El soneto «Desde otro oriente», de Rafael Maya

Rafael Maya, abogado y diplomático colombiano (Popayán, 1897-Bogotá, 1980), fue también poeta, periodista y autor de ensayos y estudios críticos, como por ejemplo Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944), Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952), La musa romántica en Colombia (1954) o Los orígenes del modernismo en Colombia (1961). Entre su producción literaria se cuentan títulos como La vida en la sombra (1925), Coros del mediodía (1930), Después del silencio (1935), Final de romance y otras canciones (1940), Alabanzas del hombre y de la tierra (1941), Tiempo de luz (1945), Navegación nocturna (1955), La tierra poseída (1965), El retablo del sacrificio y de la gloria (1966), El rincón de las imágenes (1972), El tiempo recobrado (1974) o De perfil y de frente (1975), entre otros. Fue Premio Nacional de Poesía en 1972, y en 1979 se publicó su Poesía completa.

Para esta Noche de Reyes, copio su poema «Desde otro oriente», un soneto de alejandrinos (versos de catorce sílabas, con una cesura al medio, separando los dos hemistiquios: 7 + 7), de sabor modernista:

La_adoración_de_los_Reyes_Magos_(Rubens,_Prado)

La adoración de los Reyes Magos, de Pedro Pablo Rubens.

Noche clara y fragante, casta noche lejana
de mi niñez… La estrella ronda por la colina;
el séquito, pesado de yelmos, se avecina
y en tanto los camellos presienten la mañana.

Oro, cofres, esclavos. Pasa la caravana.
Llevadme con vosotros, oh, Magos, al divino
infante sobre cuya desnudez el pollino
sopla el vaho caliente de su piedad humana.

¡Oh, Rey viejo, oh, Rey mozo, oh, Rey negro! Parado
frente al portal dejadme un camello, de hastiado
mirar, bajo la lumbre que en el cenit destella.

Yo montaré desnudo sobre su giba hirsuta,
y desandando el tedio de vuestra larga ruta,
vendré desde otro oriente con una nueva estrella[1].


[1] Cito por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 338, con algún ligero retoque en la puntuación. En el verso 12 restituyo la palabra «sobre», sin la cual el verso queda cojo. El texto original puede verse en Rafael Maya, La vida en la sombra, 1920-1925, Bogotá, Editorial de Cromos, 1925, p. 68.

El soneto «San José», de Jacinto Fombona Pachano

El venezolano Jacinto Fombona Pachano (Caracas, 1901-1951) fue un destacado escritor (poeta, narrador y ensayista) que, en su juventud, formó parte de la denominada «Generación del 18» y más tarde se unió al grupo poético surgido en torno a la revista Viernes (1936). Se dio a conocer en el mundo de las letras con su novela El batallón (1922), al mismo tiempo que se dedicaba al periodismo y el ensayo. Sus principales títulos poéticos son El canto del hijo (1925), La comedia (1927), Virajes (1932) o Las torres desprevenidas (1940), que pasa por ser su obra más destacada.

Este poema navideño suyo se centra en la figura de san José que, sin ser la más destacada en la celebración navideña, tampoco está ausente de la poesía de este tiempo. El soneto destaca por su construcción anafórica, con la repetición de «En casa de José» al comienzo de cada estrofa.

SanJoseConElNiño

San José con el Niño, de Sebastián Martínez.

 

Su texto completo dice así:

En casa de José, ¡qué ardido nardo![1]
Y es flor al par de íntimo contorno,
donde no sufren: el cristal, bochorno;
garra, el balido; ni la pluma, dardo.

En casa de José no medra cardo,
ni el hacha duerme, ni descansa el torno,
y alondra de salida o de retorno,
la hormiga del Señor lleva su fardo.

En casa de José, ¡qué alegre lumbre!
La oveja hila, y guarda la techumbre
o el ojo del arcángel y la estrella[2].

En casa de José sueña María
que el Niño entre viñedos florecía[3]
y abrazada a sus pies lloraba Ella[4].


[1] ardido nardo: el nardo es emblema de la pureza virginal, sobre todo de María; además, la iconografía representa a san José con una vara de nardos (la flor es conocida popularmente como «vara de san José»).

[2] el ojo del arcángel y la estrella: alusiones, respectivamente, a la Anunciación a María por el arcángel san Gabriel y a la estrella que guio a los Reyes Magos hasta el Portal de Belén.

[3] el Niño entre viñedos florecía: remite a Juan, 15, 1-8: «Yo soy la vid verdadera», etc. Este verso y el siguiente parecen hacer alusión, además, a la muerte de Cristo en la Cruz (es frecuente en la poesía navideña que, al tiempo que se canta la alegría de su nacimiento, se anuncien ya las penas y sufrimientos de la Pasión y Muerte).

[4] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

El soneto «Noche del hombre», de Rafael Herrera

El escritor mexicano Rafael Herrera (nacido en 1930 en Parácuaro, Michoacán) cultivó la poesía religiosa, en poemarios como La voz del fuego o La sombra de la luz. Este hermoso soneto suyo incide en el misterio de la Encarnación del Verbo, pues nos muestra a Cristo humanado para salvar al hombre, y de ahí que el yo lírico pueda llamar indistintamente a la Noche Buena «parto de Dios o concepción del hombre» (v. 4). Véase, además, la bella formulación de los vv. 7-8: «… y amanezca prendido de unos senos / por beberse en amor hombre por hombre», o el remate de la composición en el segundo terceto: «Y un diciembre, por montes y barrancas, / fue llegando a deshora de la noche / Cristo a caballo con el hombre en ancas».

CristoaCaballo2.jpg

El poema completo dice así:

Esta es la noche que aunque tiene nombre,
Noche Buena de malos y de buenos,
yo acostumbro a llamarla más o menos
parto de Dios o concepción del hombre.

Todo lo que es posible, a nadie asombre:
que el mismo Dios tenga sentidos plenos
y amanezca prendido de unos senos
por beberse en amor hombre por hombre.

La esperanza nomás, como un reproche,
cada invierno bajaba en alas blancas
entre danzas de estrellas en derroche.

Y un diciembre, por montes y barrancas,
fue llegando a deshora de la noche
Cristo a caballo con el hombre en ancas[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

«Año nuevo», de Conrado Nalé Roxlo

Conrado Nalé Roxlo (Buenos Aires, 1898-1971) fue escritor, periodista y guionista de cine. En su faceta de dramaturgo cabe recordar algunos títulos suyos como La cola de la sirena, Una viuda difícil, El pacto de Cristina, El neblíReencuentro o Judith y las rosas. Como poeta cuenta en su haber con tres libros: El grillo, Claro desvelo y De otro cielo. Cultivó igualmente la literatura infantil y fue también director de dos revistas de humor: Don Goyo y Esculapión[1].

Para este día primer día del 2020 recordaré una composición poética suya titulada precisamente «Año Nuevo», un romance con rima á a que supone un enfoque profano, no religioso, a la temática navideña.

MariposaNegra3

 

Año nuevo, vida nueva,
suena alegre en la guitarra,
y al guitarrero, de vieja,
se le está cayendo el alma.

Surcada la noche azul
de berilos y esmeraldas,
surtidores de cohetes,
girasoles de girándulas.

Aire de fiesta en el aire
y en todos aires de danza.
En el puerto las sirenas
y en la tierra las campanas.

De esperanzas y proyectos
está creciendo la casa,
porque mañana amanece
la vida recién lavada:

—Torre de mi fortaleza
será la torre más alta.
—A Dios veré en todas partes,
que debo a Dios la mirada.
—Aquel amor olvidado
he de buscarlo mañana.

Blanco mantel, pavo de oro
servido en fuente de plata,
y el noble vino encendiendo
en los pechos nobles llamas.
Año nuevo, vida nueva,
suena triste en la guitarra…
Se escucha pasar el tiempo
por los fondos de la casa.

Y una mariposa negra
de las copas se levanta[2].


[1] Para más detalles sobre su vida y obra remito a la monografía de María H. Lacau, Tiempo y vida de Conrado Nalé Roxlo. Entre el ángel y el duende, Buenos Aires, Plus Ultra, 1976.

[2] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 274-275.

El «Villancico del incendio y el campanero», de Emilio Breda

Del argentino Emilio Breda ya había traído al blog, en alguna ocasión anterior, su «Villancico del marinero». Para este día de Nochevieja transcribo su «Villancico del incendio y el campanero», un sencillo poema (un romancillo —versos hexasílabos— con rima é o y forma dialogada), que reza así[1]:

Luz

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas.
Salgan los bomberos.

En ese pesebre
se ha encendido un fuego.

Grita el buey y el asno
entre los luceros

Corren los pastores.
Corren los corderos.

Aplaude el palmar.
Saltan los camellos.

Las uvitas gimen
entre los viñedos.

Las olivas ríen
en el árbol viejo.

Los trigales danzan
la danza del viento.

—Tú calla y escucha
la voz de los vientos.

—No, no es esa luz
la luz de un incendio.

Es la luz de un Niño,
de un niño pequeño,

que redime al mundo
con su triste sueño.

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas
por el Niño Bueno.

Toca las campanas
por el mensajero.

Toca las campanas
por el Carpintero.

Toca las campanas
también por sus celos[2].

Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca por la Virgen
y Gabriel partero[3].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 247-248.

[2] por el Carpintero … por sus celos: el Carpintero es José, y sus dudas ante el embarazo de María constituyen un motivo tradicional en la poesía de Navidad. Véase, por ejemplo, el «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano.

[3] Gabriel partero: el arcángel san Gabriel es el encargado de la Anunciación a María («Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús…», Lucas, 1, 31-33). Aquí, festivamente, se le asocia al parto.

«Caballero andante», una evocación quijotesca de Antonio Silvera Arenas

Traigo hoy al blog una breve evocación quijotesca, «Caballero andante», del poeta colombiano Antonio Silvera Arenas:

Nació en Barranquilla en el año 1965. Estudió la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia, orientando sus reflexiones en estudios medievales y del renacimiento. Cursó la especialización en Literatura del Caribe, en la Universidad del Atlántico. Es profesor de literatura en universidades de Barranquilla, en donde vive actualmente. […] Es autor de Mi sombra no es para mí (1990), Selección de poemas (1992), Edad de hierro / Mi sombra no es para mí (1998) y de poemas publicados en revistas colombianas. Aparece en dos antologías: Antología de poesía colombiana, de Rogelio Echavarría, e Inventario a contraluz. Por el valor estético de su primer libro, en el año 1993 fue seleccionado como becario en el encuentro de escritores menores de 30 años, denominado Foro Joven, realizado en Mollina, Málaga, España[1].

El texto del poema, que por su sencillez no requiere mayor comentario, reza así:

Es bueno a veces
ensillar el decrépito caballo
y vestir nuestra triste figura
con la vieja armadura del abuelo.

Es bueno a veces…
Aunque nadie comprenda
nuestra empresa
y hasta la noble Dulcinea
se burle sin piedad de nuestros sueños[2].

DonQuijote2.jpg


[1] Datos bio-bibliográficos del autor incluidos en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, selección, prólogo y notas de Fabio Jurado Valencia, Bogotá, Común Presencia Editores, 2011, p. 387.

[2] Texto del poema recogido en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, p. 390.

«Navidad y Epifanía», de Carlos López Narváez

Para celebrar este 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, copio aquí el poema «Navidad y Epifanía», del literato colombiano Carlos López Narváez (Popayán, 1897-Bogotá, 1971), quien además de abogado, profesor y diplomático, fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y destacó como traductor de textos de Baudelaire, Heredia, Valery, Leconte de Lisle o Barbusse, entre otros. Su composición aúna, ya desde el título, la evocación de dos momentos clave de estas fiestas, el Nacimiento de Cristo (Navidad) y su manifestación ante los magos de Oriente (Epifanía).

adoracionmagos2

El texto del poema dice así:

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
diáfana y tranquila noche de Belén.
Nevadas colinas,
auras peregrinas,
mecen los olivos en blando vaivén.

«Con el ala de ave
de mi barba suave
al recién nacido yo quiero abrigar.»

Y el negro monarca
de ardiente comarca
Baltasar —en ónix el bronco perfil—.

«Oh Rey sempiterno
—dirá triste y tierno—,
para ti soy trono de ébano y marfil.»

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
sagrada y hermosa noche del Portal.

¡Hosanna en la altura!
Por la tierra oscura
difunde la Estrella su luz inmortal[1].


[1] Tomo el texto (introduciendo algún pequeño cambio en la puntuación) de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 255-256.

«Los Reyes Magos», de Eduardo González Lanuza

Días atrás traía al blog el soneto «José» de Eduardo González Lanuza (Santander, España, 1900- Buenos Aires, Argentina, 1984). Y hoy, para esta mágica noche de esperanza e ilusión, he seleccionado su poema dedicado a «Los Reyes Magos»:

AdoracionMagos

Engualdrapados sus camellos
vienen siguiendo los destellos
del astro vivo del Amor;
el más zahorí de todos ellos
ya reconoce a su Señor,
y hunde en el polvo sus cabellos
Melchor.

La magia alumbra su mirada,
llega a la humilde portalada
—súbito fue el descabalgar—;
la tiara en tierra derribada,
se va ante el Niño a prosternar
con la sonrisa alucinada
Gaspar.

Ébano el rostro reluciente,
púrpura viste del Oriente;
¡qué poderoso el rebrillar
de la corona de su frente!
Incienso y mirra va a quemar
ante aquel Niño sonriente
Baltasar.

Quiebran la espada y el venablo
arrodillándose a adorar
al que ha nacido en un establo
Melchor, Gaspar y Baltasar[1].


[1] Cito (con algún ligero retoque en la puntuación) por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 354-355.

«Romance del establo de Belén», de Gabriela Mistral

Unos días atrás copiaba el «Romance de Nochebuena» de la chilena Gabriela Mistral (1889- 1957), Premio Nobel de Literatura en 1945, y hoy para el Año Nuevo traigo al blog su «Romance del establo de Belén», perteneciente también a su poemario Ternura. El poema, bello y alegre en su infantil sencillez, describe la tierna algarabía de los animales que quieren mimar al Niño, transformando el Portal de Belén en un «establo conmovido».

Se-armo-el-belen2

 

Este es el texto del romance:

Al llegar la medianoche
y romper en llanto el Niño
las cien bestias despertaron
y el establo se hizo vivo…

y se fueron acercando,
y alargaron hasta el Niño
los cien cuellos, anhelantes
como un bosque sacudido.

Bajó un buey su aliento al rostro
y se lo exhaló sin ruido,
y sus ojos fueron tiernos
como llenos de rocío…

Una oveja lo frotaba,
contra su vellón suavísimo,
y las manos le lamían,
en cuclillas, dos cabritos…

Las paredes del establo
se cubrieron sin sentirlo
de faisanes y de ocas
y de gallos y de mirlos.

Los faisanes descendieron
y pasaban sobre el Niño
su ancha cola de colores;
y las ocas de anchos picos

arreglábanle las pajas;
y el enjambre de los mirlos
era un vuelo palpitante
sobre del recién nacido…

Y la Virgen entre el bosque
de los cuernos, sin sentido,
agitada iba y veía
sin poder tomar al Niño.

Y José sonriendo iba
acercándose en su auxilio…
¡Y era como un bosque todo
el establo conmovido![1]


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 216-217. Existe otra versión, con ligeras variantes, bajo el título «El establo»; ver, por ejemplo, Gabriela Mistral, Ternura, 6.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2004, pp. 53-54.

El soneto «Caupolicán» de Rubén Darío

Este soneto en alejandrinos (versos de catorce sílabas divididos por una cesura interna en dos hemistiquios de 7 + 7; es un tipo de forma estrófica muy cultivada por los poetas parnasianos franceses) pertenece al poemario Azul… de Rubén Darío. Publicado originalmente el 1 de noviembre de 1888 en La Época de Santiago de Chile con el título de «El toqui», fue incluido después en la segunda edición de Azul… (Guatemala, 1890), en la sección añadida de «Sonetos áureos» (que pasaría a ser «Sonetos» en la nueva edición de Buenos Aires, 1905). Se trata de una evocación modernista del mítico caudillo araucano Caupolicán y, más concretamente, de la prueba de resistencia física (cargar un tronco sobre sus hombros) en la que logra imponerse a los demás guerreros de Arauco, siendo elegido de esta forma toqui (capitán, jefe militar) para comandar la lucha contra los españoles. La figura heroica de Caupolicán ha dado lugar a numerosas evocaciones literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta este famoso soneto de Rubén Darío (y otras evocaciones líricas debidas a José Santos Chocano y a Pablo Neruda), pasando por obras teatrales del Siglo de Oro español (con el Arauco domado de Lope de Vega a la cabeza), romances, novelas históricas, dramas y piezas musicales del siglo XIX, junto con otros destacados hitos textuales que llegan hasta nuestros días[1].

Carmen Ruiz Barrionuevo ha resumido los datos esenciales sobre el poema de Darío (fuente, datación, referencias míticas y bíblicas que contiene, etc.):

Hace referencia al conocido episodio heroico del Canto II (octavas 35-58) de La Araucana de Alonso de Ercilla, donde el anciano Colocolo propone: «mas ha de haber un capitán primero / que todos por él quieran gobernarse. / Éste será quien más un gran madero / sustentase en el hombro sin pararse» (Alonso de Ercilla, La Araucana, ed. de Isaías Lerner, Madrid, Cátedra, 1993, pág. 116).

El uso por parte de Darío de un tema heroico del pueblo araucano responde a la apropiación de una época edénica y a la ejecución de un ideal indianista, además de entrañar un homenaje a Chile, donde residía desde 1886, mediante uno de los personajes más notables de su poema épico nacional. Caupolicán, al que se compara con héroes mitológicos y bíblicos, Hércules, Sansón (v. 4) o Nemrod (v. 7), «el heroico cazador ante Yaveh» (Génesis, 8-10), es elegido toqui (v. 12), general en lengua araucana, y puede simbolizar en el presente un ejemplo vivo para la nueva generación.

Fechado en noviembre de 1888, está dedicado a Enrique Hernández Miyares (1859-1914), poeta y periodista cubano, director de La Habana elegante. Fue publicado el 1 de este mismo mes en La Época de Santiago de Chile con el título de «El toqui», junto a otros dos poemas que no recogió, agrupados todos bajo el título de «Sonetos americanos». Se apuntaba en una nota que formaban parte de un nuevo proyecto de Darío.

Destaca cómo el autor sintetiza el episodio original adaptándolo a la sensibilidad de su tiempo y a la novedad de un soneto en alejandrinos, con lo que inicia la rehabilitación de este metro en la poesía contemporánea. (Véase Homero Castillo, «Caupolicán, en el modernismo de Darío», en Revista Iberoamericana, 37, XIX [1953], págs. 111-118; y de modo más general para la significación de estos sonetos: Ricardo Llopesa, «Los sonetos de Azul… como origen de la renovación en la poesía de lengua castellana», en Ínsula [1889, sic por 1989], 510, págs. 7-8)[2].

Caupolican_Tronco2.jpg

Este es el texto del soneto:

A Enrique Hernández Miyares

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,
e irguiose la alta frente del gran Caupolicán[3].


[1] Para estas recreaciones de la figura, los hechos y el carácter del cacique araucano, pueden verse, entre otros, los siguientes trabajos: Eduardo Toda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, pp. 48-71; Valentín de Pedro, «Homenaje a Lope de Vega del Instituto Nacional de Estudios de Teatro: Lope de Vega diviniza a Caupolicán», Revista de Estudios de Teatro, 6, 1963, pp. 5-14; Fidel Sepúlveda, «Huellas de La Araucana en las letras hispánicas», en Jorge Román-Lagunas et al., Don Alonso de Ercilla, inventor de Chile, Santiago de Chile, Universidad Católica de Chile / Pomaire, 1971, pp. 137-159; José Durand, «Caupolicán, clave historial y épica de La Araucana», Revue de Littérature Comparée, 205-208, 1978, pp. 367-389; Claudio Cifuentes Aldunate, «Caupolicán: creación y recreaciones de un mito», Versants (Genève), 4, 1983-1984, pp. 59-76; Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204; Miguel Ángel Auladell Pérez, «De Caupolicán a Rubén Darío», América sin nombre, 5-6, diciembre de 2004, pp. 12-21; José Promis, «Formación de la figura literaria de Caupolicán en los primeros cronistas del Reino de Chile», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 195-219; y Carlos Mata Induráin, «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, diciembre de 2011, pp. 171-186, y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252.

[2] Carmen Ruiz Barrionuevo, en Rubén Darío, Antología poética, edición y guía de lectura de…, Barcelona, Planeta (Austral), 2017, pp. 75-76.

[3] Cito por Rubén Darío, Obra poética, ed. de Ignacio Zuleta, Barcelona, Edhasa (Castalia), 2016, p. 281.