En alguna ocasión anterior di entrada en el blog a un poema dedicado al «Domingo de Ramos», el soneto así titulado de Alonso de Bonilla. Añado hoy este otro soneto de Rafael Moreno Guillén (Valle de Ángeles, Francisco Morazán, Honduras, 1898-Panamá, 1995). Ordenado sacerdote en 1923, en 1945 renunció al sacerdocio y se hizo pastor evangélico, iniciando un largo periplo que le llevó a Méjico, Panamá y El Salvador. Dirigió las publicaciones Honduras, La Revista Eclesiástica y El Buen Pastor. Entre sus títulos se cuentan obras comoRimas místicas (1925), Hogar cristiano (1933), Alocución fúnebre en la muerte de Pablo Zelaya Sierra (1936), Himno a Comayagua en su IV Centenario (1937) y Nimbos (1939).
Este poema suyo forma parte de su libro inédito Semana Santa. Prosa y versos:
Lluvia de lirios y aromadas rosas embalsaman el rústico camino; pisando ricos mantos, va el pollino del pueblo entre las voces victoriosas.
Delirantes las turbas anhelosas rodean al mansísimo Rabino: ¡hay en torno un ambiente tan divino que divinas se ven todas las cosas!
Alegría respiran las terrazas, alabanzas las calles y las plazas y en Sión hay fiebre de fervor y canto:
¡Que se abran ya las puertas matinales! Resuenen los Salterios y arpas reales, y ¡Paso al Rey triunfal, Mesías Santo![1]
Aunque pudiera parecer que tras la Epifanía del Señor acaba ya la Navidad, en realidad su ciclo litúrgico se prolonga hasta el próximo domingo, cuando se celebra la festividad del Bautismo del Señor —en el Jordán, por san Juan Bautista—, acto con el que comienza la vida pública de Jesús. De su infancia son pocos los datos que refieren los evangelios canónicos (la principal excepción es el episodio de su visita al Templo de Jerusalén a los doce años, cuando Jesús se queda hablando sabiamente con los maestros de la Ley). Ese vacío de los primeros años de vida de Jesús lo intentaron rellenar los evangelios apócrifos de la infancia.
Días atrás transcribía el poema «La lamparita del pastor», del chileno Óscar Jara Azócar (Viña del Mar, 1906-1988), considerado en su país como «el poeta de los niños». Su libro La noche más linda del mundo (1970) está dedicado íntegramente a la temática navideña. Pues bien, de ese mismo volumen traigo hoy la composición «Sueño triste del Niño Jesús», que nos lo presenta en diálogo con su Madre, tras haber despertado llorando por una pesadilla: la de su muerte en una cruz.
—¡Jesús, Jesús, despierta! ¿Qué sueñas, dueño mío? ¡Despierta aquí en mis brazos, soy tu canto y tu nido!
La fuerza de mi amparo, mi vida en tu dormir. ¿Por qué lloras, mi Niño, no me sientes aquí?
¡Oh, tu llanto en mi pecho es una duda, un ruego… Ya estás despierto. Dime, ¿era triste tu sueño?
Y gimiendo en sus trenzas le responde Jesús: —Madrecita, soñaba muriendo en una cruz…[1]
[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 99-100. Modifico ligeramente la puntuación.
El chileno Óscar Jara Azócar (nacido en Viña del Mar en 1906, fallecería en 1988) fue considerado en su país como «el poeta de los niños». Entre su producción se cuentan estos títulos: Canciones de juventud, El jardín de las estampas, Viña del Mar, Lo que soy esta noche, El día de la madre, El libro de los niños: cuentos en verso, La poesía y el teatro de la escuela, Naipe de espuma, La isla de silencio, Era en el bosque. Poesía y teatro para los niños de América, Lagarta y jazmín, Chile: dramatizaciones de su historia, Mis mejores versos para niños. Antología y La noche más linda del mundo. Este último volumen poético, del año 1970, está dedicado íntegramente a la temática navideña. De las composiciones que lo forman he seleccionado «La lamparita del pastor», un romance endecha con rima aguda en á (salvo la primera cuarteta, que presenta rima aguda en ó), el cual tiene toda la gracia y sencillez de los villancicos tradicionales y no requiere ningún comentario.
Con una lamparita va el hijo del pastor en busca del pesebre donde nació el Señor.
Con tierno afán pregunta: —¿Dónde estará el portal? Los corderitos fueron y yo me quedé atrás…
¿Un ángel no contesta por esta oscuridad? ¿Si no será el camino donde el Niñito está?
Un resplandor me cubre. ¡Estoy en el portal! ¡Un niño tan hermoso no vi nunca jamás!
Traigo mi lamparita, no tengo nada más; para adorarte, ¡en ella mi corazón está![1]
[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 73-74. Modifico ligeramente la puntuación. Véase Miguel Moreno Monroy, «La Navidad en algunos poetas chilenos», El Mercurio (Santiago de Chile), 24 de diciembre de 1972, p. 41.
A Alicia Villar Lecumberri y Santiago A. López Navia, amigos cervantistas, con cariño y amistad
El boliviano Hernando Sanabria Fernández cuenta en su haber con dos composiciones poéticas de temática cervantina; una es el soneto «En loor de Aldonza Lorenzo»[1] (publicado en 1978 con el seudónimo de José Lorenzo Vaca, cuyo comentario dejaré para otra ocasión) y, la que ahora me interesa destacar, su «Romance del Corregidor de La Paz». Pero, antes de entrar en materia, recordaré algunos datos biográficos del autor.
Hernando Sanabria Fernández (Vallegrande, 1909-Santa Cruz de la Sierra, 1986) fue Licenciado en Derecho por la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca y Doctor en Derecho, Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz de la Sierra. Ejerció muy diversos cargos públicos, y ocupó la Cátedra de Sociología en la Universidad Gabriel René Moreno y la de Literatura e Historia del Arte en la Escuela de Bellas Letras de Santa Cruz. Desempeñó funciones diplomáticas, como consejero cultural en la embajada de Bolivia en España. Recibió, entre otras distinciones, la Medalla Nacional de Cultura, la Orden Boliviana de la Educación, la Orden Española del Mérito Civil y el Cóndor de los Andes[2]. Como escritor, publicó sobre temas muy variados (arqueología, economía, folclore, geografía, historia, lingüística, literatura, etc.). Periodista activo y docente, crítico, historiador y biógrafo[3], en el terreno de la creación literaria cultivó los géneros de la poesía (Figuras de antaño, poemario escrito en 1932, pero no publicado hasta 1976; Poemas provincianos, 1963), la novela (La de los ojos de luna, 1974) y el cuento (Cactus del valle,1986).
Sanabria Fernández tuvo una destacada actividad cervantina. En una entrevista para El Diario de La Paz aparecida el 27 de noviembre de 1977 declaraba:
Soy un apasionado cervantista. Resumiendo puedo decir que simplemente tengo aquí la devoción cervantina y el vincular esta mi devoción cervantina con mi devoción por mi patria, por aquello de que Cervantes quiso ser Corregidor de La Paz y un compañero de Cervantes, Pedro Ozores de Ulloa, vino a prestar servicio al rey en nuestro territorio[4].
En su obra, en efecto, se incluyen varios ensayos cervantinos. Así, en 1947 ganó el primer premio del concurso sobre Miguel de Cervantes con su trabajo Cervantes, Quijote, Sancho, en la ciudad de La Paz, convocado por varias instituciones en conmemoración del IV Centenario del nacimiento de Cervantes. Treinta años después, en 1977, ingresó como miembro de número a la Academia Boliviana de la Historia, y su trabajo de ingreso fue Un compañero de Cervantes en tierras de Charcas, hoy Bolivia. Y en noviembre de 1980 fue nombrado miembro académico numerario de la Academia Boliviana de la Lengua, siendo en esta ocasión su discurso de ingreso Cervantes y don Quijote en la literatura boliviana[5]. Cuenta con otros artículos cervantinos, algunos publicados y otros inéditos, y además concibió la idea de escribir una obra titulada Un boliviano en La Mancha. Excursión por tierras de don Quijote en España, como resumen de sus vivencias al realizar unapor la Mancha en el año 1979, cuando se encontraba en España en misión diplomática.
En su «Romance del Corregidor de La Paz» evoca a Cervantes pobre, pese a todos sus méritos, pretendiente de un cargo en las Indias, entre ellos el de Corregidor de La Paz, que estaba vacante. Y el romance nos presenta al personaje en esa tensa espera de la resolución de su solicitud. Una tarde vemos a Cervantes cambiado: «Es otro hombre, ha ganado / honores, fortuna y prez…»). Pero, en realidad, todo ha sido un sueño. Su esposa Catalina lo despierta, precisamente para decirle que ha llegado un documento oficial con la respuesta: «No ha lugar a la demanda…». Cervantes, pese a todo, se muestra ilusionado, pues nadie puede quitarle ya la dicha de lo soñado. Y la composición se cierra con estos versos: «Aquí termina el romance / del insigne don Miguel, / Corregidor de La Paz / que no pudo ser y fue». No lo pudo ser, en la realidad biográfica, pero lo fue, aunque fuese en sueños, al igual que don Quijote fue caballero andante en su imaginación.
El poema —que anotaré someramente— dice así:
Ya envejece el buen hidalgo, ya tiene magra la piel y surcan su rostro arrugas y nieva sobre su sien. Le mancaron en Lepanto, luchando contra el infiel; unos piratas moriscos le aprisionaron después y ha sufrido largos años de cautiverio en Argel. Tiene escritos varios libros de novelas y entremés y es dilatada la cuenta de sus servicios al rey.
Mas nada de todo aquello, nada le ha hecho merecer y anda escaso de privanzas y de dineros también.
Buscando en las antesalas[6] plaza en que pueda caber, ha dado con la noticia de que en las Indias del rey hay cuatro cargos vacantes que se van a reponer[7].
Los solicita por carta en que invoca su estrechez y los méritos ganados en Lepanto y en Argel.
De las[8] cuatro dignidades cualesquiera le está bien; mas, si en lance de fortuna le fuera dado escoger, por[9] la del corregimiento de La Paz optara él.
Van quince días de espera, quince días de mudez, cuando una tarde, cansado por el inútil vaivén, se recoge a echar en casa la modorra del lebrel.
Es otro hombre, ha ganado honores, fortuna y prez en las Indias de la fama que le tentaron ayer. De los cargos requeridos el corregimiento fue de La Paz en el Chuquiago[10] lo que se le dio en merced.
Helo ahí empuñando vara de autoridad y de juez en la ciudad que se tiende de un alto nevado al pie[11] y en cuyo río hay más oro que joyas en un joyel[12].
Los hispanos[13] le obedecen y le tratan de usarced[14] y los hijos de la tierra le besan manos y pies.
No le hacen mella la puna[15] con su viento helado y cruel, ni le fatigan las breñas, ni al caminar da traspiés. Va de un lado para otro con el garbo de un doncel[16].
No ha olvidado, no por cierto, sus aficiones de ayer: escribe y llena cuartillas con algo que nadie ve.
Siente un sacudón. Se yergue. Alguien le llama: —¡Miguel! (Así en privado le trata la de Esquivias, su mujer[17].) Se trae esta el gesto airado y en las manos un papel.
Sin levantarse del todo, toma el documento y lee: «No ha lugar a la demanda, ni a lo pedido por él. Busque por acá y no en Indias en qué se le haga merced»[18].
Vino el soñar con la siesta y con la siesta ido es. Mas nadie puede quitarle la dicha del sueño aquel, que si los sueños son vida[19], se viven alguna vez.
Aquí termina el romance del insigne don Miguel, Corregidor de La Paz que no pudo ser y fue[20].
[1] El texto está en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, p. 207.
[2] Puede verse una semblanza más completa en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 298-309; ver también Gilberto Rueda Esquivel, «Hernando Sanabria Fernández (1909-1986)», Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional (La Paz), vol. 13, núm. 63, 2019, pp. 67-74.
[3] Entre sus títulos no literarios se cuentan El habla popular de Santa Cruz, Cancionero popular de Vallegrande, Música popular de Santa Cruz, Breve Historia de Santa Cruz, En busca de Eldorado: la colonización del Oriente boliviano, Crónica sumaria de los gobernadores de Santa Cruz, Apiaguaiqui-Tumpa, biografía del pueblo chiriguano, Ñuflo de Chávez, el caballero andante de la selva, Cañoto, un cantor del pueblo en guerra heroica, La ondulante vida de Tristán Roca, Tradiciones, leyendas y casos de Santa Cruz de la Sierra, Iuparesa o La muña ha vuelto a florecer, entre otros.
[4] Cito por Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 307. Para la cuestión del corregimiento perpetuo de La Paz, ver Néstor Taboada Terán, Miguel de Cervantes Saavedra, Corregidor Perpetuo de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, dibujos de Walter Solón Romero, La Paz, Plural Editores, 2005.
[5] Puede leerse en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 615-636.
[6]antesalas: las del palacio real, donde los pretendientes intentaban ser atendidos —muchas veces de forma infructuosa— en sus demandas de puestos y mercedes.
[7] Las cuatro vacantes a las que aspiraba Cervantes en 1590 eran la contaduría del Nuevo Reino de Granada (Colombia), la gobernación de Soconusco (Guatemala), la contaduría de las galeras de Cartagena de Indias (Colombia) o el corregimiento en La Paz (Guatemala).
[10] Chuquiago (Chuquiyapu Marka) es el nombre aimara del área geográfica que más tarde se convirtió en la ciudad de La Paz.
[11] El Illimani es una montaña nevada ubicada cerca de la ciudad de La Paz. Con sus 6.460 metros de altura, es la más alta de la Cordillera Real y la segunda de Bolivia, tras el nevado Sajama.
[12]en cuyo río hay más oro / que joyas en un joyel: alude al río Choqueyapu ‘señor de oro’, que es el principal curso de agua de la ciudad de La Paz. «Don Diego Cabezade Vaca nos relata que “la gente de este asiento y pueblo de Chuquiago tenía por adoración una guaca que llamaban Choqueguanca, que quiere decir ‘señor de oro que no mengua’”. Muy probablemente esta guaca o lugar sagrado estuvo en algún lugar del curso del Choqueyapu» (Ximena Medinaceli, «¿La Paz, ciudad de cerros o de ríos?», Ciencia y Cultura. Revista de la Universidad Católica Boliviana «San Pablo», vol. 4, núm. 7, 2000, p. 46).
[13]hispanos: los criollos, los descendientes de españoles; después con hijos de la tierra se refiere a los indígenas. Unos y otros, todos en La Paz, saludan respetuosamente y estiman a Cervantes.
[14]usarced: lo mismo que vuesarced o vuesa merced, tratamiento de cortesía y respeto.
[15]puna: «Extensión grande de terreno raso y yermo» (DLE); el apunamiento o soroche es el mal de altura.
[17]la de Esquivias, su mujer: Catalina Salazar y Palacios, natural de Esquivias (Toledo), con la que casó el escritor en 1584. Todo lo anterior ha sido un sueño, del que despierta Cervantes al oír el grito de su esposa llamándolo, como explicita el poema unos versos más adelante.
[18]Busque por acá y no en Indias / en qué se le haga merced: en efecto, «Busque por acá en qué se le haga merced» fue la lacónica respuesta del Consejo de Indias, en junio de 1590, a la pretensión de Cervantes de pasar a América.
[19]si los sueños son vida: formulación que vuelve del revés el tópico de la vida es sueño, popularizado por el célebre drama de Calderón.
[20] Texto en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 310-312. Aunque es un romance, mantengo la separación en «estrofas» que trae Quiroz. Fue reproducido también en Hernando Sanabria Fernández, Romances de mi tierra, Santa Cruz de la Sierra, Fondo Editorial del Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra, 1997, pp. 239-241.
El abogado boliviano Abel Alarcón de la Peña (La Paz, 1881-Buenos Aires, 1954) fue novelista y poeta. Ejerció la docencia en universidades de diversos países: primero en La Paz, y luego en Santiago de Chile (1920-1922), en Estados Unidos (1923-1925) y en Austria (1932-1934). Tras regresar a Bolivia en 1935, fue director de la Biblioteca Nacional, jefe de la Sección Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores y secretario, hasta su muerte, de la Academia Boliviana de la Lengua. Cultivó la novela histórica con títulos como En la corte de Yahuar-Huacac: novela original incaica (1916), California la bella (1926) y Érase una vez… Historia novelada de la Villa Imperial (1935). Libros de poesía son Pupilas y cabelleras (1904), El Imperio del Sol (1909), Relicario (1919) o A los genios del Siglo de Oro (1948). Entre sus volúmenes de relatos cabe citar Insomnio (1905), De mi tierra y de mi alma (1906) y la recopilación Cuentos del viejo Alto Perú (1936). En el terreno del ensayo es autor de La literatura boliviana, 1545-1916 (1917) y de la miscelánea Cuadros de dos mundos (1949)[1].
De entre su producción literaria, me interesa destacar ahora su composición «A don Miguel de Cervantes Saavedra. Su vida. Su obra. Su gloria». Se trata de un tríptico de sonetos que se publicó en La Razón de La Paz, el 12 de octubre de 1947, con ocasión del IV Centenario del nacimiento del escritor[2]. La primera de las tres composiciones es la dedicada a «Su vida»; los dos versos iniciales destacan la «existencia azacanada» de Cervantes y lo presentan «fuerte en la lucha, digno en el quebranto»; los doce restantes ponen de relieve sobre todo su heroica participación en la batalla de Lepanto (ocurrida el 7 de octubre de 1571):
Gran varón de existencia azacanada, fuerte en la lucha, digno en el quebranto, con Juan de Austria[3] te hallaste en la alborada[4] de aquel rútilo[5] día de Lepanto,
cuando anunció victoria coronada un torbellino azul todo hecho canto, y el turco vio en pedazos a su armada, y entre velas huyó lleno de espanto.
El arma del infiel te abrió en el pecho dos heridas, cual fueran dos claveles, y perdiste, «por honra del derecho»[6]
legado por el Cid[7], la izquierda mano; con que ayudaste a sumergir bajeles a don Juan, de la guerra el soberano.
El segundo soneto, «Su obra», lo evoca cautivo en Argel y en la cárcel de Sevilla («Hispalis», v. 6) y califica al Quijote, con expresión quiasmática, como «de ideal realismo unión sublime» (v. 9) y a don Quijote como «un loco que enseña y que redime» (v. 11):
De cada adversidad sacaste lumbre: por un lustro en Argel hecho cautivo, tus años, en olvido y pesadumbre, en dramas resumió tu genio altivo[8].
Más tarde, celda, apenas con vislumbre[9], de la cárcel de Hispalis[10]: terror vivo, sima para otros; para ti fue cumbre que te inspiró tu Hidalgo admirativo[11].
De ideal realismo unión sublime, es tu novela que deleita al mundo con un loco que enseña y que redime.
Vives tus seres, sus diversos modos: eres Sancho, Ginés[12], tu vagabundo, y de tu varia vida viven todos.
Cabe destacar además la idea de que la experiencia vital del autor alimenta a sus personajes (vv. 12-14).
En fin, el tercero, «Su gloria», califica la obra de Cervantes como «mirífica expresión del Siglo de Oro» (v. 2) y recuerda en los vv. 9-11 los dos principales vínculos cervantinos con Bolivia, a saber: las menciones del Potosí en el Quijote y la demanda del cargo de Corregidor de la Paz. Este es el texto:
Tu obra es alcázar de arte, dulce asilo, mirífica[13] expresión del Siglo de Oro que vierte al orbe en su faustoso[14] estilo de nuestro dúctil léxico el tesoro.
Junto al sitial de Homero y el de Esquilo[15] ves pueblos que te ensalzan, magno coro; Bolivia, de sus montes por el filo, te eleva en gratitud himno sonoro.
Que a Potosí das lustre veneciano[16] y a La Paz un blasón en tu discreta demanda por regir su pueblo ufano.
Tu alma sidérea claridad[17] expande: ¡Grande en medio los grandes cual poeta! ¡Entre los novelistas tú el más grande!…
[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 189-195.
[2] Tomo el texto, con ligeros retoques en la puntuación, de Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 196-197, donde el título figura como «D. Miguel de Cervantes Saavedra» (sin la preposición A al comienzo).
[3]don Juan de Austria: el hermanastro de Felipe II, que comandaba la Liga Santa contra el turco.
[6] Compárese Cervantes, Viaje del Parnaso, I, vv. 214-216: «Bien sé que en la naval, dura palestra, / perdiste el movimiento de la mano / izquierda, para gloria de la diestra». En efecto, en aquella batalla Cervantes recibió tres heridas de arcabuz, dos en el pecho y otro en la mano izquierda, que quedó inútil (en ello consistió la manquedad de Cervantes, no en que se la cortaran).
[7] La lucha contra el infiel (v. 9) equipara a Cervantes con el gran guerrero Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
[8]en dramas resumió tu genio altivo: el cautiverio en Argel dejó honda huella en la producción cervantina, desde la historia intercalada del capitán cautivo en el Quijote hasta —a lo que se alude aquí específicamente— algunas de sus piezas teatrales —comedias de cautivos— como Los tratos de Argel, Los baños de Argel, La gran sultana y El gallardo español. Para el cautiverio de Cervantes en Argel y sus ecos en sus obras es esencial la monografía de María Antonia Garcés, Cervantes en Argel. Historia de un cautivo, Madrid, Gredos, 2005.
[10]Hispalis: sería más correcto «Híspalis» como antiguo nombre de la Sevilla de Hispania, pero ciertamente el ritmo del endecasílabo pide más bien la acentuación «Hispalis», que es la lectura que trae Quiroz y que mantengo.
[11]cumbre / que te inspiró tu Hidalgo admirativo: se hace eco aquí Abel Alarcón de la idea muy extendida de que el Quijote habría sido escrito en la Cárcel Real de Sevilla en 1597 (o en alguna otra prisión, como la de Castro del Río —Córdoba— en 1592), tomando en sentido literal lo que dice Cervantes en el prólogo de la Primera parte del Quijote: «¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?». Ahora bien, engendrar no implica necesariamente ‘escribir, redactar’, sino que puede referirse a ‘imaginar, concebir en el pensamiento’.
[12]Ginés: alusión a Ginés de Pasamonte, el preso más peligroso de los que forman la cadena de galeotes (Quijote, I, 22).
[14]faustoso: mantengo esta lectura (que recoge el DLE), sin que sea necesario enmendar a «fastuoso».
[15] Homero y Esquilo serían los modelos, respectivamente, de la narrativa (poesía épica) y el teatro.
[16]a Potosí das lustre Veneciano: Cervantes menciona dos veces Potosí en el Quijote; en la primera se trata de una referencia geográfica para connotar ‘lejanía’, en concreto las largas distancias que puede recorrer volando el caballo Clavileño: «De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras…» (II, 40); pero es la segunda la que aquí explica el sintagma lustre veneciano, cuando don Quijote se ofrece a pagar dinero por los azotes que Sancho debe darse para desencantar a Dulcinea» y equipara las minas de Potosí con el rico tesoro conservado en la basílica de San Marcos, capilla de los duces venecianos: «Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondió don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio [los tres y mil y trescientos azotes que debe darse «en ambas sus valientes posaderas» para desencantar a Dulcinea], el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote» (II, 71).
[17]sidérea claridad: claridad sideral, como de estrella.
Son los de Carranza versos donde se observa la presencia amenazante del asesino (canto 8, «El doncello»), donde los sueños, tapados por la tierra, se equiparan con la podredumbre: «En Amaime / los sueños se cubren / de tierra como / si fueran podredumbre» (canto 10, «Amaime», p. 49)[1]. Más adelante, alguien convoca a los gusanos (canto 15, «Caldono», p. 69). De nuevo aparece la unión de cuerpo y tierra en «Uribia» (canto 13): «Cae un cuerpo / y otro cuerpo. / Toda la tierra / sobre ellos pesa» (p. 61). Por ello, el paisaje común en estos territorios castigados por la violencia es un páramo de desolación, o mejor, una desolación de páramo: «Lluvia y silencio / es el mundo en / Confines. / Desolación de páramo» (canto 14, «Confines», p. 65). Aquí los ríos corren rojos, o son más bien ríos quietos, ríos de aguas muertas (canto 16, «Humadea», p. 73, donde se juega con el cromatismo del rojo y del blanco, «ríos rojos» / «garzas blancas»).
María Mercedes Carranza.
Un par de versos estremecedores los leemos en el canto 17, «Pore»: «La muerte: / carne de la tierra». Merece la pena copiar entero el poema: «En Pore la muerte / pasa de mano en mano. / La muerte: carne de la tierra» (p. 77). Y también las flores se equiparan con las bocas de muertos en el canto 18, «Paujil»:
Estallan las flores sobre la tierra de Paujil. En las corolas aparecen las bocas de los muertos (p. 81).
O bien son las nubes las que se identifican con la muerte, nubes que son aquí «difunta blancura» (canto 19, «Sotavento»):
Como las nubes, la muerte hoy en Sotavento. Difunta blancura (p. 85).
Más cadáveres, cadáveres de muertos, el cadáver también de la risa, en el siguiente canto, «Ituango»:
El viento ríe en las mandíbulas de los muertos. En Ituango, el cadáver de la risa (p. 89).
Mientras que el recuerdo de la vida se mezcla con la tierra y el olvido (canto 21, «Taraira»):
En Taraira el recuerdo de la vida duele. Mañana será tierra y olvido (p. 93).
Cuerpos y sueños caen por tierra al mismo tiempo en el canto 22, «Miraflores»:
Caen los cuerpos en Miraflores caen los sueños. Miraflores: cementerio de sueños (p. 97).
En fin, la muerte reaparece —nunca desaparece, en realidad, a lo largo de todo el libro— en la p. 101, el canto final, «Soacha»:
Un pájaro negro husmea las sobras de la vida. Puede ser Dios o el asesino: da lo mismo ya (p. 105).
El poemario acaba, por tanto, con este toque de desesperanza. Como epílogo figuran unas palabras «De Juan Liscano» (pp. 107-108). Es una carta a la autora, fechada en Caracas, 9-8-1998, donde indica que le interesaron sus libros anteriores y que los versos de estos nuevos poemas le maravillaron:
Ese poder de síntesis suyo, ese decir en unas cuantas líneas los acontecimientos más profundos, es la poesía liberada de la literatura. Sus poemas son símbolos, adivinanzas, suspiros, terrores y en su brevedad alcanzan una elocuencia interior poco frecuente. Usted redime el poema breve de su chatura personalizadora y ególatra. Alcanza otra dimensión del decir, dice lo no dicho en unas palabras, encerrando lo esencial si es que una esencia puede ser apreciada. La vida y la muerte se encaran en un tiempo metafísico, el de la memoria, único tiempo real. Su trabajo poético vale por mil páginas de versificación. […] Su poder interior de percibir lo invisible en lo visible, calles de aire, flores rojas en las aguas y hasta en rito: la reyerta de Cumbal-Colombia transporta a un poeta como yo hacia la “sola evidencia” que ya sólo me interesa a mí: la otredad, materia y espíritu de sus mini-poemas inagotables (pp. 107-108).
Poesía sencilla y comprometida la de María Mercedes Carranza. Es el suyo un verso social cantado con una voz personal, de epigramática concisión. No es la suya poesía pura, pero sí pura poesía. El territorio radiografiado es el de Colombia, sí, como indican los topónimos de cada canto; pero es también, simbólicamente, el de cualquier otra tierra que padezca dolor y sufrimiento, que esté azotada por la violencia y muerte. El canto de las moscas nos retrata ese triste e infecundo paisaje de desolación, con una belleza y una intensidad lírica verdaderamente sobrecogedora[2].
[1] Cito por María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001.
Este libro se publicó originalmente el año 1998, y luego fue reeditado en el 2001: María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001 (en la «Colección de Poesía» dirigida por Ana María Moix). La autora, María Mercedes Carranza (nacida en Bogotá en 1945) es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes de su ciudad natal. Ha trabajado como crítica literaria y como periodista cultural en varios medios de comunicación de su país. Fue delegataria de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, con el grupo que representó al movimiento guerrillero M-19, ya entonces en la legalidad. Desde 1986 dirige la Casa de Poesía Silva de Bogotá. Ha dado a las prensas los siguientes poemarios: Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Hola soledad (1987), Maneras del desamor (1993) y El canto de las moscas (1998), así como las antologías Estravagario (1976), Nueva poesía colombiana (1972), Siete cuentistas jóvenes (1972), Antología de la poesía infantil colombiana (1982) y Carranza por Carranza: antología y texto crítico de la poesía de Eduardo Carranza (1985).
El canto de las moscas es un poemario con un claro valor testimonial, según indica ya el subtítulo Versión de los acontecimientos: la escritora colombiana nos brinda en él su versión personal de la situación de su país, marcado en los últimos años por la violencia y la muerte. El libro lleva una Dedicatoria «A Luis Carlos: siempre», y en las palabras preliminares de Mario Rivero, «Parte de guerra» (pp. 7-9), se nos explica que se trata de un homenaje a Luis Carlos Galán, «la más intensa y representativa víctima de estos convulsos años de violencia en Colombia». Sigue explicando Rivero que la poesía de María Mercedes Carranza es un doloroso parte de guerra:
En sagas muy breves, que por su precisión geométrica compararía al haiku, Carranza elabora estéticamente el espectáculo de la barbarie diaria en la comunicación cercada por la muerte. El érase-una-vez de los hechos consumados y de la violencia nacional que se incorpora como temática a nuestro acontecer artístico, como una zona literaria en sombra, que ella quiere iluminar, sacar a luz con su palabra poética (p. 7).
Líneas después explica el significado del título del poemario:
En una larga meditación que madura al paso de las heridas del país, página a página, Carranza siluetea un panorama de arrasada belleza: parajes sin arco iris, donde sólo florecerá el olvido, signados apenas por la ráfaga oscura y el bordoneo de las “cumplidas moscas”, las convocadas bajo el embate del terror, a todo lo ancho y lo largo de nuestras comarcas y de nuestros días. Con sus vuelos pautados, tiene licencia su sombra en el suelo. En los invisibles estratos del aire, estas moscas sostienen, como en las líneas audibles de una partitura, la sorda modulación de un canto sospechoso y siniestro (pp. 7-8).
Habla, en fin, de «estos fragmentos de espacio patrio hechos poemas. Poemas exactos, que por su contenido, su forma y su serenidad quisiera llamar clásicos, es decir, con la excelencia del poeta que descubre sus poderes» (p. 8). La revista Golpe de Dados al llegar a sus 25 años de vida seleccionó a Carranza como la poetisa más significativa del país, publicando este «conmovedor mapa de lugares arrasados por la violencia», poemas «absolutamente antologables» en los que se escucha el sonido de «los tiempos oscuros».
El libro recoge veinticuatro cantos, cuyos títulos son: «Necoclí», «Mapiripán», «Tamborales», «Dabeiba», «Encimadas», «Barrancabermeja», «Tierralta», «El doncello», «Segovia», «Amaime», «Vista hermosa», «Pájaro», «Uribia», «Confines», «Caldono», «Humadea», «Pore», «Paujil», «Sotavento», «Ituango», «Taraira», «Miraflores», «Cumbal» y «Soacha». En varios de estos poemas se repite un esquema estructural muy parecido: la preposición en + un topónimo colombiano + algún elemento en principio positivo (ríos, flores, nubes…), que sin embargo se carga con connotaciones negativas al verse manchado por la sangre y la violencia (gusanos, difuntos, podredumbre…). Las composiciones van trazando, por tanto, una geografía colombiana teñida de tristeza, llanto, luto y muerte. Todo ello con una concisión estilística envidiable. El canto 1, «Necoclí», abunda en el sentido del título del poemario:
Quizás el próximo instante de noche, tarde o mañana en Necoclí se oirá nada más el canto de las moscas (p. 13).
En el canto 3, dedicado a Mario Rivero, encontramos una bella aliteración: «Bajo / el siseo sedoso / del platanal / alguien / sueña que vivió» (p. 21). El canto 4, «Dabeiba», explicita la metáfora rosas=sangre:
El río es dulce aquí en Dabeiba y lleva rosas rojas esparcidas en las aguas. No son rosas, es la sangre que toma otros caminos (p. 25).
Por su estructura circular, y el juego con las preposicionesbajo / sobre, destaca el canto 5, «Encimadas»: «Bajo la tierra de Encimadas / el terror fulgura aún / en los ojos florecidos / sobre la tierra de Encimadas» (p. 29). Mientras que el canto 6, «Barrancabermeja», insiste de nuevo en la presencia de la sangre:
Entre el cielo y el suelo yace pálida Barrancabermeja. Diríase la sangre desangrada (p. 33).
El canto 7, «Tierralta», nos recuerda un soneto barroco de Lope de Vega, el dedicado «A una calavera»: «Esto es la boca que hubo, / esto los besos. / Ahora sólo tierra: tierra / entre la boca quieta» (p. 37). Otro eco clásico, esta vez de Manrique, lo encontramos en el canto 12, «Pájaro», con la identificación de mar=morir: «Si la vida es el morir / en Pájaro / la vida sabe a mar» (p. 57). Difícilmente se pueden alcanzar mayores dosis de expresividad, difícilmente se puede decir más con menos: en Pájaro, la vida sabe a mar, y el mar es el morir, luego en Pájaro la vida es muerte, todo es muerte en Pájaro[1].
Como ya habrá quedado patente por lo hasta ahora dicho en entradas anteriores, el tema nuclear del poemario puede formularse sencillamente como el deseo del yo lírico-Ángel (‘el mundo del espíritu’) por entrar dentro del Águila (ʻel mundo materialʼ) e insuflarle nueva y más alta vida. Ahora bien, al lado de ese tema central que constituye el leit motiv que recorre todo el poemario vertebrando su construcción existe una serie de temas anexos, que voy a separar en varios apartados: 1) en un nivel meramente biográfico, las alusiones a la convalecencia del propio escritor tras sus intervenciones quirúrgicas en los Estados Unidos; 2) la vida moderna (deshumanizada, cosificada) en Norteamérica, con la descripción de algunas de sus ciudades (sobre todo Nueva Orleans y Nueva York, más Ysleta College, el seminario de los jesuitas cerca de El Paso, Texas, en la frontera con Nuevo México); 3) una evocación de los descubridores de América; 4) el recuerdo nostálgico de España, de la infancia y de la madre, más Nicaragua en el recuerdo; y por último, pero el más importante de todos, 5) la búsqueda de la eternidad, el sentido trascendente de la experiencia humana en el encuentro con Dios, fundamental en el tramo último del poemario de este poeta jesuita, de aquel «místico conceptista» (por usar la expresión acuñada por Paasche) que fue Ángel Martínez Baigorri. Procedamos, pues, por partes, comenzando por los poemas que reflejan la convalecencia del escritor tras sus operaciones.
Ya he comentado, al tratar de la génesis de este poemario, que estas composiciones fueron escritas durante la estancia de Martínez Baigorri en los Estados Unidos, entre agosto de 1946 y finales de 1947, por motivos de salud. Pues bien, esa circunstancia biográfica —es decir, el tono autobiográfico— apunta en varias ocasiones en los textos de los poemas: por debajo —o por dentro, o al lado… como lo queramos decir— del yo lírico-Ángel que desea implantar el reino del Espíritu en el seno del País del Águila, de la Mecánica, se transparenta el escritor, el personaje histórico llamado Ángel Martínez Baigorri. Discrepo aquí ligeramente con lo expresado por el padre Bertrán cuando advertía —en una cita ya traída anteriormente a otro efecto—:
Que no desoriente al lector el nombre de pila —Ángel— del poeta, con el ángel que aquí sobrevuela. Aquí son diferentes, aun habiendo dado origen al título una larga estancia del P. Martínez en la vida real de los Estados Unidos, y aun identificándose, en algún raro momento, los dos ángeles en el curso del poema[1].
A mi juicio, no son tan raros esos momentos en los que percibimos la peripecia puramente biográfica del poeta. De hecho, hay alusiones a la enfermedad y la convalecencia ya desde el poema inicial, «Good morning»: «al venir a la clínica / me saludó el cobrador del tranvía» (p. 12); en el poema 1, «Ángel en el País del Águila», habla el yo lírico «de mi vida que nace» (p. 16), que aquí cabe interpretar como ʻsu restablecimiento tras las delicadas operacionesʼ; en el número 3 leemos («En ti» se refiere a Nueva Orleans; el poema es un apóstrofe a esa ciudad):
En ti me abrieron para que te viese mi corazón latiendo rojo, desnudo y pobre. Me pusieron la sangre de hijos tuyos y yo me alcé soñando, sangrando, hasta tu nombre (pp. 23-24).
Versos en los que claramente podemos ver sendas alusiones a su reciente ʻintervención quirúrgicaʼ («me abrieron») y a alguna ʻtransfusión de sangreʼ de las que sin duda habría recibido en el hospital («Me pusieron la sangre de hijos tuyos»). Es más, al yo lírico le ha quedado una cicatriz, que nombra metafóricamente como su personal Canal Street (es esta una notable avenida de Nueva Orleans, que forma el límite río arriba del Barrio Francés, el más antiguo de la ciudad):
Como señal tengo aún la herida roja —mi Canal[2] Street de sangre— de la noche del día de aquel sueño. Y en tu nombre la dicha de elevarme como tú, viejo y nuevo, para besar el cielo con el aire del corazón en vuelo (p. 24).
Canal Street, Nueva Orleans.
En el poema 5, «Sorprendido», se presenta a sí mismo «Ya en ti resucitado» (p. 28; «en ti» se refiere de nuevo a la ciudad de Nueva Orleans, a la que se sigue dirigiendo el yo lírico en apóstrofe). Ahí se presenta como convaleciente:
Con mis versos de otoño y esta ternura de convaleciente que vio la muerte en un sueño tranquilo —¡oh muerte sorprendida que no me retuviste!— (p. 28).
Esa convalecencia postoperatoria queda aludida también en la composición siguiente, «Al paso del otoño»: «Nube rosa que pasa y se deshace / en mi ternura de convaleciente» (p. 33), donde emplea el mismo sintagma del poema anterior, que se repetirá una vez más en el apartado «I. Romanticismo» del conjunto formado por los poemas 10 y 11, «Dos paréntesis»:
Y como siempreviva, esta ternura de convalecencia que es un claro de ausencia hacia arriba, y, hacia abajo, un abismo de presencia (p. 48).
Como bien escribe Andueza Cejudo, es este un
Libro de poemas que nace del contacto del poeta —el Ángel— con Estados Unidos —el Águila—. Ángel Martínez Baigorri es el viajero hacia el país de la técnica por exigencias de una delicada intervención quirúrgica que lo retiene varios meses en un hospital de New York donde creyó morir, y donde luego sintió la resurrección. De este estado físico del poeta se hace eco el libro: «Yo en ti, Nueva Orleans, resucitado» (23)[3].
Y, en efecto, las alusiones a la resurrección del yo lírico son muy abundantes en estos poemas iniciales[4], y sin duda las podemos relacionar con esa ʻvuelta a la vidaʼ tras haber sido sometido a unas operaciones complicadas. El sacerdote-escritor —Ángel Martínez Baigorri— ha vivido una experiencia cercana a la muerte, y en relación con eso el yo lírico —el Ángel— buscará y se acercará ineludiblemente a la trascendencia —deseada para sí mismo y para el Águila—, que es el tema que prevalece en el conjunto de la segunda parte del poemario («Fin provisional y descansos»), la cual presenta un tono de mayor hondura filosófica y un muy marcado estilo conceptista.
Por otra parte, todos los «descansos» mencionados en esta segunda parte son precisamente eso, ʻreposos físicos, convalecencias postoperatoriasʼ —en el seminario jesuita de Ysleta College, cerca de El Paso (Texas). Se trata sobre todo del tantas veces mencionado, en el tramo final del poemario, «Ranchito de las Nubes»: «el Ranchito / de San José» (p. 126); «Saint Josephʼs Ranch. / Isleta College Corporation» (p. 128). Cierto es que estos «descansos» físicos se van a cargar de un profundo significado simbólico, espiritual, aludiendo entonces a la espera de la vida eterna, al encuentro del Ángel con la Divinidad (nótese el empleo de las mayúsculas, que dotan a las palabras comunes de un obvio valor trascendente[5]): «El Alma del Ranchito es una Fuente / que baja de la Altura» (p. 122); «Y el Alma del Ranchito es una Fuente / que mana de la Altura donde Dios mismo habita» (p. 124); «El Alma del Ranchito es una Fuente / que salta hasta la Altura donde Dios / vive y reina» (p. 127), etc.[6]
[1] Juan Bautista Bertrán, «Intento de un camino», en Ángel Martínez Baigorri, Ángel poseído, Barcelona, Ediciones 29, 1978, p. 39.
[2] En la edición de 1954 figura escrito «canal Street» (sin cursiva en esta ocasión), pero me parece conveniente editar la primera palabra en mayúscula, como se lee otras veces.
[3] María de la Concepción Andueza Cejudo, Poesía de Ángel: Ángel Martínez Baigorri, Tesis de Doctorado, México, D. F., UNAM, 1973, p. 123.
[4] «Ya en ti resucitado / para aprender tu nombre», título del poema 3 (y al interior de esa composición «Ya en ti, Nueva Orleans, resucitado», «En tu gloria de ayer, resucitado», p. 23), «en tu gloria de ayer, resucitado» (p. 24), «surtidores de agua de luz resucitada» (p. 25), «Ya en ti resucitado» (p. 28); y luego, ya en la segunda gran sección: «Estoy resucitado» (p. 81).
[5] Aspecto ya notado por Ignacio Ellacuría, «Ángel Martínez, poeta esencial»,en Escritos filosóficos I, San Salvador, UCA Editores, 1996, p. 191.
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo. (Mateo, 17, 5)
El escritor peruano Francisco Clemente de Althaus Flores del Campo (Lima, 1835-París, 1876) dejó una novela inconclusa, titulada Coralay, redactada en su juventud, y compuso también el dramaAntíoco, que se estrenó en el Teatro Principal de Lima el 24 de marzo de 1877. Como poeta publicó Poesías patrióticas y religiosas (París, A. Laplace, 1862), Poesías varias (París, 1863) y Obras poéticas (1852-1871) (Lima, Imprenta del Universo, de Carlos Prince, 1872). Fue además traductor, sobre todo de los clásicos latinos y los escritores románticos italianos.
Vaya para hoy este soneto suyo dedicado a la Transfiguración del Señor, del que cabe destacar la sonoridad de las rimas agudas.
Rafael Sanzio, La Trasfigurazione (c. 1517-1520). Museos Vaticanos (Ciudad del Vaticano).
Ya la gloriosa cumbre del Tabor atrás dejaron los divinos pies; nieve la veste, un astro la faz es que del sol avergüenza el resplandor.
Así, del alto cielo, oh, morador, a la diestra del Padre arder le ves; y los aires Elías y Moisés huellan a un lado y otro del Señor;
mientras yacen por tierra, en ademán de asombro, de pavor y adoración, Pedro, Santiago y el amado Juan.
¡Cuándo, oh, Señor, en la celeste Sión sin velo así mis ojos te verán, si de verte mis ojos dignos son![1]
[1] Tomo el texto de Clemente Althaus, Poesías patrióticas y religiosas, París, A. Laplace, 1862, p. 162.
Del político y poeta colombiano Rafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990) ya hemos transcrito aquí alguna otra composición navideña, como su soneto «Jesús». Para esta mágica Noche de Reyes traigo este otro poema suyo, «Esta es la fiesta», también soneto, que evoca la jubilosa emoción de una noche como la del 5 de enero en la que muchos —sea cual sea la edad— volvemos a sentir la misma ilusión que sienten los niños. Cabe destacar, desde el punto de vista estructural, la construcción anafórica de la composición: las tres primeras estrofas repiten «Esta es la noche…», que en el segundo terceto figura con variatio, «Esta es la fiesta de la noche…».
Esta es la noche blanca y misteriosa de los azules y encantados trinos, noche de los divinos peregrinos, tras de la estrella errante y luminosa.
Esta es la noche de los rojos vinos y de los panes blancos, la armoniosa noche de los luceros cantarinos y del padre, del niño y de la esposa.
Esta es la noche pura y amorosa y fraterna, en la mesa deleitosa del cordero y los vinos cristalinos.
Esta es la fiesta de la noche hermosa y la fiesta del alba jubilosa, de los sueños humanos y divinos…[1]
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 329-330. Distribuyo los últimos seis versos (que en el original figuran juntos) como dos tercetos.