Aunque menos conocida que otros poetas que forman la nómina “oficial” y “mayor” del grupo poético del 27, Carmen Conde (Cartagena, 1907-Majadahonda, Madrid, 1996) es también una de las voces líricas destacadas de aquel momento. Además de su intensa labor docente y su firme activismo cultural —fundó junto a su esposo, Antonio Oliver Belmás, la primera Universidad Popular de Cartagena en 1931—, su producción literaria —cultivó, sobre todo, la poesía y el ensayo— destaca por una profunda sensibilidad hacia temas como el erotismo, la identidad femenina, la protesta social y la mística. En 1978 fue elegida para ocupar la silla «K» de la Real Academia Española, tomando posesión al año siguiente con un discurso titulado Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, con lo que se convirtió en la primera mujer académica de número en la historia de la docta casa.
Su evolución poética va desde un intimismo inicial, con influencias de Juan Ramón Jiménez, hasta una poesía de madurez de tono marcadamente existencial. Entre sus poemarios destacan Brocal (1929), Júbilos (1934), Ansia de la gracia (1945), Mujer sin Edén (1947), En un mundo de fugitivos (1960), Derribado arcángel (1960) o La noche oscura del cuerpo (1980). En 1967 publicó Obra poética (1929-1966), volumen que le valió el Premio Nacional de Poesía, siendo también la primera mujer en recibir este galardón.
Ahora que nos vamos acercando al Centenario de la Generación del 27, conviene recordar estas voces menos conocidas y transitadas por la crítica, que no encuentran lugar —o lo encuentran menor— en los manuales de la historia literaria española. Copiaré hoy, sin necesidad de mayor comento, su poema «Lo infinito», perteneciente a su poemario Ansia de la gracia (1945).

Tú vives en el Alba.
Los pájaros te aclaman.
De túnicas de aves te viste la alegría.
¡Qué aurora la que exaltas!
¡Qué noble luz la tuya!
Te escuchan las mañanas y las noches
porque eres como un río,
porque eres como un corzo.Sentirte a ti que pasas
rozándome las rosas y los ayes…
Doler en tus rodillas, estrujada
por riscos y malezas…Y que un céfiro de alondras venga dulce,
que tú llegues aventando mis heridas…
Ser mujer y tuya, ¡qué inefable
fundirse la conciencia entre tus brazos![1]
[1] Cito por Antología poética [de la] Generación del 27. Selección, estudio crítico de Elena Escribano Alemán, Barcelona, Vicens Vives, 2026, p. 119.