Bilbao y el País Vasco en «Una ciudad del norte», de Pedro Ugarte

PedroUgarte2En la novela de Ugarte Una ciudad del norte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999) se reiteran con mucha frecuencia las alusiones —cargadas de simbolismo— a ese cielo sucio, de tungsteno, de la ciudad, identificable con Bilbao: «aquel cielo inclemente que en mi ciudad, fuera a llover o no, siempre amenazaba lluvia» (p. 15); «el maldito cielo parduzco de la ciudad» (p. 106); «un cielo emborronado y plagado de tutelares helicópteros» (p. 119), «el cielo de tungsteno» (p. 249); «la grisura lúgubre del cielo de la ciudad» (p. 277; véanse otras alusiones en las pp. 20, 21, 169, 250, 258, 288, 289, 299 y 300). Ese cielo gris, plomizo, «de tungsteno», y la amenazadora presencia de los helicópteros policiales que lo rasgan (el otro leitmotiv de la novela; cfr. las pp. 35, 119, 147, 164, 169, 250 y 300[1]) son dos claros símbolos de la triste situación que vive la ciudad y todo el País Vasco:

La radio traía noticias del último atentado terrorista y poco después las declaraciones de distintos políticos, cuya pesadumbre hacía muchos años había agotado todos los recursos de la retórica. Algo era ligeramente molesto pero nada suscitaba conmoción; en realidad nunca pasaba nada: sólo que a un tipo se lo habían quitado todo mediante un balazo o una bomba lapa, y que su nombre, reescrito cientos de veces, germinaría por un día en la estraza periodística (p. 107).

Son muchas las alusiones a esa dura realidad: secuestros y asesinatos, dispersión de los presos, barricadas ardiendo, palizas a policías de paisano, enfrentamientos entre separatistas y españoles… En una ciudad en la que la política lo invade todo y todo lo emponzoña, las calles son una amenaza, y en ellas resulta fácil convertirse en cadáver:

Qué distinto mi rincón del mundo a cualquier otro. Entre los dientes de sierra de las montañas se retorcían unos valles estrechos, como cuñas de azadón en la madera, y en ellos la gente se apilaba, se amontonaba, discurría entre empujones, se agazapaba por las noches en altos dados de cemento, como hordas de lechuzas obligadas a apretarse sobre los brazos de un solo árbol inhóspito. Mis paisanos se llevaban siempre mal (quizás debido a la falta de espacio, a las abruptas cordilleras, a la grisácea consistencia del cielo de tungsteno) y por todos lados florecían las trincheras. Y así, la confianza perdida en cierto parapeto parecía al adversario la evidencia de una adhesión inquebrantable a sus ideas. Bastaba salir huyendo de cualquier trinchera, dejando atrás las banderas de otro tiempo, para encontrar en algún sitio nuevos camaradas, castrenses barracones, guaridas, barricadas, prietas filas de tropa donde extraviarse al dictado de consignas distintas a las anteriores, pero igual de belicosas. Pasaba el tiempo con cruel continuidad y en la ciudad nunca hubo espacio no ya para el heroísmo, sino para la más elemental honestidad. Nada relevante que apuntara hacia ninguna parte: sólo la peligrosa movilidad del adversario, tan escurridizo, que de hecho cualquiera podría transfigurarse en él. En mi país nadie estaba nunca muy seguro de con quién estaba hablando. Allí la política no era una oportunidad de conseguir prebendas, la política era cuestión de vida o muerte (pp. 285-286).

Hacia el final de la novela, Jorge se reencuentra con Juanmari, un compañero desaparecido hace veinte años; Juanmari le confiesa que ha estado en Francia, colaborando con ETA, aunque no ha participado en acciones terroristas, y que lo que escribía en la libreta cuando eran compañeros de colegio eran datos de todos ellos. Este es el comentario que ese encuentro y esas revelaciones suscitan en el protagonista:

El pasado siempre hace daño. Posiblemente no sirve para otra cosa. Yo regresé a casa muy despacio, sin esperanza ya de que la lluvia lavara alguna vez a mi ciudad de todo aquello (p. 297).

El final de la novela, que tiene una estructura circular, es triste y no deja abiertas las puertas a la esperanza. La compañera de Jorge, Susana, quería tener un hijo, pero él, que es un pesimista forjado en el negro pozo del miedo, no estaba dispuesto a dar vida a una persona para entregarla a tanta falta de esperanza. Al final sí han tenido ese hijo, y en vísperas de su incorporación por vez primera al colegio, Jorge lo lleva a conocer el patio, el mismo patio del mismo colegio donde lo llevó su padre (secuencia inicial de la novela); sobre sus cabezas sigue viéndose el mismo cielo manchado, de tungsteno, y sigue oyéndose el mismo sonido amenazador de los helicópteros policiales; el niño siente el mismo miedo que su padre sintiera años atrás. La impresión que nos deja este final es que todo se repite, que no hay posibilidad alguna de cambio, y las palabras que cierran el relato no pueden ser más desesperanzadas:

Miré hacia arriba: el cielo de tungsteno seguía amenazando lluvia, pero no se decidía a descargar sobre nosotros. Aquella lánguida amenaza siempre había bastado. Quizás la verdadera tragedia de esta extraña provincia consistía simplemente en eso, en sentirnos privados del sol y de la lluvia al mismo tiempo, recluidos en una niebla indecisa, y tener la certidumbre de no haber padecido desde hacía mucho tiempo las penalidades de una verdadera guerra pero sí el grave zumbido de los helicópteros, como si el cielo se obstinara en recordarnos que todas esas cosas (la guerra, la lluvia, quién sabe) serían posibles algún día.

El cielo de tungsteno mostraba con nosotros una indulgencia humillante y antipática, se divertía en jugar a perdonarnos o bien debilitaba la luz a media tarde, nos la expropiaba antes de tiempo. Pensé que, frente a esa bóveda de nubes bituminosas, se estrellarían para siempre todas las esperanzas y que aquella lúgubre ciudad seguiría siendo lo que siempre había sido: una prodigiosa cochambre repleta de seres humanos y de cosas (p. 303).


[1] La atosigante presencia de los helicópteros desmonta «la mentira de una ciudad que creía vivir sin sobresaltos» (p. 300); y poco después podemos leer estas demoledoras palabras: «No sé si más allá del cielo de la ciudad estaba Dios, pero más acá estaban los helicópteros, siempre los helicópteros, un número anormal de helicópteros. Era lo que le faltaba a aquel cielo de mierda para culminar una espléndida tristeza» (p. 301).

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