Datos biobibliográficos de Ramón Irigoyen

Ramón Irigoyen, nacido en Pamplona en 1942, es licenciado en Lenguas Clásicas por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor universitario, de español en la Universidad de Atenas (1967-1968), ciudad en la que residió de 1966 a 1969; y de filología latina en el Colegio Universitario de La Rioja (1973-1986). Otra faceta importante es la de traductor de literatura grecolatina: así, ha vertido al castellano textos de Catulo, Horacio, Marcial, Eurípides y varios escritores griegos de los siglos XIX y XX, en especial Cavafis[1].

Irigoyen2

Irigoyen ha sido colaborador esporádico de radio (en Radio Nacional de España y la Cadena Ser) y televisión (en Telemadrid); colaborador habitual de prensa (su firma se rastrea en más de veinte diarios de información general, en el deportivo As y en más de cincuenta revistas y publicaciones periódicas); y letrista de canciones (ha trabajado en discos de Mocedades, Rosa León y Mango, entre otros). Como poeta, es autor de Cielos e inviernos (Madrid, Hiperión, 1979, con reediciones en 1980 y 1989), considerado por la crítica como uno de los libros clave de la poesía de los 70, y de Los abanicos del Caudillo (Madrid, Visor Libros, 1982[2]). Se ha acercado al género del cuento con Inmaculada Cienfuegos y otros relatos (Madrid, Grupo Libro 88, 1991), Curación milagrosa y otros relatos (Madrid, Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1998) o Un placer inconfesable (Madrid, Brand, 2001). Otros libros suyos adoptan un tono ensayístico: Historia del virgo (Madrid, Temas de Hoy, 1990) y La locura de los césares. Las anécdotas de Roma (Barcelona, Planeta, 1999); Fábulas de Grecia. Macedonia de humor (Barcelona, Planeta, 2001); Los clásicos en la empresa. Del currículo de Cervantes al acoso moral del Cid (Barcelona, Planeta, 2003); Una pequeña historia de la filosofía (Barcelona, Oniro, 2008); o bien son recopilación de artículos publicados en prensa: El humor de los amores (Madrid, Moreno-Ávila, 1989); Puñaladas traperas (Madrid, Mondadori, 1991); Madrid. Sus gentes, calles y monumentos (Madrid, Libertarias-Prodhufi, 1993) y Locas por el Ejército (Madrid, Grupo Libro, 1995). Ha recopilado en volumen sus poemas: Poesía reunida (1979-2011) (Madrid, Visor Libros, 2011); y también sus relatos: Cuentos reunidos (1991-2012) (Madrid, Pigmalión, 2012). En fin, la obra poética y narrativa de Irigoyen ha sido recogida en varias antologías[4].


[1] Por ejemplo, Giorgios Seferis, Mithistórima y otros poemas, Barcelona, Orbis, 1983; Konstantino Kavafis, Homenaje a Kavafis. Antología poética, Valencia, Fernando Torres Editor, 1984, ed. trilingüe (griego, catalán, castellano); Ocho poetas griegos del siglo XX, Madrid, Mondadori, 1989; C. P. Cavafis, Poemas, Barcelona, Seix Barral, 1994; Eurípides, Medea, Madrid, Ediciones VOSA, 1992; Eurípides, Las Troyanas, Madrid, Alianza Editorial, 2002; Eurípides, Medea, Barcelona, Random House Mondadori, 2006; Esquilo, Prometeo encadenado, Barcelona, Random House Mondadori, 2007, entre otras traducciones.

[2] Con anterioridad había publicado otros dos poemarios, Amor en carne muerta, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1972, y Versos de entretiempo, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1976, que se incorporaron de forma casi íntegra a Cielos e inviernos.

[3] De su prosa quedan recogidos testimonios en Escritores navarros actuales. Antología, vol. I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1990, pp. 144-150. De su poesía, por ejemplo, en Poetas de los 70. Antología de poesía española contemporánea, preparada por Mari Pepa Palomero y publicada en Hiperión.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

Un apunte de crónica moral del franquismo: «Los abanicos del Caudillo» (1982), de Ramón Irigoyen

En 1982 se publicaba el libro de Ramón Irigoyen Los abanicos del Caudillo (Madrid, Visor Libros), poemario que desató una ruidosa polémica al serle denegada a su autor la segunda mitad de una ayuda a la creación literaria que le había sido concedida previamente por el Ministerio de Cultura (por esta circunstancia, Juan García Hortelano llegó a calificar a Irigoyen como el «primer poeta maldito de la democracia»[1]). Efectivamente, no gustó al jurado el contenido de este libro que constituye una mordaz sátira del régimen del general Franco (a través de la feroz visión de un «padre mítico», aquí «salvajemente masacrado por el poeta-saltimbanqui»), que había periclitado muy pocos años antes.

AbanicosCaudillo

Los abanicos del Caudillo puede ser considerado un libro de «poesía histórica» en tanto en cuanto su autor pretende ofrecer «una crónica de costumbres colectivas», y en concreto una imagen de la vida sentimental de la España del franquismo, pasada por el tamiz de su sarcasmo. Como indica Irigoyen en unas palabras preliminares, recordando la célebre frase que Stendhal aplicaba a la novela, el poeta-juglar —la voz lírica del poemario— viene a ser un cronista que «pasa el espejo por la sociedad de nuestros cuarenta años felices», aunque reconoce también a continuación que «un poema no es un estudio de sociología». Por otra parte, algunos de los rasgos que caracterizan a esa voz lírica van a coincidir con circunstancias biográficas del escritor, con lo que estaríamos también ante una poesía de corte, en cierto sentido, autobiográfico (aunque voz lírica y autor real son instancias bien distintas que, si bien pueden coincidir en determinados aspectos, no deben confundirse; el propio Irigoyen aludirá a esto).

En próximas entradas intentaré analizar el contenido de este libro, Los abanicos del Caudillo, como un apunte de crónica moral del franquismo, esto es, como retrato social —y retrato muy negativo— de una época de la España contemporánea, de un régimen político y de la sociedad que ese régimen trajo aparejada. También dedicaré atención al comentario de los principales recursos expresivos del poemario, dentro de su extremado —y deliberadamente buscado— prosaísmo[2].


[1] Los avatares principales de esa polémica pueden seguirse en las pp. 37-53 del libro, gracias a los documentos (reseñas, cartas, etc.) que se transcriben a modo de apéndice. El libro va dedicado «A los amigos que han creído en la honestidad de este trabajo». Durante la preparación de este trabajo he estado en contacto con el autor, a quien agradezco su amabilidad al facilitarme diversos materiales relacionados con su obra y responder a todas mis consultas.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

«Epifanía», de Víctor Manuel Arbeloa

Como ya he indicado en otras ocasiones, Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es un escritor que ha abordado con frecuencia la temática navideña, y lo he hecho como estudioso y como creador, en distintos momentos de su dilatada trayectoria poética (véase la entrada que le dediqué hace algún  tiempo). En el blog han quedado recogidos también su «Villancico cruel a un subnormal no nacido» y, hace unos pocos días, su «Nana en el día de los Inocentes». Vaya hoy, para esta festividad de la Epifanía (o manifestación) del Señor, su poema «Epifanía», correspondiente a la sección «Dios se ha revelado» de su poemario Dios es hombre para siempre (1966). Se trata de una composición arromanzada (con rima í o), pero con la particularidad de que los versos impares son heptasílabos y los pares pentasílabos.

ReyesMagosMurillo.jpg

La adoración de los Reyes Magos, de Bartolomé Esteban Murillo.

Ante él se postrarán todos los reyes
y le servirán todos los pueblos.
(Salmo 71, 11)

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos

El oro del Dios Rey
los ha atraído.
La nube del incienso
del Dios Santísimo.
Y la mirra olorosa
del Dios nacido.

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos…

Todos los continentes
todos los siglos
se fueron tras la estrella
del regocijo
¡Al espacio y al tiempo
rige este Niño!

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos
[1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 161.

El soneto «Desde otro oriente», de Rafael Maya

Rafael Maya, abogado y diplomático colombiano (Popayán, 1897-Bogotá, 1980), fue también poeta, periodista y autor de ensayos y estudios críticos, como por ejemplo Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944), Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952), La musa romántica en Colombia (1954) o Los orígenes del modernismo en Colombia (1961). Entre su producción literaria se cuentan títulos como La vida en la sombra (1925), Coros del mediodía (1930), Después del silencio (1935), Final de romance y otras canciones (1940), Alabanzas del hombre y de la tierra (1941), Tiempo de luz (1945), Navegación nocturna (1955), La tierra poseída (1965), El retablo del sacrificio y de la gloria (1966), El rincón de las imágenes (1972), El tiempo recobrado (1974) o De perfil y de frente (1975), entre otros. Fue Premio Nacional de Poesía en 1972, y en 1979 se publicó su Poesía completa.

Para esta Noche de Reyes, copio su poema «Desde otro oriente», un soneto de alejandrinos (versos de catorce sílabas, con una cesura al medio, separando los dos hemistiquios: 7 + 7), de sabor modernista:

La_adoración_de_los_Reyes_Magos_(Rubens,_Prado)

La adoración de los Reyes Magos, de Pedro Pablo Rubens.

Noche clara y fragante, casta noche lejana
de mi niñez… La estrella ronda por la colina;
el séquito, pesado de yelmos, se avecina
y en tanto los camellos presienten la mañana.

Oro, cofres, esclavos. Pasa la caravana.
Llevadme con vosotros, oh, Magos, al divino
infante sobre cuya desnudez el pollino
sopla el vaho caliente de su piedad humana.

¡Oh, Rey viejo, oh, Rey mozo, oh, Rey negro! Parado
frente al portal dejadme un camello, de hastiado
mirar, bajo la lumbre que en el cenit destella.

Yo montaré desnudo sobre su giba hirsuta,
y desandando el tedio de vuestra larga ruta,
vendré desde otro oriente con una nueva estrella[1].


[1] Cito por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 338, con algún ligero retoque en la puntuación. En el verso 12 restituyo la palabra «sobre», sin la cual el verso queda cojo. El texto original puede verse en Rafael Maya, La vida en la sombra, 1920-1925, Bogotá, Editorial de Cromos, 1925, p. 68.

El «Soneto para un alumbramiento», de Jesús Górriz Lerga

Ya en otras ocasiones he traído al blog algunos poemas navideños de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016). En una entrada antigua pueden leerse el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor», y en una más reciente, de estas mismas navidades, he añadido su «Villancico que repite la letanía de siempre». Hoy traigo el «Soneto para un alumbramiento», perteneciente también a su poemario Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), todo él de temática navideña. La composición se basa en la invocación de Cristo como «luz de luz» del Credo («… Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero…»), repetida paralelísticamente a lo largo de los catorce versos.

luz

Lumen de lumine

En la luz de tu luz amanecido,
por la luz de tu luz iluminado,
con la luz de tu luz transfigurado,
tras la luz de tu luz enardecido.

Con la luz de tu luz esclarecido,
tras la luz de tu luz alucinado,
en la luz de tu luz ensimismado,
por la luz de tu luz reconocido.

Con la luz de tu luz favorecido,
por la luz de tu luz vivificado,
en la luz de tu luz sobrecogido.

A la luz de tu luz encaminado,
con la luz de tu luz estremecido,
en la luz de tu luz glorificado[1].


[1] Lo cito por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), introducción de Miguel dʼOrs, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 186.

 

El soneto «San José», de Jacinto Fombona Pachano

El venezolano Jacinto Fombona Pachano (Caracas, 1901-1951) fue un destacado escritor (poeta, narrador y ensayista) que, en su juventud, formó parte de la denominada «Generación del 18» y más tarde se unió al grupo poético surgido en torno a la revista Viernes (1936). Se dio a conocer en el mundo de las letras con su novela El batallón (1922), al mismo tiempo que se dedicaba al periodismo y el ensayo. Sus principales títulos poéticos son El canto del hijo (1925), La comedia (1927), Virajes (1932) o Las torres desprevenidas (1940), que pasa por ser su obra más destacada.

Este poema navideño suyo se centra en la figura de san José que, sin ser la más destacada en la celebración navideña, tampoco está ausente de la poesía de este tiempo. El soneto destaca por su construcción anafórica, con la repetición de «En casa de José» al comienzo de cada estrofa.

SanJoseConElNiño

San José con el Niño, de Sebastián Martínez.

 

Su texto completo dice así:

En casa de José, ¡qué ardido nardo![1]
Y es flor al par de íntimo contorno,
donde no sufren: el cristal, bochorno;
garra, el balido; ni la pluma, dardo.

En casa de José no medra cardo,
ni el hacha duerme, ni descansa el torno,
y alondra de salida o de retorno,
la hormiga del Señor lleva su fardo.

En casa de José, ¡qué alegre lumbre!
La oveja hila, y guarda la techumbre
o el ojo del arcángel y la estrella[2].

En casa de José sueña María
que el Niño entre viñedos florecía[3]
y abrazada a sus pies lloraba Ella[4].


[1] ardido nardo: el nardo es emblema de la pureza virginal, sobre todo de María; además, la iconografía representa a san José con una vara de nardos (la flor es conocida popularmente como «vara de san José»).

[2] el ojo del arcángel y la estrella: alusiones, respectivamente, a la Anunciación a María por el arcángel san Gabriel y a la estrella que guio a los Reyes Magos hasta el Portal de Belén.

[3] el Niño entre viñedos florecía: remite a Juan, 15, 1-8: «Yo soy la vid verdadera», etc. Este verso y el siguiente parecen hacer alusión, además, a la muerte de Cristo en la Cruz (es frecuente en la poesía navideña que, al tiempo que se canta la alegría de su nacimiento, se anuncien ya las penas y sufrimientos de la Pasión y Muerte).

[4] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

El soneto «Noche del hombre», de Rafael Herrera

El escritor mexicano Rafael Herrera (nacido en 1930 en Parácuaro, Michoacán) cultivó la poesía religiosa, en poemarios como La voz del fuego o La sombra de la luz. Este hermoso soneto suyo incide en el misterio de la Encarnación del Verbo, pues nos muestra a Cristo humanado para salvar al hombre, y de ahí que el yo lírico pueda llamar indistintamente a la Noche Buena «parto de Dios o concepción del hombre» (v. 4). Véase, además, la bella formulación de los vv. 7-8: «… y amanezca prendido de unos senos / por beberse en amor hombre por hombre», o el remate de la composición en el segundo terceto: «Y un diciembre, por montes y barrancas, / fue llegando a deshora de la noche / Cristo a caballo con el hombre en ancas».

CristoaCaballo2.jpg

El poema completo dice así:

Esta es la noche que aunque tiene nombre,
Noche Buena de malos y de buenos,
yo acostumbro a llamarla más o menos
parto de Dios o concepción del hombre.

Todo lo que es posible, a nadie asombre:
que el mismo Dios tenga sentidos plenos
y amanezca prendido de unos senos
por beberse en amor hombre por hombre.

La esperanza nomás, como un reproche,
cada invierno bajaba en alas blancas
entre danzas de estrellas en derroche.

Y un diciembre, por montes y barrancas,
fue llegando a deshora de la noche
Cristo a caballo con el hombre en ancas[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.