El «Quijote» y la novela de caballerías (y 3)

Otro aspecto de los libros de caballerías criticado por los preceptistas de la época tenía que ver con la moral: consideraban que eran una lectura perniciosa para las costumbres, no recomendable para las mujeres e inadecuada para la evangelización de los indígenas en América[1]. Sin embargo, no olvidemos que los libros de caballerías eran muy del gusto de príncipes y santos (los leyeron, por ejemplo, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola…).

Pero —enlazando de nuevo con la argumentación de Madariaga— vemos que, además de un Cervantes crítico con el género caballeresco, tenemos a un Cervantes creador, que aboga por la completa libertad creativa del artista. Según él, es posible que la primera intención cervantina fuera escribir un libro de caballerías modélico[2]. El canónigo de Toledo, pese a las duras críticas que les dirige, también se plantea esta posibilidad de escribir uno de tales libros, pero teniendo en consideración el «buen discurso» y el arte y las reglas:

—Yo, a lo menos […], he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas (I, 48, p. 551).

El canonigo de Toledo

Además, ya antes (I, 32) había quedado sugerido el placer derivado de la lectura de novelas de caballerías. En el Quijote los personajes entran en relación con el mundo del libro que leen o escuchan leer. Así, en ese capítulo I, 32 tiene lugar el segundo escrutinio, en el que el ventero confiesa el disfrute que le proporcionan estas historias:

—A lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días (p. 369).

Apreciamos, por tanto, una notable ambigüedad frente al tema de la lectura, y hay personajes que, aunque critican los libros de caballerías («son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos», dice el cura en I, 32, p. 371), los leen con fruición e incluso —caso del canónigo— intentan escribirlos.

Una cuestión más abordada en el Quijote con respecto al género caballeresco es el de su acogida por el público popular, que da pie a toda una teoría de la recepción (que establece distintos niveles de lectura) en ese mismo capítulo I, 32. Así, según acabamos de ver en la anterior cita, a Juan Palomeque el zurdo (igual que a don Quijote) esas historias le incitan a la acción, aunque finalmente el ventero no se decida a salir en busca de aventuras; a su esposa le agradan porque, mientras duran esas lecturas en voz alta, su marido está entretenido y no la riñe; Maritornes se identifica con las dueñas que aparecen en tales historias; y, finalmente, la hija del ventero se compadece del sufrimiento de los caballeros desdeñados por sus damas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Recordemos que a don Quijote se le presentan dos alternativas: salir al camino como caballero andante o terminar el Belianís.

El «Quijote» y la novela de caballerías (2)

Examinemos con más detalle la actitud de Cervantes ante la novela de caballerías[1]. Al decir de Madariaga[2], en el espíritu creador del alcalaíno conviven dos corrientes que se superponen y complementan: la corriente crítica y la corriente creadora. Está, por un lado, el Cervantes crítico, clásico, académico, que sigue a Aristóteles y a Horacio. Este espíritu crítico le lleva a condenar el estilo de los libros de caballerías (fundamentalmente su afectación). Los condena, asimismo, por ser libros que faltan a la verdad (son relatos falsos y mentirosos, que refieren historias no verosímiles). Cervantes busca erradicar la falta de realismo de ese género que no respetaba las limitaciones de la naturaleza humana. Recordemos que, en el famoso escrutinio de la biblioteca del hidalgo en I, 6, el cura salva del fuego el Tirante el Blanco de Martorell por ser un texto verosímil y realista («aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen», p. 83). Por otra parte, desde un punto de vista formal, a Cervantes le guía la búsqueda del sentido común y la claridad en la disposición de la historia y en su plasmación literaria.

Cirongilio de TraciaOtro aspecto criticado es la pretendida «verdad histórica» de los libros de caballerías. Tengamos presente la forma en que los interpreta el ventero, quien cree que las historias de Cirongilio de Tracia y de Felixmarte de Hircania habían sido reales: es decir, considera la ficción como si fuera historia; lo que lleva a decir a Cardenio: «Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don Quijote» (I, 32, p. 373). El diálogo, que se va acalorando, termina con una sorprendida e ingenua indicación del ventero, que no entiende que las autoridades permitan la impresión de libros mentirosos:

—¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sean disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamentos, que quitan el juicio! (I, 32, p. 373).

Aunque se ha discutido mucho qué personajes del Quijote son los portavoces de las ideas de Cervantes, en el terreno de lo literario podemos afirmar que tales ideas coinciden en varios puntos con las expuestas por el cura y el barbero (agentes de la función literaria en la I Parte, al estar presentes ambos en los dos escrutinios), y también por el canónigo de Toledo, para quien los libros de caballerías deleitan y no enseñan (contraviniendo así la premisa horaciana del delectare et prodesse) y, desde el punto de vista de la historia, son «cuentos disparatados» («Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleite, no sé yo cómo pueden conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates», I, 47, p. 547).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote», Madrid, Espasa Calpe, 1978.

El «Quijote» y la novela de caballerías (1)

El propósito último del Quijote, al menos en teoría, es hacer una parodia de los libros de caballería, según lo indica explícitamente Cervantes en el prólogo de la I Parte[1]: recordemos que el amigo que le visita señala con respecto al libro que «todo él es una invectiva contra los libros de caballerías» (p. 17) y que «esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías» (pp. 17-18); y al final le aconseja a su autor: «llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más» (p. 18). Además, en el cierre del capítulo II, 74, rematando el discurso de Cide Hamete a su péñola, leemos estas palabras que son las últimas del Quijote:

… no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna (p. 1223).

En cualquier caso, el Quijote es mucho más que una simple parodia de los libros de caballerías y, por otra parte, Cervantes demuestra ser un magnífico conocedor de ese género, del que le irritaban particularmente sus «fabulosos disparates», sus atentados contra las «puntualidades de la verdad», esto es, contra la verosimilitud. Es más, hay autores que opinan que su objetivo no era otro que escribir la mejor novela de caballerías de todos los tiempos. En este sentido, no debe extrañarnos que el Quijote haya sido considerado una parodia y, al mismo tiempo, una síntesis genial que clausura el género[2].

Amadís de GaulaA la hora de salir a sus aventuras andantescas, el modelo ideal que va a imitar don Quijote es Amadís, el más fiel y enamorado caballero del mundo. La obra donde se cuenta su historia, el Amadís de Gaula, había nacido bajo la influencia del ciclo caballeresco artúrico. Partiendo de un primer texto anónimo, hacia fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo reelabora la materia de Amadís, completando la historia y agregándole un cuarto libro, además de las denominadas Sergas de Esplandián. Una novedad de Montalvo es la inclusión en la novela del elemento moral, acentuando con esto el rasgo modélico del personaje, espejo de caballeros cuya conducta es digna de imitarse: su fidelidad a la sin par Oriana, con un amor casto que se encamina al matrimonio; y un periplo heroico que supone un camino de perfeccionamiento en la tierra (a diferencia del que guía a Galaad y a otros caballeros «celestiales» que van en busca del santo Grial).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Sylvia Roubaud, «Los libros de caballerías», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CV-CXXVIII.