San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: Ignacio y Javier, en buena Compañía

Me refiero en esta entrada a algunos poemas del Siglo de Oro que cantan juntos a Ignacio y Javier, las dos columnas más importantes de la Compañía de Jesús, su primer General y su primer Secretario.

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier

Son abundantes, y de hecho ya hemos encontrado algunas alusiones a ambos en los textos citados en entradas anteriores. Podemos recordar, por ejemplo, una poesía de Juan de Jáuregui que comienza «Del américo reino y nuevo mundo…»[1], a la que pertenecen estos versos:

Al siglo inútil de metal inmundo
Javier e Inacio en las tinieblas vanas
aparecieron, luces soberanas,
sol y planeta cada cual segundo (vv. 5-8);

o esta otra de Martín Silvestre de la Cerda, su «Glosa de “Hacen a Dios compañía…”»[2], que repite el estribillo:

Hacen a Dios compañía
Guipúzcoa y Navarra, y dan
al mundo un gran capitán,
a todo el Oriente guía.

En este poema, el autor compara a San Ignacio y San Francisco Javier con los «fuertes Gedeones» y hace de ellos dos nuevos Sansones (vv. 15 y 17). También Miguel Sagrera, en su «Glosa de “Para ganar Dios almas para el Cielo”»[3], canta conjuntamente a ambos personajes: «Ve que Ignacio y Javier aquí en el suelo / con su Jesús han hecho Compañía» (vv. 3-4), juego de palabras (reiterado en otros muchos textos) que debemos interpretar como ‘se han juntado, se han reunido’ y ‘han formado la Compañía de Jesús’. El poema los presenta como pescadores de almas, al servicio del sumo Pescador (=Dios), con la diferencia de que Ignacio queda en Europa, mientras Javier «a pesquería de Indias va, y recoge / perlas» (‘gana almas para el Cielo’).

Por su parte, Alonso de Bonilla en uno de los varios sonetos que dedica a ambos santos, el que comienza «Planeta y sol fue Ignacio en la asistencia…»[4], insiste en esa misma idea: Ignacio permanece alumbrando la fe de Europa, pero, en justa correspondencia, «dio Javier al antípoda ignorante / influjo y luz de fe, justicia y ciencia» (vv. 7-8), de forma que uno y otro fueron «dos planetas, dos soles en dos cielos» (v. 14). Merece la pena copiar entero este otro soneto suyo «A San Francisco Javier y San Ignacio»[5], de tema similar:

El enemigo del que hizo el día,
por estragar del mundo la distancia,
en la banda del sur plantó ignorancia
y en el septentrïón sembró herejía.

Pero la original Sabiduría,
viendo que era el socorro de importancia,
en dos justos defensa y vigilancia
puso, de quien su Iglesia y honor fía.

Reparó la ignorancia con la ciencia
Javier, por cuya luz divina y pura
el antípoda vio, que estaba ciego;

y el norte la herética dolencia
curó el fuego de Ignacio, y fue gran cura,
porque la cura del hereje es fuego.

En un poema de José Pellicer de Salas «A las navegaciones de San Francisco Javier, y al aparecerse en dos lugares»[6], la equiparación de Javier con Jasón —que se reitera en otros textos similares— permite presentar a Ignacio como «nuevo Pelias»:

Del Jasón prodigioso la conquista,
que al remoto Japón, Colcos segundo,
nuevo Pelias Ignacio manda asista,
averiguando términos al mundo,
pronósticos dichosos da a su vista
y anuncios santos de su amor fecundo,
que a desterrar tinieblas de la noche
conduce en campos de agua alado coche (vv. 41-48).

Recordemos que Pelias, hijo de Tiro y Posidón, envió a Jasón a Colcos a la conquista del vellocino de oro. De la misma manera, San Ignacio, nuevo Pelias, manda a Javier al Japón, Colcos segundo.

En fin, de Juan Portillo, ya aludido en una entrada anterior, es esta glosa de «Segundo Ignacio y segundo…», que obtuvo el premio… a la peor composición de las presentadas a uno de los certámenes de la canonización:

Segundo Ignacio y segundo
Francisco a su Iglesia Dios
ha dado; sonle los dos
lo que los polos al mundo.

Por virtudes que no pinto,
pues no ha de ser necesario,
al bendito San Ignacio
Gregorio Decimoquinto
ha puesto en el calendario.

Fue segundo por el mundo
en santidad milagrosa
del mártir de Dios yocundo,
por eso dice la glosa:
Segundo Ignacio y segundo.

Llagas Francisco tenía
impresas de un serafín,
y él, de Jesús Compañía,
bebió las de un pobre un día
con sus labios de marfil;

y como el profeta Amós
en el Testamento Viejo,
aquestos luceros dos
en el Testamento Nuevo
ha dado a su Iglesia Dios.

Aquí ninguno refiere
de virtud más obelisco
para que nadie se altere;
mas quien hizo un San Francisco,
hará cuantos él quisiere.

Asieron Franciscos dos
la ocasión por el copete,
de manera que entre nos
su capilla y su bonete
ha dado, sonle los dos.

Dios que en los altos apriscos
de la gran Jerusalén
mira los humanos ciscos,
como le saben tan bien,
nunca se harta de Franciscos,

ni de Ignacios, pues lo fundo
en que uno y otro segundo
ya luces del cielo lindas
son de España y las Indias
lo que los polos al mundo.

Id con ánimo sencillo,
glosa, al juïcio que vais;
mi nombre es Juan de Portillo,
que si el premio no alcanzáis,
Dios os depare el trapillo[7].


[1] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2004 (Biblioteca Javeriana, 3), p. 56.

[2] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 57-58.

[3] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 68-70.

[4] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, p. 73.

[5] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta,1624.

[6] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 40-42.

[7] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.