«Villancico triste para un Niño sin posada», de Ángel de Miguel

De Ángel de Miguel Martínez, poeta castellano-navarro (burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), ya había quedado recogido en el blog su precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache». Ahora, respondiendo amable a la petición del Gobernador de esta Ínsula Barañaria, me envía, en prueba de amistad, su inédito «Villancico triste para un Niño sin posada». El poema, de grácil ritmo (se construye con ágiles tetrasílabos), pone de relieve el desvalimiento del Niño Jesús recién nacido, que no ha encontrado posada abierta para Él, y que se ve reconfortado únicamente por distintos elementos de la naturaleza (astros, escarcha, nieve, agua, noche-vaca, luna-mula, estrella, auroras).

PortalyEstrella

Este es el texto del villancico:

Para el Niño
no hay posada,
solo hay astros
que lo guardan.

Para el Niño,
pan de escarcha,
miel de nieve,
roscos de agua…

Y la noche,
negra vaca
que le muge
sol de nanas.

Y la luna,
mula blanca
que le rumia
madrugadas.

Y una estrella
oxidada,
pezoncillo
de luz pálida

que lo arrulla
y amamanta
mientras llega
la mañana.

Para el Niño
no hay posada,
solo auroras
desoladas.

La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

                                                 En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.