Joaquín Roa, literato

Como escritor, hay que recordar que Joaquín Roa fue colaborador en la revista Meridiano Femenino, en Fiesta Taurina y, por supuesto, en Pregón, donde publicó numerosos artículos como los titulados «Sócrates», «Todo es posible en el teatro» o «Viejos papeles, dorada niñez…». Dio a las prensas un Anecdotario teatral y escribió varios guiones de cine. En su faceta de autor dramático, cabe mencionar obras como Presentimiento, La hermanastra o Quinito y su suegro (esta escrita en colaboración con Adela Carboné y estrenada en el Teatro Rey Alfonso de Madrid en 1923), Era un romántico, estrenada igualmente en Madrid, Una ingenua, entremés en prosa en colaboración con Antonio Pedroza (Madrid, R. Velasco, 1920), etc. La familia conserva el manuscrito del drama lírico María de Aránzazu, obra que se supone estrenada, y un libro novelado que contiene un anecdotario de Pamplona: Folletín del hombre oportuno (literatura de un actor)[1].

Joaquín Roa hacia 1926
Joaquín Roa hacia 1926.

Reseño ahora con más detalle algunos de estos trabajos. En su artículo «Todo es posible en el teatro» comenta aspectos diversos del teatro de hoy y del de ayer: la parodia y la sátira, los avances de la luminotecnia, la interpretación y el estado del género musical, defendiendo que el teatro lírico nacional debía ser promovido por el Estado, para lo cual había de crearse una compañía y una orquesta titulares. Y se lamentaba con estas palabras: «¡Ay! Nuestro teatro en castellano cantaba cuando yo era chico y se ha quedado mudo».

«Viejos papeles, dorada niñez…» son tres breves estampas, «Infancia», «La Comunión general» y «La Meca», unificadas por la presencia de una primera persona narradora. En la primera, una cuadrilla de muchachos comenta algunas muertes violentas (la de Afanes, la de la novia de Juan Martín…) ocurridas en Pamplona. En la segunda se describe la procesión de la Comunión general de enfermos. «La Meca» retrata a un hombre anciano sentado en un banco del Paseo de Valencia que se distrae escuchando el concierto de la Academia de Música y viendo pasar a los soldados del regimiento que vuelven de la instrucción. El narrador, identificado afectivamente aquí con el autor, escribe: «Cuando en la linde de la vida me encuentre infortunado, triste y solo, me sentaré también en ese banco, con ese mismo vestido de la Casa de Misericordia». Y, de hecho, Joaquín Roa pasó sus últimos años y falleció en la Casa de Misericordia de Pamplona, el 24 de mayo de 1981.

Un trabajo suyo inédito es «La Cenicienta y el Rey Mago. Cuento representable». Es una breve piececita mecanografiada cuya acción se sitúa en un colegio y en la que intervienen al principio la profesora y unos niños (Canuto, Pilarín, Toribio y Lolita), que vuelven a clase tras las vacaciones de Navidad. Los niños comentan los regalos recibidos: Pilarín una muñeca, Canuto una corneta, Toribio un caballito de cartón… La profesora castiga a Canuto por hurgarse la nariz. Toribio no sabe unas sencillas sumas y la maestra lo pone también de rodillas. En cambio, Pilarín, la niña repipi, sí sabe todas las respuestas. Después manda leer a Canuto y este, tan poco avezado que solo sabe hacerlo por sílabas, comenta que las letras le parecen hormiguitas. Luego tocan las preguntas de cultura general y Canuto confunde a los Reyes Católicos con los Reyes Magos, con lo que la profesora lo pone de cara a la pared. Tras un pequeño intermedio en que cantan y bailan todos, entra la Cenicienta, una niña pobre que quiere aprender a leer y escribir. Toribio y Canuto protestan de que esté con ellos «esa birria de niña», fea y con un vestido pobre, y consiguen hacerla llorar. Aparece entonces la figura de un Rey Mago, Gaspar, que les quita los regalos, la corneta y el caballito, por egoístas y malos; les pide que reflexionen (han querido escarnecer la pobreza y la humildad) y pidan perdón a la niña. Los niños, arrepentidos, besan el vestido y las alpargatas de la Cenicienta y esta pide a Gaspar que les devuelva los juguetes. Todos aprenden la lección de que el mejor camino es la bondad, prometen ser buenos y estudiar, y la pieza acaba con todos los personajes cantando en rueda.

Presentimiento, ensayo de gran guignol, en prosa y original de Joaquín F. Roa, publicado en Biblioteca Teatral, año III, núm. 41, pp. 47-55 y estrenado en el Teatro de la Comedia el 13 de marzo de 1920, es una pieza en un acto único, repartido en cinco escenas. Intervienen los muñecos María Arnal, Amorino, Lina Moretti, Julia, Un Desconocido y Pietro, representados por Adela Carboné, Aurora Redondo, Irene Alba, Irene Caba, Juan Bonafé y Federico Gorritz, respectivamente). La acción ocurre en el gabinete de un hotelito en Roma, una noche de primavera. Escena I. Amorino, muchacha ciega, y su madre María Arnal, tiple de ópera. Mientras se oye el sexteto del hotel, la cantante lee a su hija las crónicas sobre su representación de Carmen, que la elogian diciendo que ella aporta a la obra «el sol de Andalucía». En la escena II reciben la visita de Lina Moretti, una mujer de cincuenta años «que fue distinguida, guapa y triunfadora». En una mezcla de italiano y español, pondera la belleza y elegancia de María Arnal y esta le da 200 liras. Por el diálogo nos enteramos de que una afonía llevó a Lina Moretti a la miseria y que además perdió a su hijo. Escena III. María, Amorino y Julia. Llora Amorino por el dolor de Lina. La madre canta hoy Madame Butterfly para los soldados heridos; le inquieta que le pueda ocurrir algo a su hija y pide a la criada que no la deje sola en ningún momento. Escena IV. Amorino y Julia. Amorino se queda dormida y Julia se distrae con Pietro, que aparece al fondo. Salta a la habitación de Amorino el Desconocido, que va a robar un cofre con joyas y dinero. Despierta Amorino, se asusta y grita. El Desconocido la estrangula, mientras se oye de fondo la música de Madame Butterfly. Escena última. Tras un oscuro general que simboliza el paso del tiempo, aparece la madre. Julia le dice que no se separó de Amorino. María deja el ramo de flores que trae sobre la cama de su hija, comentando que al día siguiente lo llevará a la tumba de los soldados muertos. No la besa para no despertarla. «Queda la escena sola. Sobre la cama de Amorino han quedado las flores, como presentida ofrenda a la muerte…; no se oye un rumor, como si ya nada tuviera vida»[2].


[1] Cfr. Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, p. 97.

[2] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 11, San Fermín de 1998, pp. 8-11. Ver ahora Francisco Benavent, Joaquín F. Roa, Pamplona, Filmoteca de Navarra, 2020.

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