Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos de la guerra de la Independencia

Son cuatro, los titulados «Pae Manípulo», «La retirada de Corpa», «El héroe de Villahendida» y «Pro patria» (aunque van sin numerar, hacen los números 7, 17, 23 y 27 del libro).

«Pae Manípulo» es el apodo con que se conoce al Padre Gandarias, el cura de Rosquillada, por la airosa forma que tiene de manejar dicho ornamento sagrado. Este sacerdote es «un hermoso viejo, alto de estatura, recio de carnes y pletórico de salud», cuyo cuerpo atlético le da el aspecto de un granadero retirado; pese a su temperamento sanguíneo y su carácter montaraz, todos le tienen por un santo. Cuando entran los franceses en el pueblo, se niega a tocar las campanas, como le pide el jefe enemigo, para celebrar uno de sus triunfos militares; es más, dice que no las tocará hasta que los invasores hayan salido de España, y para ello ata sus badajos. Tras la marcha momentánea de los franceses, llegan sesenta soldados españoles de guarnición, que se unen a los guerrilleros del Zagro. Al volver los franceses, cargan contra el parapeto levantado a la entrada del pueblo. El «Pae Manípulo» acude a la defensa como un guerrillero más, luchando con un sable que toma del suelo, hasta que recibe un culatazo que le destroza la cabeza. Los demás patriotas son hechos prisioneros (el narrador es uno de ellos). Al día siguiente se entierra al heroico sacerdote, pero las campanas no pueden doblar por él, tan fuerte las había atado.

Patriota español y soldado francés peleando cuerpo a cuerpo en la Guerra de la Independencia española

Pepe Corpa, el protagonista de «La retirada de Corpa», es el fiel asistente del coronel del 2.º regimiento de cazadores, del que no se separa ni en los momentos de mayor peligro del combate. Tras describirse algunos movimientos de tropas y combates entre españoles y franceses, se narra la acción de Corpa retirando a su coronel, que ha sido herido: pero cuando está a punto de alcanzar el puesto de Sanidad, cae de espaldas herido por una bala perdida, gritando: «¡Viva España!». El título, que en este contexto bélico podría sugerirnos al comenzar a leer el relato una acción negativa (una retirada cobarde del militar), adquiere su verdadero significado tras su lectura, pues designa en realidad una acción heroica.

«El héroe de Villahendida» nos presenta al tío Recajo, el maestro del pueblo que anima a sus habitantes a la defensa al saber que se acercan los franceses, a los que llama «indecentes». La noche en que llegan, dispara desde una barricada a lo oscuro con su anquilosado fusil de chispa. Al amanecer, con el primer asalto de los franceses, treinta de los cincuenta defensores le abandonan, pero él pelea «poseído de rabia patriótica»; al caer muerto, queda en la barricada con las piernas en alto: «en aquella postura iba regando con su sangre heroica el suelo profanado de la patria» (p. 216). Como vemos, el asunto es muy parecido al de «Pae Manípulo».

En fin, «Pro patria» (título que evoca la conocida sentencia horaciana «Dulce et decorum est pro patria mori») comienza situando entre Pedrales y Cumbrerrábanos a los ejércitos español y francés. La historia es referida por un narrador testigo que se dirige a unos narratarios y, en segundo término, a nosotros, lectores: «Y antes de deciros por qué Relimpio se tiró furibundo de la perilla al ver que los otros se habían ido ya, he de contaros cómo pudo ser que el regimiento tributase honores militares al cadáver de la Chazarra» (p. 242). La Chazarra y la Petaca son dos soldaderas que, tras estar un tiempo con los españoles, se marchan con los franceses; participan en una cena en la que el comandante francés ordena brindar con un «¡Viva Francia!»; la Chazarra se niega, contestando con el grito de «¡Viva España!», y aquel, cegado por la cólera, la clava a la pared con su sable. Tras la apresurada marcha de los franceses, entran los españoles en la población: «Pero habéis de saber que al desfilar el regimiento, por delante de aquella muerta, oscuramente sacrificada en el altar de la patria y alumbrada suavemente por los primeros tembloreos del amanecer, todos, desde el coronel Relimpio al último mono del regimiento, fuimos descubriendo las cabezas respetuosamente». Y apostilla el narrador: «Sobre aquel cadáver caído en el duro suelo de la carretera de Cumbrerrábanos, flotaba visible para todos nosotros la doliente imagen de la patria invadida» (pp. 245-246).

En estos cuatro relatos destaca cierto tono de exaltado patriotismo que aparece simbolizado, no en grandes personajes españoles, no en militares de alta graduación, sino en un sacerdote, un asistente, un maestro de escuela y una soldadera, representantes de un pueblo alzado en armas contra el enemigo invasor. No se refieren, pues, grandes hechos de armas, sino apuntes de la resistencia española en cada pueblo, en cada villorrio, que son un fiel reflejo del carácter «popular» que tuvo la guerra de la Independencia. No existe una datación cronológica precisa que permita situar cada relato en un año concreto; además, los ficticios topónimos mencionados —Rosquillada, Villahendida, Pedrales, Cumbrerrábanos—, lejos de situar la acción en una geografía concreta, contribuyen a generalizar lo narrado, respondiendo a la intención del autor: los ejemplos elegidos podían haber sido otros cualesquiera, pero con estas cuatro estampas elegidas Urrecha consigue transmitir una impresión acertada y emocionante de aquella lucha del pueblo español contra los invasores franceses[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» (1892) de Federico Urrecha: introducción

Esta colección de relatos de Federico Urrecha se publicó en 1892 con dibujos de Ángel Pons, y conoció los honores de una nueva edición ilustrada en 1906. Emilia Pardo Bazán escribió en elogio de estos cuentos que merecían «figurar al lado de la patética y dolorosa literatura militarista que en Francia representan Daudet, Coppée, Lemonnier, los autores de las Veladas de Médan…»[1]. Más recientemente Fernando Pérez Ollo indica al hablar de la producción de Urrecha: «Acaso su obra narrativa más conocida es Cuentos de[l] vivac, veintinueve bocetos militares en el ambiente de la guerra carlista». Tiene razón este crítico en lo que respecta a la fama de la obra, aunque la segunda parte de sus palabras debe ser matizada: no son veintinueve sino treinta y dos los relatos recogidos en este volumen[2] y, aunque la mayoría sí, no todos ellos están ambientados en las guerras carlistas: algunos son episodios de la guerra de la Independencia (1808-1814) y otros reflejan escenas revolucionarias de ambiente madrileño (luchas callejeras, combates en las barricadas, etc., sin fecha determinada que, por consiguiente, pueden corresponder a los años 1848, 1854, 1868…). Dado que el primer relato, especie de presentación del conjunto, se fecha en 1873, pudiera pensarse que los cuentos de la guerra carlista corresponden a la segunda, la de 1872-1876; ahora bien, como el autor apenas ofrece datos cronológicos precisos, bien pudieran pertenecer algunos de ellos a la primera, conocida como guerra de los Siete Años (1834-1841).

Cubierta de Cuentos del vivac (Bocetos militares) (1892) de Federico Urrecha

En cualquier caso, el subtítulo de Bocetos militares que Urrecha aplica a su libro es sumamente acertado, porque se trata de breves narraciones (de unas 8 o 10 páginas, pero con un tipo de letra bastante grueso y, además, con abundantes dibujos intercalados) en las que las acciones que se pintan están trazadas por medio de vivas pinceladas; en cuanto al adjetivo «militares», ha de entenderse en sentido amplio, pues no todas las viñetas presentan propiamente acciones de guerra, sino también escenas de la vida cotidiana en retaguardia (en cuarteles, en pueblos o en las calles de Madrid) y, en ocasiones, los personajes protagonistas no son soldados y guerrilleros sino ancianos, muchachos y gente del pueblo, en general.

Como sabemos, el siglo XIX español fue un convulso periodo con continuas guerras, tanto en el propio territorio nacional como en el extranjero, desde la guerra de la Independencia hasta el desastre de Cuba y Filipinas en 1898: en medio de ambas contiendas, varias guerras civiles (las luchas carlistas, las cantonalistas…) e incontables pronunciamientos militares, períodos revolucionarios, la campaña de Marruecos, etc. No es de extrañar que los acontecimientos bélicos impresionasen las conciencias de los escritores y que muchos de ellos las tomaran como inspiración para sus obras literarias. Muchas de las luchas civiles de los siglos medios que aparecen reflejadas en la novela histórica romántica pueden entenderse, sin demasiada dificultad, como trasunto de las luchas contemporáneas; otras se ambientan directamente en época contemporánea[3]. Los Cuentos del vivac de Urrecha pueden ponerse en relación con sendas obras de Pedro Antonio de Alarcón y del general Antonio Ros de Olano; el primero, además de su Diario de un testigo de la guerra de África (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1860), que recoge su experiencia como voluntario en la campaña de Marruecos, nos dejó una colección de Historietas nacionales (Imprenta y Fundición de M. Tello, 1881) ambientadas sobre todo en la guerra de la Independencia y en la carlista[4]; el segundo nos dejó sus recuerdos bélicos en unos Episodios militares de la guerra civil (Madrid, Imprenta de Miguel Ginesta, 1884), divididos en dos secciones, una sobre la guerra de los Siete Años (que dedica a sus compañeros de armas) y otra sobre la Guerra de África.

De las treinta y dos historias recogidas en Cuentos del vivac, veinticinco corresponden a las guerras carlistas, cuatro se refieren a la guerra de la Independencia y tres presentan episodios revolucionarios en las calles de Madrid. La primera de todas, la que abre el libro, es una especie de marco general para el conjunto. Se titula «Toque de atención» y es la única en que se ofrece una datación precisa: es el invierno de 1873 en Miranda de Ebro; más allá —se dice— están las líneas carlistas. El narrador, que no es militar y que cabe aquí identificar con el autor, decide acompañar a un grupo de guerrilleros: «el paisaje, inmóvil y triste, miraba con pena el paso de la guerrilla» (p. 9). Al llegar a un pequeño pueblo completamente destruido, el narrador-autor pregunta qué es esto: «¿Esto?… Esto es la guerra», le responden. Entonces él añade: «La impresión de aquel cuadro de espanto y desolación, avivada por las tristezas de la campaña que me rodeaban en el cuartel general de Miranda, no se ha borrado todavía en mi espíritu. / De aquella impresión ha nacido este libro» (p. 10).

Los treinta y un bocetos militares que siguen no se presentan según un orden cronológico o temático. Para su estudio, me decido por un agrupamiento en tres apartados, según el momento a que pertenezcan sus acciones; a su vez, los relatos relativos a la guerra carlista, más numerosos, los agruparé por afinidades de temas, situaciones o personajes protagonistas. Dado que estos Cuentos del vivac apenas resultan conocidos, me parece conveniente ofrecer brevemente el asunto de todos ellos al tiempo que comente sus características más destacadas[5].


[1] Nuevo Teatro Crítico, núm. 17, mayo de 1892, p. 95, apud Mariano Baquero Goyanes, El cuento español en el siglo XIX, Madrid, CSIC, 1949, p. 287, nota. En este estudio ya clásico sobre el cuento de la centuria decimonónica incluye Baquero Goyanes algunas referencias a los relatos de Urrecha, tanto de Cuentos del vivac como de Cuentos del lunes (pp. 282, 287, 482, 519-520, 618 y 674). Lo mismo en su libro póstumo, revisado por Ana Luisa Baquero Escudero, El cuento español: del Romanticismo al Realismo, Madrid, CSIC, 1992, pp. 161-162, en donde a propósito de «Gran velocidad» se comenta que Urrecha parece haberse anticipado a ciertos recursos, que luego emplearía magistralmente Azorín, «allegables a los procedimientos a que el lenguaje cinematográfico nos ha habituado, entre ellos el close-up o primer plano».

[2] Así, al menos, en la primera edición que manejo yo: Federico Urrecha, Cuentos del vivac (bocetos militares), dibujos de Ángel Pons, Madrid, Manuel Fernández y Lasanta Editor, 1892, 287 pp. (ejemplar de la Biblioteca General de Navarra, sign. 6-3 / 199). Los títulos de las treinta y dos historietas, que van sin numerar, son: «Toque de atención», «El último cartucho», «El fin de Muérdago», «El ideal del Pinzorro», «La trenza cortada», «El idilio de la pólvora», «Pae Manípulo», «El perro del tercero de cazadores», «El rehén del Patuco», «El corneta Santurrias», «La redención de Baticola», «De dos a cuatro», «Chipelín», «El bloqueo», «El hijo del regimiento», «La pareja del segundo», «La retirada de Corpa», «El vicio del capitán», «La última noche», «Andusté», «Rempuja», «Nubecilla de humo», «El héroe de Villahendida», «Los pelones», «La cuña», «El ascenso de Regojo», «Pro patria», «La oreja del Rebanco», «La acción de Numerosa», «Remoque», «El artículo 118» y «¡Noche de Reyes!». No he visto la segunda, de 1906.

[3] Así: Rafael de Riego o La España libre, de Francisco Brotóns (1822); Las ruinas de Santa Engracia o El sitio de Zaragoza (1831), anónima, quizá del mismo Brotóns; La amnistía cristina o El solitario de los Pirineos (1833), de Pascual Pérez y Rodríguez; La explanada. Escenas trágicas de 1828 (1835), de Abdón Terradas; Eduardo o La guerra civil en las provincias de Aragón y Valencia (1840), anónima; El dos de Mayo, de Juan de Ariza (1845-1846), Los guerrilleros, de Eugenio de Ochoa (1855); La ilustre heroína de Zaragoza, de Carlota Cobo (1859), etc. Habría que recordar también varios Episodios nacionales de Pérez Galdós, así como la novela Paz en la guerra (1897), que Unamuno construye basándose en sus recuerdos de infancia en el Bilbao asediado por los carlistas; y ya en el siglo XX Valle-Inclán hallaría en el campo carlista inspiración para su Sonata de invierno (1905) y para la trilogía Los cruzados de la Causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño (1908-1909). Cfr. además el apartado «Cuentos históricos y patrióticos» del libro ya citado de Mariano Baquero Goyanes, pp. 261-297, donde estudia relatos que versan sobre la guerra de la Independencia, la de África, las carlistas y la de Ultramar.

[4] Existen ciertas semejanzas de asuntos entre algunas de las Historietas nacionales de Alarcón y algunos de los Cuentos del vivac de Urrecha: «El carbonero alcalde» describe la heroica resistencia de un pueblo español frente a los franceses, lo mismo que «Pae Manípulo» o «El héroe de Villahendida»; «El asistente» de Alarcón, lo mismo que «La retirada de Corpa», describe el heroico sacrificio de la vida de un subordinado para salvar al oficial al que sirve.

[5] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

La producción literaria de Federico Urrecha (1855-1930)

No es mucho lo que sabemos acerca de la vida de este escritor, y los pocos datos de que podemos disponer se reducen prácticamente a la enumeración de los periódicos en que trabajó y de las obras literarias que salieron de su pluma[1].

Caricatura de Federico Urrecha en la portada de Madrid Cómico, 24 de marzo de 1888
Caricatura de Federico Urrecha en la portada de Madrid Cómico, 24 de marzo de 1888

Federico Urrecha Segura nació el 4 de marzo de 1855 en San Martín de Unx (Navarra), aunque su familia tenía raíces alavesas y vizcaínas. Estudió el bachillerato en Madrid y durante algún tiempo trabajó como empleado de Aduanas (obtuvo por oposición pública una plaza en su cuerpo pericial y después ejerció importantes cargos en el mismo). En 1885 El Imparcial concede un premio a su novela El corazón y la cabeza y, en vista del éxito entre el público de esa obra y de otros escritos suyos, se le ofrece la posibilidad de entrar en la redacción de ese periódico, en el que trabajaría durante 18 años; en cierto momento, sus crónicas sustituyeron «sin desventaja» a las de José Ortega Munilla en Los Lunes de El Imparcial. En 1903 pasó a ser redactor del Heraldo de Madrid y más tarde se trasladó a Barcelona, trabajando entonces para El Diluvio (1909-1929). Aquí publicó unas crónicas que han sido calificadas como jocosas, amenas y chispeantes, llenas de «insuperable gracejo y castizo estilo», característica que sería peculiar de buena parte de la producción de Federico Urrecha (pero no, por ejemplo, de sus Cuentos del vivac). Además de trabajar en los rotativos mencionados, fue director de Los Madriles y colaborador de La Gran Vía (1893), La Lidia (1894), El Noroeste de Gijón, El Globo (1904), Blanco y Negro, Nuevo Mundo, El Cuento Semanal y Los Contemporáneos. En el periodismo utilizó Urrecha el seudónimo «F. Romancier».

Entre sus obras narrativas cabe mencionar varios títulos de novelas («novelista por vocación» lo denomina José María Corella; el padre Blanco García comenta que «para no desmentir su procedencia periodística, comenzó escribiendo novelas de folletín»), tres colecciones de cuentos y algunos relatos e impresiones de viaje; así, publicó Drama en prosa. Relación contemporánea (Madrid, Establecimiento Tipográfico de El Correo, 1885); Después del combate, que también se subtitula Relación contemporánea (Madrid, Manuel Rosado Editor, 1886; y una 2.ª edición en Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1887 con un prólogo de José Ortega Munilla[2]); El corazón y la cabeza (Madrid, Imprenta de El Imparcial, 1886); La hija de Miracielos (Madrid, Tip. De Manuel Ginés Hernández, 1887, novela aparecida de nuevo en 1914 en Los Contemporáneos, núm. 288); El vencejo de Burgaleda (Barcelona, Francisco Gallardo, 1891, reimpresa en 1913 en Los Contemporáneos, núm. 253); Siguiendo al muerto, novela que formaba parte de una Colección Diamante (Barcelona, López Editor, s. a., quizá 1894). Algunas de estas piezas son más bien novelas cortas: por ejemplo, La hija de Miracielos tiene solo 72 páginas; y 112 El corazón y la cabeza. A los títulos mencionados podemos sumar otra novela breve, El suicidio de Regúlez, aparecida el 20 agosto 1909 como número 138 de la colección El Cuento Semanal.

Colecciones de relatos son Cuentos del vivac (Madrid, Manuel F. Lasanta, 1892, con dibujos de Ángel Pons; nueva edición ilustrada en Barcelona, Imprenta Casa Editorial Maucci, 1906); Cuentos del lunes (Madrid, Imprenta de la Revista de Navegación y Comercio, 1894, con ilustraciones de G. de Federico, libro incluido en una Biblioteca Ilustrada de Autores Contemporáneos, que contó con una segunda edición: La estatua. Cuentos del lunes, Madrid, La España Editorial, s. a., circa 1900, con ilustraciones de Blanco Coris (esta segunda entrega de Cuentos del lunes es, con sus 282 páginas, bastante más extensa que la primera, que solamente tenía 156); y Agua pasada (Barcelona, Juan Gili, 1897), que presenta el subtítulo Cuentos, bocetos, semblanzas y se adorna con ilustraciones de F. Gómez Soler.

Impresiones de viaje son los libros titulados Veinte días en Italia (Madrid, Rojas, 1896); y Paisajes de Holanda (Barcelona, Antonio López, 1913), con prólogo de Hermenegildo Giner de los Ríos, en el que se incluyen descripciones de París, Ámsterdam, Isla de Marken, Amberes…

Para el teatro escribió Urrecha varias obras de tono cómico, así como algunos libretos de teatro musical: Genoveva, comedia en tres actos en prosa, dedicada a su hija Áurea (Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1890), que se representó por primera vez en el Teatro de la Princesa de Madrid el 12 de diciembre de ese mismo año; El primer jefe, juguete cómico estrenado en el Teatro Lara e impreso en Madrid, R. Velasco Impresor, 1890; Pepito Melaza, apuro cómico en un acto en prosa, con música del maestro Pérez Soriano, que se estrenó el 12 de febrero de 1891 también en el Teatro Lara a beneficio del primer actor José Rubio, a quien está dedicada la publicación (Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1891, y otra edición en Madrid, Administración Lírico-dramática, 1896); Tormento, comedia dramática en tres actos, en prosa (Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1892), cuya acción se sitúa en torno a 1870-1871, que se estrenó el 2 de mayo de ese año en el Teatro de la Princesa y que, según Corella, no llegó a triunfar; Tiple ligera, zarzuela en un acto, en prosa, escrita sobre el pensamiento de una obra francesa, cuya acción transcurre en la noche del lunes al martes de Carnaval, con música de Ángel Rubio, estrenada en el Teatro de la Zarzuela la noche del 16 de marzo de 1896[3]; y Maniobras militares, zarzuela cómica en un acto, en prosa original, con música de los maestros Rubio y Estellés (Madrid, R. Velasco, 1897)[4].

Además de esta fecunda faceta como autor dramático, en la que Urrecha prefiere casi siempre acciones contemporáneas madrileñas, el escritor navarro tiene además una obra teórica titulada El teatro. Apuntes de un traspunte (Barcelona, Antonio López, 1900), dividida en cinco capítulos («La obra», «La lectura», «Los ensayos», «El estreno» y «La dirección de escena») en los que repasa esos aspectos de la vida teatral. También publicó una conferencia que pronunció sobre el tema de El teatro contemporáneo en Barcelona (Barcelona, Tipografía «La Académica», 1910)[5].

Federico Urrecha murió en Madrid, en 1930.


[1] Los principales datos sobre la vida de Federico Urrecha los tomo del artículo que le dedica Fernando Pérez Ollo en la Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. XI, p. 244; y los de sus obras, de Antonio Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamaericano, 2.ª ed. corregida y aumentada por el autor, Barcelona, Palau, 1948-1977, vol. XXIV, pp. 411-412. Manuel Iribarren (en Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, p. 199) y José María Corella (en Historia de la literatura navarra, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 204) mencionan su apellido como Urrechea. María Pilar Celma, en el artículo que le dedica en el Diccionario de la literatura española e hispanoamericana dirigido por Ricardo Gullón, Madrid, Alianza Editorial, 1993, vol. II, pp. 1652-1653, se limita a ofrecer unos datos biográficos (sitúa su muerte en Barcelona) y a enumerar algunos de sus títulos. Véase ahora la ficha de Eduardo Hernández Cano en el Diccionario biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario, 15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

[2] La reseña el Padre Blanco García en su trabajo La literatura española en el siglo XIX, Madrid, Sáenz de Jubera Hermanos, 1910, vol. II, pp. 562-563.

[3] El texto publicado (Madrid, Evaristo Odriózola, 1896) lleva una dedicatoria impresa de Federico Urrecha y Ángel Rubio «A Felisa Lázaro, afortunadísima intérprete de esta obra»; además al final se incluyen «Dos palabras» de Urrecha, breve nota en que elogia la actuación de la misma Felisa Lázaro y de los actores Julián Romea, Moncayo y Gallo y en la que da una indicación sobre los figurines de las actrices.

[4] Para estas piezas cómicas ver el trabajo de Ángel Raimundo Fernández González, «Tres escritores navarros y su contribución al género chico de finales del siglo XIX: Pedro Górriz, Ficro Iráizoz y Federico Urrecha», Príncipe de Viana, 234, 2005, pp. 273-299.

[5] En fin, entre la producción de Federico Urrecha (no siempre fácil de localizar) se incluyen también estos otros títulos del año 1889: «El rehén del Patuco», La España moderna, enero de 1889, pp. 161-167, relato que se incorporará más adelante a los Cuentos del vivac; «Tinita», publicado en La España moderna (Revista ibero-americana), año I, núm. VII, julio de 1889, pp. 83-93; y «El Mausoleo (agencia funeraria)», que salió en La España moderna (Revista ibero-americana), año I, núm. XI, noviembre de 1889, pp. 77-85. Otro pequeño detalle que revela el desconocimiento de su obra lo tenemos en la imprecisión al mencionar sus obras: Pepito Melaza se cita a veces como Pepita Melaza y Tormento como Tormenta.

Semblanza literaria de Federico Urrecha (1855-1930)

A caballo de los siglos XIX y XX se sitúa la figura de Federico Urrecha Segura (San Martín de Unx, Navarra, 1855-Madrid, 1930). Urrecha es uno de esos escritores navarros completamente desconocidos, pese a contar con una producción narrativa y dramática bastante extensa y no exenta de interés. En efecto, es autor de varias novelas: Drama en prosa. Relación contemporánea, Después del combate, El corazón y la cabeza, La hija de Miracielos, El vencejo de Burgaleda o Siguiendo al muerto. Cuenta también en su haber con tres colecciones de relatos: Cuentos del vivac. Bocetos militares (Madrid, 1892; Barcelona, 1906); Cuentos del lunes (Madrid, 1894, con una 2.ª edición: La estatua. Cuentos del lunes, Madrid, h. 1900) y Agua pasada (Barcelona, 1897), que presenta el subtítulo Cuentos, bocetos, semblanzas. Piezas dramáticas suyas son: Genoveva, El primer jefe, Pepito Melaza, Tormento, Tiple ligera y Maniobras militares. Asimismo, escribió una interesante obra teórica titulada El teatro. Apuntes de un traspunte y algunos libros de viaje como Veinte días en Italia o Paisajes de Holanda.

Portada de La estatua, de Federico Urrecha

Las novelas de Urrecha corresponden al estilo folletinesco, y ofrecen menos interés. En cambio, voy a detenerme en el análisis de sus Cuentos del vivac, pues es libro que presenta ciertas notas de originalidad y frescura dentro del panorama cuentístico de la época. Se trata de un volumen que incluye treinta y dos relatos, ilustrados con dibujos de Ángel Pons, que se ambientan mayoritariamente en las guerras carlistas, aunque unos pocos son episodios de la guerra de la Independencia (1808-1814) y otros reflejan escenas revolucionarias de ambiente madrileño (luchas callejeras, combates en las barricadas, etc., sin fecha determinada). Casi todos los relatos están contados por un narrador-protagonista o por un narrador-testigo, formando el conjunto una especie de narración-marco: todas las historias se dicen alrededor del fuego del campamento militar (de ahí el título). Son breves narraciones donde las acciones descritas se trazan con vivas pinceladas (recuérdese que el subtítulo es Bocetos militares); en cuanto al adjetivo militares, ha de entenderse en sentido amplio, pues no todas las viñetas presentan propiamente acciones de guerra, sino también escenas de la vida cotidiana en retaguardia y, en ocasiones, los personajes protagonistas no son soldados y guerrilleros sino ancianos, muchachos y gente del pueblo, en general.

De hecho, las historias más interesantes son en mi opinión aquellas en las que Urrecha acierta a captar los momentos de ternura y humanidad que a veces se producen también en el escenario siempre violento de una guerra. Merece la pena destacar algunos títulos como «El fin de Muérdago», «El ideal del Pinzorro», «Pae Manípulo», «Chipelín», «El vicio del capitán», «Andusté», «Rempuja», «El ascenso de Regojo» o «Pro patria». Tipos como Andusté o el capitán Retama son difíciles de olvidar por sus acciones generosas, referidas sin caer en ningún momento en un fácil sentimentalismo. Igualmente impresionantes resultan otros personajes con final trágico como Muérdago, el Tío Recajo, Pepe Corpa, la Chazarra y la Parrala; esas muertes resultan todavía más dramáticas si se trata de muchachos jóvenes, casi niños, como el Pinzorro o el corneta Santurrias. Mérito de Urrecha es haber sabido pintar unas semblanzas muy bellas e impactantes para el lector en unos relatos cuya brevedad apenas le permite detenerse más que lo imprescindible en la caracterización. El tono narrativo es siempre lineal y sencillo. En cuanto al estilo, lo más destacable es la reproducción de un lenguaje coloquial, basado en vulgarismos morfológicos o sintácticos (expresiones como vusotros, sabís, muchismo, yo vos lo digo, melitar, pa, tamién, diendo ‘yendo’, veréis ustedes, manque, andamos, judía nieve, amos ‘vamos’, quisiera yo verbos ‘veros’, tiemblarían, iluminarias, na…). Muchos de esos rasgos resultan quizá tópicos, pero sirven para caracterizar el habla de unos protagonistas que son en su mayoría tipos humildes (soldados del pueblo, pilletes, prostitutas)[1].

De las otras dos colecciones de cuentos de Urrecha, merecen recordarse algunos títulos, especialmente de Cuentos del lunes: «Gran velocidad» (una madre espera a su hijo que vuelve de la guerra de Cuba, pero el tren que lo trae descarrila y solo hay una víctima mortal…); «El tirano de Morboso» (que presenta a un anarquista de buen corazón, en el marco de su vida familiar); «El naufragio de la Gaviota» (narra el amor de un marinero por una muchacha apodada La Gaviota, que termina marchándose con el señorito que la ha seducido); «Fiesta en la sombra» (narración lírica, sin apenas acción, que describe la Nochebuena de una niña ciega frente al Nacimiento); «Traqueotomía» (el hijo de un médico muere cuando su padre le está operando); en fin, otras narraciones de tono dramático son «La Catralilla» e «Hijo de viuda». Un tomo antológico con algunos de estos relatos de Federico Urrecha no sería nada desdeñable.


[1] Para un análisis más detallado ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario, 15, diciembre de 1998, pp. 41-65.