«El celoso extremeño» de Cervantes: argumento y valoración

El celoso extremeño se cuenta, sin duda alguna, entre las mejores piezas de las Novelas ejemplares de Cervantes, junto con La gitanilla, Rinconete y Cortadillo y el doblete formado por El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. En las clasificaciones al uso de los relatos de la colección de 1613, se incluye en la serie de los realistas, en los que no suele haber propiamente una trama amorosa, si bien el que ahora nos ocupa constituye una excepción en este sentido. Hay que recordar que El celoso extremeño figura, junto con Rinconete y Cortadillo (y La tía fingida), en el manuscrito copiado por Francisco Porras de la Cámara, racionero de la catedral de Sevilla, el cual puede datarse hacia 1604. Su texto varía respecto al finalmente publicado en 1613. Ignacio Arellano ha resumido el argumento de la novela, señalando la principal diferencia con la primera versión del manuscrito Porras de la Cámara, al tiempo que menciona algunas de las opiniones ofrecidas por la crítica para explicar el cambio operado:

El celoso extremeño es una de las más interesantes a mi juicio, y de las más patéticas [de las Novelas ejemplares]. Cervantes recrea aquí con gran complejidad de emociones el antiguo tema del viejo que casa con mujer moza, tema que después de multitud de antecedentes también trata Cervantes en clave de entremés (El viejo celoso). En la novela, Felipe de Carrizales, indiano rico y viejo, casa con una muchacha joven, Leonora, a la que encierra rigurosamente en casa, con una vigilancia feroz, que no impide que ella se enamore de Loaysa, un holgazán de familia acomodada, cuyo merodeo pone en excitación erótica a todas las criadas de Carrizales —malas guardianas— que acechan los movimientos del seductor en el asedio a la joven Leonora. Con la participación de un esclavo negro sobornado duermen al viejo y Loaysa entra en la fortaleza de Carrizales; pero Leonora se resiste en el momento crucial de la entrega, y ambos quedan dormidos; el marido muere de dolor tras descubrirlos, perdonando a los culpables. Leonora entra en un convento, arrepentida. En la primera versión que recoge el manuscrito de Porras de la Cámara el acto sexual adúltero se consumaba[1].

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En otro lugar explica este mismo crítico que la valoración de los dos finales ha suscitado discrepancias en los estudiosos: así, para Meregalli, el final de la edición de 1613 le parece absurdo, atribuyéndolo a la imposición de la censura; Canavaggio, por el contrario, interpreta la reescritura del final desde la perspectiva del retrato del inútil Loaysa, viniendo a confirmar «lo que sospechábamos a cuenta del galán: este holgazán que por bravata se ha jurado penetrar en la plaza, no tiene de seductor más que la apariencia […] es en realidad un impotente al que su designio descalifica y al que su conducta vuelve indigno de los favores de Leonora». Y sigue explicando Arellano :

El personaje de Carrizales tiene también varias vertientes: de juventud alocada (en su viaje de ida al Nuevo Mundo reflexiona sobre los desarreglos de su vida hasta entonces, en especial con las mujeres), paga en la vejez los pecados cometidos; una vez rico conoce inquietudes y problemas que no tenía de pobre; muy humano y legítimo es su deseo de gozar de la felicidad al final de su vida, pero condenado al fracaso en su misma raíz: la conversión en cárcel de la propia casa y de su esposa en una prisionera no hace más que subrayar la imposibilidad de guardar ambas de las fuerzas exteriores, y sobre todo, la imposibilidad de forzar a la propia naturaleza de las cosas que impone matrimonios proporcionados y no el que ha hecho el viejo con la muchacha. El perdón final supone la aceptación de ese conocimiento en el pobre viejo Carrizales, cuya fortuna material no le supone ningún éxito vital. Lo que me interesa subrayar a este propósito es que, como en el resto de su obra, Cervantes prohíbe la simplificación[2].

Con relación a lo inverosímil del desenlace en el texto publicado en 1613 escribe Jorge García López:

Al igual que en el caso de Rinconete y Cortadillo, de nuestro relato tenemos dos versiones: la impresa en 1613 y la del manuscrito Porras de la Cámara. En el caso de El celoso extremeño las diferencias afectan a una escena trascendental. En el manuscrito parece que Leonora consuma el adulterio; en la versión impresa, ella y el joven virote se quedan dormidos. Tradicionalmente se ha rechazado como inverosímil el desenlace de 1613, creación de un Cervantes “hipócrita” que altera el desarrollo natural de la historia (A. Castro). Más modernamente se ha insistido en el valor ético, pero también estético, del nuevo desenlace, parte de una revisión total y más profunda. Cervantes eliminó a la “gente de barrio”, concedió más protagonismo a la vieja dueña, más intensidad a Guiomar y recondujo la conducta de Leonora. Como resultado, rechazó un desenlace de entremés —el cruel escarnio del pobre viejo— y ahondó, de forma intensa, el contenido trágico de su muerte, fruto de un doble malentendido cruzado[3].

Este mismo estudioso, además de recordar otras aproximaciones al mismo tema en a obra de Cervantes, nos ofrece su valoración del relato:

Esta narración deriva de uno de los ciclos temáticos más socorridos de la novela italiana, y que siempre interesó a Cervantes. Le dedicó, a su vez, una pequeña serie de obras, además de nuestro relato: El curioso impertinente, novela intercalada en el Quijote de 1605, y el entremés de El viejo celoso en la colección dramática de 1615. Las dos novelas encaran de forma diferenciada idéntica realidad: una psicología estrafalaria y patológica. De ahí los paralelismos, que se traban en un final casi idéntico: el celoso muere atormentado, con plena conciencia de ser el único causante de su ruina personal y social. La pieza dramática explota derroteros divergentes. Casi con parejos personajes, despliega los trazos cómicos y se centra en el escarnio del vejete. Nuestro relato amplifica la entraña psicológica, recreándose en el tempo de una historia que resbala hacia la tragedia con morosa dilación. Se congregan ahí muchos de los elementos que el novellino italiano nos procura dispersos y las posibilidades simbólicas que prometía el personaje. Y esto desde el título, algo redundante, por cuanto en la época el extremeño suele estará asociado a los celos. Se trata, por tanto, de escribir la novela del celoso, el arquetipo de un tipo preciso de relato. Y a fe que lo consiguió: Cervantes nos ha dejado en la historia de Carrizales el laberinto tormentoso de una conciencia egocéntrica y totalizadora. La novela del solipsismo (A. Castro, J. B. Avalle Arce)[4].

Para Juan Luis Alborg, El celoso extremeño es un magnífico ejemplo de cómo algunas tramas no valen tanto por la originalidad de su argumento como por la manera de contarlas. Respecto al desenlace, comenta lo siguiente: «Un hecho, en cambio, es incuestionable: el generoso perdón de Carrizales contradecía las más arraigadas convenciones de la época sobre el honor matrimonial, y demostraba la posición humana y tolerante, magnánimamente comprensiva del novelista»[5]. Y, en fin, ofrece los principales puntos de interés de la narración, que la convierten en una de las más valiosas de la colección de Novelas ejemplares:

Hemos dicho que El celoso extremeño es una obra maestra, sobre todo por la profunda verdad psicológica de los personajes, cuyos sentimientos y reacciones están matizados con bien estudiada gradación; por la perfecta arquitectura del relato y su picaresca viveza. Maravillosamente también está creado el clima expectante que en la cerrada casa del viejo rodea los manejos del seductor y de la dueña, en particular con la morbosa excitación de la servidumbre femenina. El arte realista de Cervantes se encuentra en estas páginas en uno de sus momentos más altos; ni un gesto, ni una palabra, ni un objeto están aquí falseados o caprichosamente imaginados, sino directamente bebidos en la más exacta y atenta observación[6].

En fin, cabe recordar que Francisco de Lugo y Dávila reescribió El celoso extremeño en su relato El andrógino, incluido en su volumen de ocho relatos titulado Teatro popular. Novelas morales para mostrar los géneros de vidas del pueblo y afectos, costumbres y pasiones del ánimo (Madrid, 1622) [7].


[1] Ignacio Arellano, Historia de la literatura española, vol. II, Renacimiento y Barroco, León, Everest, 1993, p. 693.

[2] Ignacio Arellano, Cervantes, breve introducción a su obra, Delhi, 2005.

[3] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, pp. 327-328, nota.

[4] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 325, nota.

[5] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, pp. 112-113.

[6] Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, pp. 113-114.

[7] Ver Carmen Rabell, «Francisco de Lugo y Dávila re-escribe El celoso extremeño de Miguel de Cervantes», Retorno. Revista independiente de Literatura y Lengua Hispánicas, año II, núm. 1, 2016, pp. 89-109. No es el único caso de imitación cervantina: así, La hermanía guarda relación con Rinconete y Cortadillo, La juventud con La señora Cornelia y Cada uno hace como quien es con El curioso impertinente.