Descripción de Chile y el valle de Arauco por Cristóbal Suárez de Figueroa

Hoy, 18 de septiembre, se celebran las Fiestas Patrias en Chile. La fecha, curiosamente, no corresponde al día de la proclamación de la Independencia de España (declarada oficialmente por Bernardo OʼHiggins el 12 de febrero de 1818), sino al de la creación de la Primera Junta Nacional de Gobierno, que juró gobernar el territorio en nombre de Fernando VII y conservarlo para él tras quedar el monarca español prisionero de Napoleón Bonaparte. Este cuerpo colegiado o cabildo abierto se reunió en el edificio del Real Tribunal del Consulado de Santiago el martes 18 de septiembre de 1810. Su propósito era administrar la Capitanía General de Chile y tomar medidas para su propia defensa, a semejanza de lo que hicieron en la Península las provincias de España, que formaron la Junta Suprema Central. Se trataba, por tanto, de una adhesión de lealtad a la monarquía, si bien en la práctica el funcionamiento de esta institución (que funcionó hasta el 4 de julio de 1811, cuando se inauguró el Primer Congreso Nacional) supuso la primera forma autónoma de gobierno surgida en Chile desde los tiempos de la conquista.

Carte du Paraguay, du Chili, du Detroit de Magellan, etc. (1750), de Guillaume Delisle
Carte du Paraguay, du Chili, du Detroit de Magellan, etc. (1750), de Guillaume Delisle.

Copiaré aquí la descripción del territorio de Chile y el valle de Arauco que ofrece Cristóbal Suárez de Figueroa en el Libro primero de sus Hechos de don García Hurtado de Mendoza, cuarto marqués de Cañete (en Madrid, en la Imprenta Real, año 1613):

Concluyen ser tierra abundante, parte llana, parte montuosa; fértil de oro, de yerbas, de varios ganados, llena de lagos, ríos y bosques, por cuya causa y por las continuas lluvias viene a ser a trechos pantanosa. Cíñela el mar casi en torno, aunque su disposición ofrece a los bajeles pocas y estrechas ensenadas y abrigos. Costéase en desembocando el estrecho de Magallanes. Díjose Chile de un valle principal suyo, llamado así. Comienza Sur Norte en la altura de cincuenta y dos grados y medio, y corre hasta el grado veinte y siete. Mas de Levante a Poniente no es más ancho de treinta y tres leguas, porque de un lado tiene el mar y del otro la gran cordillera. Esta parte, por ser fuera de la tórrida, así en los frutos como en la diferencia de estaciones, participa del mismo temple que España; salvo que cuando para nosotros es estío, para ellos viene a ser invierno; y siendo antípodas nuestros, cuando acá es de día, es allá de noche, estando ambos reinos en igual distancia de la equinocial. Descubriole el adelantado Diego de Almagro, padeciendo grandes trabajos de hambre y frío. Son así hombres como mujeres de buenas caras, y más blancos que otros indios. Tienen allí los españoles diversas colonias: entre otras Santiago, riberas del Paraíso, río caudaloso en el valle de Mapocho (fundola Pedro de Valdivia el año 1541); La Concepción en el pequeño valle de Penco, con puerto; Valdivia junto a otro puerto; La Imperial, rica y bien poblada antes de las guerras; en la provincia de Coquimbo, La Serena, con puerto distante dos leguas.

Hállase también en treinta y seis grados el famoso valle de Arauco, que con memorable valentía se ha defendido tantos años de tan poderosos enemigos. La gente que produce es sumamente valerosa, robusta, y tan ligera, que (como está escrito) alcanza por pies los venados, y de tanto aliento, que dura en la carrera casi un día. Excede a los demás occidentales y antárticos, así en trabazón como en discurso. Es fuerte, feroz, arrogante, colmada de generosos bríos, y así enemiga de sujeción a quien, por evitar, menosprecia la vida. Ha sesenta años que no les concede reposo su belicosa inclinación, dirigida a la libertad de la patria. El largo ejercicio de las armas los ha hecho bien expertos en la milicia. Son (como los demás indios) grandes agoreros, teniendo sus magos embaidores en notable veneración. Estos hechiceros habitan cuevas, adornadas de torpes sabandijas, con que se hacen horribles[1].


[1] Cito por el texto preparado por Enrique Suárez Figaredo, disponible en línea en The Works of Cervantes. Other Texts, pp. 42-42, si bien modernizo grafías y puntuación.

Lope de Vega y la polémica de la «Spongia»

Otro episodio significativo del clima de la república literaria en lo que a Lope se refiere es el enfrentamiento en torno al escrito de la Spongia[1]. En 1617 causa revuelo en el mundillo literario un libelo que con el título de Spongia había preparado Pedro Torres Rámila, un latinista de Alcalá de Henares, con la colaboración, parece, de otros enemigos de Lope, como Cristóbal Suárez de Figueroa. No se conservan ejemplares de la Spongia (o esponja que pretendía borrar toda la obra de Lope, como si fuera una mancha), al parecer destruidos por los amigos de Lope, pero quedan referencias en la respuesta que estos le hicieron, la Expostulatio Spongiae, acumulación de elogios del Fénix, debidos a las plumas de Paravicino, el Príncipe de Esquilache, Jiménez Patón, Quevedo, Espinel y otros muchos amigos de Lope. Los ataques de Torres Rámila a La Arcadia, La hermosura de Angélica, La Jerusalén, las comedias o el Isidro, acusaban a Lope de ignorar las reglas clásicas y de decir tonterías.

Odore enecat suoAlgunos años después, en La Filomena (1621), Lope culmina su venganza ridiculizando al autor de la Spongia en la competencia que entablan el ruiseñor (figura de Lope) y el tordo graznador (figura de Torres Rámila), un tordo «negro y no lustroso», «de plumas de otras aves envidioso», presumido, ignorante, bárbaro «que ni en latín ni en español sabía», gramático mísero, etc. Defiende Lope su obra y repasa sus títulos de gloria y sus méritos en una larga exposición en la que pone de relieve la mediocridad y envidia de su oponente, que resulta al fin condenado por los dioses a eterno silencio en pena de su delito. Lope no tenía sin duda la bilis exaltada de Quevedo o el venenoso ingenio de Góngora, pero Torres Rámila no era enemigo para el Fénix, dueño y señor del idioma, capaz de ahogar a la Spongia y a miles de libelos y libelistas en una inundación de poesía. Y a diferencia de lo que sucedía con Góngora, a este tordo latinista Lope no le tenía miedo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.