«Echarse en brazos de Dios» (1855), drama histórico de Francisco Navarro Villoslada: introducción

Se trata de un drama en tres actos y en verso estrenado la noche del 22 de febrero de 1855 y publicado ese mismo año[1]. Por los apuntes de Navarro Villoslada en los libros de cuentas, extractados por su hija, podemos saber cuánto cobró por su obra: «Por los derechos de representación en el teatro del Príncipe de Madrid del drama Echarse en brazos de Dios (la propiedad es mía), 2.220 reales». La Época escribía el día 23 esta crónica del estreno:

Anoche se estrenó en el teatro del Príncipe un drama en verso y tres actos titulado Echarse en brazos de Dios. Está manejado con maestría y revela conocimiento del corazón humano. La versificación es excelente y a veces magnífica. Los actores desempeñaron perfectamente su papel, distinguiéndose, como siempre, Teodora [Lamadrid], la Buzón y Arjona. Fue llamado su autor al final: Navarro Villoslada[2].

Portada del libro: Francisco Navarro Villoslada, Echarse en brazos de Dios, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1855.
Francisco Navarro Villoslada, Echarse en brazos de Dios, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1855.

El asunto del drama coincide, en buena medida, con la segunda parte de la novela Doña Blanca de Navarra; se alude a ello en la dedicatoria «Al señor Eduardo González Pedroso», que el autor puso al frente de su obra al ser publicada:

A ti, mi mejor amigo, te dedico esta obra, que aunque sale a luz ahora, encierra el primer pensamiento dramático que he tenido en mi vida. De él nació después la más conocida de mis novelas, quedando el antiguo plan abandonado. Si hoy le desentierro del olvido, sin que las galas con que he intentado vestirle basten a ocultar su primitiva rustiqueza, ésta misma le dará cierto atractivo para ti, que al descubrir en la obra las huellas de los primeros años, recordarás la antigüedad y sencillez de nuestro cariño. / Admite una ofrenda tan humilde, tan indigna de tu claro talento, para que al lado de mi primera concepción literaria vaya el dulce nombre de mi primer amigo.

Francisco Navarro Villoslada[3].

En efecto, el joven Navarro Villoslada había realizado varios ensayos en los años treinta y cuarenta de un drama histórico que conoció diversos títulos: La Penitente, Los bandos de Navarra, El Mariscal (los borradores de todas estas versiones se encuentran entre la documentación que conservaban los bisnietos del escritor, actualmente en el Archivo general de la Universidad de Navarra); nótese, sin embargo, que el título definitivo que le dio Navarro Villoslada viene a encerrar un comentario de tipo moral, sobre el que se insistirá a lo largo de la obra. La acción del drama se sitúa en Navarra (el alcázar de Baigorri y una ermita solitaria de los alrededores) en el año 1479; el contexto histórico es el de la división del reino de Navarra en dos bandos, el de los agramonteses, encabezados por el mariscal don Felipe de Navarra, y el de los beaumonteses, cuyo caudillo es el conde de Lerín, don Luis de Beaumont. Como en la segunda parte de la novela Doña Blanca de Navarra, se plantea aquí el matrimonio de Catalina, la hija del Conde, con don Felipe para conseguir la pacificación del reino. Al resumir brevemente el argumento, iré apuntando aquellos elementos que se encuentran repetidos en la novela.

El acto I comienza con un diálogo entre Catalina y doña Mayor, su aya; por su conversación nos enteramos de que el día anterior la joven ha sido salvada del incendio del castillo de Lerín (igual que sucede en Doña Blanca) por un joven capitán de mesnaderos llamado Beltrán; el padre de Catalina, le ha prometido la mano de su hija, pero ella ama a don Felipe, cabeza del partido contrario; es consciente de que su boda supondrá la paz para un reino dividido, que es todo su anhelo. Contra el joven Mariscal se ha proclamado un bando de don Luis de Beaumont que pone precio a su cabeza (como en la novela); pero, al mismo tiempo, el Conde favorece en sus amores a Beltrán, no tanto por agradecimiento como para suscitar los celos de don Felipe: a él le da igual la muerte del Mariscal o el enlace de su enemigo con su hija; cualquiera de los dos planes le sirve para recuperar sin combatir todos los castillos que ha perdido en el transcurso la guerra (lo mismo que en Doña Blanca). Beltrán consigue hablar con Catalina para declararle su amor, pero en ese momento aparece don Felipe; riñen y el Mariscal desarma a Beltrán, aunque le perdona la vida. Don Felipe explica a Catalina que trata de localizar una espada que le dará la pista para descubrir a la persona que asesinó a traición a su padre. Ambos jóvenes renuevan sus promesas de amor; en esto, llega el conde de Lerín, quien jura al Mariscal que él no fue el asesino de su padre, tal como se rumorea (en la novela sucede lo mismo: el Conde resultará ser el asesino del padre de don Felipe; la prueba es una daga partida en dos mitades, en vez de una espada); don Luis acepta el matrimonio de su enemigo con su hija para pacificar el reino. Más tarde, don Felipe habla con Pablo, el acompañante de Elvira, una misteriosa penitente que vive en las cercanías: las palabras de Pablo nos informan de que el Mariscal engañó, hace ya veinte años, a Elvira, con la que tuvo un hijo, después de haberle dado palabra de matrimonio, que luego no cumplió.

Los planes que traman Pablo y Beltrán abren el acto II; la venganza de ambos va unida: Beltrán ha sido desdeñado por Catalina y vencido por don Felipe; Pablo es en realidad Juan Pérez, el padre de Elvira, un honrado pechero que solo desea vengar con sangre su honor ultrajado. Elvira, a pesar de los años transcurridos, continúa amando al Mariscal; pero Pablo, para despertar sus celos, le comunica que la boda de Felipe y Catalina está ya concertada para el día siguiente. En una entrevista entre la penitente, que oculta su verdadera personalidad, y don Felipe, este confiesa su amor por Catalina; solo entonces Elvira le descubre su rostro, oculto tras un velo: le recrimina su engaño y le cuenta que el hijo habido de su unión ha muerto. Por su parte, Pablo comunica a don Felipe que el conde de Lerín fue el asesino de su padre, cuya espada —que ha conseguido recuperar el día del incendio— encierra en su puño una nota inculpatoria; sin embargo, al apretar el resorte secreto, no aparece en el hueco la prueba que acusa a don Luis. En este momento Beltrán, cegado por la ira, acomete con varios mesnaderos a don Felipe, pero Elvira, con su oportuna aparición, logra salvar su vida (debido al respeto que inspira la penitente, todos los atacantes se detienen; hay una escena estructuralmente similar en la novela).

La acción del acto III ocurre al día siguiente, el fijado para la boda de don Felipe y doña Catalina. Pablo sigue dispuesto a llevar adelante sus planes de venganza; los espantosos celos que ofuscan la razón de Elvira le hacen olvidar por un momento la resignación con que hasta entonces ha sabido vivir y se muestra también dispuesta a vengarse: ella tiene el papel en que el padre de don Felipe, con su propia sangre, escribió en sus últimos momentos: «Por el conde de Lerín / muero asesinado»; basta con poner esta nota en manos del Mariscal para que la boda se suspenda. Elvira cuenta a Catalina que don Felipe le dio a ella, la hija de un pechero, una palabra de matrimonio que luego no cumplió. La hija del Conde queda convencida inmediatamente de que la falta debe ser reparada; lee además el papel por el que se entera de que su padre es el asesino del padre de su prometido; renuncia a casarse con don Felipe y cede la corona nupcial a Elvira. Sin embargo, esta reconoce el error del sentimiento de venganza y decide sacrificar sus celos y su amor al bienestar de la patria, porque es consciente de que con la boda de ambos jóvenes pertenecientes a familias rivales se consigue la tan deseada paz en el reino de Navarra; rompe, por tanto, el acusador papel. Al mismo tiempo, el conde de Lerín anuncia que el hijo de Elvira y don Felipe vive: se trata de don Beltrán. Pablo, que estaba dispuesto a matar a su hija, convencido por su ejemplo de resignación y sacrificio, cede también en sus propósitos de venganza y perdona al autor de su deshonra. Don Felipe, sin embargo, decide que casará con Elvira, para reparar la antigua falta; y para que las paces no se malogren, junta las manos de Catalina y de Beltrán. Pablo y el conde de Lerín reconocen que el mejor modo de triunfar en todo es Echarse en brazos de Dios[4].


[1] Echarse en brazos de Dios, drama, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1855. La edición lleva la siguiente nota: «La propiedad de este drama pertenece a su autor, y nadie podrá sin su permiso representarle ni reimprimirle en España y sus posesiones, ni en Francia y las suyas. / Los corresponsales de la Galería lírico-dramática El Teatro son los encargados exclusivos de su venta y cobro de sus derechos de representación en dichos puntos. / Todos los ejemplares llevan marcas secretas». Esta pieza dramática no ha sido incluida en las Obras completas de Navarro Villoslada, recientemente publicadas por la editorial Mintzoa de Pamplona.

[2] Apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, III, entrada núm. 7657. También La España ofrecía el día 24 la noticia del estreno y una breve crítica; cfr. Veinticuatro diarios, III, entrada núm. 7658. El reparto estaba formado por las señoras Lamadrid, Buzón y Campos, y los señores Arjona (don J.), Ortiz, García y Tamayo (don V.).

[3] Además de esta dedicatoria impresa, el ejemplar que manejo lleva una dedicatoria escrita con pluma en la cubierta: «A mi querido Eduardo: / Francisco».

[4] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«Los encantos de la voz» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: la comicidad

Además del humor basado en las situaciones equívocas, hay también en Los encantos de la voz[1] una comicidad verbal: «¿Le gustan a usted los bailes, don Gerónimo? Dicen que tienen mucha filosofía. Ya ve usted, la filosofía en este siglo ha bajado de la cabeza a los pies… ¡está por tierra!» (pp. 96-97); «Mi hija no debe casarse sino con un título; pero con un título millonario» (pp. 97 y 117); «Dale al zagal medio duro; siquiera porque no hemos volcado más que dos veces» (p. 105). Luis pregunta a Diego si es traviesa su hermana: «Digo si es capaz de seguir una broma; si va a las máscaras… si tiene voz…»; entonces es interrumpido por un «¿Quiere usted que sea muda?» (p. 106). La mujer habladora, que tanto se presta a la sátira, está representada aquí por Agustina Parreño:

—Eso es lo que dice mi hermano Diego… digo lo que decía Diego; porque ahora está ausente y no sé lo qué dirá: una mujer muda es una alhaja, un tesoro para el marido. Y ya ve usted, yo al oírselo me desespero, me encocoro, me endiablo… Vamos, me lleva pateta; porque cualquiera dirá que es una alusión personal a mi persona: cualquiera dirá que va a casarse con una muda aburrido de vivir con una hermana habladora, y que… no, señor, eso no lo aguanto… no lo sufro, no lo tolero. Podrán ponerme mis faltas… pero… si no despego mis labios, si no chisto, si no… (p. 96).

Francisco Sans Cabot, Escena familiar (c. 1878). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Francisco Sans Cabot, Escena familiar (c. 1878). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Cuando don Luis la confunde con la desconocida de la bella voz y ella no puede hablar para no romper la confusión, su hermano se sorprende: «Tú que sueles hablar por los codos» (p. 107). Tampoco sabe guardar un secreto: don Diego le cuenta en confianza que destina a su hija en matrimonio con el Vizconde y le pide que sea discreta, pues su hija todavía no sabe nada del asunto. La Parreño le contesta con un «Pierda usted cuidado»; sin embargo, la primera réplica que sigue es para saludar así a su amiga: «Tengo el honor de saludar a usted, señora vizcondesa del Mimbre» (p. 97). Hay otras escenas de humor: por ejemplo, aquella en la que don Luis llama «habladora y casquivana» a la Parreño; dice que huirá de ella «como de la peste» y que se pegará un tiro si se ve obligado a cargar con ella por cumplir su palabra, pensando que está hablando con una criada, cuando en realidad es la propia Parreño, que se ha fingido la criada, quien le está escuchando (cfr. p. 100). O aquella en que don Luis asegura que no se casará sino con la voz, y don Diego se escama: «Pero usted debe ser un visionario de primer orden. Usted se enamora de cuantas ve y las olvida tan pronto como las oye hablar…» (p. 110).

En definitiva, Los encantos de la voz es una comedia intrascendente; todo el enredo se basa en situaciones en las que dos personajes (Agustina de Mendoza y el Vizconde), por diversos motivos, deben permanecer callados para no ser reconocidos por la voz, lo que da lugar a numerosos equívocos; el humor se apoya además en la caracterización de los personajes: una dama parlanchina; un vizconde afeminado y un tanto pedante[2]; un hermano calderoniano, celoso del honor familiar, aunque aquí en tono humorístico[3]; una inglesa que no habla palabra de español; otra mujer muda…[4]


[1] Los encantos de la voz, comedia original en un acto, en prosa, Madrid, Imprenta de don Antonio Yenes, 1844. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 93-120.

[2] El vizconde del Mimbre es visto por la Mendoza como «ese muñequito de porcelana, ese figurín parisién, ese hombre epiceno» (p. 98); y él mismo dice: «yo que soy tan adamadito, tan enclenque» (p. 103). Se caracteriza por sus expresiones extranjerizantes: abracciamini, mia cusina, di tanti palpiti, mia cara, il juro, E su voi ricada il sangue, Nolʼ crédete, y por recitar versos de dudosa calidad.

[3] «Aseguro a usted, señor don Luis, que tengo muchas ganas de lavar con sangre la ofensa que acabo de recibir» (p. 108).

[4] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«Los encantos de la voz» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Se trata de una pieza en un acto y en prosa[1] escrita en colaboración con Manuel Juan Diana[2], estrenada y publicada en 1844, que puede calificarse de «comedia de enredo»[3]; se basa en múltiples equívocos provocados sobre todo por la confusión de las voces de distintos personajes. Simón Díaz señala que «toda la acción se apoya en dos recursos gastadísimos: las situaciones cómicas que originan cuatro mujeres, entre las que hay una habladora, una muda y una inglesa, y los conflictos del hombre que sólo conoce de su amada el timbre de voz»[4]; así es, básicamente, aunque hay otros elementos que entran en juego.

L' Hiver, litografía de Jean Ernest Aubert. Museo del Romanticismo (Madrid, España).
L’ Hiver, litografía de Jean Ernest Aubert. Museo del Romanticismo (Madrid, España).

Lo mejor será repasar el argumento de la pieza, complicado pese a su brevedad: don Gerónimo quiere casar a su joven hija Agustina de Mendoza con el vizconde del Mimbre; pero con el vizconde desea contraer matrimonio otra señora, Agustina Parreño (ya de entrada nos encontramos con dos personajes con el mismo nombre, aunque esta circunstancia no será explotada por los autores). Agustina de Mendoza está enamorada de Luis, un galán al que ha conocido durante las pasadas fiestas de carnaval. Los tres días que han durado las fiestas se han visto con máscaras; Luis no puede reconocer a su amada, salvo por su voz, de la que se ha prendado; así se lo cuenta ella a su amiga: «Mi talle le arrebata, y sobre todo mi voz, el metal de mi voz tiene para él un encanto prodigioso, le causa un efecto mágico» (p. 98)[5]. En esto, la Mendoza reconoce en el galán que ronda la calle a su Luis y la Parreño le llama, fingiendo ser una criada de la casa[6].

A partir de aquí los enredos se suceden sin fin: este Luis que se ha enamorado de la Mendoza «por el metal de la voz» es don Luis de Vargas, antiguo prometido de la Parreño, que acaba de llegar de La Habana para casarse con ella, tal como convinieron los padres de ambos. La Mendoza no quiere mostrarse ante don Luis, temerosa de que su rostro no cause en él la misma impresión que su voz: piensa que le va a parecer fea y, para no romper el hechizo ideal provocado por los encantos de su voz, decide hablarle desde detrás de una puerta (cfr. p. 104). Después don Luis habla con don Diego, hermano de la Parreño, y se produce otra confusión: Luis cree que la mujer que le ha hablado desde detrás de la puerta —la desconocida de la hermosa voz— es la hermana de don Diego, es decir, su prometida esposa. Aparece entonces ésta y, como no pronuncia palabra, Luis le dice su amor; la Mendoza, que sigue tras la puerta, siente celos. Al final la Parreño pronuncia algunas palabras, con lo que Luis descubre que no es «la» voz, y decide que no se casará con ella.

Acto seguido, para poder salir de la habitación en que se escondía, la Mendoza se hace pasar por Carolina, una prima muda de la Parreño. Nueva confusión: llega Enriqueta, una amiga inglesa de la Parreño, y Luis cree que esta será la «beldad misteriosa» de hermosa voz; pero cuando pronuncia unas palabras en inglés, descubre que tampoco es ella. Aparece entonces Carolina, la muda, y de nuevo Luis piensa que esta tiene que ser la poseedora de la encantadora voz; pero la muda, con su forzoso silencio, muestra que no es la esperada. Don Luis, desesperado, quiere pegarse un tiro en la cabeza, pero es detenido por las damas. En esto, oye de lejos hablar a la Mendoza; Luis se acerca a la habitación de donde salía la anhelada voz, pero allí se encuentra con el Vizconde; como sus facciones son afeminadas, Luis piensa que es la dama misteriosa, aunque vestida de varón, y le habla amorosamente. Entonces aparece don Gerónimo, que reconoce a su sobrino, el Vizconde, y se sorprende al ver a Luis diciéndole mil lindezas: «¡Qué escucho!, caballero, ¿usted adora a mi sobrino?» (p. 117).

Vuelve de nuevo don Diego, el dueño de la casa; el Vizconde no puede explicar su presencia allí, porque también su voz sería reconocida, en su caso, para mal: ocurre que ambos tuvieron una discusión una noche; un criado del Vizconde abofeteó a don Diego, y éste prometió vengarse: «Yo estoy inocente, il juro; pero D. Diego jura y perjura que me conocerá por la voz y que en oyéndome hablar no ha de dejarme una muela», había explicado antes (p. 103). Al final, los equívocos se aclaran, Agustina y el Vizconde pueden hablar libremente, y todo termina de forma feliz: Agustina se casará con don Luis y el Vizconde con la Parreño; don Diego, por su parte, perdona a su futuro cuñado el anterior incidente[7].


[1] Los encantos de la voz, comedia original en un acto, en prosa, Madrid, Imprenta de don Antonio Yenes, 1844. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 93-120, que no reproduce la indicación: «La escena es en Madrid, 1843»; ni esta otra «Nota»: «Esta comedia es propiedad de la Sociedad de Escritores Dramáticos, la cual perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino, o en alguna Sociedad de las formadas por acciones, suscripciones o cualquiera otra contribución pecuniaria, sea cual fuere su denominación, con arreglo a lo prevenido en las Reales Ordenes de 5 de mayo de 1837, 8 de abril de 1839 y 4 de marzo de 1844, relativas a la propiedad de las obras dramáticas». Los actores que la representaron fueron las señoras Pérez (doña J.), Chafino, Durán y Bueno y los señores Alverá, Lumbreras, Calatañazor (don V.) y López.

[2] Puede verse una interesante carta de Diana a Navarro Villoslada, sobre esta obra, en el Apéndice documental.

[3] En el propio texto de la comedia encontramos rastros lingüísticos que nos orientan sobre el carácter de la pieza: «¿Si será esta otra mojiganga por el estilo?» (p. 115); «autor de tantos enredos» (p. 115); «por mi honor que se van a concluir tantos enredos» (p. 117); «acaben de una vez estos embrollos» (p. 117); «de estos amores clandestinos han nacido tantos enredos» (p. 120).

[4] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 175. Añade en nota refiriéndose a que don Luis solo conoce la voz de Agustina: «D. Joaquín de Entrambasaguas nos dice haber oído referir a su abuelo materno, amigo del novelista, que dicha extraña circunstancia se dio en las relaciones del hermano de éste, Ciriaco, con la que luego fue su esposa».

[5] Recuérdese el título de la comedia: Los encantos de la voz. Otras alusiones a la voz: «esa cuya voz me encanta» (p. 100), «esa es la voz que me enajena, que me entusiasma» (p. 101), «ese tu acento dulcísimo y sonoro que hace latir mi corazón de una manera inusitada» (p. 104); «sabe los maravillosos efectos que hace en mí el eco de su voz» (p. 107); «ese bello fantasma, cuya voz dulce, angelical…» (p. 109); «esa voz que me electriza» (p. 111); «esa voz encantadora» (p. 114); «su voz es para mí más que el imán para el acero» (p. 114); y las palabras finales de la comedia: «No era sólo su voz; pero su voz tendrá siempre para mí los mismos encantos» (p. 120).

[6] Su pronunciación imita el habla popular andaluza: mersé, yama, güena voluntá, jase ʻhaceʼ, casualidá, anda enamoricao, miusté, cudiao, descudiao, cabayero, naa, etc.

[7] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La dama del rey» (1855), zarzuela de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Se trata de una zarzuela estrenada el 7 de septiembre de 1855 en el Teatro del Circo; ese mismo año se publicó el libreto[1]. Ignacio Elizalde, siguiendo a Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], escribe al comentar esta zarzuela de Navarro Villoslada: «Aunque se hallaba alejado de las candilejas, su amigo Arrieta le animó a probar nueva fortuna teatral y se dejó convencer escribiendo el libreto de esta obra, a la que le puso música Arrieta»[2]. No es del todo exacto, porque sabemos que ese mismo año se representó con éxito Echarse en brazos de Dios. El 20 de febrero de 1855 La Iberia anunciaba: «El señor Arrieta está poniendo música a dos zarzuelas originales de los señores Camprodón y Villoslada, tituladas respectivamente Marina y La dama del rey»[3]; y La España, el 20 de agosto de 1855: «El Teatro del Circo abrirá sus puertas en la primera semana de septiembre. Guerra a muerte de López de Ayala y La dama del rey serán las dos primeras obras que se pondrán en escena»[4]. Los actores principales fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz. Parece que no tuvo una gran acogida, como indica la reseña de La Iberia[5]; Premín de Iruña explica el fracaso, no por la escasa calidad del libreto o de la música, sino por la falta de tipismo vasco:

La obra de Navarro Villoslada no era ni mejor ni peor que las demás que sirvieron de trama para confección de otras zarzuelas estrenadas con éxito, y la música podía pasar entre las buenas de Arrieta.

Sin embargo, fracasó […] y fue la principal causa de ello el que el público se dio a engaño; pues dada la patria de los autores y el tema a desarrollar, creyó que iba a ver una zarzuela de tipo regional vasco y se encontró con que tanto el argumento como la música, fuera de un par de números, podía muy bien haberse desarrollado en un pueblo de Extremadura o de Transilvania.

Para esta zarzuela compuso Arrieta nueve números de buena música pero, dejamos dicho, de ningún sabor vasco, fuera del coro de vendedores de la plaza de Begoña, que terminaba con el coro general «Árbol santo de Guernica» y un zorzico final, que fue aplaudidísimo, por estar en aquel entonces muy de moda en la corte los zorzicos vascuences, como entonces se les llamaba.

La obra se representó muy pocas veces y pasó a la historia de la zarzuela sin pena ni gloria[6].

La acción ocurre, tal como indica la acotación inicial, en las inmediaciones de Bilbao, cerca del santuario de Nuestra Señora de Begoña, un día de romería, en la época de los Reyes Católicos[7]. Comienza con tres coros de Vendedoras, Mancebos y Ancianos; se informa de que la reina acude a Guernica para jurar los fueros de Vizcaya; los tres grupos entonan entonces el coro:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás!

El caballero don Martín está enamorado de la villana Lucinda; a él le corresponde el honor de abrir el baile de la romería, eligiendo la pareja que desee; al proclamar que será Lucinda, la condesa de Larrea, enamorada de don Martín, se siente despechada y pide a Andrés, el criado del caballero, que trate de enemistarle con su amada. A las protestas de amor de don Martín, Lucinda opone la misma idea que las mujeres solicitadas por personajes de superior categoría social en las comedias del Siglo de Oro, que es para dama más lo que para esposa menos: «Soy muy pobre / para vuestra señoría»; pero también: «Soy muy rica / para serviros de dama» (p. 29). Al final, don Martín la elige, como tenía pensado, para abrir el baile, pero la condesa de Larrea, celosa, les interrumpe y calumnia a Lucinda en público.

La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917
La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917.

Por otra parte, se sabe que hace siete años estuvo el rey don Fernando en Vizcaya y tuvo amores con una dama. Como Lucinda se encarga de cuidar a María —una niña de unos seis años, que le fue entregada por su madre para ocultar su deshonra— la Condesa afirma delante de todos que Lucinda es la dama del rey; la prueba más evidente es que Lucinda quiere a María como una madre a su hija. Mientras tanto, la reina Isabel, enterada de la infidelidad de su esposo, ha enviado emisarios a Vizcaya en busca de la madre y de la niña, para casar decorosamente a la una y procurar el bienestar de la otra, y algunos de los rumores que circulan señalan que la madre de la niña es la Condesa: Pancracio, uno de los enviados, posee un retrato de la dama, que coincide efectivamente con sus señas. Al verse en la necesidad de defender su honor amenazado, Lucinda afirma que, en efecto, fue la Condesa quien le entregó a la niña. Al final, la de Larrea confiesa la verdad: la madre de María, la verdadera dama del rey, no fue ella, sino una hermana gemela que ya murió; agradece a Lucinda que haya guardado el secreto durante aquellos años y, renunciando a su amor, le pide que se case con don Martín. Aparece en última instancia la reina Isabel, que une las manos de los desposados. El coro entona el zorcico final, que insiste en la idea de los fueros vascos[8]:

La reina bienhechora
los santos fueros
viene a jurar.
Saluda a tu señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel[9].


[1] La dama del rey, zarzuela en un acto y en verso, letra de don Francisco Navarro Villoslada, música de don Emilio Arrieta, Madrid, José Rodríguez, 1855. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52. Los actores fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz.

[2] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435.

[3] Apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, I, entrada núm. 8634.

[4] Apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1762. La España, el 5 de septiembre de 1855, indicaba: «El día 7 empieza la temporada en el Circo. La primera función será Guerra a muerte y la zarzuela nueva La dama del rey» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1763).

[5] «Abre sus puertas de nuevo el teatro Circo. Representación de la zarzuela en un acto La dama del rey, de Villoslada y Arrieta. No tuvo éxito. También Guerra a muerte, de Ayala y Arrieta, que fue aplaudida­» (La Iberia, 8 de septiembre de 1855; apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1764).

[6] Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.

[7] La ambientación coincide con la inicial de su inédita novela histórica Pedro Ramírez, en la que también se recoge el juramento por parte de la reina Católica de los fueros vascos.

[8] Como elemento ambiental, se incluyen unas pocas palabras vascas: «Atos [debe ser Ator], mutil» («Vamos, muchacho»); «Bay, jauna» («Sí, señor»). En la obra se alude al motivo de la hidalguía universal de los vascos, en una réplica de don Martín: «El polvo que barre el viento / es noble en estas montañas» (p. 26).

[9] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: los temas y el humor

Navarro Villoslada critica en La prensa libre[1] los ataques personales que se hacían desde las columnas de los periódicos; así, pone en boca de Pilar estas palabras: «Tan fácil como hablar / se va haciendo el imprimir, / y por sólo hacer reír / se acostumbra a calumniar» (p. 157). Luego ella será objeto de calumnias, al sugerirse desde El Tornasol que Félix es su amante; entonces le dirá su esposo: «… pero la infamia detrás / de la calumnia se asienta, / y si calumnia la imprenta / no se separan jamás»; cualquier rumor es dado como noticia cierta, pero resulta difícil acusar a los calumniadores: «Un “se dice” por broquel / basta al escritor infame / para que impune derrame / su ponzoña en un papel» (p. 176). También constata Fabián el poder de la prensa, aunque puede ceder a la amenaza o al soborno: «… que tiene / la prensa voz de huracán, / y sólo con un rugido / puede al orbe amedrentar; / pero esa voz enmudece / al reflejo del puñal, / o en céfiro lisonjero / la torna el oro quizá» (pp. 181-182).

Prensa del siglo XIX

Además, reaparece en esta obra la preocupación —casi obsesión— de Navarro Villoslada por el tema de la guerra civil, todavía no lejana en el tiempo, recordada en una de las réplicas del Barón:

¿Y qué pensáis
cuando hermanos contra hermanos
blandís sangriento puñal,
por una vana quimera,
por un nombre nada más;
cuando en pólvora, en espadas
consumís vuestro caudal,
y campos de rubia mies
negros páramos tornáis,
y escombros los edificios
noble orgullo de otra edad;
cuando al eco del cañón
despavoridas se van
de un suelo ingrato las ciencias
y las artes, qué pensáis
sino que juguetes sois
de alguna nación rival? (p. 200).

Por último, destacaré un rasgo presente en la mayoría de las obras de Navarro Villoslada: el humor. Aquí se manifiesta, en primer lugar, con la presencia de Ambrosio, personaje caracterizado por su habla entre gallega y asturiana, y de Mónica, la habladora mujer de don Ramón: «cien loros / no charlan más» (p. 128). Humorística es la escena en la que Ramón va dictando un artículo político a Félix, quien, en lugar de copiarlo, se dedica a escribir unos versos a su «Divina Elisa». Provocan la risa las continuas apariciones del regente de la imprenta, siempre para pedir, con las mismas palabras: «Original, don Ramón»; cuando aparece Rafael con su artículo, Ramón trata de disimular, haciendo ver que le sobran colaboraciones y que intentará hacerle un hueco, por tratarse de un amigo. Pero la llegada del regente le pone en un compromiso; nótese el efecto humorístico de las rimas truncas y agudas:

REGENTE.- Señor director, están
los cajistas ya que trin…

RAMÓN.- (Tapándole la boca para no dejarle hablar.)
Tome usted. (Le da el artículo.)

REGENTE.- ¿Esto hay al fin?
¿qué es esto?

RAMÓN.- Lo que le dan.

REGENTE.- Cree usted que habrá bastan…

RAMÓN.- (Cerrándole la boca otra vez.)
(¡Eh!, no sea preguntón.)
Sin cercenarle un renglón
ha de salir, ¡voto a quien!…

REGENTE.- Si no por su amigo… ¿hem?

RAMÓN.- (Interrumpiéndole.)
¡Es claro!… ¡Pobre nación! (p. 143)[2].

Graciosa es también la respuesta de Ramón cuando Rafael se extraña de que vaya a marcharse tan tranquilo a un baile después de haberle descubierto tan grave crisis: «En el baile / veré a las gentes de pro; / y les aviso, y… ¿quién sabe? / mientras bailo un rigodón / con la mujer del ministro / destruyo todo el complot» (p. 144). O la llegada, en fin, de Serapio y Silvestre, que vienen hablando de la inminencia del golpe, aunque para uno se trata de una intentona revolucionaria («Es un golpe democrático. / República, sí señor…») y para otro reaccionaria («Un gobierno de Turquía / con frailes, Inquisición»; cfr. p. 146)[3].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] La última réplica del regente apunta, por supuesto, a que el artículo de Rafael les ha salvado el número del día siguiente; Ramón, para disimular, entiende que se refiere al hecho de que la conspiración ha sido descubierta por Rafael, lo que supone la salvación de la patria.

[3] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Veamos cuál es el argumento de La prensa libre[1]. La comedia se abre con una escena en la redacción de El Tornasol; Ramón Tenorio está preocupado por la situación de su periódico: falta original para que pueda salir el número del día siguiente y los redactores protestan para que se les paguen los atrasos. Ramón es diputado y quiere llegar a ser ministro, y para ello vierte en las páginas de su periódico encendidos elogios de su persona y de sus discursos parlamentarios; no le parece empresa difícil, ya que el país cambia con frecuencia de ministros: «la patria / los muda cada domingo / como camisas» (p. 130). Se trata de un personaje sin escrúpulos que quiere acceder al poder para su provecho personal: cuando un amigo le explica que no durará ni diez días al frente del ministerio, Ramón comenta que de los diez le sobran cinco para cumplir su propósito, esto es, para enriquecerse en el disfrute de su privilegiada posición. El antagonista de Ramón es Rafael de Castilla, un buen escritor y diputado honrado; es consciente de la mala situación en que se halla el país:

El Estado se va a pique
si no le buscamos puerto.
Los sordos rumores vagos
de que hemos hecho mención
en el congreso ya son
cuando no golpes, amagos (p. 139).

Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek
Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek

En efecto, Rafael ha descubierto una conspiración inspirada, lo que es más grave, por algunos miembros del Gobierno, y en la que intervienen también agentes extranjeros. Su opinión es que solo la prensa —una prensa libre— puede salvar al país denunciando esta situación anómala:

Siguiendo su curso
la conspiración, revienta
dentro de poco, y la imprenta
es nuestro solo recurso.
La imprenta, que en torpes manos
es un puñal asesino,
es el paladión divino
de los libres ciudadanos.
Por más que en sueño profundo
la nación duerma indolente,
su voz de trueno es potente
para despertar al mundo.

Rafael pone a Ramón al corriente de estos sucesos, y le entrega un artículo suyo en el que denuncia la trama de la conspiración para que lo publique en El Tornasol. Sin embargo, Fabián, uno de los ministros conspiradores, promete a Ramón hacerle ministro de Hacienda si le entrega el comprometedor artículo; Ramón, por supuesto, acepta. Rafael descubrirá con asombro que su artículo no ha salido. Él está enamorado de Elisa, la hija de Fabián, pero se muestra dispuesto a sacrificar su amor al deber patriótico que le obliga a denunciar al padre de su amada: «A mil vidas te prefiero, / ángel inocente y puro; / pero la patria es primero» (p. 166). Por el diálogo de los dos jóvenes nos enteramos de que ha fallecido la madre de Rafael, que enfermó gravemente al leer en un periódico enemigo que su hijo había muerto en un desafío: «Mató a mi madre la prensa, / y de la patria en defensa / escribo sobre su tumba» (p. 166). Fabián hará detener a Rafael, aunque este ha conseguido ya hacer llegar su artículo a la prensa. El ministro muestra a Ramón la conveniencia de que El Tornasol se incline a sus ideas: «Con cierta mesura y tino / cambiando irá de matiz»; a lo que responde Ramón: «En esto será feliz; / lo suele hacer de continuo» (p. 168; el propio nombre del periódico sugiere que es tornadizo). La acción se complica porque, en lugar del artículo de Rafael, han aparecido en el periódico unos versos de Félix, que se refieren a Elisa, de la que está enamorado, pero con una nota que compromete a Pilar, la mujer del ministro Fabián.

Mientras tanto, el Barón —un extranjero que toma parte en la conspiración— propone a Fabián que conceda la mano de su hija a Rafael a cambio de que no publique el artículo, pero Fabián rechaza indignado esta propuesta. Además, es ya tarde, porque circula en forma de pliego. El Barón, que juega a dos bandas, no se muestra en absoluto dispuesto a dar la cara ahora que las cosas se complican, y Fabián reconoce que ha sido un juguete en sus manos. Félix decide batirse con Ramón por haber publicado, junto a los versos, una nota que daba a entender que él era amante de Pilar; el propietario de El Tornasol se muestra cobarde y hace todo lo posible para evitar el duelo; por último, el desafío se resuelve sin mayores consecuencias para los dos. Al final se aclara que Félix es en realidad hijo de Pilar y el Barón extranjero. Una muchedumbre, exaltada por la lectura del artículo, asalta la casa del ministro Fabián, pero Rafael acude a salvar al padre de su amada (se señala que él fue también el desconocido que le salvó la noche anterior al ser asaltado por varias personas en la calle; cfr. pp. 158-159): «No temáis: / yo les diré que la imprenta, / si contra el error fulmina, / debe salvar al que yerra» (p. 206); entonces pronuncia este alegato final:

Hoy calumniando pérfida la imprenta
el honor de esa gente despedaza:
hoy la prensa también noble se ostenta,
y hunde el loco poder que os amenaza.
Si noble la queréis, no se ensangrienta…,
si pérfida… ponedla una mordaza
antes que mancillar con lodo inmundo
la fuente del saber, el sol del mundo.
[…]
Mientras el pueblo cuente
con un eco en la prensa decidido,
no tema, no, la vencedora frente
reclinar en el seno del vencido;
es la prensa ilustrada, omnipotente,
y despertarle debe. ¡Paz y olvido! (p. 208).

Inmediatamente, el pueblo arroja las armas y Rafael exclama: «¿Lo veis? Jamás en vano / se apela al corazón del pueblo hispano». La comedia, por tanto, acaba bien: todos los obstáculos se han eliminado y Rafael y Elisa pueden casarse[2].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: introducción

Esta comedia en verso (aunque escrita originariamente en prosa) se estrenó el 25 de febrero de 1844 en el Teatro de la Cruz y se publicó ese mismo año[1]. Los principales papeles estuvieron representados por las señoras Lamadrid (doña Bárbara), Tavela y Sampelayo y los señores Lombía, López, Alverá, Caltañazor (don Vicente), Aznar y Torroba[2]. Antes de su representación, el Diario de Avisos anunciaba la novedad del tema:

La prensa libre, comedia de costumbres políticas de don Francisco Navarro Villoslada. Esta obra, la primera que su autor ofrece al público, es a la vez la primera que con un pensamiento de alta política social se presenta en la escena española: este pensamiento es el de la libertad de imprenta, reconocido como vital en los gobiernos representativos, y en cuya aplicación apenas hay dos publicistas que estén de acuerdo. El autor deja la solución al buen criterio del público[3].

Obras completas de Francisco Navarro Villoslada

En efecto, como anuncia el título de la comedia, se aboga en ella por la independencia total de la prensa, por una «prensa libre» de todo tipo de interferencias políticas, que no ceda a las censuras o intentos de soborno de los políticos y hombres influyentes del país, en lo que parece una profecía de la actitud que el autor mantendrá después, especialmente como fundador y director de El Pensamiento Español[4]. Corella afirma que a Navarro Villoslada le resultó difícil llevarla a escena y que para ello hubo de introducir diversas modificaciones en el texto[5]; ciertamente, por el tema que abordaba, la obra se podía prestar a la polémica, de ahí que en la edición de la comedia figurase al final del texto la siguiente nota aclaratoria:

Hace año y medio que tuve el gusto de leer esta comedia, escrita en prosa, a varios amigos, y entre ellos a los señores Hartzenbusch, Diana y Villergas; después de versificada, ha pasado por el tamiz de dos lecturas hechas en el Teatro de la Cruz, y las numerosas e ilustradas personas que concurrieron a entrambas convinieron unánimemente en que no se hería la susceptibilidad de ningún partido político ni de persona determinada. Esta fue también la opinión del censor de teatros quien, sin embargo, juzgó necesaria la autorización del Sr. jefe político de la provincia, atendido el estado excepcional en que esta se encuentra, para la representación de la comedia. El Sr. Benavides, en medio de las graves ocupaciones consiguientes al ejercicio de su autoridad, tuvo la bondad de leer la obra en el más breve tiempo posible, y sin exigir que se alterase una sola palabra, concedió el permiso que se solicitaba. Todos estos antecedentes, todos estos trámites, me confirman en la creencia de que La Prensa libre ni es obra de circunstancias, ni menos obra de partido: es hija de un corazón español y nada más que español, cuyos sentimientos más de una vez rebosaron en amargas y dulces lágrimas al escribirla.

Sirvan estas líneas de contestación a las anticipadas prevenciones de algún periódico de esta corte. Madrid, 22 de febrero[6].

Desde otro punto de vista, contamos con la reseña de la comedia que hizo Enrique Gil y Carrasco; en ella le reprocha fundamentalmente la elección de un tema demasiado vago, aunque reconoce que está escrita con esmero, especialmente si se tiene en cuenta que se trata de la primera obra estrenada por su autor. Dada la escasez de noticias sobre la actividad dramática de Navarro Villoslada, me parece interesante copiarla entera:

En el Teatro de la Cruz se ha representado la comedia con el título de La Prensa libre, original del señor Navarro Villoslada, ingenio también novel. Con grandes dificultades tendría que luchar quien quisiese encerrar en los estrechos límites del teatro una cuestión de suyo abstracta, por un lado, y por otro, de tan colosales dimensiones, que apenas cabe en los modernos ámbitos de la sociedad. Forzoso era, pues, tratarla de una manera parcial e incompleta, bosquejando sus rasgos más notables y rebajándola, por consiguiente, de su natural importancia, por felices atisbos que se supusieran en el autor. Esto es lo que el señor Navarro Villoslada se ha visto obligado a hacer; pero como el manejo de tan diversos elementos exigía una maestría que solo la experiencia puede dar, ha venido a suceder que el autor, embarazado con ellos, más los ha confundido que ordenado, resultando de aquí embrollo en la acción, incertidumbre en los caracteres, falta de profundidad en la intención y debilidad en el conjunto. El deber del crítico, no muy agradable de suyo, sería de todo punto insoportable si en los primeros pasos del ingenio hubiese de cerrarle el camino con importuna severidad; pero la verdad, siempre preciosa, aunque no pocas veces amarga, en ninguna época es más necesaria que al principio de una carrera. Si al señor Navarro Villoslada le parece cuerdo nuestro parecer, le aconsejamos mejor elección en los asuntos que, pues el teatro se entiende con la imaginación y con el sentimiento antes que con el entendimiento, cuestiones tan complejas y dudosas mal pueden avenirse con su índole, y tanto más eficazmente se lo recomendamos cuanto que, a juzgar por la impresión que la representación dejó en nosotros, su comedia está escrita con esmero y descubre laudable aplicación.

Gil y Carrasco termina con una breve nota acerca de la puesta en escena: «La ejecución, aunque no de gran empeño, adoleció de la desigualdad que en este teatro menoscaba más de una vez el buen efecto de sus representaciones»[7].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Completaban el reparto los señores Fernández, Spontoni, Carceller, Rada, Caltañazor (don H.) y Flores.

[3] Diario de Avisos, 11 de febrero de 1844; apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, vol. III, entrada núm. 7643.

[4] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 175, comenta con acierto que la obra «demuestra ya un gran conocimiento de las interioridades de la vida periodística, y a pesar de la nota final, que advierte cómo la obra se leyó primeramente a Hartzenbusch, Martínez Villergas, Diana y otros, y pasó luego por diferentes censores para probar que no contenía alusiones personales ni partidistas, si desconociésemos su fecha […], no vacilaríamos en querer reconocer en los empleados que no cobran y el ambiente que les rodea, un fiel reflejo de la redacción de El Español, muy parecida a la de casi todos los periódicos de la época».

[5] «La Prensa libre, obra en la que Villoslada denuncia el partidismo informativo, la tendenciosidad de orientación e incluso la propia censura, tuvo serias dificultades para ser estrenada. Se vio obligado a efectuar varias alteraciones, enmiendas y rectificaciones» (José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968). Añade que el día de su estreno «se organizó una agria polémica entre los componentes de varios partidos políticos», extremo este que no encuentro confirmado en ningún otro sitio.

[6] La edición en Obras completas no reproduce estas líneas, ni la indicación de lugar («La escena es en Madrid, año de mil ochocientos y tantos»), ni otra nota sobre la propiedad: «Esta comedia, que pertenece a la Galería Dramática, es propiedad del editor de los teatros moderno, antiguo español y extranjero, quien perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino sin recibir para ello su autorización, según previene la Real Orden inserta en la Gaceta de 8 de mayo de 1837, y la de 16 de abril de 1839, relativas a la propiedad de las obras dramáticas». En unas anotaciones biográficas del mes de enero de 1844 escribe Navarro Villoslada: «Leí el drama La Imprenta en casa de Lombía y fue admitido por la empresa»; y después: «Febrero 25. Se representó por primera vez en el Teatro de la Cruz mi comedia La Prensa libre, que es la misma de La Imprenta; se aplaudió muchas veces y fui llamado a la escena. Está ajustada con don Juan Lombía en 3.000 reales».

[7] Enrique Gil y Carrasco, Revista de la Quincena, IX, 1 de marzo de 1844. Crítica recogida en las Obras completas de don Enrique Gil y Carrasco, II, Madrid, Atlas, 1954 (BAE, núm. 74), p. 599. En opinión de Corella, es «una de sus producciones más mediocres en cuanto a técnica y carpintería se refiere». Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Francisco Navarro Villoslada, autor dramático

La fama de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) como novelista ha oscurecido otras facetas de su producción, entre ellas la de dramaturgo: «Cuando se habla de Navarro Villoslada —dice José María Corella— enseguida se nos aparece su vertiente de novelista. Y con frecuencia pasamos por alto el que, además de la novela, el ilustre vianés cultivó la sátira política, la poesía y el teatro»[1]. Sin embargo, en los manuales de historia del teatro español del siglo XIX no se recuerda el nombre de Navarro Villoslada, salvo alguna excepción[2].

Francisco Navarro Villoslada, en La Ilustración Católica, 1878

Por supuesto, no es que el de Viana diera muchas o muy importantes obras a la escena, pero interesa cuando menos dejar constancia de su actividad en este terreno. Quizá convenga recordar que, por aquellos años, el dramático era el género literario en el que solían hacer sus primeras armas los escritores noveles, en tanto en cuanto era el que más rápido podía conducir al éxito (si se tenía habilidad) y el mejor pagado. La vocación de Navarro Villoslada por el teatro es bastante temprana; entre los documentos conservados por sus descendientes se encuentran los borradores de varias piezas dramáticas de los años 30 y 40. Se ha señalado también que algunos pasajes de sus novelas están concebidos casi teatralmente, no solo por la abundancia y vivacidad de los diálogos, sino también porque existen algunas indicaciones del narrador que semejan acotaciones escénicas; esto se acentúa especialmente en Doña Blanca de Navarra, que, en efecto, fue concebida primero como obra dramática. Sin embargo, José María Corella, que ha dedicado un breve artículo a la producción dramática de Navarro Villoslada, explica que el tipo de teatro que escribió no se acomodaba al gusto de la época:

Las corrientes liberales, la influencia francesa en el teatro (desaparece en Francia el romanticismo para pasar al realismo, y de éste al simbolismo), que cala en las élites rectoras del teatro español, no tienen espacio para este vianés que, tradicionalista y católico a ultranza, concibe unas tramas argumentales que nada tienen que ver con la «comedia rosa», importada de Francia (recordemos La Parisienne de Henri Becque), el naturalismo contrarromántico o el mismo romanticismo borrascoso y truculento que impera por la escena española.

Navarro Villoslada produce un teatro basado en sólidas ideas religiosas, con ciertos ribetes de psicológicos heroísmos y al margen de toda construcción revolucionaria. Echarse en brazos de Dios, Los encantos de la voz, El Mariscal, son comedias escritas en correcto estilo y cierto discursismo que pasaron sin pena ni gloria a pesar de la solidez de su temática, desarrollo y desenlace[3].

El padre Goy, que dispuso de material de primera mano del autor, señala que en los años cuarenta Navarro Villoslada tenía escritas «no pocas piezas escénicas, que si no tuvieron los honores de las tablas, no fue por escasez de interés, sino por sobra de depravación moral que se iba ya adueñando de circos y escenarios»[4]. Y continúa explicando el redentorista:

En época posterior aún compuso Villoslada alguna que otra pieza dramática, pero no tardó en abandonar por completo esta clase de literatura, dando para ello la siguiente hermosísima razón con que queremos poner remate a este artículo.

No le gustaban los procedimientos que había que seguir con las actrices entre bastidores para el buen éxito de las obras. No se dice si otra de las causas fue el gusto de los espectadores, que como en su casi totalidad no van al teatro con muy santos anhelos, se imponen muchas veces a la misma conciencia de los autores. Navarro Villoslada no vendía su conciencia ni siquiera por este amor, que era uno de sus más puros y santos amores, el amor al arte[5].

Corella, corroborando la opinión del padre Goy, apostilla: «Navarro Villoslada prefirió abandonar el teatro antes que abandonar sus principios. Fue una decisión que dice mucho en pro del hombre, pero que dejó casi inédito a un autor que bien hubiera podido pasar a la historia de la escena española». Ignacio Elizalde, en cambio, señala que abandonó este terreno consciente de sus propias limitaciones: «El gran novelista histórico intentó hacer teatro, pero fracasó por no saber manejar bien, como lo hacía en la novela, los hilos de la farándula»[6]. En el mismo sentido se manifiesta Ignacio Baleztena Azcárate (Premín de Iruña):

El inmortal Francisco Navarro Villoslada, que como autor de Amaya, Doña Blanca y Doña Urraca de Castilla mereció ser en justicia llamado el Walter Scott español, como dramaturgo le ocurrió lo que a tantos novelistas que se dejan ofuscar por la luz de las candilejas; acuden ciegas a ellas para al fin fracasar[7].

Estas dos distintas razones pudieron influir para que Navarro Villoslada decidiese abandonar el mundo del teatro. Ahora bien, convendría recordar igualmente que desde 1849, fecha de Doña Urraca de Castilla, hasta 1877, cuando empieza a salir Amaya en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana, desatendió casi por completo su producción literaria, ocupado como estaba en tareas periodísticas y políticas: no es únicamente que deje de producir obras para el teatro, sino que en el espacio de treinta años no publica ninguna novela, que constituye su terreno natural. En próximas entradas comentaré las obras dramáticas de Navarro Villoslada que se estrenaron y fueron publicadas, que apenas han merecido atención alguna por parte de la crítica[8].


[1] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968.

[2] Únicamente Ermanno Caldera y Antonietta Calderone, «El teatro en el siglo XIX (I): 1808-1844», en José María Díez Borque (dir.), Historia del teatro en España, II, Madrid, Taurus, 1988, p. 524, al hablar de «Los comediógrafos rutinarios», señalan: «En fin, podríamos también recordar, entre las obras algo comprometidas, La prensa libre, de Francisco Navarro Villoslada, estrenada el 25 de febrero de 1844, que termina con una exaltación de la libertad de imprenta como fuente del resurgimiento nacional».

[3] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático». Hay que notar que El Mariscal no llegó a estrenarse.

[4] Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, p. 246.

[5] Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», p. 115; sigue casi al pie de la letra una nota de doña Petra Navarro Villoslada, la hija del escritor: «Le oí decir muchas veces a mi Padre que no quiso continuar escribiendo para el teatro porque no le gustaban los procedimientos que había que seguir entre bastidores para el buen éxito de las obras». En una de las novelas de Navarro Villoslada, el protagonista Pepe le comenta a su amigo Benito, a propósito de uno de sus escritos dramáticos: «Supongo que lo destinarás a determinado teatro; que habrás consultado el plan con la primera dama o la graciosa; que escribirás para que ellas o el primer galán se luzcan, no para lucirte tú. / Es el único medio de que te lo representen. Así se estila en el extranjero y supongo que por acá…» (Historia de muchos Pepes, en Obras completas, I, Pamplona, Mintzoa, 1990, p. 199).

[6] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435. Es interesante esta noticia aparecida en El Español, 26 de octubre de 1845: «El señor Neira de Mosquera ha hecho, en un libro titulado Las ferias de Madrid, las semblanzas de varios literatos. Dice de Navarro Villoslada: es un autor que conoce el teatro, pero que su acción no corresponde a veces a los estudios que hizo. No aplica sobre el tablado lo que puede aconsejar sobre el pupitre» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 7646).

[7] Premín de Iruña, «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.

[8] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: final

«Amaya da asiera» es frase que en la novela de Navarro Villoslada tiene varios valores simbólicos[1]. Para el escritor de Viana, el fin es el principio, pero ¿el fin y el principio de qué?: en aquel lejano siglo VIII, el fin de la religión pagana es el principio de un tiempo nuevo presidido por el cristianismo; el fin del tiempo en que los vascos vivían divididos en tribus mandadas por caudillos locales es el principio de la monarquía unitaria, es el momento de que los vascos se unan en torno a un rey; por último, el fin de los tiempos de guerra entre vascos y godos, después de tres siglos de encarnizadas luchas, es el principio de un nuevo tiempo de paz y de unión bajo la enseña de la Cruz. Estas circunstancias que se refieren al siglo VIII podríamos extrapolarlas fácilmente a la realidad histórica del siglo XIX, al momento en que vive y escribe el autor: y no resultaría demasiado complicado establecer una ecuación en la que los vascos del siglo VIII serían los carlistas del XIX y los godos imperiales serían los liberales centralistas y unificadores[2].

El periodo de 1868-1876, con la Revolución de septiembre, la experiencia fallida de la I República y la segunda guerra carlista, que acababa con la derrota de la Causa, dejaba a las cuatro provincias, Navarra y las hermanas Vascongadas, en una situación precaria, culminada con la ley de abolición de los Fueros vascos de 1876. Era, sin duda, un tiempo de derrota, el fin de una época que había que dejar atrás (como en el siglo VIII). Pero «amaya da asiera»: ese fin, ese reciente pasado de crisis, debía quedar atrás para dejar paso a un tiempo nuevo, una nueva etapa de defensa de la amenazada identidad vasco-navarra, de renacimiento literario y cultural, y —en un sentido más amplio— de regeneración en todos los órdenes de la vida.

Laurak bat

Navarro Villoslada iba a legar a la posteridad unos mitos, unas leyendas, un imaginario compartido con los euskaros y con otros escritores fueristas: la antigüedad y pureza de la primitiva raza éuskara, nunca mezclada con otras sangres, nunca domada por el extranjero invasor; los orígenes igualmente puros e incontaminados del idioma, musical y espiritual, un idioma en el que no se podía blasfemar; el monoteísmo de la antigua religión natural, como precursor del cristianismo; el carácter democrático de las primitivas leyes e instituciones vascas; y, en fin, la idea providencialista de un pueblo vasco colocado por Dios en este rincón de los Pirineos como salvaguarda de esas antiguas esencias y costumbres. En ese contexto de la defensa de la identidad cultural, el idioma es un aspecto muy importante, pero que hay que englobar en un terreno más amplio, pues va estrechamente ligado al folclore, las costumbres, la historia —o, en su defecto, las tradiciones y leyendas—, la religión, las creencias

Todos estos tópicos o mitos son compartidos por varios escritores e intelectuales del momento. ¿Cuál es, pues, en ese panorama la originalidad o la peculiaridad de Navarro Villoslada? Por un lado, hay que destacar que pone siempre el acento en la religión, en la fe, en el espíritu católico, de acuerdo con su ideario tradicionalista. En él todo aparece enfocado bajo el prisma del catolicismo: el idioma, los cantares, las costumbres, las leyendas y tradiciones, el carácter o, en suma, lo que podría haber llamado «el genio nacional vasco».

A ello hay que unir la defensa apasionada del vascuence, que también sería —junto con la fe— una de las joyas más preciadas del tesoro del mítico patriarca vasco venido de allende los Pirineos. Quizá el verdadero tesoro de Aitor fuera ese, la primitiva y veneranda lengua vascongada, que hay que proteger y defender a ultranza. Un tesoro mucho más inmaterial e intangible que el oro y las piedras preciosas que tanto anhela el judío Pacomio, pero un tesoro, sin duda, mucho más valioso. Recuérdense las palabras de Arturo Campión, según las cuales con cada palabra vasca que se perdía, se perdía un trozo del alma nacional.

Por último, creo que Navarro Villoslada nos transmite la enseñanza —no de forma explícita, pero sí como mensaje implícito en esa conciencia lingüística del narrador de Amaya que antes mencionaba— de una actitud conciliadora: la convicción de que los idiomas han de ser puentes que unan a los distintos pueblos, culturas e ideologías, y no barreras que los separen. En mi opinión, esa reflexión que el escritor navarro formulara hace casi ciento veinticinco años sigue siendo igualmente válida para nuestros días[3].


[1] Las citas serán por la edición de San Sebastián, Ttarttalo, 1991.

[2] En la novela se dice que ya no debe haber vascos y godos en Vasconia, sino cristianos; en los tiempos del autor, la frase podría actualizarse diciendo algo así como: ya no debe haber carlistas y liberales en Navarra, sino solo navarros.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: la voz, patrimonio del linaje de Aitor en «Amaya»

Hay otra cuestión interesante en Amaya[1], y es que el idioma y las modulaciones, las inflexiones o el timbre de la voz constituyen un elemento importante que caracteriza a todas las mujeres descendientes del gran patriarca vasco Aitor: Lorea, Amaya y Amagoya. De hecho, al final de la novela Amagoya reconoce que su sobrina Amaya es verdaderamente la persona a quien corresponde conservar la tradición y los tesoros de Aitor precisamente por la voz, cuando la oye cantar unas estrofas del «Canto de Aníbal»:

Amagoya la escuchó con asombro, con embeleso, como quien percibe real y verdaderamente los ecos con que ha soñado.

—¡Amaya! —exclamó—. ¡Tú eres hija de Aitor! Eso no se aprende: eso se transmite, se hereda… ¡Amaya! ¡Tu madre cantaba así! ¡Tus antepasados cantaban así! ¡Yo canto así! ¡Amaya! ¡Tú no eres extraña en la familia de Aitor! ¡Su casa es tu casa!

—Y en ésta se han conservado fielmente —respondió la princesa— las tradiciones y cantares de la patria de mi madre (p. 640).

Aníbal cruzando los Alpes (fresco de Jacopo Ripanda, 1510)
Aníbal cruzando los Alpes (fresco de Jacopo Ripanda, 1510).

En definitiva, esa voz especial es patrimonio exclusivo del linaje de Aitor, y se aprecia particularmente al recitar o cantar los textos transmitidos de generación en generación por vía oral. La voz es un rasgo esencial en ellos, marca de pertenencia a la ilustre familia del viejo patriarca. La recitación es un aspecto muy relacionado con el anterior. Ya hemos visto que a lo largo de la novela son varios los versos, coplas o canciones que se intercalan en la narración. En primer lugar, Amaya recita delante de su padre y de su tío Favila el «Canto de Aníbal». El narrador es consciente de que no puede reflejar en el papel toda la belleza y el tono especial con que canta nuestra heroína:

Después de algunos compases de música lánguida, comenzó la canción, de cuya inimitable sencillez y energía no pueden ser trasunto los siguientes versos:

Pájaro de dulce canto,
¿quién te retiene cautivo? (pp. 39-40).

En una nota en la p. 223, el autor siente la necesidad de justificarse por no poder reflejar de un modo más acertado la belleza del canto vascongado (en este caso, el himno de Lecobide) entonado por Amagoya:

Esta canción es intraducible e inimitable tanto en verso como en prosa; los idiomas modernos quedan vencidos por la sencillez, concisión y energía del original. En la necesidad de recurrir a las perífrasis, he dado preferencia al verso, pues que de poemas se trata. Hay críticos que niegan la autenticidad, es decir, la remotísima antigüedad de este canto. Para negar un prodigio de la tradición, hay que reconocer otro mayor: el de semejante falsificación. El primero, me lo explico; el segundo, no. De todos modos, dejo la cuestión intacta para los eruditos. Resuélvase como se quiera, creo que no podrá argüirse de la falta de verosimilitud al novelista por haber puesto tan singular canción en boca de Amagoya.

Amagoya, la sacerdotisa pagana, es la anciana depositaria de toda la tradición vascongada, tradición que se ha conservado por transmisión oral. Muy interesante resulta la siguiente indicación del narrador[2]:

Lo que vamos a escuchar no era canción, propiamente hablando, sino recitado en prosa semipoética, interrumpido de cuando en cuando por los acordes del arpa. Tenía por argumento la primitiva historia del pueblo éuscaro y su religión, contaminada ya de leyendas mitológicas. Semejantes noches estaban consagradas a la tradición, que la hija de Aitor quería conservar en toda su pureza. Pero en vano: las manos del hombre manchan cuanto tocan. Por eso, la religión divina, a divinas instituciones tiene que estar encomendada.

La noble anciana, haciendo resonar el instrumento con notas graves y llanas, comenzó su relato, dando a su voz cierta modulación que hacía verosímil las fábulas de Orfeo y Anfión, ponderados músicos de Grecia (pp. 215-216).

Poco después, Amagoya entona otro canto, el de Lecobide, y de nuevo encontramos indicaciones del narrador al respecto: «Cantaba transportada, con un entusiasmo y, por consiguiente, con una fuerza, con una inspiración cual nunca igual había sentido» (p. 222). Y volvemos a encontrar cantando a Amagoya en la p. 325. Ha escuchado «uno de esos cantos éuscaros de tiempo inmemorial» entonado por unas «voces unánimes, acordes, espontáneas», y como ella siente la pasión o debilidad por el canto, se olvida de todo:

Más aún: oía cantar y cantó. Cantó con el mismo abandono y gallardía que en la cima de las rocas de Aitormendi; cantó mejor, porque ni la soledad la espantaba con su mudez, ni la indiferencia de los oyentes la arrecía; cantó en coro con ecos que respondían entusiastas a su acento […]. La mayor parte del auditorio no había oído jamás aquella voz privilegiada, patrimonio exclusivo y signo característico de la familia de Aitor, ni estaba hecho a tan magníficas improvisaciones.

También quiero referirme a otro aspecto que es fiel reflejo de oralidad; se trata del diálogo en verso improvisado por Amagoya y otros personajes (es decir, una especie de certamen de bertsolarismo). Dejaremos la palabra al propio narrador, pues sus explicaciones son claras y explícitas:

Amagoya, como hemos visto, se había dirigido allá cantando, loca de entusiasmo, la derrota de los godos, el triunfo de la escualerría, las glorias de Asier. Cantando también le contestaba el pueblo; y entre la hija de Aitor y la gente del valle se entabló un diálogo de cantares, a que tanto se prestan el genio del idioma y la natural predisposición musical de los montañeses, que con admirable facilidad hablan, discuten y hasta disputan en verso, sin regla, sin arte y sin conciencia siquiera de su habilidad.

Esta costumbre de improvisar públicamente letra y música se conserva en nuestros días cual precioso resto de las antiguas contiendas de bardos, en que los actores, situados en opuestos bandos, se preguntan y se responden, sostienen tesis o causas distintas, alardeando de ingenio, compitiendo en voz y primores de talento ante un pueblo inteligente, apreciador de las travesuras y galas de la musa éuscara.

En esta forma singular de narraciones heroicas, que recuerda los primitivos tiempos de la tragedia griega y los improvisadores itálicos, Amagoya enteró a su auditorio de la nueva faz que habían tomado las cosas públicas; y el pueblo, como los coros del teatro antiguo, hacía reflexiones, expresaba su júbilo, dudaba y preguntaba: todo en cantos, en exaltaciones del estro, en torrentes de armonía (pp. 423-424).

El vascuence es el vehículo oral transmisor de toda la tradición y cultura vascongadas, como dice Amagoya a Asier: «Esa sabiduría que tú dices no es mía; es de nuestros antepasados, y yo no he hecho más que conservar el depósito con la debida pureza. Los conocimientos de nuestros padres eran sencillos, pero claros, y en el idioma éuscaro brillan aún como rastros de luz» (p. 404). Como indica la misma Amagoya en otro lugar, gracias a su idioma y sus cantares heredados puede hablar «la antigüedad por boca de la tradición» (p. 212). Lo vemos también en este diálogo entre Amaya y Amagoya:

—Estoy admirada de vuestra sabiduría.

—No tiene por qué extrañarte; en la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores.

—¿Por ventura se conserva en algún escrito?

—Nada; todo se fía a la tradición y a las canciones.

—Nuestros padres, sin embargo —dijo Amaya—, conocían la escritura.

—Sí, el alfabeto que trajo Aitor de la Iberia oriental, alfabeto propio y peculiar de los primitivos éuscaros; pero nosotros, malos cultivadores de las letras, lo hemos abandonado por el de los romanos (p. 638).

Ese es el momento en que Amaya saca la inscripción de los tiempos primitivos, en alfabeto ibérico, «la escritura de Aitor». Amagoya puede descifrarla porque conserva su conocimiento: «En la casa de Aitor no se pierde nada» (p. 638). Este descubrimiento final del pergamino con la escritura auténtica del patriarca Aitor es importante. Resulta entonces que a todo ese patrimonio de cultura oral vasca, de tradición transmitida de padres a hijos durante varias generaciones, se une ahora el refuerzo de su testimonio escrito en la primitiva lengua ibérica. En suma, al final Aitor no lo había fiado todo a la tradición, sino que dejaba algo consignado por escrito, con la correspondiente sorpresa para todos los vascos, que son portadores de una cultura eminentemente oral. El siguiente diálogo nos revela cómo los principales caudillos vascos no saben leer; Pacomio les muestra una carta escrita en dos idiomas, latín y hebreo, en dos caracteres distintos, y van comentando:

—Lo mismo me da por unos que por otros.

—Vos, ilustre Iturrioz…

—Lo mismo digo.

—Señor de la Berrueza…

—Lo propio.

—No te canses, hermano Pacomio —le dijo Miguel—; esto sólo lo puede entender un hombre tan leído como García (p. 271).

Es más, Echeverría, el honrado labrador de las Dos Hermanas, muestra su desprecio por todo lo escrito:

—¡Valiente caso hará Munio de tiras de pergamino! El mismísimo que haría yo dentro de su pellejo. García, siempre has tenido para mí el defecto de confiar demasiado en vitelas, letras y sellos. Buena mano de laya para el campo, buenos dardos y guecias para la guerra, y tendrás buena cosecha de trigos y de laureles (pp. 496-497)[3].


[1] Las citas serán por la edición de San Sebastián, Ttarttalo, 1991.

[2] Se trata de la historia de Aitor, recogida en las pp. 216-218.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.