Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (y 3)

Dentro de ese contexto festivo que veíamos en la entrada anterior, el texto de doña María de Peralta fue leído el día jueves, en el mencionado Convento de los Descalzos de Zaragoza[1], junto con otras composiciones presentadas al certamen quinto, en el que obtuvo el premio la glosa de un tal Jerónimo Zamorano. Pero hora es ya de reproducir el texto de la corellana:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

GLOSA

Paulo Quinto le mandó
a toda la Rota viera
la información que se dio
de Teresa, y respondió
la Rota desta manera:
«Bien podéis beatificalla
a Teresa, Padre, vos,
pues es tal que no se halla
Virgen que pueda igualalla
no siendo Madre de Dios.

»Y según su información,
no solo podéis llegar
a la beatificación,
pero con justa razón
la podéis canonizar.
Que es Virgen, y del Carmelo
la Reformadora y Madre,
y esta honra, Sancto Padre,
mejor que a ella en el Cielo
no hallo santa a quien le cuadre

Cuando el Pontífice vio
lo que la Rota decía,
luego la beatificó,
y el canonizalla dio
palabra de que lo haría.
Por beata la confiesa
en su breve el Santo Padre,
dando en él licencia expresa
para que pueda Teresa
llamarse Virgen y Madre.

Con bien y merced tamaña
estrañamente se goza
y se regocija España,
y con alegría estraña
hace fiestas Zaragoza.
Pero para merecer
en ellas mucho con Dios,
¿qué santa pudiera haber
a quien podellas hacer,
Teresa, mejor que a vos?[2]

Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España)
Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España).

Como es sabido, la glosa es una composición poética artificiosa formada por varias estrofas, cada una de las cuales se remata con un verso de un texto previamente existente. La de doña María se articula como una hipérbole: lo que se celebra ahora es la beatificación de Teresa de Jesús, pero sus virtudes son tan grandes, que el papa bien podría canonizarla (de hecho, sería canonizada pocos años después, en 1622). Este es el comentario acerca de la composición que figura en el propio Retrato de las fiestas…, en la «Sentencia» del certamen quinto:

Doña María de Peralta,
clara y rutilante estrella
que con sus rayos esmalta
la hermosura de Corella[3],
como reside tan alta
desde allí quiso mirar
a Paulo beatificar
a nuestra Madre Teresa,
y de aquella cuenta expresa
pretendió en su glosa dar.
Pero su escribiente ha errado
en la palabra que dice
que Su Santidad ha dado;
eso se le contradice
y su ingenio han laureado[4].

En cuanto a su estructura, la glosa se divide claramente en dos partes: la primera (las tres primeras estrofas) aclara que el papa ha solicitado un informe sobre Teresa de Jesús al Tribunal de la Rota y que este no solo recomienda la beatificación, sino incluso la canonización; a tenor de este informe, el papa la declara ahora beata y da palabra de incluirla en el canon de los santos (y esto es precisamente, como hemos visto, lo que se le criticaba a la autora en la «Sentencia»). En la segunda parte (la estrofa última) se pondera que las fiestas que se están celebrando en Zaragoza y, en general, en toda España no podrían dedicarse a otra santa mejor que a Teresa de Jesús.

Por lo demás, el texto no presenta mayor complicación léxica o sintáctica, ni requiere mayor comentario. Tampoco destaca especialmente por su ornato retórico. En definitiva, se trata de una composición que se explica en ese contexto hagiográfico de las fiestas zaragozanas con motivo de la beatificación de Teresa de Jesús, y en el marco mayor de ese gran siglo de la santidad que es el XVII español. Es un poema de circunstancias (uno más de los muchos al uso), sin especial calidad literaria, pero que he creído conveniente exhumar para ir completando la nómina de los escritores navarros del Siglo de Oro y el estudio de sus textos[5].


[1] Ver Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad, p. 92b. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[2] Retrato de las fiestas…, p. 100a-b.

[3] En el original se lee «Corrella».

[4] Retrato de las fiestas…, pp. 120b-121a.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (2)

En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.

Portada del libro Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad

El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:

Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].

Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:

Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].


[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.

[2] Retrato de las fiestas…, s. p.

[3] Retrato de las fiestas…, p. 9a. Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús»Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (1)

Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:

Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestas que a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].

Escudo de Corella (Navarra)
Escudo de Corella (Navarra).

Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].


[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra: Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.

[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.

[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.

[4] Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Semblanza de Ignacio Arellano, corellano ilustre y universal

Hoy 29 de septiembre, día de San Miguel, entregaban al Prof. Ignacio Arellano el premio como Corellano del Año 2012 (Corella, ciudad de la Ribera de Navarra, es su localidad natal), y con tal motivo me pidieron que escribiera unas líneas acerca de él. Como fácilmente se comprenderá, no deja de ser un compromiso, y además grande, trazar una semblanza de quien es tu jefe: en primer lugar, porque se corre el riesgo de no acertar; y también, entre otras razones más, porque nunca faltará algún malpensado que, al leer la tal semblanza (donde a la fuerza habré de echarle algunas flores), quiera ver en ello un intento manifiesto y no nada sutil de hacerle la pelota… Y es que, al hablar de Ignacio, los elogios son forzosamente necesarios, pero no por ello espero ver aumentada mi nómina al final de mes… Con estas necesarias advertencias preliminares, paso a reproducir el texto escrito para la ocasión, incluido en el programa de fiestas de la Peña «El Tonel», y que es como sigue:

La verdad es que me ponen en un compromiso cuando me piden que escriba una semblanza de Ignacio Arellano en la que plasme «algún recuerdo que te haya contado de su localidad, de su familia, de su experiencia como profesor, algo entrañable que quieras destacar». Ciertamente, no me causaría demasiado problema trazar el perfil académico del profesor Arellano, Catedrático de Literatura Española, Director del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, profesor visitante en numerosas universidades de todo el mundo, autor de unos ciento sesenta libros sobre literatura española y de más de trescientos artículos en revistas científicas, miembro de las Academias de la Lengua española de Chile y Bolivia, etc. Eso sería bastante fácil, pero no es eso exactamente lo que se me pide, sino una semblanza más personal, pensada para un público corellano, y eso resulta ya un poco más complicado.

La personalidad de Ignacio Arellano, como el teatro del Siglo de Oro que él tan bien conoce, presenta muchas facetas: está, por supuesto, la figura académica de profesor e investigador, siempre rodeado de libros que se leen por gusto o por obligación (a veces por ambas razones a la vez), y siempre escribiendo sobre aquello que se ha leído (también en su perfil de Facebook o en su blog personal, «El jardín de los clásicos»). Muy ligada a la anterior va la faceta del viajero/aventurero que continuamente se desplaza a los más variados puntos del globo terrestre. No hay que olvidar tampoco su calidad de poeta, aspecto este quizá desconocido para muchos: no es que se prodigue demasiado en este terreno, ni por supuesto él va por la vida ejerciendo de poeta, pero burla burlando ahí están sus tres poemarios ya publicados: Vivir es caminar breve jornada (1991), Canto solo para Lisi (1997) y Los blues del cocodrilo (2006), en los que es fácilmente detectable la influencia de los clásicos. Y luego está, en fin, el aspecto más íntimo del hombre en su entorno familiar y de amistades. Así pues, a la fuerza ha de ser esta la semblanza de un hombre con múltiples perfiles: profesor e investigador infatigable, lector empedernido, viajero y aventurero, poeta, bloguero… y también hombre de su casa y de su familia. Y es que Ignacio Arellano abarca mucho y, contradiciendo el refrán, aprieta también mucho en todo lo que abarca.

De su actividad académica no diré mucho. A sus alumnos de la Universidad puede transmitir quizá la imagen de un profesor serio y reservado. Sin embargo, cuando lo has tratado de cerca, esa impresión cambia por completo. Podría decirse que Arellano gana en las distancias cortas y así, cuando hay confianza, aparece enseguida el hombre cercano, buen amigo de sus amigos, preocupado siempre por los demás, que hace gala de buen humor y de una fina ironía muy quevediana (una tesis doctoral sobre el satírico autor barroco imprime carácter…). Rasgos destacados de su personalidad son su brillante inteligencia, su inagotable capacidad de trabajo (es un verdadero currela del Siglo de Oro), su visión siempre clara y atinada a la hora de analizar las cosas. También eso que ahora llaman capacidad de liderazgo, y que toda la vida se ha dicho saber mandar: en efecto, el profesor Arellano manda, y manda mucho, pero es que para mandar hay que saber hacerlo. Él es, sin duda alguna, el motor central que pone en marcha la compleja maquinaria del GRISO… Pero no me quiero extender más en esto, para que no se diga que la semblanza se sale de unos límites razonables y pasa al terreno del panegírico.

Es Arellano lector insaciable, y con una prodigiosa y envidiable memoria: no es solo que haya leído muchísimo, sin descanso; es que recuerda con detalle los personajes, temas, datos y circunstancias de todas sus lecturas. En las conversaciones de sobremesa, no le gusta hablar de las oposiciones ni de otras batallitas académicas al uso, sino de aquello que verdaderamente le apasiona: los libros, las películas, la música, los viajes, la vida…; y de los libros, no solo los clásicos, sino también la novela negra o el género de la ciencia ficción. En cierta ocasión le preguntaron en una entrevista para Nuestro tiempo: «¿Vd. no sale de casa sin…?», y su sabia respuesta fue: «Sin un libro, por lo que pueda pasar…».

Hablar de aspectos familiares, y sobre todo de su relación con Corella, es más complicado para mí, pero saldré del paso recurriendo a su propio testimonio recogido en un poema dedicado a su amigo Javier Peñas, donde enumera una serie de materiales para elaborar una composición poética, los cuales son recuerdos y vivencias personales: «las campanas de fiesta, el camino del río»; «mi padre, que cantaba la misa de Perossi (yo empujando el fuelle del órgano en el coro)»; «una trilla nocturna, lejana, con mi abuelo Esteban»; «paisaje con mi caballo en el Ontinal, un gran álamo blanco riberas del Alhama»; «los cerezos en flor, sin hojas, con abejas, el pino de la huerta repleto de pájaros, la hierba quemada, aquel olor»; «la trombosis de mi madre, el invierno, las botas coloradas de mi padre, de media caña, de cuero fino». Son instantáneas de la memoria íntima o, como se indica en el propio poema, «una especie de mosaico de motivos, más o menos articulados por la nostalgia». Hombre preocupado por la familia (esposa, cinco hijos…), así lo constata el final de esa misma composición, que se entrevera con un eco quevediano: «y la belleza mortal de tu perfil / y la estatura creciente de nuestros hijos / y las azadas del momento y de la hora / y mi temerosa y frágil felicidad, / etc.».

Recordaré que Ignacio siempre comenta que la India, el país que más le ha atrapado, le gusta tanto porque le recuerda su infancia rural en Corella: la labranza y la cosecha, los aperos y trabajos del campo, los viejos oficios artesanos… No en balde inició la carrera de ingeniero agrónomo, y ahora su huerta en Belascoáin constituye uno de sus lugares predilectos de descanso y desconexión del trabajo, un verdadero locus amoneus. Hombre de gustos sencillos (nada de refinados manjares; de postre, siempre fruta…), su vieja cartera de cuero (la última que fabricó el Cabecilla, el último guarnicionero que hubo en Corella) le ha acompañado, repleta de libros, en sus innumerables viajes, que le han llevado desde Pelechuco o las selvas del Madidi en Bolivia hasta el interior de Senegal, pasando por Cúcuta, Cuzco, Fez o Arunachal Pradesh, entre otros muchos destinos. En todos esos sitios la gente se ha enterado de algunas noticias sobre el Siglo de Oro, y de que el profesor Arellano venía de Corella, una ciudad española en la Ribera de Navarra.

Las líneas precedentes constituyen una de las muchas semblanzas posibles de Ignacio Arellano; alguien que la escribiese desde Corella habría podido aportar un enfoque diferente (más topónimos y apodos, viejas anécdotas de sabor local…). Sea como sea, el profesor Arellano, Ignacio, es sin lugar a dudas un corellano ilustre y universal, y aunque sus viajes lo llevan con frecuencia muy lejos de su ciudad natal, estoy seguro de que, esté donde esté, lleva siempre a Corella en su corazón.