Lope de Vega y sus cartas con el duque de Sessa

El tono familiar que se permite muchas veces Lope en estas cartas personales dirigidas al de Sessa deriva hacia lo obsceno y el chiste grotesco[1]. Así, no se recata en contar alguna aventura, ya antigua cuando escribe en octubre de 1611:

… llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Ingalaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude. Dábale unos escudillos, reliquias tristes de los que había sacado de Madrid a una vieja madre que tenía; la cual, con un melindre entre puto y grave, me dijo así: «No me pago cuando me güelgo.»

Lope de Vega, Cartas sobre AmarilisCon algo más de contención, aunque sin ocultar la índole de sus relaciones, comenta sus amores con Amarilis, Marta de Nevares, loando la belleza de sus piernas (carta de febrero-marzo de 1617); el gusto de la reconciliación de los amantes tras el enojo («El enojo en los amantes es tempestad de verano, que llevando las escorias de las calles, dejan el lugar más fresco. Con todo eso, no por los gustos de las paces querría los pesares de los enojos, y como de muchos actos se hace un hábito, así de muchas pendencias algún odio», mayo de 1617); o las ansiedades de la pasión:

Verdad es que Amarilis me ha hecho algunas visitas, con cuyo consuelo (que al parecer de Vuestra Excelencia no le hay mayor) he pasado una sed insaciable, que es lo que más me ha atormentado, y templado la de verla, que es lo que más me podía atormentar (junio de 1617).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y el mecenazgo (8): el epistolario con el duque de Sessa

Epistolario de Lope de VegaDe toda esa relación entre Lope de Vega y el duque de Sessa tenemos en el Epistolario testimonio excelente[1]. Llama la atención ese tono servil extremo en muchas ocasiones, por más que se descuente la retórica de la adulación. Rastreando las cartas se pueden acumular pasajes sin cuento en los que Lope se manifiesta esclavo sumiso del duque, sometido a su voluntad, decidido a brindarle su sangre si la necesita un caballo del noble…; ahí van algunos testimonios:

Por vida de Carlillos, Señor Excelentísimo, que me pesa de no haber ganado a Vuestra Excelencia la gracia en tantos días que es necesaria para abonar una voluntad tan lisa, como lo ha de ser la de un desigual a los rayos de un gran señor, pues no cree Vuestra Excelencia lo que le adoro, estimo y reverencio por sí mismo. ¿Qué se me da a mí de mi cuñado, de mi hijo, de mi mujer, de mí, para con la tierra que Vuestra Excelencia pisa, mas que ni haya beneficios ni difuntos? Lo que yo quisiera tener en esta ocasión fuera cien mil doblones que enviar a Vuestra Excelencia, todos en las arcas del duque, porque fueran de Segovia. Y es esto tanta verdad, que el día que Vuestra Excelencia lo pruebe en mi sangre y en un alma que tengo, la aventuraré por servirle, como si tuviera muchas, y como debo y deseo a quien ya elegí por dueño, amo y señor lo que durare la vida; su estilo de Vuestra Excelencia, su entendimiento, su prudencia, su cordura, su generosa condición, me obligan, me enseñan, me cautivan, me pagan.

… no sé que Vuestra Excelencia me haya buscado, porque de rodillas hubiera ido desde aquí a su casa, como me obliga amor natural que le tengo, y la razón de servir al mayor príncipe que tiene España en grandeza, en entendimiento y en saber hacer honra y merced. […] tengo hecha resolución de no tener otro amparo que a Vuestra Excelencia, hijo de tan gran padre y nieto de tales agüelos cuales no los vio ni tendrá el mundo. […] Vuestra Excelencia me mande avisar cuándo quiere que vaya a verle, a servirle, a reverenciarle, que por vida de Carlos que le saque la sangre por darla a un criado de Vuestra Excelencia, que no tengo más que encarecer.

Yo no deseo ni quiero más bien que asistir a servir a Vuestra Excelencia lo que tuviere de vida, porque es mi bienhechor y en quien tengo fundadas las esperanzas della, aunque Dios manda que nadie las tenga en los príncipes, pero no dijo en los que tienen tantas virtudes y excelencias, que aunque no hubieran nacido con ella, se lo llamaran por las muchas de sus virtudes. Lisonjero parezco en esta carta, y no es, señor mío, ansí […] la razón desto es el estar yo tan enamorado, que el lenguaje a los que lo están corre con este estilo, aunque sea hablando con Dios, que es el último encarecimiento.

… si fuera de importancia mi sangre, ya no tuviera un átomo en las venas. Por vida de Vuestra Excelencia, señor, que no se fatigue, sino mire cómo y en qué quiere entretenerse, que como un lebrel de Irlanda está a sus pies, leal y firme, mientras tuviere vida…

… le juro como montañés que si mi sangre fuese necesaria a un caballo de Vuestra Excelencia, no dudaría sacármela toda…

Este tono de rendimiento y este lenguaje que parece amoroso en ocasiones han hecho pensar al psiquiatra Carlos Rico Avello en una «psicopatología» peculiar y en inclinaciones homosexuales entre mecenas y poeta, muy poco verosímiles. Las inclinaciones de ambos iban por otro camino y las cartas ofrecen abundante material para reconstruir parte de las historias amorosas de los dos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y el mecenazgo (7): conoce al duque de Sessa

Para la relación de Lope con los mecenas resulta crucial el año de 1605, cuando conoce al joven duque de Sessa, don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque del título, que tenía a la sazón veinte años menos que el poeta[1]. El encuentro marca la vida de los dos, que ya no se separarán hasta la muerte del Fénix, cuyo entierro sufraga el duque.

Conocemos muy bien estas relaciones gracias a un copioso epistolario, donde Lope va recogiendo infinidad de noticias, detalles, episodios domésticos, solicitudes de ayuda, peticiones de dinero, y todo tipo de asuntos —especialmente amorosos y eróticos— suyos y de Sessa, quien lo empleó de alcahuete, portavoz de sentimientos y autor de poesías encargadas para el consumo de los placeres eróticos del potentado, entre gestiones menos escabrosas. Sessa, con afición de coleccionista, recogía comedias y versos de Lope, y guardó también muchas cartas que formaban cinco tomos, de los cuales se han perdido dos.

Lope de Vega

Nunca se ha establecido seguramente en la historia de España una servidumbre tan estrecha, que se permita un tono tan familiar, a veces jocoso y hasta obsceno, aliado a la autohumillación más extrema del poeta frente al noble, para desembocar al fin en una melancólica resignación al no conseguir entrar en la nómina de servidores fijos de Sessa, con derecho a ración y quitación (alimento, o dietas, y salario). El duque nunca perteneció a las camarillas más próximas al poder: en numerosas cartas alude Lope de Vega a los posibles apoyos que podría solicitar el duque de don Rodrigo Calderón, favorito del privado Lerma. Poco consigue y las esperanzas depositadas en el nuevo régimen del conde-duque de Olivares tampoco resultan satisfechas, aunque el duque forma parte de comitivas reales, fiestas y embajadas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.