«La derrota del mar», poema de Verónica Jiménez

Verónica Jiménez (Santiago de Chile, 1964) es licenciada en Literatura (se tituló con una tesis sobre César Vallejo) y en Periodismo. Entre 1992 y 1994 participó en el grupo «Códices» y entre 1993 y 1995 dirigió la revista Licantropía, de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. En 1994 publicó, junto a Kurt Folch, la antología Poesía postal (Santiago, Ril). En 1997 resultó ganadora en el concurso de poesía organizado por la Facultad de Derecho, con el poemario Mares. En 1999 dio a las prensas su libro Islas flotantes (Ediciones Stratis, 1998) y ha sido antologada en Códices. Antología poética (Santiago, Ril, 1992) y en Poetas chilenos jóvenes (Concepción, Lar, 1998). Poemarios posteriores son Palabras hexagonales (2002), Nada tiene que ver el amor con el amor (2011) y La aridez y las piedras (2016), y ha publicado además la novela Los emisarios (2015) y el ensayo Cantores que reflexionan. Cultura y poesía popular en Chile (2012, Premio Mejores Obras literarias del Consejo del Libro). Dirige la editorial Garceta.

Joaquín Bárbara y Balza, Náufragos (1896). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Joaquín Bárbara y Balza, Náufragos (1896). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Copio aquí su poema «La derrota del mar», que lleva una dedicatoria «A Kurt Folch»:

Nosotros que tuvimos que pasar
por tantos puertos llenos de agitación
pernoctando en pequeñas lanchas
azotadas por la lluvia y por las olas
y que fuimos a un tiempo
alegres ebrios a bordo de cargueros sin destino
y silenciosos marineros abandonados en la bahía
nosotros que algún día soñamos en lechos
extensos como las velas de los barcos
y construimos un hogar sobre el viaje de las aguas
bendecidos por la música del mar en la noche
anclamos ahora en esta oscura rada
como náufragos arrojados a su mala suerte
vomitando espuma
con los pies enterrados en la arena
y la piel herida por la sal[1].


[1] Tomo el texto de Antología de la poesía joven chilena, selección, prólogo y notas de Francisco Véjar, 2.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2012, pp. 84-85.

«Te esperaré apoyada en la curva del cielo», de Ernestina de Champourcin

En el blog ya han entrado algunos poemas de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), una de las más destacadas voces femeninas de la Generación del 27: «Huida», «El beso», «Amor», «Búscame en ti. La flecha de mi vida…» y «Contemplación de María». En este rumbo que nos va llevando al año 27, recordaré hoy otra composición suya, la titulada «Te esperaré apoyada en la curva del cielo», perteneciente a su poemario La voz en el viento (1931). Dice así:

Paul Delvaux, Mujer ante el espejo (1936). Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid, España).
Núm. de inventario: 520 (1972.9).
Paul Delvaux, Mujer ante el espejo (1936). Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid, España).
Núm. de inventario: 520 (1972.9).

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Solo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre[1].


[1] Cito por Antología poética [de la] Generación del 27. Selección, estudio crítico de Elena Escribano Alemán, Barcelona, Vicens Vives, 2026, p. 87.

«Lo infinito», poema de Carmen Conde

Aunque menos conocida que otros poetas que forman la nómina “oficial” y “mayor” del grupo poético del 27, Carmen Conde (Cartagena, 1907-Majadahonda, Madrid, 1996) es también una de las voces líricas destacadas de aquel momento. Además de su intensa labor docente y su firme activismo cultural —fundó junto a su esposo, Antonio Oliver Belmás, la primera Universidad Popular de Cartagena en 1931—, su producción literaria —cultivó, sobre todo, la poesía y el ensayo— destaca por una profunda sensibilidad hacia temas como el erotismo, la identidad femenina, la protesta social y la mística. En 1978 fue elegida para ocupar la silla «K» de la Real Academia Española, tomando posesión al año siguiente con un discurso titulado Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, con lo que se convirtió en la primera mujer académica de número en la historia de la docta casa.

Su evolución poética va desde un intimismo inicial, con influencias de Juan Ramón Jiménez, hasta una poesía de madurez de tono marcadamente existencial. Entre sus poemarios destacan Brocal (1929), Júbilos (1934), Ansia de la gracia (1945), Mujer sin Edén (1947), En un mundo de fugitivos (1960), Derribado arcángel (1960) o La noche oscura del cuerpo (1980). En 1967 publicó Obra poética (1929-1966), volumen que le valió el Premio Nacional de Poesía, siendo también la primera mujer en recibir este galardón.

Ahora que nos vamos acercando al Centenario de la Generación del 27, conviene recordar estas voces menos conocidas y transitadas por la crítica, que no encuentran lugar —o lo encuentran menor— en los manuales de la historia literaria española. Copiaré hoy, sin necesidad de mayor comento, su poema «Lo infinito», perteneciente a su poemario Ansia de la gracia (1945).

Paul de Vos, Concierto de aves (siglo XVII). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España). Academia Colecciones, Museo, núm. de inventario: 1489.
Paul de Vos, Concierto de aves (siglo XVII). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España). Academia Colecciones, Museo, núm. de inventario: 1489.

Tú vives en el Alba.
Los pájaros te aclaman.
De túnicas de aves te viste la alegría.
¡Qué aurora la que exaltas!
¡Qué noble luz la tuya!
Te escuchan las mañanas y las noches
porque eres como un río,
porque eres como un corzo.

Sentirte a ti que pasas
rozándome las rosas y los ayes…
Doler en tus rodillas, estrujada
por riscos y malezas…

Y que un céfiro de alondras venga dulce,
que tú llegues aventando mis heridas…
Ser mujer y tuya, ¡qué inefable
fundirse la conciencia entre tus brazos![1]


[1] Cito por Antología poética [de la] Generación del 27. Selección, estudio crítico de Elena Escribano Alemán, Barcelona, Vicens Vives, 2026, p. 119.

«Ahora», de Gloria Fuertes

A los poemas de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998), «stajanovista del verso», que ya he ido poniendo aquí —«Pena de vida», «Quijote y Sancha», «Por la Mancha», «El ángel de Belén que vino en helicóptero», «Ya está el niño en el portal» y «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)» — añado hoy «Ahora», de su volumen recopilatorio «… que estás en la tierra…», que incluye una curiosa y enigmática (al menos para mí…) alusión a la actriz Eloísa Muro como autora del Quijote. Dice así:

usano de seda

Ahora, voy a contaros
cómo fue que los gusanos
que mantenía con hojas de morera
en una caja vacía de jabón,
se me convirtieron
en bolas alargadas de colores,
y cómo después yo los vi
transfigurarse en mariposas,
y esto sucedió porque era mayo sólo
y los insectos son así de mágicos.

Luego os contaré
de como Eloísa Muro[1],
cuarta querida de Cervantes,
fue la que escribió el Quijote[2].

Porque yo, tan mínima, sé tantas cosas,
y mi cuerpo es un ojo sin fin
con el que para mi desventura veo todo[3].


[1] Eloísa Muro (Madrid, 1896-Madrid, 1979) fue una actriz, sobre todo de teatro, que llegó a ser primera actriz del Teatro de la Comedia y después del Teatro Infanta Isabel. Uno de sus mayores éxitos fue el estreno, en 1926, de Los extremeños se tocan, de Pedro Muñoz Seca. Fue hija del actor César Muro, estuvo casada con el actor Bernardo Jambrina y, fruto de su relación con el actor Mariano Asquerino, nació María Asquerino, también actriz. En el original figura «Eloisa», sin tilde; se la restituyo.

[2] Sin cursiva en el original.

[3] Gloria Fuertes, «… que estás en la tierra…», Barcelona, Jaime Salinas Editor, 1962, p. 36.

«Pena de vida», de Gloria Fuertes

De esa «mujer de verso en pecho» que fue Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998) han entrado ya en el blog un par de recreaciones quijotescas («Quijote y Sancha» y «Por la Mancha») y algunas composiciones navideñas como «El ángel de Belén que vino en helicóptero», «Ya está el niño en el portal» y «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)». Vaya para hoy su poema «Pena de vida» de su volumen antológico «… que estás en la tierra…»:

Amor y vida

Pena de vida tiene aquel que nace
por no sé qué delito que habrá hecho,
pena de muerte tiene el que, derecho,
lo mal hecho deshace.

Pena, más pena tiene el que lo sabe
y, acompañado, solo va a morirse;
pena, más pena cuando quiere irse
el que en tu casa cabe.

Y no hay sereno, no, que tenga llave
para abrirte una noche la alegría,
y ni la mano amiga va y te fía
cuando el casero Muerte te desahucia.

Es necesaria mucha, mucha audacia
para ser cosa tuya siendo mía.
Pena de muerte tiene aquel que nace,
y tan sólo el amor pena de vida[1].


[1] Gloria Fuertes, «… que estás en la tierra…», Barcelona, Jaime Salinas Editor, 1962, p. 87.

Un soneto de Josefina de la Torre: «Cuando veo mi imagen reflejada…»

De Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, he traído al blog estos días sus poemas «¡Gritar, gritar a la luna…», «¡Cómo temblaban mis labios…» y «Qué repetido deseo…». A su poemario Medida del tiempo (inédito hasta 1989) pertenece este soneto, de tono dolorido y gran fuerza expresiva:

José Gutiérrez Solana, [Mujer ante el espejo] (1963). Calcografía Nacional (Madrid), núm. de inventario: E-6724.
José Gutiérrez Solana, [Mujer ante el espejo] (1963). Calcografía Nacional (Madrid), núm. de inventario: E-6724.

Cuando veo mi imagen reflejada
en la luna impasible del espejo,
siento cómo me duele su reflejo
tan fiel a mi verdad enajenada.

Esta forma que late y se rebela,
un tiempo fue de amor y fue de vida;
y aún hoy, que huellas saben de su huida,
queda una voz para su luz en vela.

Pero un día vendrá el irremediable
que a este espejo me asome, ya acabada.
Y la raíz de fuego insobornable 

que crece en mi interior, aún no saciada,
conmoverá la cárcel indomable
con su llanto de ruina abandonada[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 289.

«Qué repetido deseo…», de Josefina de la Torre

Tras «¡Gritar, gritar a la luna…» y «¡Cómo temblaban mis labios…», de Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, añado hoy «Qué repetido deseo…», también de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, que presentan algunas rimas asonantes, de forma esporádica.

La dormeuse (1932), de Tamara de Lempicka. Colección privada.
La dormeuse (1932), de Tamara de Lempicka. Colección privada.

Qué repetido deseo,
todo igual y siempre el mismo,
distinto y otro, inconsciente,
confundido y tan preciso,
se me va quedando dentro
escondido y dueño solo,
perdido y presente siempre.
Altas noches, muros largos,
patios de la madrugada.
Y mi deseo rodando
—número de circo— libre.
Una y otra vez, alerta
dando la voz en mis sienes,
centinela de mi pecho,
fiel compañero constante.
Qué repetido deseo
tan inseguro y tan firme,
ignorada certidumbre.
Distancia, viento y espacio[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 283.

Otro poema de Josefina de la Torre: «¡Cómo temblaban mis labios…»

Copiaba ayer el poema «¡Gritar, gritar a la luna…», de Josefina de la Torre (Las Palmas de Gran Canaria, 1907-Madrid, 2002), poeta de la Generación del 27, y hoy traigo otra composición suya, esta de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, varios de ellos con rima asonante en é o, pero la estructura métrica no es la de un romance. Las repeticiones paralelísticas contribuyen también a crear un ritmo que tiene la gracia de la poesía popular.

Paisaje de labios, de Patrik Molntuss
Paisaje de labios, de Patrik Molntuss.

¡Cómo temblaban mis labios
al despertarme mi sueño!
¡Qué parado mi deseo!
Mi pensamiento, qué libre
por los caminos del viento.
Cuando cerraba los ojos,
el día los iba abriendo;
yo recogiendo mi imagen,
él desdoblando su anhelo.
¡Cómo temblaban mis labios
a la sombra de mi sueño![1]


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, pp. 282-283.

Un poema de Josefina de la Torre: «¡Gritar, gritar a la luna…»

Josefina de la Torre Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1907-Madrid, 2002) forma parte de la nómina amplia de la Generación del 27, y también del grupo de «Las Sinsombrero». Además de poeta, fue novelista, cantante lírica, actriz y guionista. Entre sus títulos poéticos se cuentan Versos y estampas (Málaga, Litoral, 1927), Poemas de la isla (Barcelona, Altés, 1930), Marzo incompleto (en la revista Azor, 1933, con otras ediciones posteriores en 1947 y 1968), Poemas de la isla, en edición de Lázaro Santana (en la Biblioteca Básica Canaria de la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1989), que incluye los tres libros anteriores más el inédito Medida del tiempo, o Poemas (Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2003 y Santa Cruz de Tenerife, Interseptem, 2004). En 2020 se ha publicado su Poesía completa (Madrid, Torremozas), en edición de Fran Garcerá, en dos volúmenes, que recogen su obra poética de 1916 a 1925 y de 1936 a 1989. Se incluye aquí Mi dolor, poemario inédito hasta entonces escrito tras la muerte de su marido en 1980.

Luna y velero sobre el mar

Su poema —un romance, forma estrófica tradicional cara a la poeta— que comienza «¡Gritar, gritar a la luna…» pertenece a Medida del tiempo (1989), y dice así:

¡Gritar, gritar a la luna
estática sobre el cielo!
Luz de abierta noche amarga
y rebeldías sin ecos…
¡Lanzar la voz que despierte
 todas las cuerdas del viento!
Claro mar del horizonte,
velero que arriba al puerto…
Conquista de lo imposible
en los brazos del encuentro.
Rotas las cadenas muertas,
libre de espacios el vuelo.
Pero la noche es violenta
y es violento su desvelo.
¡Ay, el dolor que no puede
ni ser dolor ni ser duelo!
Altas y abiertas ventanas
como pupilas de ciego
se van tragando las sombras
enhebradas de lamentos.
Entre las sábanas frías
la línea recta del cuerpo
hace estremecer de angustia
las tinieblas de lo incierto.
Y en el hueco del oído
donde se afianza lo eterno,
acompasado y monótono
marca segundos el péndulo[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 288. En el verso 12 prefiero transcribir «el vuelo», frente a la lectura «al vuelo» que trae esta edición.

Otro soneto de Ernestina de Champourcin: «Huida»

De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya he transcrito aquí sus poemas «Contemplación de María», «Amor», «El beso» y su soneto «Búscame en ti. La flecha de mi vida…». Vaya para hoy otro soneto suyo, esta vez de su poemario Cántico inútil (Madrid, M. Aguilar, 1936).

Rosa marchita, de Tania Traver (Arteinformado.com).

Inercia de la muerte. ¡Qué distancia
me aleja ya, segura, de lo humano!
Aquella rosa que murió en mi mano
será pronto recuerdo de fragancia.

Silencio de silencios. En mi estancia
diluye su perfil lo cotidiano
y retorna sin hieles a su arcano
esa amargura que la vida escancia.

Nada será de todo lo que ha sido.
Voy a ofrecer al sello del olvido
mis párpados febriles y mis labios

que inmoviliza el rictus de lo eterno.
¡Quiero escapar indemne del infierno
que arde en la trama de tus besos sabios! [1]


[1] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 632-633.