«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: valoración

El principal valor de La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano es el testimonial: su lectura sirve para conocer las causas por las que pelearon los soldados del bando nacional —en particular, los jóvenes miembros de la Falange Española—, y para dar fe de su heroísmo, camaradería y espíritu de sacrificio: «Lo mejor de la guerra —para siempre— seríamos nosotros». Al mismo tiempo, a lo largo de sus páginas va apareciendo toda la ideología falangista, que es la del autor. El carácter autobiográfico y la fuerte carga emocional son algo normal en este tipo de novelas, así como el sentido de inmediatez, la falta de perspectiva para juzgar imparcialmente los hechos narrados.

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Desde el punto de vista literario, los principales defectos serían la escasa caracterización psicológica de los personajes —lo colectivo se sobrepone a lo individual—, el maniqueísmo al retratar los personajes de uno y otro bando, la ausencia de una estructura novelesca clara y, sobre todo, las abundantes digresiones que entorpecen el desarrollo de la acción y que convierten la obra en vehículo propagandístico de una ideología. En novelas posteriores, el apasionamiento del autor irá disminuyendo conforme se vayan alejando los hechos que dan pie al relato; de esta forma, la calidad literaria aumentará a la par que la objetividad. Es tan sólo una cuestión de tiempo: a mayor distancia de los acontecimientos que se cuentan, menos carga política y, en definitiva, más literatura[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: el bando enemigo y los indiferentes ante la guerra

En La fiel infantería[1], de Rafael García Serrano, los combatientes del lado republicano a veces están vistos muy hostilmente. El odio y el deseo de venganza se transparentan en estas palabras de Ramón, cuando se refiere a la situación padecida por los falangistas en Madrid, de donde él consiguió escapar:

Nos cercaron como a bichos peligrosos, como a alimañas. No teníamos derecho a morir limpiamente; para nosotros el balazo en la nuca, el paseo, la mutilación, el suplicio. Tú los has tenido siempre enfrente, no alrededor, como yo, en Madrid. Ya no son ni fieras, porque no se hartan; son otra vez hombres enfurecidos, bebedores de sangre. Hombres, mierda, eso son. —Escupió—. Y ahora yo también odio y me paso el amor por el arco de triunfo. Para ellos y para los de fuera mi odio, mi venganza (p. 148).

En ocasiones se les niega a los enemigos —«borrachos de barbarie»— su valentía e incluso su condición de soldados; pero lo más frecuente es que se reconozca su valor en la lucha: «Benditos los de enfrente, que también saben manejar las armas» (p. 208). La comprensión del autor aparece asimismo cuando la muerte iguala a unos y otros: «Acabamos con un responso por todos los muertos de la campaña, por sus muertos también» (p. 21). Todos los críticos coinciden en destacar ese carácter abierto de García Serrano, pese a que ni por un momento ceja en sus ideas[2]. El dolor provocado por la lucha entre los compatriotas españoles se expresa claramente en estas bellas palabras:

Entender el idioma del enemigo, hablar la misma lengua de los que matan, de los que tienes que matar, es un suplicio que deprime como si una montaña cayese en los hombros o un grano de arena en la conciencia…. Disparar sobre un hombre que dice madre igual que tú. Como tú lo dirías en su trance de muerte. O que repicaría la palabra igual que tú al ir de permiso o al escribir una carta luego de quebrar un peligro, cuando se desea contar que se vive. Un hombre que dice como nosotros, novia y amigo, árbol y camarada. Que se alegra con las mismas palabras y jura también con las palabras que juras tú. Que iría a tu lado bajo tú bandera, cargando sobre gentes extrañas. Al principio, todo esto me hacía cerrar los ojos y orar de noche, aislado, por el pecado sin perdón: más tarde aprendí a encoger los hombros por necesidad (p. 65).

Combatientes

Toda guerra es triste. Pero mucho más triste, si cabe, una guerra entre hermanos. Los republicanos tuvieron al menos el valor y el coraje de defender con las armas sus ideas: «[…] entonces combatíamos los fanáticos de los dos bandos, los que sólo podíamos luchar sin cuartel. Los que forzosamente teníamos que ser eliminados con el triunfo del adversario. La gente de caricruz, los generosos» (p. 65). Frente a los hombres «voz y voto», ellos —todos los que pelearon— fueron hombres «voz y fusil» que se echaron al campo para «garantizar el vítor con la bayoneta». García Serrano critica duramente la cobarde pasividad burguesa de quienes se quedaron tranquilamente en sus casas mientras se resolvía a tiros el futuro de España[3] y lo mejor del país, de uno y otro bando, moría en el empeño: «Cuando la Patria se parte en dos, son pocos los indiferentes, los del tercer estado, que deberían de ahorcar, puestos de acuerdo, los bandos combatientes» (p. 175). Las posiciones de unos y otros quedan claramente perfiladas al estallar la guerra:

El 19 de julio calibró a las gentes: unos salimos y otros no. Aquel día se jugaba España definitivamente y mientras nosotros marchábamos al choque cubiertos de rosas, ellos nos lanzaban las rosas desde el cielo de su indiferencia o de su cobardía. Bien limpia la chaqueta, entonada la corbata y lustrosos los zapatos, veían pasar la Patria en mangas de camisa, ronca y brava, un poco callejera para su británica elegancia. Sin los que entonces salimos a dar un paseo militar, como después han dicho los rencorosos, los mariquitas y los tacaños, nada hubiera sido posible. En las primeras semanas, minuto a minuto, hora a hora, día a día, íbamos ganando España para nosotros, para los que nos amaban, para nuestros enemigos y hasta para los miserables que, por ocultar su pánico, fingían ignorar cómo muchas veces se nos secaba la boca en los peligros de un divertido paseo militar (p. 62).

Para ellos, para los indiferentes ante la tragedia patria, se reserva un odio mayor que para el enemigo combatiente: «Porque aun gustando la miel que nos brindaban al pasar los caciques y los cobardes, estábamos todos seguros —todos— de que un día habríamos de volver los fusiles contra sus aplausos, que tenían voluntad de asqueroso dinero con que hacernos mercenarios» (pp. 62-63)[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] En el Prólogo de la edición manejada señala García Serrano que «cuando se escribió la novela de Ramón, Miguel y Matías los vencedores ya habían firmado la reconciliación con sus hermanos vencidos simplemente por su manera de comportarse en los campos de la guerra».

[3] También se ataca la actitud de algunos países extranjeros, en particular de Francia, donde en los caseríos y villas cercanas a la frontera se anunciaba «café con vistas a la guerra de España», como si de un espectáculo se tratara (cfr. las pp. 107 y 110). Este será el tema central de otra novela de García Serrano, La ventana daba al río.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la Patria y la Revolución para la posguerra

Los jóvenes falangistas de la novela[1] de Rafael García Serrano intuyen que su sacrificio y sus muertes no son estériles: «Sabían que estaban celebrando, eso sí, unas míticas bodas con su Patria y que toda aquella sangre —inmensa sangre— era nupcial. Después vendría el fruto. Ahora tocaban dolor y gozo de conquista» (p. 123). Son conscientes de que para después de la victoria quedará todavía una tarea, reconstruir la Patria, y viven esperanzados porque confían en que entonces podrán llevar a cabo su Revolución Nacional-Sindicalista:

Presentíamos que la guerra —corta o larga— no nos iba a servir para que los árboles diesen monedas de oro, ni para que en la Patria deshecha que nos legaba la experiencia de nuestros padres las cosas caminasen por un camino de fina yerba, con la carrera cubierta de sombras propicias y aguas tranquilas. Precisamente lo mejor de los primeros momentos era la claridad con que veíamos la revolución como una tarea de la posguerra y a los árboles con fruto y al campo con mies y al agua en el verso inmejorable de los canales (pp. 62-63).

Los objetivos de su revolución se expresan en los tópicos falangistas que Ramón emplea en sus alocuciones a obreros y campesinos:

Una paz hermosa e igual para todos. Una vida nueva, un afán superior a la minucia. Un plantarse en el mundo con los brazos en jarras y decir aquí estamos. Un imperialismo, el imperialismo de las gentes humildes. La grandeza de la Patria es la única finca para la felicidad de los desheredados. Esas doctrinas que aprendió en los mítines, en las conversaciones universitarias, en los versos generalmente inéditos y en las acciones callejeras, le parecían en plenitud. O ellas o nada. O la vida o la muerte, ahora o nunca. Había surgido, en limpio salto, el momento, sin abuelos y sin hijos. Ganarían en la guerra el deber de la revolución —los deberes se cumplen, los derechos se reclaman— y el hombre predestinado que guardaba la cárcel de Alicante vendría a ordenar el tiempo nuevo. Os lo prometo, les decía, profeta armado, la revolución y él (p. 176).

Cartel de Falange Española

A esta idea de una Patria fuerte y unida va ligada la idea de imperialismo español: España como «unidad de destino en lo universal», como «comunidad total de destino». Otra vez es Ramón quien expresa el ideario falangista: «Al chirrión los imperios espirituales. Nosotros queremos tierra de todos los colores […]. El dominio sobre los demás y en la cima el Emperador» (p. 154)[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

La figura de José Antonio en «La fiel infantería» de Rafael García Serrano

La figura del César Joven aparece, como es lógico, idealizada en La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano: «Ahí lo tenéis, hombres, él os guiará, él es un don de Dios para vosotros, encenagados en la disputa» (p. 178).

José Antonio Primo de Rivera

También son claras estas otras palabras:

Los campesinos creían ya en el hombre lejano como en Dios; el milagro era fácil de aceptar entre los que esperan la cosecha. Los obreros aguardaban en el hombre la claridad para sus confusas ideas, la armonía entre su valor de soldados y su antiguo valor de huelguistas. Querían la cruz y el sindicalismo […]. En los pueblos del norte y del sur, del relativo este y del oeste, se bautizaba a los recién nacidos con su nombre amado; los de la tercera escuadra del segundo pelotón […] clavaban el retrato como una bandera en cada alojamiento y el retrato bendecía aquella piña increíble. Hombres y mujeres oraban por él y el pueblo lo llamaba por su nombre, como a un hermano, como a un césar, como a Dios, José Antonio, José Antonio… Era la vida y la esperanza (pp. 176-177).

Esa esperanza puesta en el fundador de Falange Española se expresa en esta copla: «Con dos puñados de sal / y uno de canela en rama / hizo Dios a José Antonio / para que salvara a España». Igualmente, los rumores sobre su fusilamiento se manifiestan también en forma de canción popular: «Échale amargura al vino / y tristeza a la guitarra: / compañero, nos mataron / al mejor hombre de España». Aunque en algún momento se pone en duda la veracidad de esta noticia (pp. 176-178), sin embargo no llega a desarrollarse en La fiel infantería la leyenda del Ausente[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la juventud falangista (glorificación del soldado y muerte heroica)

Aunque en la novela de Rafael García Serrano[1] aparecen también requetés y legionarios, la mayoría de los personajes son falangistas que luchan por la Religión, la Patria y la Revolución, los más de ellos uniformados «sencillamente con el entusiasmo». Son jóvenes decididos, valientes e intransigentes[2]. Esta es una caracterización general de ellos:

Gente joven, altiva, facciosa, acostumbrada a tirar los pies por alto, sin respeto a las mil costumbres aspaventosas del tiempo podrido que combatían, guardaban para sus ceremonias una reconcentrada seriedad de catacumba. Se burlaban de cosas grandes, de enormes ideas declinantes y en cambio una fe elemental y alegre les volvía al viejo lugar de los primeros símbolos. Despreciando al mundo, encontraron la Patria. Eran sencillos, creyentes y pecadores. Adoraban a Dios, servían a lo cesáreo, y porque se dejaban mandar de un solo hombre, desconfiaban de la Humanidad. Pastores armados del tiempo nuevo, sus confusos rebaños se esparcían por distintos pastos, pero en el caos que precede a toda creación una fuerza dominaba, augusta, sobre las demás: la de la unidad rabiosa, la de la revolución implacable por la que morían a miles, cantando (pp. 152-153).

También aparecen poéticamente idealizados en el recuerdo de Ramón:

Cerró los ojos al reciente pasado sin poder llorar. Recordaba a sus camaradas peregrinos por la ciudad y el campo, vivificando con sangre la Patria, despertando la Patria a muertos, entre la risa escocida de los cobardes, hijos de los que fueron a los toros un día de Santiago del 98, y la maligna agresión de los traidores. Solos con su bandera y su César, ellos, enseñando la verdad con el supremo razonamiento de las venas, bautizando a los asesinos con el perdón; ellos, locos sagrados, hijos de Dios, falangistas (pp. 147-148).

FalangistaGarcía Serrano destaca siempre la amistad, el heroísmo y el espíritu de sacrificio de estos jóvenes que se hacen camaradas nada más conocerse; entre ellos nadie es más que nadie, ni siquiera los superiores en el rango: los oficiales hacen enlaces con los soldados rasos o «pelan parapeto» con ellos: «Todos nos dábamos a todos en ofrenda de amistad» (p. 34). Para ellos —«magníficos bisoños», «bisoños imberbes»— ser soldado es la máxima prueba de virilidad. Son los que volverán a rememorar las hazañas de los antiguos soldados españoles —Flandes, Italia, América—: «Otra vez iban juntas las antiguas gentes imperiales» (p.128). Esperaron la guerra «con impaciencia de cita amorosa»; de ahí que, cuando estén lejos del frente, anhelen poder entrar en combate: «Si aquí sonase un tiro, la vida sería más amable» (p. 103). Su primer deber es combatir por España —por la Patria y la Falange— y están dispuestos a darlo todo en generoso sacrificio, incluso su vida recién abierta a la juventud: todos desean partir «hacia donde la Patria reclamase un parapeto de pechos exaltados» porque confían en «morir como los fuertes», en alcanzar, en amorosa entrega, «la bella muerte de los héroes»[3]:

Nunca es el hombre tan generoso como a la hora de partir para la guerra: una vez en ella es posible que se arrepienta de su rasgo y añore la paz sin gloria. A la hora de marcar el paso tras la música, borracho de banderas y de historia —esa historia familiar del abuelo que murió en la otra guerra o del padre que tiene una cruz—, loco de virilidad, el hombre piensa que nada hay comparable a ser soldado y dar la vida por la Patria (p. 37).

Sin embargo, Ramón no podrá obtener esa muerte heroica que tanto anhela, pues tiene que ser evacuado del frente, sin ninguna herida, simplemente por enfermedad, que es precisamente lo que ocurrió con el autor[4]. La gran desgracia de Ramón será morir lejos del frente, en la cama de un hospital, sin las botas puestas:

De tren a tren va la vida y aunque para un soldado partir no es morir un poco, sino vivir del todo, en aquel momento Ramón pensaba que se moría a chorros, generosamente, sin que la muerte le correspondiese con el honor de reservarle una hermosa ocasión de decir adiós al mundo que amaba […]. ¿Es Dios justo al matar así, así, tan pobremente, tan sin gloria, a un varón que lleva con coraje sus armas y soporta con valor las contrarias […]. Nada se reparte equitativamente, menos la muerte que se da a todos. Mentira, mentira: en la muerte hay clases y privilegios. No da igual morir que morirse. Ni da igual morirse a que lo maten a uno. Ni es lo mismo el garrote vil que el fusilamiento, ni el fusilamiento que el paseo canalla, ni éste que la muerte limpia de un buen tiro en la cresta (pp. 199-200).

Todo esto constituye el aspecto idealizado de la guerra y de la muerte. No obstante, en ocasiones, los personajes o el narrador se preguntan por el sentido de todo esto. Así razona Pozo: «Pero si morir en el combate es bello, ha de ser, también, bueno. O eso sirve para engrandecer la vida o es una canallada» (p. 179). Y el narrador corrobora sus palabras: «Tenía razón Pozo: o servía el morir para algo superior y hermoso o era un crimen matarse» (p. 182). La muerte, sin una razón que la explique, sería un absurdo sinsentido:

Era preciso justificar cada día la razón poderosa de la pelea. Sin una realización diaria del ideal agarrado a las banderas, España aparecería como una tierra muerta, sembrada de muertos; de muertos por nada, para los cuervos infames (p. 131; cfr. también las pp. 32, 155, 190 y 198)[5].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] De un tal Navarro se dice: «Si discute de política no admite más razón que la suya, lo cual es una excelente cualidad para andar por el mundo. Siendo él falangista, ¿cómo no han de serlo los demás?» (p. 100).

[3] El título de la tercera parte reza: «Bienaventurados los que mueren con las botas puestas». Para el tema de la muerte heroica, cfr. especialmente las pp. 199-202.

[4] En el prólogo a La fiel infantería, Madrid, Sala, 1973, pp. XCIII-XCIV, escribe García Serrano: «¿Qué más hubiera querido yo que en lugar de atacarme el bacilo del jodido Koch en el frente de Teruel me hubiesen obsequiado mis hermanos rojos con un buen balazo en el pecho?»; recoge la cita José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 98.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: exaltación de la guerra y apología de la violencia

Más que la lucha, lo que aparece reflejado en la novela de Rafael García Serrano[1] es el entramado político que explica las razones de quienes fueron a ella en las escuadras de Falange: «La guerra —opina Antonio Valencia— no se ve mucho: unas estampas del avance navarro, una patrulla en la frontera, unas acciones del batallón de Ramón […]. Pero si no se ve mucho la guerra, se ven los hombres que hacían la guerra hechos borbotón de ideología, discutiendo y rehaciendo todo lo divino y humano»[2]. La guerra está concebida, desde el punto de vista ideológico, como instrumento de convicción[3]. El narrador se refiere al día del Alzamiento como «la mañana en que los españoles decidimos aceptar los tiros como estupenda dialéctica» (p. 68). Estas otras palabras son también muy reveladoras:

Por las cunetas se veía a los falangistas, en hilera, avanzar. Sin darnos cuenta nos quedamos inmóviles mirándolos: todavía no nos acostumbrábamos a ver camaradas con fusil, combatiendo por los campos, fecundando a tiros la Patria. En quince días habíamos pasado de la clandestinidad a la intemperie, de la sorda lucha contra el estado a ser otro Estado, ofensivo, con sus tropas, sus códigos sin escribir, su justicia elemental; de estar fuera de la ley a imponer nuestra ley a tiro limpio. Era hermoso y costaba trabajo creerlo; pero allá estaba la guerra, la más real de las realidades, diciéndonos que sí, que aquello era una verdad ganada a puños (p. 19).

La apología del uso de las armas —o, como dijera José Antonio, «la dialéctica de los puños y las pistolas»— va unida al desprecio de las instituciones democráticas: el sufragio, los partidos políticos, el juego parlamentario, como se aprecia en estas dos citas:

Hace unos meses —cuatro meses contados día por día, noche por noche, asalto por asalto— creíamos haberle dado una patada en las posaderas a un mundo viejo. En sus amplias posaderas de congresista podrido, asqueroso, eternamente sentado. Nuestra intención era fecundar la Patria con la pólvora violenta del Alzamiento y que naciese otro mundo distinto (p. 94).

La guerra devolvía a las gentes hispanas aquel temple antiguo que no llegaron a perder por completo ni con la sucia costumbre de salvar la Patria a papeletazos. Juego de idiotas el sufragio, juego de idiotas este de aguaitar, esperando la muerte, a cara o cruz de la buenaventura (p. 168).

Algunos de los jóvenes falangistas que aparecen en la novela se consideran seres superiores, con un vitalismo que raya en lo nietzscheano: con un arma en las manos y un enemigo delante se consideran más que semidioses. El ejemplo más evidente es el de Ramón, que considera que el mundo sólo es de los más fuertes y se cree «un elegido entre muchos». Suyas son estas palabras:

Nosotros somos superiores a los que nos precedieron porque ellos decían diputado, correligionario y descanso y nosotros decimos capitán, camarada y maniobra. Ellos decían estúpido fanatismo y nosotros fe. Ellos, yo, nosotros, nosotros […]. Nosotros bandera y ellos antorcha, nosotros guardia y ellos incomodidad, nosotros camisa y ellos levita. Ellos rey o roque y nosotros Patria. Ellos cantaban seguidillas canallas los ratos alegres y nosotros marchas. Da gusto sentirse superior (p. 151).

FalangistasEn la primera parte de la novela se describen algunas escenas bélicas correspondientes a los primeros días de la contienda; entonces la lucha estaba vista por estos muchachos casi como un juego o un pasatiempo, y así escribe Miguel: «Recorríamos España en alegre turismo armado» (p. 45). Poco después añade: «La guerra se nos mostraba en deporte, con buen sol, con buen aroma, con buen campo; de no estar preocupados por esa enorme obsesión que era el obedecer, seguro que nos hubiésemos parado a aplaudirnos; tal orgullo nacía de nuestra conducta» (p. 58). Los soldados creen que los combates no se prolongarán demasiado: «Los primeros días de una guerra son los mejores, porque se piensa cada anochecer que la guerra acaba al día siguiente» (p. 52). La victoria está cercana: todo consiste en tomar Madrid, lo que se hará muy pronto. Sin embargo, la capital resistió y de esta circunstancia se hará eco Miguel (cfr. p. 68).

Hay que mencionar también el carácter de guerra santa —Cruzada de Liberación— contra los nuevos infieles que tuvo la lucha para el bando nacional: es un deber religioso combatir la impiedad y el ateísmo achacados a los contrarios; para hacer frente a los nuevos enemigos de Cristo es lícito el empleo de la fuerza: «a tiros eres un perfecto misionero», se lee en la p. 81. Un sacerdote dice a los soldados después de confesarlos: «Los que vais a morir en defensa de la Patria lo hacéis en el Santo Nombre de Dios Padre» (p. 29). Las ideas de Religión y de Patria van, pues, unidas: «La Patria nos une en el inexorable camino de Dios». Ahora bien, esto no quita para que a veces el patriotismo se anteponga al sentimiento religioso; así de contundente se muestra Mario: «Lo primero, España. Y sobre España ni Dios» (p. 82). El sentimiento religioso acompaña siempre a los jóvenes protagonistas de La fiel infantería, que rezan, se confiesan, comulgan y mueren con alguna palabra piadosa en los labios[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Antonio Valencia, «Prólogo» a Rafael García Serrano, La guerra, Madrid, Fermín Uriarte, 1964, p. 17.

[3] Según José Luis Ponce de León, La novela española de la guerra civil, Madrid, Ínsula, 1971, p. 130, la novela «constituye un canto a la fuerza como argumento dialéctico». Como señala José Luis Martín Nogales, este «militarismo literario» contrasta con la escasa participación del autor en acciones bélicas (Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 97).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

La guerra civil y la ideología falangista en «La fiel infantería» de Rafael García Serrano

La producción novelística de Rafael García Serrano (1917-1988), centrada en el tema de la guerra civil española, se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española, en la que este escritor navarro, fiel a sus principios, permaneció anclado desde 1934 hasta su muerte en 1988[1]. Lo que pretendo —en esta y en próximas entradas— es un análisis de La fiel infantería, novela publicada en 1943 que, en mi opinión, es entre las del autor la que mejor recoge los dos aspectos indicados en el título de hoy.

García Serrano es uno de los mejores novelistas que han escrito sobre la guerra[2], de la que hizo «su tema». Eugenio o proclamación de la Primavera (1938), La fiel infantería (1943) y Plaza del Castillo (1951) constituyen una trilogía reunida en 1964 bajo el rótulo común de La guerra. Otras tres novelas —Los ojos perdidos (1958), La paz dura quince días (1960) y La ventana daba al río (1963)— fueron agrupadas también posteriormente con el título de Frente Norte. Estas seis novelas constituyen una serie que el autor ha denominado «Ópera Carrasclás, novelas de la gran guerra española (1936-1939)». Él mismo explicaba su obsesión por este tema:

Trato el tema de la guerra porque es el que mejor conozco y porque creo que en una guerra se da la comedia humana mejor que en ninguna otra situación: en ella aparecen más claros los caracteres, lo mismo en la lealtad que en la traición, en el amor que en el odio. Por otra parte, yo me he inclinado a escribir sobre esto porque hay mucha más producción literaria roja que nacional, y yo quiero justificar la actuación de las gentes que fuimos nacionales en la guerra[3].

El valor testimonial de sus novelas será, por tanto, parcial; es más, García Serrano utilizará su pluma como un instrumento propagandístico, casi como un arma: «Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición»[4]. García de Nora ha señalado que sus novelas son «un apasionado canto al espíritu de guerra, una especie de apología de la violencia cívica»[5]. Tal afirmación resulta más acertada para su primera novela, Eugenio o proclamación de la Primavera, obra mitificadora del joven protagonista —que elige una muerte heroica «por la Patria, la Falange y el César» en las luchas de la primavera sangrienta de 1936— y que exalta el empleo de las armas —«Pedagogía de la pistola» se titula un capítulo—. García Serrano se nos muestra en esta novela con todo el apasionamiento de sus veinte años, del cual quedará todavía algo en las novelas posteriores, si bien con el paso del tiempo la acritud inicial se irá atenuando un tanto.

La_fiel_infanteria¿Cuál es la intención de García Serrano al escribir La fiel infantería? Unas palabras suyas nos responden: «Trató esta novela de ser el retrato de los mozos de una generación española, aquella que inocente de toda culpa derramó su sangre aquí y allá por la de todos»[6]. Y en otro lugar: «Esta Fiel Infantería es la novela de los muchachos españoles que combatieron por la Patria desde el 36 hasta el 39»[7]. Como señala Fernández-Cañedo, hubo durante la guerra y primeros años de posguerra un deseo de recoger literariamente y perpetuar así ese esfuerzo colectivo de uno de nuestros más recientes episodios nacionales[8]. La fiel infantería, como indica el título[9], responde a ese objetivo: cantar el heroísmo épico de aquellos muchachos-soldados representativos del alma colectiva de toda una generación española —la del autor— que luchó en los campos de España y murió defendiendo sus ideas. La novela es, antes que nada, una obra con gran valor testimonial, reflejo veraz de una época concreta y de aquellos —o una parte de aquellos— que la protagonizaron: la juventud combatiente en el bando nacional[10].

Su construcción es episódica: hay una yuxtaposición de anécdotas autobiográficas, sin otro hilo conductor que la presencia de unos mismos personajes. Aunque algunos de ellos —Mario, Ramón, Miguel, Matías— están algo más perfilados que los demás, no se puede hablar de protagonistas, ya que les falta una caracterización profunda: predomina el personaje colectivo. El autor está muy presente en estos personajes —sobre todo en el joven universitario Ramón— que encarnan en su conjunto un prototipo idealizado del combatiente falangista. Como señala Martín Nogales, «la literatura de García Serrano es la literatura de una sola idea: la Falange»[11]; y es que, en opinión de nuestro autor, «la guerra se hizo con la dialéctica falangista, y fue la Falange la que dio una base popular a la guerra»[12]. Esa carga ideológica —«la pura doctrina de José Antonio»— se consigue por medio de las abundantes digresiones que entorpecen el normal desarrollo narrativo de La fiel infantería. Este aspecto es el que trataré de examinar en las próximas entradas[13].


[1] García Serrano es un autor no demasiado conocido, en parte por razones extraliterarias, ya que él nunca ocultó su adscripción política, más bien al contrario. Esto no debe impedimos valorar en su justa medida la calidad literaria de sus escritos, con independencia de las ideas políticas allí defendidas. En este sentido, resulta innegable que García Serrano sabe moldear la prosa castellana con un estilo sencillo, castizo y directo —que no renuncia a los rasgos coloquiales y hasta vulgares—, poético en muchas ocasiones y casi siempre ameno. Una buena visión del conjunto de su obra literaria puede verse en las páginas que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102.

[2] Para el tema de la novela de la guerra, cfr. el estudio de José Luis Ponce de León, La novela española de la guerra civil, Madrid, Ínsula, 1971, y los trabajos bibliográficos de M.ª José Montes, La guerra española en la creación literaria. Ensayo bibliográfico, Madrid, Universidad de Madrid, 1970, y de Maryse Bwrtrand de Muñoz, La guerra española en la novela. Bibliografía comentada, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1982.

[3] José Luis Martín Nogales, «Rafael García Serrano o los efectos de una guerra», Diario de Navarra, 19 de mayo de 1985, p. 35.

[4] Rafael García Serrano, «Del códice a la ordenanza», La Estafeta Literaria, 15-VII-I944. La cita la recoge Rodríguez Puértolas, op. cit., p. 237.

[5] Eugenio G. de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, Madrid, Gredos, 1962, p. 43.

[6] Rafael García Serrano, Prólogo a La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula). En adelante, citaré siempre por esta edición.

[7] Advertencia preliminar de la 1.ª edición, Madrid, Editora Nacional, 1943.

[8] Jesús A. Fernández-Cañedo, «La guerra en la novela española (1936-1939)», Arbor, 37, enero de 1949, pp. 60-68.

[9] Se trata de un intertexto, ya que está tomado del himno de la Infantería: «[…] pues aún te queda la fiel Infantería / que por saber morir sabrá vencer».

[10] Hay que señalar que esta novela fue censurada a los pocos días de recibir el Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera» correspondiente al año 1943, no por razones ideológicas, sino de tipo moral.

[11] José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 101. Para la literatura falangista, cfr. José Carlos Mainer, Falange y Literatura, Barcelona, Labor, 1971; Javier Onrubia Rebudia, Escritores falangistas, Madrid, Fondo de Estudios Sociales, 1982; y Julio Rodríguez Puértolas, Literatura fascista española, Madrid, Akal, 1986.

[12] García Serrano, Historia de una esquina, Madrid, Editora Nacional, 1964, p. 116.

[13] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

Breve semblanza de Rafael García Serrano (1917-1988)

Figura destacada en el panorama de la literatura navarra de posguerra es la de Rafael García Serrano (Pamplona, 1917-1988). Escribe José María Romera:

Si en [Ángel María] Pascual la sensibilidad literaria se impone sobre la ideología, no puede afirmarse lo mismo de otro importante escritor navarro que surge de la misma tendencia: Rafael García Serrano […]. La guerra civil, vista desde el frente vencedor, es el tema casi único de sus escritos (cuentos, novelas, artículos de prensa), agitadas soflamas del más exagerado fascismo que se mueven entre la evocación del levantamiento y, posteriormente, la lamentación por el declive de un régimen en decadencia. […] Pese a esta declarada subordinación de la literatura a la causa política, García Serrano se revela pronto como un buen novelista. […] Pero es su militancia activa en el terreno del periodismo la que más destaca a partir de los años 50; en sus artículos está perfectamente reflejada su prosa vehemente, ácida, no pocas veces ingeniosa, panfletaria, procaz, que, de no haber sido puesta al servicio único de su ideología, podría haber dado mejores frutos[1].

En efecto, Rafael García Serrano es un caso de vocación literaria precoz y jamás desatendida en esas dos vertientes fundamentales del libro y del periodismo. Falangista desde 1934, al producirse el Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936, García Serrano —Rafael García Serranoque tiene diecinueve años y se encuentra en Pamplona— se integra en una escuadra falangista y se incorpora a la columna de autobuses que, al día siguiente, transporta a los voluntarios que marchan hacia Madrid. Combatirá con las tropas de García Escámez en las alturas de Somosierra. Al poco tiempo, tiene que ser evacuado a un hospital de Pamplona al infectársele una herida. Tras dos meses de convalecencia, se incorpora a la redacción de Arriba España y, en octubre, pasa a ser su subdirector, trabajando como corresponsal de este periódico en el frente Norte, en el de Madrid y en el de Huesca.

Se integra después en una bandera en formación que será destinada a realizar patrullas por las mugas del Roncal, en la frontera con Francia. Más tarde sigue el curso de alféreces provisionales en la Academia de Ávila. Es enviado ahora al frente de Teruel pero, aquejado de una enfermedad, en el invierno de 1937 tiene que ser nuevamente evacuado: una pulmonía doble será el principio de un proceso tuberculoso que le obliga a pasar la última fase de la guerra alejado de los combates; es más, García Serrano habrá de vivir cinco años en sanatorios y hospitales. Me he detenido en la peripecia vital de García Serrano porque hay mucho de autobiográfico en su obra, en especial en el personaje de Ramón de su novela La fiel Infantería.

Tras publicar sus primeras novelas, Eugenio (1938) y La fiel Infantería (1943), García Serrano se convierte en Jefe Nacional de Prensa y Propaganda del Frente de Juventudes. Ejerce el periodismo en la prensa del Movimiento; así, de 1945 a 1957 trabaja para Arriba, periódico del que será corresponsal en Roma. Realiza dos viajes por Hispanoamérica con el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange. Escribe también en Primer plano, Siete flechas y, desde 1974, en El Alcázar. García Serrano permanecerá siempre fiel a su ideología falangista, incluso tras la incorporación de la Falange a los principios del Movimiento Nacional. A la muerte del general Franco, con el proceso de transición hacia la democracia, verá derrumbarse todo su entramado ideológico: según García Serrano, los vencedores de la guerra se encuentran ahora derrotados, de ahí que simpatice con la intentona golpista de 1981. Falleció el día de la Hispanidad de 1988, sin haberse desviado un ápice de las ideas que venía sosteniendo desde 1934.

La producción literaria de este escritor pamplonés es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas. Pero destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española. Tendremos ocasión de comprobarlo en una próxima entrada.


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Mediterráneo, 1993, p. 190a. Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel Infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Semblanza de Ángel María Pascual (1911-1947)

Ángel María Pascual[1], nacido en Pamplona en 1911, fallecido en 1947, fue, ante todo, periodista. Como se ha señalado, en sus varios trabajos como articulista, dibujante y diseñador tipográfico en Diario de Navarra, Arriba España de Pamplona y la revista Jerarquía se encuentra la base de su producción literaria. Él mismo escribió a este respecto: «Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo». En efecto, después de afiliarse a Falange, fue fundador y director de Arriba España, y editor y artífice asimismo de Jerarquía. Desempeñó además otros cargos públicos: Delegado provincial de Educación Nacional de Navarra, Jefe provincial del Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, Presidente de la Asociación de la Prensa de Pamplona, director de la Hoja del Lunes, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona. Como periodista, mantuvo diversas secciones, por ejemplo en Diario de Navarra «Cymbalum Mundi» y «Tijerefonemas»; otra destacada columna suya fue «Silva curiosa de historias» (de 1931 a 1937). Colaboró en El Español con la sección «Cartas de Cosmosia», que son «breves artículos de actualidad vistos y tratados desde el prisma de una pequeña capital de provincia»[2]. Colaboró además en numerosas publicaciones: Juventud, Estafeta Literaria, Vida Vasca, Vértice, Santo y Seña y La Voz de España de Santiago de Chile.

Ángel María Pascual

Sus principales títulos literarios son Amadís (Madrid, Espasa Calpe, 1943), novela de tendencia anti-realista en la que acomoda el mito literario caballeresco a la historia coetánea (José Antonio Primo de Rivera es equiparado a Amadís); Don Tritonel de España (Bilbao, Departamento de Propaganda. Frente de Juventudes SEU, 1944); Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto (1947, con una segunda edición de 1971 y otra más reciente, en el año 1997, a cargo del Gobierno de Navarra); y ya póstumos: Catilina. Una ficha política (1948, con reedición de Barcelona, Sirmio, 1989); San Jorge o la política del dragón (1949, reeditada hace unos años junto con Eugenio o Proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, Madrid, Fundación Editorial San Fernando, 1995); Glosas a la ciudad (Pamplona, Morea, 1963), que es una recopilación de artículos periodísticos de Arriba España escritos entre octubre de 1945 y abril de 1947 con semblanzas, recuerdos, paisajes, evocaciones nostálgicas, etc.; y Silva curiosa de historias (Pamplona, Pamiela, 1987), con introducción y selección de Miguel Sánchez-Ostiz. También es autor de una traducción del tratado De monarchia de Dante (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947). En los últimos años el Gobierno de Navarra está publicando —con estudios preliminares de Miguel Sánchez-Ostiz— las obras completas de este interesante, cuanto poco conocido, autor pamplonés, que incluso cuando desciende al terreno del panfleto de propaganda política —caso del Don Tritonel de Españaconserva en su prosa rasgos de buena literatura.

Es esta una curiosa obra de Pascual publicada como número 10 de una colección llamada «Ediciones para el bolsillo de la Camisa Azul». Comienza calcando las técnicas y estructuras narrativas de los viejos libros de caballerías: se refiere en ella la educación del niño Tritonel, que fue encontrado en el agua, dentro de un tonel, por el ermitaño Beltenebros, que antes había sido caballero y ahora vive en una isla deshabitada. Los consejos del anciano se mezclan con diversas reflexiones y evocaciones de la España imperial, cuyo espíritu trata de recuperar la Falange, de forma que el librito pronto degenera en panfleto político. Por su corta extensión podría ser una novela corta, pero es obra difícil de clasificar desde el punto de vista genérico —lo mismo que Amadís—, situada entre la literatura y la política.

De mucha mayor calidad literaria son sus Glosas a la ciudad (1963). Escribe Miguel Sánchez-Ostiz:

Los motivos de los escritos literarios de Pascual son los hechos más anodinos de la realidad cotidiana, los más intrascendentes o los más relevantes, mostrados siempre desde su cara oculta. […] Todo lo que en sus primeros artículos e incluso en su Amadís era una mezcla de clasicismo y barroco, con mayor predominio de este segundo, se transforma en sencillez en las glosas; una sencillez que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la descripción exacta, al detalle minucioso y a un lirismo nada banal, alcanzando la intensidad del poema en prosa. Pecarán a veces, si se quiere, de una nostalgia complaciente hacia un mundo amable, mucho más amable que la época concreta en que estas glosas fueron escritas; pero también expresan el deseo de una ciudad mejor, de una sociedad mejor. Podrá mostrarse irónico, humorístico, mordaz o melancólico o entusiasmado hacia las cosas y las gentes de su ciudad; pero al fondo […] siempre está la «Capital de tercer orden» que Pascual quiso mejorar[3].

En 1987 la editorial Pamiela publicó otra selección de artículos periodísticos de Pascual titulada Silva curiosa de historias, coincidiendo con la celebración de unas Jornadas (los días 14-17 de diciembre de ese año) con motivo del 50 aniversario de su muerte. Estas silvas son, en opinión de nuevo de Sánchez-Ostiz,

historias «inéditas y antiguas» de Pamplona, de los siglos XVI al XIX, que componen un mosaico de los oficios, las devociones, los afanes, las diversiones, los grandes y pequeños acontecimientos que dejaron su huella en los legajos, los personajes de primer y segundo orden, los hechos de armas de la ciudad, unas viñetas escritas en un estilo voluntariamente anacrónico, paródico de un lenguaje arcaico y llenas de humor[4].

Asimismo cabe destacar el interés de la poesía de Ángel María Pascual. Su poemario Capital de tercer orden constituye un retrato de una ciudad provinciana, cuya vida anodina y gris va quedando reflejada en los versos de estos poemas («Consumos», «La calle», «Café», «Melopea parda», «Mercado», «Un balcón», «Urinario», «Novillada», «Hotel», «Pesadilla», «Casas baratas», «Vitrina de fotógrafo», «Soledad», «Casino», «Entierro», «Juerga», «Viático en el suburbio», «Jardín público» y «Estación»). Las composiciones van precedidas de la siguiente indicación: «Cualquier coincidencia con una ciudad existente es siempre casual», y el libro se cierra con un poético —y desengañado— «Envío». El citado Sánchez-Ostiz, en su estudio preliminar a la reedición del poemario, ha señalado que los poemas de Capital de tercer orden son menos formales y culturalistas y más decididamente prosaístas que otros inéditos suyos:

Son distintos a cuanto había publicado Pascual hasta entonces y una vez más, imagino, habrían chocado con toda seguridad en la Pamplona de 1947. Resultaban sobrecogedores por su desesperanza, por su amargura, por su dolor de fondo, por la crudeza con que nombra las cosas en apariencia quietas del mundo entorno, por el desconcierto del poeta que sostiene esos versos[5].

Reproduzco un fragmento de «Melopea parda», que refleja el ambiente de una ciudad —Pamplona o cualquier otra de la primera posguerra— gris y llena de tedio:

Es la hora indecisa. Pronto los gatos pardos
y los cerros pardos
y los tejados pardos
y los mendigos pardos.
Todo es pardo.

Viste de pardo el tardo labriego
y el santero que lleva un Niño milagrero
y el peregrino que canta su «Deogracias»
nocherniego.
Todo es pardo.

[…]

Junto a la última farola crece un cardo.
Color de miseria, nacional tabardo.
Todo es pardo.
pardo, pardo, pardo, pardo, pardo.


[1] Ver para más detalles el trabajo de Juan María Lecea Yábar, «Ángel María Pascual (1911-1947)», Príncipe de Viana, septiembre-diciembre de 1998a, año LIX, núm. 215, pp. 859-874.

[2] Miguel Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IX, p. 45.

[3] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, pp. 46-47.

[4] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, p. 47.

[5] Sánchez-Ostiz, prólogo a Ángel María Pascual, Capital de tercer orden, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, p. 16.