Comentario del primer capítulo del «Quijote» (y 2)

Es la lectura de los libros de caballerías lo que va a trastornar el juicio al hidalgo Alonso Quijano, hasta el punto de hacerle enloquecer:

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio (p. 39)[1].

Lo que vuelve loco a este hidalgo es el modo en que lee esas novelas fabulosas: se identifica con ellas y, además, lee la ficción como si fuera historia verdadera. A don Quijote se le ofrecen dos alternativas: una es escribir él también novelas de caballerías (más precisamente, terminar el Don Belianís de Grecia); la otra es optar por la aventura y salir al camino como caballero andante[2]. Se apunta ya aquí, de alguna forma, un tópico que luego alcanzará un mayor desarrollo: la contraposición de armas y letras. Finalmente nuestro hombre se decide por la segunda opción, hacerse caballero andante:

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama (pp. 40-41).

DonQuijoteLeyendo

En el párrafo citado queda ya expuesta su misión caballeresca, consistente en asistir a los menesterosos y desvalidos. Asimismo, el narrador pone ya de manifiesto el anhelo quijotesco de fama y reconocimiento, aspecto que él mismo verá confirmado en la Segunda parte cuando conozca que sus aventuras corren en un libro escrito que leen infinidad de gentes.

A continuación se van a explicitar los varios requisitos que el hidalgo necesita cumplir, los distintos pasos que va dando para transformarse en caballero andante:

1) La armadura: recupera unas armas roñosas de sus antepasados («unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón», p. 41); como no tiene una celada de encaje (casco propio de caballeros que encajaba directamente sobre la coraza), sino morrión simple (un casco más sencillo), se fabrica una celada con unos cartones. A continuación la prueba para comprobar si es fuerte, dándole dos golpes con la espada, y queda deshecha. Sin desanimarse, la vuelve a hacer reforzada con unas barras de hierro, pero ahora ya no la va a probar («sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje», p. 41). Para algunos críticos este comportamiento tan racional es una muestra de que la locura de don Quijote no es tal; así opina, por ejemplo, Gonzalo Torrente Ballester[3], quien interpreta este pasaje como el proceso de construcción de un disfraz necesario para comenzar el juego: don Quijote sería un niño grande que juega a ser caballero andante.

2) El caballo: etimológicamente, caballero era aquella persona que podía mantener un caballo y el correspondiente arreo de armas, y estar así presto para salir a la batalla (así fue en los orígenes medievales de la caballería); don Quijote recurre a un viejo matalote, todo huesos y pellejo, que tiene en su cuadra y actúa a la manera de un poeta, pues pasa cuatro días buscando un nombre adecuado para su cabalgadura; al final decide llamar a su caballo Rocinante, y de esta forma, al dar otro nombre a la realidad ya existente, lo que hace propiamente es crear —nombrándola— una nueva realidad. Es decir, don Quijote, al rebautizar la realidad, domestica el mundo para sí:

… al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo (p. 42).

3) Su propio nombre: el hidalgo ocupa otros ocho días en pensar qué nombre ponerse a sí mismo, hasta que opta por el de «don Quijote» (el quijote era una pieza de la armadura que cubría el muslo; pero, además, el nombre Quij-ote, evoca el de uno de los grandes caballeros de la materia artúrica, Lanzar-ote; y, en fin, ese sufijo -ote tenía una connotación grotesca y jocosa). A imitación de su modelo, que era Amadís de Gaula, decide añadir al suyo el nombre de su patria y llamarse así don Quijote de la Mancha, «con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della» (p. 43). Recordemos en este punto que, como ya dijimos, al ser simplemente un hidalgo, no tenía derecho al tratamiento de don; sí lo tenían los antiguos caballeros andantes y los del presente (y este elevarse a la categoría de don sin corresponderle será algo que le critiquen más adelante sus paisanos y su propia sobrina).

4) En fin, el último requisito es contar con una dama amada que sea la «señora de sus pensamientos»:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43).

Don Quijote va a transformar a la rústica labradora Aldonza Lorenzo en la sin par princesa Dulcinea del Toboso:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre con connotaciones rústicas y groseras. Así, existía el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza» (es nombre que apunta hacia una baja condición social). De Aldonza lo transforma en Dulcinea, que connota ‘dulzura’, y es una creación inspirada en los nombres de otras damas literarias famosas: Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea. De nuevo, don Quijote, antes de empezar a pelear con las armas, se bate con las palabras, es poeta.

Interesa destacar otro detalle con relación al lenguaje, y es que en esta parte final del capítulo se reproducen por primera vez unas palabras literales que corresponden a don Quijote, quien usa una fabla medievalizante (pp. 43-44). En efecto, hasta este momento solo hemos tenido la voz del narrador, pero ahora accedemos por vez primera a la del personaje, en el parlamento en el que anticipa que, tras vencer a un gigante, le mandará que se ponga a los pies de «mi dulce señora»; en este pasaje que reproduce en estilo directo el habla quijotesca se introducen arcaísmos como por malos de mis pecados o ínsula y una onomástica que responde a los modelos caballerescos (Caraculiambro, Malindrania).

En suma, en el primer capítulo del Quijote ya están planteados los tres grandes temas que la crítica ha señalado como centrales: 1) el tema caballeresco, por la parodia de las novelas de caballerías (Alonso Quijano todo lo ve pasado por el tamiz de sus lecturas de los libros caballerescos); 2) el tema amoroso, a través de la creación de Dulcinea; y 3) el tema literario, con la mención del estilo rimbombante del escritor Feliciano de Silva («la razón de la sinrazón que a mi razón se hace…», p. 38), el anhelo del hidalgo de terminar el Belianís, etc.[4]


[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998.

[2] La figura del caballero andante es en este momento anacrónica, pero había existido; véase Martín de Riquer, Caballeros andantes medievales, Madrid, Espasa Calpe, 1967.

[3] Gonzalo Torrente Ballester, El «Quijote» como juego y otros trabajos críticos, Barcelona, Destino, 1984.

[4] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

Comentario del primer capítulo del «Quijote» (1)

El I, 1 es un capítulo esencial, del que podemos decir que contiene, en embrión, toda la novela: en efecto, todo el Quijote está en germen en este capítulo primero, en el que se retrata al que va a ser el personaje central de la historia y se plantea su destino. Tanto el título de la Primera parte del libro (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha) como el de este primer capítulo nos hablan de un «hidalgo» (como sabemos, en 1615 el título cambiará a El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha). Así pues, debemos comenzar señalando la notable diferencia que, en la estamentalizada sociedad española del siglo XVII, existía entre un hidalgo y un caballero: el hidalgo era un miembro de la baja nobleza, cristiano viejo (es decir, de sangre limpia, no manchada de moros, judíos ni luteranos); debía vivir de sus rentas: no podía trabajar manualmente porque se consideraba que el trabajo manual deshonraba; uno de los privilegios sociales de que gozaba era la exención de impuestos y cargas (por ejemplo, los hidalgos no tenían la obligación de alojar en sus casas a los soldados que iban de paso). En definitiva, el hidalgo era un noble, aunque de muy baja categoría y, con frecuencia, empobrecido, abocado a una vida monótona, sin grandes expectativas, cuyas únicas ocupaciones posibles para llenar su tiempo eran la caza, la lectura y la conversación con los amigos.

Muy diferente era la condición de los caballeros, miembros de la alta nobleza, que disfrutaban de rentas mucho mayores (aunque muchas veces también se habían ido empobreciendo) y tenían derecho a usar el tratamiento de don. En tiempos de Felipe II, estos caballeros ya no desempeñaban la función militar que habían tenido durante la Edad Media; los ejércitos pasan a estar formados por cuerpos más o menos profesionales, y además la difusión de la artillería ha cambiado las técnicas de combate y las estrategias: ya no se pelea individualmente cuerpo a cuerpo, como en las antiguas batallas en las que la valentía de cada caballero era decisiva para el resultado final, sino que se enfrentan grandes contingentes de soldados. El caballero medieval tenía una función social real: su misión era acudir a la guerra para pelear (en esa sociedad feudal unos trabajaban, el estado llano; otros rezaban, el estado eclesiástico; y otros defendían al grupo, el estado nobiliario). Pero, a la altura del XVII, el caballero ha perdido ese rol social que había tenido antes: ya no conserva su antigua función guerrera y se ha transformado en un cortesano (alejado de las armas, vive sumido en el ocio). En definitiva, conserva, sí, su título, el prestigio social y sus privilegios, pero ya no desempeña una función social clara.

Las primeras líneas del relato nos ofrecen las coordenadas espacio-temporales de la novela, aunque de una forma un tanto vaga: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…» (p. 35)[1]. Como vemos, el espacio y el tiempo son imprecisos, y esta indeterminación contrasta con los comienzos de las novelas de caballerías en las que se daban detalles específicos acerca del lugar de procedencia de sus héroes protagonistas (así pues, ya desde la primera línea de la narración empieza, de alguna forma, la parodia de los libros de caballerías). Este comienzo del Quijote se aproxima más a las fórmulas de inicio de las narraciones populares («En algún lugar…», «Érase que se era…», etc.). Hay que hacer notar, además, que en ese sintagma inicial, el sustantivo lugar no vale ‘sitio’ sino que tiene el significado concreto de ‘pequeña localidad o aldea’.

En este primer capítulo se nos presentan sintéticamente los rasgos que conformaban la vida y personalidad de un hidalgo de aquel tiempo. Cualquier persona de la época que leía: «un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor» (p. 35) sabía perfectamente de qué se estaba hablando. Nuestro protagonista posee unas armas, pero están en desuso: son antiguas y están arrinconadas. Tiene, además, un caballo, lo cual era una obligación para todo hidalgo, de forma que pudiera acudir a servir al rey en caso de necesidad. La referencia al galgo corredor apunta a otra de las actividades propias de esta clase social, la caza (era una actividad adecuada para los nobles, en tanto ejercicio e imagen de la guerra). Pero ocurre que el hidalgo, igual que el caballero, también ha perdido su función social: al no dedicarse al trabajo, a una actividad productiva, no genera dinero. Así vivía un hidalgo del siglo XVII, con una existencia tediosa e igual días tras día. Como acertadamente explican Rico y Forradellas[2], el problema de Alonso Quijano era el problema de toda una generación.

Tras esa frase introductoria que encasilla de forma muy clara al personaje dentro de una determinada clase social, se añaden algunos detalles más que completan su retrato. Examinémoslos por separado:

1) Su menú («Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos», pp. 35-36), que nos habla de una alimentación poco suculenta. En esa época se solía hacer solo una comida caliente al día y por las noches se cenaban las sobras frías; a esto podría aludir el «salpicón las más noches». Por otra parte, la carne de vaca era más barata que la de carnero, lo que nos está sugiriendo que la posición económica de este todavía innominado hidalgo no era demasiado holgada. El rasgo de cristiano viejo se ve reflejado en el hecho de que consume «duelos y quebrantos» (seguramente huevos con tocino), porque los musulmanes y los judíos no podían comer cerdo y sus derivados; asimismo las lantejas de los viernes nos indican que practica la abstinencia de carne en esos días; finalmente, el palomino de añadidura de los domingos sugiere que el hidalgo poseía un palomar, algo que era habitual entre los de su clase. Tales eran las comidas del hidalgo, que «consumían las tres partes de su hacienda» (p. 36).

2) El segundo elemento descrito es su vestimenta («sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino», p. 36). Las notas ofrecidas acerca del vestido son también muy significativas: el sayo connota arcaísmo, porque a la altura de 1600 era ya una prenda pasada de moda; sin embargo, el resto de su guardarropa nos muestra que este hidalgo viste con corrección y pulcritud. Debemos tener presente que aquella era una sociedad en la que la apariencia, el ir bien vestido, resultaba fundamental: uno era aquello que los demás veían, y en este sentido el vestido era un signo identificador de la clase social a la que se pertenecía, de ahí que fueran estos elementos de su vestuario los que «concluían» el resto de la hacienda de nuestro hidalgo.

3) Su familia y servidumbre: conviven con él una sobrina, un ama y un «mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera» (p. 36), esto es, un criado que servía para diversas actividades. A diferencia del mozo, que ya no reaparece más en la novela, el ama y la sobrina sí que van a desempeñar un papel relevante: ellas van a ser las representantes del hogar, del ámbito de la realidad cotidiana.

4) Su edad y condición: «Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años» (p. 36), lo que significa que ya casi era un viejo, dada la corta esperanza de vida de la época (igual que Cervantes era también un anciano al publicar el Quijote). Como enseguida se nos dirá, es este un personaje que renace a una nueva vida (su proyecto de ser caballero andante) cuando ya está en la ancianidad, enfermo y cansado; y no sabemos nada acerca de su origen, de su vida en años anteriores, de sus padres: no se rememora su historia pasada. Esto contrasta con lo que sucedía en los modelos narrativos al uso: tanto en la novela de caballerías como en la picaresca conocíamos al protagonista ex ovo, desde su nacimiento: el comportamiento heroico del caballero y también el ruin del pícaro venían predeterminados por su nacimiento. El caso de don Quijote es distinto, pues es él quien crea su destino.

5) Su retrato físico y sus hábitos de vida: «Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza» (p. 36). De acuerdo con las teorías médicas de la época, Alonso Quijano/don Quijote responde al tipo del melancólico y colérico, que solía destacar por sus rasgos de inventiva y singularidad («ingenioso hidalgo»).

6) Su nombre: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de “Quijada”, o “Quesada”, que en esto hay algunas diferencias en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba “Quijana”» (pp. 36-37). Como vemos, hay cierta ambigüedad, una indeterminación buscada respecto al apellido del protagonista, primera muestra del perspectivismo, que será una técnica usual en la novela. Además, hay que destacar la alusión a la existencia de distintos «autores» que escriben sobre los hechos de don Quijote, es decir, se apunta ya la cuestión de las fuentes de la historia, aspecto que será muy relevante. Al mismo tiempo, el narrador hace su primera proclamación de ser fiel y puntual al presentar los hechos: «Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad» (p. 37).

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7) Su tiempo de ocio: el hidalgo dispone de mucho tiempo libre («los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—», p. 37) y la principal actividad a la que se dedica es la lectura, y más concretamente la lectura de novelas de caballerías, por la que se olvida de la caza. Su afición llega a tal extremo que malbarata su hacienda, vendiendo diversas propiedades, para procurarse sus lecturas favoritas (los libros, no lo olvidemos, eran bienes de consumo caros):

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos (p. 37)[3].


[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes /Crítica, 1998.

[2] Francisco Rico y Joaquín Forradellas, en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Volumen complementario, pp. 16-18.

[3] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.