El soneto «¡Oh, paciencia infinita en esperarme!…»

Seguimos con La conversión de la Madalena del cascantino fray Pedro Malón de Echaide, del que copio de nuevo —sin comentarios— una reflexión suya (en esta ocasión sobre los que denomina «pecadores de balde») y el bello soneto anónimo sobre el mismo asunto que incluye al final del § 11 de la «Parte segunda y estado primero de pecadora» de su tratado:

 

Tenía la estatua de Nabuco los pies de hierro mezclado con barro, y por cierto muy bien, porque cuando llega un pecador a este punto, ya todos sus deseos, sus pensamientos, sus tratos, todo cuanto hace, dice, piensa y halla, todo es tierra y polvo y eso ama y busca y en eso está enterrado, olvidado de Dios y de su cielo y de su gloria, hasta decir David: «Declinaron los ojos a la tierra» [Psal. 16]. Y estos tales, ya al pecado le tienen tan casero y como vecino, y tan familiar, que casi se les vuelve en naturaleza. Y ya acaece a muchos estar tan envejecidos en la costumbre del pecar, que pecan no por deleite sino por uso, que suelo yo llamallos pecadores de balde, que casi sin pensar en lo que hacen, sin gusto, sin otro interese, forzados de la mala costumbre, pecan; que es lo que dijo el que hizo este soneto[1], hecho a este mismo propósito; y por parecerme que lo concluyó bien he querido ponello aquí.

SONETO

¡Oh, paciencia infinita en esperarme!
¡Oh, duro corazón en no quereros!
¿Que esté yo ya cansado de ofenderos
y que no lo estéis Vos de perdonarme?

¡Cuántas veces volvistes a mirarme
esos divinos ojos, y a doleros,
al tiempo que os rompía vuestros fueros,
y Vos, mi Dios, callar, sufrir y amarme!

¡Oh, guarda de los hombres!, vuestra saña
no mostréis contra mí, que soy de tierra:
mirad a lo que es vuestro, y levantalde:

que no es deleite ya lo que me engaña
sino costumbre que me vence en guerra
pues por solo pecar peco de balde[2].

Cristo en la Cruz, de Zurbarán


[1] El soneto es anónimo. Figura en varios manuscritos y tuvo cierta difusión. Ver Marcel Bataillon, «El anónimo del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 4, 1950, pp. 262-263.

[2] Cito por La conversión de la Madalena, ed. de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13), p. 251.

Sobre el pecador arrepentido en «La conversión de la Madalena» de Malón de Echaide

Para este Viernes Santo, la entrada nos la da hecha fray Pedro Malón de Echaide, del que copio —sin otros comentarios— una reflexión suya a propósito del pecador arrepentido (es quien se interroga con ese Quid feci?, ¿qué hice?), a partir de la parábola del hijo pródigo (Lucas, 15, 18), y también el bello soneto que incluye en ese punto de su tratado sobre La conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588). El pasaje se localiza al final del § 25 de la «Tercera parte del Libro de la Madalena y el estado segundo que tuvo de penitente conforme a la letra del sagrado evangelio»:

Tras este Quid feci? viene luego el Surgam, et ibo ad patrem meum, que dijo aquel perdulario del hijo pródigo [Lucae 15]: Levantareme y volvereme a mi padre. Derrocareme a sus pies y allí lloraré; direle que le he ofendido, y al cielo en que Dios está; que ya no merezco aquel regalado nombre de hijo, perdido por mis maldades. ¡Oh, Padre de misericordia, recíbeme en tu casa! ¡Oh, cuántos jornaleros trabajan en tu hacienda hartos de mantenimiento, y yo, hijo otro tiempo regalado, muero de hambre en tierra ajena!

¿Pues será posible, ¡oh, Padre de clemencia!, que no me querrás recebir si voy a ti? ¿Que me volverás el rostro, que me cerrarás la puerta, que no te acordarás de aquel dichoso tiempo cuando me tenías por hijo y yo a ti por padre; cuando me sentabas a tu mesa, me dabas aquel pan sabroso de tu cuerpo y el vino celestial de tu sangre? Pues ya yo voy a ti, ¡oh, fuente de vida!, ya me contentaré con las migajas que de tu santa mesa sobran, y si me huyeres, bien sé que no podrás apartárteme mucho; ya sé dónde te hallaré; sobre un monte[1] te alcanzaré; allí me esperarás, los pies enclavados[2] porque no me huyas, y cosidas las manos porque no me castigues. Allí me abrirás esa sagrada puerta de tu costado, adonde yo ponga y esconda mi alma y la guarde de tu castigo.

Esta es la vuelta del hijo perdulario, que conoció el estado vil de porcarizo y gañán en que le habían traído sus pecados, como nos lo dijo bien uno en los versos siguientes:

SONETO

De padre y de consejo despedido
aquel mozo, avisado en propios daños,
do libertad, riqueza y pocos años
hicieron siervo al que ante era servido,

viéndose por su culpa tan perdido,
dice allá donde está en reinos estraños:
«¡Qué tarde llegan seso y desengaños,
pues tras guarda de puercos han venido!

Quiérome ir a mi padre a do primero
gocé el nombre de hijo, mal guardado;
quizá querrá por siervo recogerme.

¿Si huye? No hará, que en un madero
me espera el buen Jesús, por mí enclavado,
y el corazón rasgado, a do esconderme»[3].

Cristo crucificado con Toledo al fondo, del Greco


[1] La palabra monte es referencia al Calvario; luego alude a los pies y manos clavados de Cristo en la cruz y la herida del costado por el lanzazo, según los relatos de la Pasión.

[2] Comp. Lope de Vega, Rimas sacras, soneto XIV, vv. 13-14: «pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?». Sobre la influencia de Malón de Echaide en Lope, ver Jorge Aladro y Alicia de Colombí-Monguió, «María Magdalena, guía de pecadores: Fray Luis, Malón, Lope de Vega», Anuario de Letras, XXXIV, 1996, pp. 157-224.

[3] Cito por La conversión de la Madalena, ed. de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13), pp. 300-301.

Fray Pedro Malón de Echaide (1530-1589)

El agustino fray Pedro Malón de Echaide (Cascante, Navarra, 1530-Barcelona, 1589) es autor del Libro de la conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588), escrito con un estilo «vehemente y fogoso», que ha llegado a ser calificado de «oriental» por su lujo, gala y adorno[1]. Para Menéndez Pelayo es el «libro más brillante, compuesto y arreado, el más alegre y pintoresco de nuestra literatura devota», «halago perdurable para los ojos». De Malón de Echaide solo nos ha llegado esta obra de La conversión de la Madalena, en la que analiza al personaje bíblico en los tres estados de pecadora, penitente y en gracia, pero debió de escribir otras; por ejemplo, en el propio libro indica que tenía compuesto también un Tratado de San Pedro y otro dedicado a Todos los Santos.

La Magdalena penitente, de Luca Giordano

Fernando González Ollé comenta que el Renacimiento apunta en la prosa navarra algo más tarde que la poesía, aunque «florece de manera espléndida» con esta obra de Malón de Echaide que, tanto por su fecha de publicación como por su talante expresivo, debe ser adscrita al Manierismo. Más tarde se detiene este estudioso en el comentario estilístico de La conversión de la Madalena. Explica que, si bien la finalidad del libro era de naturaleza ascética y pastoral, el autor supo redactar una pieza de factura literaria. Señala:

Unánime se presenta el elogio de los críticos sobre el dominio idiomático exhibido por Malón, que pulsa todos los registros de la lengua, desde el patético al tierno, pasando por el pintoresco. A la anchurosa riqueza de su léxico, castizo en unos momentos e innovador en otros, corresponde una sintaxis variadísima, cuya ductilidad permite adecuarla a cada situación o contenido mental[2].

La presencia de notas coloristas, la luminosidad, el afán visualizador, las briosas descripciones, la maestría en el manejo de las imágenes, los apóstrofes al lector (eco de su práctica oratoria), las escenas dramáticas, la inclusión de una rica fraseología popular y el énfasis oratorio (que supone el manejo de innumerables recursos retóricos) son algunas de las características de la obra destacadas por González Ollé, quien valora positivamente la riqueza literaria de La conversión, si bien matiza:

En ocasiones, sin embargo, su facilidad expresiva hace caer a Malón en el equívoco grotesco, la imagen irreverente, el chiste de mal gusto, aunque sin llegar a los extremos de la corriente conceptista de la oratoria sagrada. Como defecto capital en el estilo de Malón cabe apuntar la desproporción entre el motivo originario de su obra y el voluminoso desarrollo que le prestó[3].

Se refiere, asimismo, a otros dos rasgos destacados de la obra de Malón: por un lado, la raíz agustiniana de la exposición doctrinal acerca de la naturaleza del amor; por otro, la intercalación de algunas poesías, en su mayoría traducciones y paráfrasis bíblicas, que son inferiores a su prosa, aunque a veces estén a la altura de los versos de fray Luis de León, a quien Malón sigue de cerca. De hecho, Menéndez Pelayo se lamentaba de que no hubiese incluido más poemas como intermedio de su rica y florida prosa.

Recordaré, por último, que en La conversión de la Madalena Malón incluye una vigorosa defensa de la lengua castellana (es el momento del debate sobre el valor de las lenguas vulgares y su capacidad para ser vehículos conductores de cultura, para el cultivo de las ciencias y para los comentarios escriturísticos), igual que hace Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios para las ciencias[4].


[1] José Zalba, «Paginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 351.

[2] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 128-130

[3] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 134.

[4] La obra de Malón, plena de colorido, imágenes brillantes y galanuras de estilo, ha generado una copiosa bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13).

El Humanismo y la defensa de las lenguas vernáculas

El desarrollo de la imprenta —importante en Navarra, como apuntaba en otra entrada— va unido al auge de los autores humanistas, y a su defensa de las lenguas vernáculas. Recordemos que el Humanismo es una corriente intelectual caracterizada por el deseo de asimilación del pensamiento, la literatura y el arte de la Antigüedad clásica[1]. Dante, Boccaccio y, sobre todo, Petrarca, los autores italianos más importantes de los siglos XIII y XIV, suponen su punto de arranque, en los albores del Renacimiento.

Petrarca

Más tarde se les sumarán Pietro Bembo, Baltasar de Castiglione, León Hebreo, Ludovico Ariosto, Erasmo de Rotterdam…, y en España Alonso de Palencia, Elio Antonio de Nebrija, Juan y Alfonso de Valdés, Luis Vives o Arias Montano, entre otros. Frente al pensamiento teocéntrico medieval, todos estos intelectuales —que tienen un profundo conocimiento del pasado grecolatino— colocan al hombre en el centro de su cosmovisión (humanitas) y privilegian como valor destacado la cultura.

Los humanistas, por un lado, potencian la recuperación de las lenguas clásicas (griego, latín, hebreo…), que ellos dominan a la perfección. Pero, al mismo tiempo, consideran que las lenguas vernáculas —hasta entonces no suficientemente valoradas— constituyen un vehículo adecuado para el cultivo de las ciencias, para la transmisión de los saberes y para la expresión literaria. En este sentido, es esencial un tratado de Dante escrito en latín, De vulgari eloquentia (Sobre la lengua vulgar), en el que lanza un brioso alegato en defensa del italiano. En el mismo sentido se manifestaría, ya en el XVI, el veneciano Pietro Bembo —autor de Gli Asolani y sistematizador del petrarquismo— con su trabajo Prose della lingua volgare.

En el ámbito hispánico, el hito más importante que debemos recordar es, sin duda alguna, el famoso Arte de la lengua castellana (1492) de Nebrija, que se convierte, precisamente, en la primera gramática de una lengua vulgar. En esta obra, Nebrija dignifica el castellano, equiparándolo al latín, y manifiesta su idea de que es una lengua válida desde el punto de vista político y también desde el artístico. Estamos, pues, en un contexto de estima creciente por las lenguas vulgares, aunque a la altura de 1533 Garcilaso de la Vega se lamenta todavía: «Yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien excusar». Por su parte, Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua (1535), señala:

… como sabéis, la lengua castellana nunca ha tenido quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento cuanto sería menester para que hombre, quiriendo o dar cuenta de lo que scribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiese aprovechar de su autoridad.

Y, en la misma obra, consigna estas expresivas palabras:

Todos los hombres somos más obligados a ilustrar y enriquecer la lengua que nos es natural y que mamamos en las tetas de nuestras madres, que no la que nos es pegadiza y que aprendemos en libros.

No menos tajante se muestra Cristóbal de Villalón en su Proemio a la Gramática castellana (1558): «La lengua que Dios y naturaleza nos ha dado, no nos debe ser menos apacible que la latina, griega y hebrea». En fin, entre las muchas citas que cabría aducir, podemos recordar el testimonio de dos escritores navarros, Juan Huarte de San Juan, nacido en Ultrapuertos, y el cascantino fray Pedro Malón de Echaide. El primero realiza una «apasionada defensa» de la lengua castellana en el capítulo VIII de su Examen de ingenios para las sciencias (1575):

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.

Asimismo, el «Prólogo del autor a los lectores» que antepone Malón de Echaide a su tratado ascético La conversión de la Madalena (1588) constituye un vigoroso alegato en favor del castellano, en el que viene a destacar, del mismo modo, su capacidad para ser vehículo conductor de cultura, por ejemplo para que puedan verterse en esta lengua los comentarios escriturísticos:

A los que dicen que es poca autoridad escribir cosas graves en nuestro vulgar, les pregunto: ¿la ley de Dios era grave? La Sagrada Escritura que reveló y entregó a su pueblo, adonde encerró tantos y tan soberanos misterios y sacramentos y adonde puso todo el tesoro de las promesas de nuestra reparación, su encarnación, vida, predicación, doctrina, milagros, muerte, y lo que su majestad hizo y padeció por nosotros; todo esto […], ¿en qué lengua lo habló Dios, y por qué palabras lo escribieron Moisén y los Profetas? Cierto está que en la lengua materna en que hablaba el zapatero y el sastre, el tejedor y el cavatierra, y el pastor y todo el mundo entero. […] Pues si misterios tan altos y secretos y tan divinos se escribían en la lengua vulgar con que todos a la sazón hablaban, ¿por qué razón quieren estos envidiosos de nuestro lenguaje que busquemos lenguas peregrinas para escribir lo curioso y bueno que saben y podrían divulgar los hombres sabios?

Y, con argumentos parecidos a los de Huarte de San Juan, explica que Platón, Aristóteles, Pitágoras y todos los demás filósofos griegos escribieron sus obras en su lengua materna; que Cicerón escribió «en la lengua que aprendió en la leche», lo mismo que hicieron Marco Varrón, Séneca o Plutarco; y se queja, en fin, de aquellos a los que les parece «poca gravedad escribir y saber cosa buena en nuestra lengua»:

No se puede sufrir que digan que en nuestro castellano no se deben escribir cosas graves. ¡Pues cómo! ¿Tan vil y grosera es nuestra habla que no puede servir sino de materia de burla? Este agravio es de toda la nación y gente de España, pues no hay lenguaje, ni le ha habido, que al nuestro haya hecho ventaja en abundancia de términos, en dulzura de estilo y en ser blando, suave, regalado y tierno y muy acomodado para decir lo que queremos, ni en frases ni rodeos galanos, ni que esté más sembrado de luces y ornatos floridos y colores retóricos, si los que tratan quieren mostrar un poco de curiosidad en ello.

Y, en efecto, durante este siglo, el XVI, y también en el XVII (los dos Siglos de Oro de nuestras letras), poetas y prosistas pulen el castellano, eliminando de él todo lo que todavía podía tener de lengua tosca y medieval. La altura literaria a la que consiguen elevar el idioma viene a colocarlo al mismo nivel, en calidad y prestigio, que las lenguas clásicas. A la pujanza literaria del español habría que añadir su expansión política, con su difusión como lengua cortesana por toda Europa (Castiglione, en El Cortesano, señala que el perfecto caballero ha de saber hablar español) y también en el Nuevo Mundo descubierto por Colón en 1492.


[1] Ver Francisco Rico, El sueño del humanismo. De Petrarca a Erasmo, Madrid, Alianza, 1993.