José Santos Chocano (Lima, 1875-Santiago de Chile, 1934), conocido como «El Cantor de América» (él mismo se definió así: «Soy el cantor de América autóctono y salvaje; / mi lira tiene un alma, mi canto un ideal»), es una de las figuras más destacadas del Modernismo hispanoamericano. Diplomático y escritor, su producción lírica está formada por los siguientes títulos: Iras santas (1895), En la aldea (1893), Azahares (1896), Selva virgen (1896), La epopeya del Morro (1899), El derrumbe (1899), El canto del siglo (1901), El fin de Satán y otros poemas (1901), Poesías completas (1902), Los cantos del Pacífico (1904), Alma América (1906), Fiat lux (1908), El Dorado: epopeya salvaje (1908), Puerto Rico lírico y otros poemas (1914), Ayacucho y los Andes (1924) o Primicias de Oro de Indias (1934), y ya póstumos Poemas del amor doliente (1937), Oro de Indias (1940-1941) y Páginas de oro (1944).
En su volumen Alma América. Poemas indo-españoles (Madrid, V. Suárez, 1906; París, Librería de la viuda de C. Bouret, 1908) se incluye su «Tríptico heroico», formado por tres sonetos, cada uno de los cuales rinde homenaje a un líder indígena americano que resistió con valentía la conquista de su territorio: «Caupolicán” (Chile), «Cuauhtémoc» (México) y «Ollanta» (Perú). Copiaré hoy el primero, que —como en el soneto precedente homónimo de Rubén Darío, que comienza «Es algo formidable que vio la vieja raza…»—, es un soneto alejandrino que se centra en su elección como toqui (general en jefe) de los mapuche a través de la prueba del tronco (que Ercilla recoge en el Libro II de la primera parte de La Araucana). La novedad aquí es que Caupolicán entrevé en sueños su muerte y el sometimiento de Arauco al yugo extranjero (vv. 9-11).
Ya todos los caciques probaron el madero.
«—¿Quién falta», y la respuesta fue un arrogante: «—¡Yo!»
«—¡Yo!» —dijo; y, en la forma de una visión de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.Echose el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo, pero doblarse no.
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando… andando… y andando se durmió.
Anduvo, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él muerto sobre un tronco, su raza con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.Por eso, al tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra
¡como si el tronco fuese su propio pedestal![1]
[1] Cito por José Santos Chocano, Alma América. Poemas indo-españoles, París, Librería de la viuda de C. Bouret, 1908, p. 89, añadiendo las comillas en las frases en estilo directo de los versos 2 y 3.
