» (Letras de Deusto, 1, 1971, pp. 63-74, recogido en este volumen); «En torno a La colmena de Camilo José Cela» (Boletín de Filología, XXIII-XXIV, 1972-1973, pp. 120-143); «Nada: excursión a un mundo de pesadilla» (Letras de Deusto, 11, 1976, pp. 161-174); «Funciones del espacio en el plano del contenido y estructura de La colmena» (en Palabra en Libertad. Homenaje a Camilo José Cela, Murcia, Universidad de Murcia, 1991, pp. 169-179); «El rey y la reina, de Ramón Sender y el encuentro con “el otro”» (Revista Chilena de Literatura, 46, 1995, pp. 21-33, también reeditado en este libro), etc.

[6] Sirvan a modo de ejemplo las referencias a los trabajos de Eduardo Godoy en estos estudios clásicos sobre el período: José María Martínez Cachero, La novela española entre 1936 y 1980. Historia de una aventura, Madrid, Castalia, 1990, pp. 569-570; Anthony Trippet, Adjusting to Reality: Philosophical and Psychological Ideas in the Post-Civil War of Ramón Sender, London, Tamesis Book, 1986, p. 182; Gareth Thomas, The Novel of the Spanish Civil War (1936-1939), London, Cambridge University Press, 1990, p. 266; o Darío Villanueva, Estructura y tiempo reducido en la novela, Valencia, Editorial Bello, 1977, pp. 265-267, entre otras muchas.

[7] Además de los incluidos en este volumen podemos mencionar «Antonio Machado y el Modernismo» (Signos, 24, 1986, pp. 47-57).

[8] Señalamos algunos de los más destacados que no se recogen en esta colectánea: «Altisidora y el proceso de degradación de don Quijote» (en Cervantes, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1992, pp. 169-179); «Cervantes (Don Quijote): sobre aspectos fundacionales» (Cuadernos Rector Juvenal Hernández, 1, 1996, pp. 37-57); «Presencia y sentido de las ventas en el Quijote» (en Cervantes, Góngora y Quevedo, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1997, pp. 33-49); «El arte de bien morir en el Quijote» (en Temas del Barroco hispánico, ed. de Ignacio Arellano y Eduardo Godoy, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 129-147); «Cervantes en Argel, de Antonio de Espiñeira, una versión dramática chilena del cautiverio cervantino» (en El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo, ed. de Miguel Donoso, Mariela Insúa y Carlos Mata, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 95-109); y su libro Acercamientos críticos en torno al «Quijote» (Santiago de Chile, Embajada de España / Centro Cultural de España, 2005).

[9] En Novela española de postguerra (Valparaíso, Consulado de España en Valparaíso, 2009), dedicado a todos sus alumnos.

El soneto «Noche del hombre», de Rafael Herrera

El escritor mexicano Rafael Herrera (nacido en 1930 en Parácuaro, Michoacán) cultivó la poesía religiosa, en poemarios como La voz del fuego o La sombra de la luz. Este hermoso soneto suyo incide en el misterio de la Encarnación del Verbo, pues nos muestra a Cristo humanado para salvar al hombre, y de ahí que el yo lírico pueda llamar indistintamente a la Noche Buena «parto de Dios o concepción del hombre» (v. 4). Véase, además, la bella formulación de los vv. 7-8: «… y amanezca prendido de unos senos / por beberse en amor hombre por hombre», o el remate de la composición en el segundo terceto: «Y un diciembre, por montes y barrancas, / fue llegando a deshora de la noche / Cristo a caballo con el hombre en ancas».

CristoaCaballo2.jpg

El poema completo dice así:

Esta es la noche que aunque tiene nombre,
Noche Buena de malos y de buenos,
yo acostumbro a llamarla más o menos
parto de Dios o concepción del hombre.

Todo lo que es posible, a nadie asombre:
que el mismo Dios tenga sentidos plenos
y amanezca prendido de unos senos
por beberse en amor hombre por hombre.

La esperanza nomás, como un reproche,
cada invierno bajaba en alas blancas
entre danzas de estrellas en derroche.

Y un diciembre, por montes y barrancas,
fue llegando a deshora de la noche
Cristo a caballo con el hombre en ancas[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

Villamediana en «Son mis amores reales…» (1925), de Joaquín Dicenta (y 4)

El desenlace de Son mis amores reales…[1] va a ser consecuencia de una acción combinada de Olivares y la cegada doña Francisca Tabora (aunque luego  esta rectificará: se arrepiente de su plan de venganza e intentará salvar al conde avisando a la reina). Del acto cuarto quiero destacar la escena de los presentimientos de la reina (gavilán / paloma) y la escena en que se enfrenta a Olivares. Veamos:

ISABEL.- ¿Por quién me deja
el rey en este abandono?
¿Quién de mi esposo y del trono
continuamente me aleja?
¿Quién al rey prepara tantas
fiestas para sus recreos,
quién le empuja a galanteos
con famosas comediantas?
Decid, ¿quién la llama ardiente
de sus celos alimenta,
quién, hipócrita, le cuenta
lo que se inventa y se miente?
¿Quién le alienta en el recelo
que tiene hacia mi persona,
quién con sonrisa burlona
le entregó cierto pañuelo,
prenda hallada no sé dónde
y que se dijo encontrada
junto a una bolsa bordada
con un escudo de conde?
¿Quién, con intención liviana,
ha hecho nacer, poco a poco,
su odio contra ese loco
conde de Villamediana?
¿Quién piensa que la pasión
dentro de mi alma se esconde
y ya prepara del conde
la secreta perdición,
cayendo en el necio engaño,
en la idea vil y aciaga
de que daño que a él se haga
me traerá a mí mayor daño?
¿Ignoráis quién es el hombre
que tras mi esposo se oculta
y así me ofende y me insulta?
Pues bien: mis labios el nombre
de quien tamaños pesares
me trae, a deciros van:
es Don Gaspar de Guzmán,
conde-duque de Olivares (pp. 97-98).

Ahora es el noble-poeta quien, despechado por la reina, le dice a doña Francisca que se marcha:

VILLAMEDIANA.- Me voy de España, señora.
Y como empiezo a tener
el triste presentimiento
de que tras este momento
no he de volveros a ver,
os quiero pedir perdón
confesándome culpable
de la herida que, incurable,
lleváis en el corazón,
que ahora que otra mano diestra
hiriome con su desvío,
por la del corazón mío
vengo a comprender la vuestra.
Y de vos llego a implorar
el perdón para mi culpa,
sabiendo que la disculpa
y el perdón no ha de negar
—mirando el oculto llanto
que nos iguala en dolor—
a quien pecó por amor
quien ha sabido amar tanto (pp. 106-107).

Más adelante doña Francisca intentará salvar al conde, pero… llegará tarde. La obra culmina con la muerte de Villamediana, en escena que copio a continuación (en la que el «¡Esto es hecho!» remite a lo recogido en una carta de Góngora):

MUTACIÓN

(Llega aquí, para la Historia y para el que trata de investigar en ella, un momento que los siglos, al pasar, han dejado envuelto en las tinieblas. No se sabe con certeza quién pudo ser el matador del conde; se ignora qué clase de arma empleó la mano homicida para el asesinato, y es por estas razones por las que el escritor deja el teatro a oscuras y hace que suenen las siguientes voces en la oscuridad.)

VOZ.- ¡Detened vuestra carroza,
conde de Villamediana!

VOZ VILLAMEDIANA.- ¿Quién va?

VOZ.- ¡Tomad!

VOZ VILLAMEDIANA.- ¡Ay de mí!

VOZ HARO.- ¡Al asesino!

VOZ GÓNGORA.- ¿Qué pasa?

VOCES.- ¡Favor! ¡Favor!

VOZ VILLAMEDIANA.- ¡Esto es hecho!

VOZ GÓNGORA.- ¡ Que Dios acoja su alma!

(Y como el momento de las tinieblas históricas pasó, la luz se hace otra vez para el escenario como para la Historia.)

 

EPÍLOGO

El Mentidero de Madrid. El foro de la escena supone ser lo que hoy llamamos acera derecha de la calle Mayor. Al fondo, y como a metro y medio de altura, se ve la iglesia de San Felipe, correspondiente al convento de San Felipe el Real. Ante la puerta del templo y a todo lo largo de su muro se ve una vasta lonja o azotea, cubierta de losas de piedra y provista de una barandilla. El hueco resultante entre el piso de la lonja y la calle Mayor, que cruza en primer término la escena, lo ocupan unos cuantos compartimientos, a los que se llamaba «covachuelas». Se sube a la lonja y al templo por una escalera lateral que se ve a la izquierda, y por la derecha se pierden a la vista del espectador tanto la lonja como el edificio. Es ya de noche. Asomándose a la barandilla de la lonja y ocupando el centro de la escena, se hallan dos grupos de curiosos, formados por soldados de Flandes y de Italia, caballeros, alguaciles, estudiantes, damas, hombres y mujeres del pueblo, frailes, busconas; en una palabra, toda la clase de personajes que, según la crónica, asistían a aquel lugar a la caída de la tarde. En sus rostros se mezclan el terror y la curiosidad. Y es que en el centro de la calle está el cadáver de Villamediana, tendido, con la cabeza apoyada en una de las rodillas de don Luis de Haro, que se inclina para verle la herida. Diego, el escudero del conde, sostiene un farol cuya luz da de lleno sobre el pálido rostro del cadáver. Un fraile agustino, acaso el mismo Fray Antonio de Sotomayor, que salió en busca de Góngora para que éste salvase la vida de don Juan, acaba de dar la extremaunción al conde, y en pie, frente a él, eleva en sus manos un crucifijo. Apartado de todos está don Luis de Góngora, que, dirigiéndose al Mentidero, recita la célebre décima que se le atribuye.

Y con la recitación de la décima «Mentidero de Madrid…» cae el telón.

El epílogo, que consiste en esa larga acotación, con el recitado final de la famosa décima de (o atribuida a) Góngora, recuerda la plasmación del cuadro de Manuel Castellano .

Como hemos podido apreciar, el panorama que dibuja la pieza de Dicenta es el ya conocido: Olivares distrae al rey con fiestas y amoríos, siendo él quien gobierna en realidad (el rey no es más que conde de Barcelona…). Y el texto da entrada a numerosas anécdotas de la leyenda villamedianesca: la de la dama a la que puso las manos encima en cierta ocasión; la formulación «más castigado y menos arrepentido» (en palabras de Góngora, p. 13), etc. Cabe destacar precisamente también el papel protagónico de Góngora, como amigo y consejero de Villamediana. Asimismo, la decisiva intervención de Olivares: él es quien trama matarlo con Vergel, y este propone los nombres de Ignacio Méndez y Alonso Mateo como ejecutores del crimen[2].


[1] Las citas son por Joaquín Dicenta, Son mis amores reales…, Barcelona, Cisne, 1936.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

Villamediana en «Son mis amores reales…» (1925), de Joaquín Dicenta (3)

En el acto segundo de la obra de Dicenta[1] se destacará la soledad y tristeza de Villamediana:

VILLAMEDIANA.- Mi compañía es tristeza,
mi hábito la pesadumbre,
donde el pesar, por costumbre,
se ha hecho naturaleza.
Todo es prolija cadena
cuanto pienso y cuanto miro,
y lo mismo que respiro,
o me ahoga o me condena… (pp. 30-31).

El conde ha sido un seductor, pero ahora apreciamos (diálogo con el conde de Haro) que está enamorado de verdad. Tenemos además la mirada de los enemigos; por ejemplo, el alguacil Vergel le dice a Olivares:

VERGEL.- Al que es persona discreta
deben ponerle en cuidado
la lengua de un mal criado,
la pluma de un buen poeta.
Y oyendo al murmurador
don Juan de Tassis Peralta,
comprendí que os hace falta
que un celoso servidor
corte tales desafueros
y sus versos maldicientes
no digan más entre dientes
por losas y mentideros.
Pues si es su lengua mordaz,
con que mi puñal no falle,
yo haré que el conde se calle
para que viváis en paz (pp. 44-45).

También insisten en la soledad del conde estos versos suyos plenamente modernistas, casi —pudiéramos decir— rubendarinianos:

VILLAMEDIANA.- ¡Relojes de la noche, campanas del nocturno!
¡La canción del sepulcro, la canción de la cuna!
Misticismo… Misterio… El tiempo, taciturno,
se pinta con la nieve del claro de la luna.
Del alma en estas horas todo huracán se calma
y yo siento que nacen dos alas en mi alma,
en mi alma que siembran quimeras y altiveces,
y en su rincón más hondo se recoge, propicia
a forjar con las más diversas pequeñeces
infiernos de dolores y mundos de delicia.
Como pájaros vuelan por la noche, dispersos,
mis ensueños; alguno remontarse quisiera
a la pálida luna para decirla versos
mientras deshojo el mágico rosal de la quimera.
¡Relojes de la noche! ¡Campanas milenarias,
cuyos tañidos tienen murmullos de plegarias…!
En la noche yo vivo los más grandes placeres,
y en la noche yo bebo los besos del amor…
Como Dios, creo mundos con hombres y mujeres,
y me siento más fuerte que el mismo Creador.
En mis hombros la luna pone manto imperial
y me hallo sobre el bien y [me hallo] sobre el mal,
y contemplo, sin verlo, lo que nadie aún ha visto…
[…]
¡Son las sublimes horas de los secretos versos,
de los versos que solo para nosotros riman!
Verso que no se escribe, ése es verso sincero;
es el verso, que el otro es como un pordiosero,
mendigo de la gloria, triste mano implorante;
es verso que se vende como una cortesana
que en medio del camino se ofrece al caminante
y todo caminante le goza y le profana.
El otro no se mancha; es virgen, limpio, pulcro;
al salir de la cuna va a buscar su sepulcro…
Trovador de sí mismo y de sí mismo oyente,
es uno como Dios, y como Dios, diverso…
¡El verso que se calla es verso que se siente,
y ese verso del alma es el alma hecha verso!
Místico y silencioso, es ángel taciturno
este verso que vuela para hundirse en la luna;
es el verso en que cantas, campana del nocturno,
la canción del sepulcro, la canción de la cuna (pp. 50-52).

En otro momento Villamediana se muestra exultante al saber —a través de doña Francisca Tabora— que la reina corresponde a su amor:

VILLAMEDIANA.- ¿Qué me decís, señora?
¿Es verdad que me ama?
¿Tal vez, Dios mío, soñaré despierto?
¿Por mí la reina llora?
¿Es cierto que me llama?
¡Señor, Señor!, ¿qué cielos has abierto
a mi alma, que advierto
como una luz divina
que de pronto desciende
del cielo y que desprende
un resplandor que todo lo ilumina,
igual que si rompiera
niebla invernal un sol de primavera? (pp. 69-70).

A su vez, esto despertará los celos de doña Francisca, que se siente despechada:

FRANCISCA.- ¿Sin atender mi queja,
sin mirar que me hiere,
porque le ama da gracias a los cielos
y por ella me deja?…
¡Sea, pues que lo quiere!
¡Arda amor en la hoguera de los celos!
El desengaño alcanza
en el odio ventura.
¡Vuélvase amor locura
y la locura tórnese en venganza! (p. 70)[2].


[1] Las citas son por Joaquín Dicenta, Son mis amores reales…, Barcelona, Cisne, 1936.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

Villamediana en «Son mis amores reales…» (1925), de Joaquín Dicenta (2)

La acción del drama[1] comienza con el anuncio del levantamiento del destierro a Villamediana (ha estado fuera de la corte dos años por culpa de sus sátiras). La noticia de su regreso a Madrid alegra a doña Francisca Tabora. En la conversación entre varias damas de la Corte se va trazando el primer retrato del conde, «ese poeta indiscreto / que llaman Villamediana», en opinión del bufón Miguel Soplillo (p. 8):

SOPLILLO.- Lo que he contado
no encierra tan grave falta,
que es galán enamorado
y digno de ser amado
don Juan de Tassis Peralta.

LEONOR.- Es muy gentil caballero.

MARÍA.- Maestro en cortesanía.

ISABEL DE ARAGÓN.- Y es poeta.

ANTONIA.- Y pendenciero.

SOPLILLO.- Diz que maneja el acero
tan bien como la ironía.
Y por esto le da nada
echar, osado, a rodar
reputación mal ganada,
que siempre sabe dejar
para responder, la espada.
Con los osados, osado.

ISABEL.- Con los grandes, distinguido.

MARÍA.- Con los necios, enfatuado.

ANTONIA.- Con los viles, deslenguado.

LEONOR.- Y con las damas rendido.

SOPLILLO.- Para él no hay cuenta empeñada,
que toda su cuenta suma,
exactamente ajustada,
con los puntos de la pluma
y la punta de la espada (p. 9).

SonMisAmoresReales2

Cabe destacar el buen ritmo de los versos de Villamediana en diálogo amoroso con la reina:

VILLAMEDIANA.- Esta lengua cortad si al hablaros
ella os causa tamaños enojos;
si mis ojos con solo miraros
os ofenden, cegadme los ojos;
mas dejadme, señora, que luego
pueda oír vuestra voz, solamente
vuestra voz, porque no importa al ciego
no poder ver al sol si lo siente.
Mas de vos no alejadme, señora,
pues, de hacerlo, podéis estar cierta
que corriendo, al dejaros ahora,
llegaré del monarca a la puerta
y a mi rey le diré con voz fuerte,
con la más fuerte voz del dolor:
«¡Dadme muerte, señor, dadme muerte,
porque por la reina me muero de amor!» (p. 18).

Versos, como vemos, de gran musicalidad y muy efectistas[2]


[1] Las citas son por Joaquín Dicenta, Son mis amores reales…, Barcelona, Cisne, 1936.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

«La española inglesa»: temas y valoración

Sabemos que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas (Isabela y Ricaredo), los celos e intrigas del rival antagonista (Arnesto), el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física (que recuerda el caso similar de Auristela / Sigismunda en el tramo final del Persiles), el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión que Cervantes recrea en su novela con su habitual maestría narrativa. En opinión de Juan Luis Alborg, «Este relato ofrece una curiosa mezcla de novelescas aventuras, de realidad y de viejos recuerdos personales del autor». Y tras resumir brevemente el argumento, comenta:

Este resumen de la acción da idea apenas de los abundantes sucesos con los que aquélla se complica. Cervantes aprovecha una vez más la ocasión de enhebrar episodios de su propia vida militar, que atribuye ahora al héroe de su relato, tales como la lucha contra las galeras turcas, precisamente en el mismo paraje de «las tres Marías», donde él había sido apresado, el posterior cautiverio de Ricaredo en Argel, su liberación por los trinitarios y la procesión ritual en Valencia. El novelista imagina con menos que mediano acierto la parte de la acción localizada en Inglaterra, país que no le era conocido, y pisa terreno firme cuando se sitúa en su país o en el escenario de sus pasadas aventuras[1].

En efecto, uno de los principales puntos de interés de La española inglesa reside en esos recuerdos autobiográficos que introduce Cervantes en el relato, concretamente de sus andanzas como soldado y de su vida de cautiverio: como el autor de las Novelas ejemplares, Ricaredo es llevado a Argel, para ser liberado más tarde por los frailes trinitarios, siendo, de alguna manera, trasunto de su creador. En este sentido, cabe añadir —como apunta Alborg y la crítica, en general— que la ambientación de esta narración es buena y documentada cuando la acción transcurre en el Mediterráneo y en España, no así cuando se sitúa en Inglaterra, país que resultaba desconocido para Cervantes. Igualmente, otro detalle que ha llamado la atención de los estudiosos es el retrato positivo que de la reina de Inglaterra ofrece el novelista, quizá respondiendo a motivos políticos (cabe suponer que la fecha de redacción de La española inglesa coincidiría con alguno de los escasos periodos de paz con el tradicional enemigo de la Monarquía Hispánica. Sobre la imagen que se ofrece de la soberana inglesa, señala el citado Alborg:

Un aspecto ha sido repetidamente notado en La española inglesa: la atractiva semblanza que da Cervantes de la reina de Inglaterra, en contra de la común opinión de todos los españoles de su tiempo, alimentada por la doble hostilidad, política y religiosa; imagen favorable que se acrecienta con la generosa disposición que atribuye a la reina inglesa para con la protagonista de su narración, española y católica. El dato ha sido atribuido a la abierta y humana tolerancia de Cervantes, y también a posibles razones de conveniencia política en aquellos momentos; razones que los eruditos no han conseguido esclarecer del todo[2].

LaEspañolaInglesa_IsabelI

Por su parte, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben esta explicación al respecto:

Se ha observado repetidamente el tono amistoso con que se describe la realidad inglesa y, muy especialmente, a la reina Isabel I. No olvidemos que a principios de siglo Felipe III reanuda las relaciones con este país y que en 1604 se firma la paz con Jacobo I. Son, pues, razones de tipo político las que impulsan a Cervantes a darnos una visión tan inusitada en la época. También se advierte un anhelo de unificación católica[3].

Por lo demás, los personajes de esta novela, como los de otros relatos idealistas de las Novelas ejemplares, son héroes que reúnen en sus personas belleza física y moral y todo un cúmulo de virtudes. Más que retratos individualizados, Ricaredo e Isabela son arquetipos convencionales, y el remate de la acción va encaminado al final feliz, al triunfo del amor de los jóvenes enamorados, que tanto gustaba al público lector del Siglo de Oro (y, en general, de todos los tiempos).

En fin, Harry Sieber (editor de las Novelas ejemplares en Cátedra) ha destacado la importancia del elemento económico, la continua relación con el dinero que se pone de relieve en distintos detalles de la historia de los dos enamorados:

A primera vista parece una historia sencilla y arquetípica que trata del amor y de los obstáculos convencionales que tienen que superar los jóvenes amantes. Pero como en La gitanilla y en El amante liberal, el amor está muy integrado en el interés, con ducados, escudos y joyas sobre todo, y con la economía en general. Es aquí donde se encuentra uno de los más interesantes temas de la novela. En primer lugar hay que recordar, por ejemplo, que el padre de Isabela es mercader. Su hija y sus bienes —toda su fortuna— desaparecen en el mismo saqueo violento de Cádiz. Con la recuperación de su hija comienza a mejorar su salud económica, porque se marcha de Londres con dinero y unas cédulas reales. […] Esta estrecha relación entre Isabela y el bienestar económico refleja el sistema mercantil que funciona como trasfondo de la historia de amor. […] Hay que notar que las operaciones bancarias descritas por Cervantes ponen de relieve el idealismo, lo irreal de la historia de amor de Isabela y Ricaredo al ligarla fijamente con unas realidades económicas concretas[4].

Y añade Sieber que esta cuestión se extiende a las condiciones económicas de la liberación de Ricaredo, trasunto de las vividas por el propio Cervantes.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 107.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, pp. 107-108.

[3] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 121.

[4] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 29-30.