El soneto «A las cenizas de un amante puestas en un reloj» de Quevedo

El mismo tema que veíamos en una entrada anterior en el soneto de Luis de Ulloa y Pereira canta este otro de Francisco de Quevedo, titulado «A las cenizas de un amante puestas en un reloj». Aquí, la idea de la inmortalidad, de la eternidad del sentimiento amoroso queda reforzada por la repetición de expresiones como «afecto inmortal» (v. 2), «curso eterno» (v. 3), «los días a tus ansias eternizas» (v. 4), «bien que inmortalizas» (v. 8), «eternar su movimiento» (v. 11) y «eternizas tu propio sentimiento» (v. 14). Lo prodigioso del caso (milagro, portento peregrino, v. 9) consiste precisamente en esta paradoja: el reloj, símbolo habitual para expresar el rápido correr del tiempo «por días, por horas, por minutos» (v. 13), es decir, de lo que pasa irremediablemente, se ha convertido aquí en símbolo de lo contrario, de la permanencia eterna del sentimiento. Y por ello el bello verso duodécimo, «Tú mismo constituyes tu destino», y que se pueda calificar de felice (v. 1) al destinatario del poema.

Reloj de arena, de Santiago Caruso

Ostentas, ¡oh felice!, en tus cenizas
el afecto inmortal del alma interno;
que como es del amor el curso eterno,
los días a tus ansias eternizas.

Muerto, del tiempo el orden tiranizas,
pues mides, derogando su gobierno,
las horas al dolor del pecho tierno,
los minutos al bien que inmortalizas.

¡Oh milagro! ¡Oh portento peregrino!,
que de lo natural los estatutos
rompes con eternar su movimiento.

Tú mismo constituyes tu destino,
pues por días, por horas, por minutos,
eternizas tu propio sentimiento[1].


[1] Biblioteca Nacional de España, Ms. 9.636, fol. 140v y Ms. 7.370, fol. 220v. Recogido por Luis Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía barroca, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 47. Es el número 380 en Poesía original completa, de Francisco de Quevedo, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, p. 369, de donde lo copio, modificando ligeramente la puntuación.

El soneto de Luis de Ulloa y Pereira «A las cenizas de un amante puestas en un reloj de arena»

Consideremos hoy el soneto de Luis de Ulloa y Pereira (Toro, Zamora, 1584-1674) dedicado «A las cenizas de un amante puestas en un reloj de arena», título que se explicita al final del poema (vv. 12-14): el enamorado, en vida, no reposaba por la fuerza de su pasión amorosa; después de muerto, convertido ya en polvo, sigue sin reposo pues son sus cenizas, colocadas en el reloj (uno de los símbolos barrocos por excelencia) las que marcan el fugitivo paso del tiempo.

Reloj de arena

El poema desarrolla el tópico de la prevención contra el amor: la voz lírica se dirige al oyente (véase el apóstrofe «huésped», v. 8) para que escarmiente en cabeza ajena, esto es, para que aprenda en el ejemplo de Lisardo, muerto por el desdén amoroso de Filis, «su querido ingrato dueño» (v. 6, tópico de la ingrata amada enemiga, designada como es habitual en la poesía amorosa cortés con el masculino dueño). Al enamorado le llevó a la muerte una doble causa, la fuerza de su pasión amorosa y el rechazo de su enamorada: «el incendio de amor y la aspereza / de condición esquiva y desdeñosa» (vv. 10-11). Nótese además, desde el punto de vista estilístico, el marcado hipérbaton de los vv. 1-5 («Esta … muda ceniza, y … [esta] lengua … un tiempo fue…»).

Esta, que te señala de los años
las horas de que gozas en empeño,
muda ceniza, y en cristal pequeño
lengua que te refiere desengaños,

un tiempo fue Lisardo, a quien engaños
de Filis, su querido ingrato dueño,
trasladaron del uno al otro sueño.
¡Prevente, huésped, en ajenos daños!

En tanto estrecho al miserable puso
el incendio de amor y la aspereza
de condición esquiva y desdeñosa.

Póstumo el polvo guarda el primer uso:
inobediente a la naturaleza,
padeció vivo, y muerto no reposa[1].


[1] Texto recogido en José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, p. 258. Modifico ligeramente la puntuación.