Cervantes y Avellaneda, frente a frente

Portada del Quijote de Avellaneda (1614)En 1614, con pie de imprenta en Tarragona (aunque seguramente fue impreso en Barcelona), apareció el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas[1]. Esta continuación del exitoso libro cervantino —también el Guzmán había tenido una continuación apócrifa— ha sido atribuida, con argumentos de muy distinta solvencia, a multitud de autores, entre otros: Francisco López de Úbeda, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Guillén de Castro, Alonso de Ledesma, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Alonso Castillo de Solórzano, Jerónimo de Pasamonte, Cristóbal Suárez de Figueroa… y hasta al propio Cervantes. Pero, ¿qué sabemos en realidad de Avellaneda?

Como escribe Luis Gómez Canseco[2], la guía más certera para acercarnos a Avellaneda es el texto de 1614. De su lectura se desprenden las siguientes pistas: 1) Avellaneda era enemigo acérrimo de Cervantes; 2) se sintió gravemente ofendido por algo que aparecía en el Quijote de 1605; 3) admiraba a Lope hasta el punto de salir en su defensa personal; 4) conocía bien Zaragoza y su entorno geográfico; 5) era un hombre piadoso, amigo de devociones, especialmente la del rosario, cercano a los dominicos y con una razonable instrucción teológica; 6) conocía Alcalá y su vida universitaria, Madrid y Toledo; 7) hay algunos rasgos aragoneses en su lengua (Cervantes, en 1615, se refiere a su rival como «un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas»); 8) es un profesional de la literatura y notable conocedor de lo que se escribía en su tiempo (por ejemplo, ha leído el Buscón, que entonces circulaba solamente manuscrito) y tiene conocimientos de latín, de erudición bíblica y clásica y de teoría literaria; y 9) era aficionado al teatro.

No son, en cualquier caso, datos suficientes para desvelar su identidad. Lo que sí parece claro es que el libro se compuso en el círculo cercano a Lope de Vega, que por esos años mantenía una gran enemistad literaria con Cervantes.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En su introducción a Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Motivos presentes en el «Quijote» de 1615

Según Joaquín Casalduero[1], encontramos una serie de nuevos motivos que enriquecen esta II Parte[2], a saber:

1) El motivo de la representación, que tiene una importancia capital: el mundo se manifiesta como un continuo teatro, como una puesta en escena permanente; ahora son otros personajes los que inventan trazas para adecuarlas a la locura caballeresca del hidalgo. Recordemos los episodios de Dulcinea encantada, el encuentro con el carro de las Cortes de la Muerte, el retablo de maese Pedro, varias de las burlas urdidas en el Palacio ducal, la fingida Arcadia, etc.

2) El motivo de la casa: en la II Parte los escenarios que frecuenta don Quijote responden a un ámbito más urbano que en la I Parte, en la que predomina el ámbito rural y abundan los espacios abiertos. En cambio ahora don Quijote arriba a distintas casas, como la del Caballero del Verde Gabán, el Palacio ducal o la casa de Antonio Moreno, en las que permanece detenido más o menos tiempo.

3) El motivo del dinero, que en la II Parte adquiere el valor social que no tenía en la I Parte: en su tercera salida don Quijote sale provisto de dinero, paga sus gastos y se hace responsable de los destrozos que ocasiona.

4) El motivo de los animales: abunda la presencia de animales, en acciones que se introducen generalmente con la intención de acentuar la degradación del personaje (don Quijote es arañado por gatos, atropellado por toros y por una piara de cerdos…) y también se concede un mayor protagonismo a Rocinante y el rucio.

Rocinante y el rucio

5) El motivo de los consejos: como apuntaba en una entrada anterior, en la II Parte se pone un énfasis mayor en aspectos relacionados con la organización política y social de la época, y esto se manifiesta en la inclusión de abundantes consejos acerca del tema del buen gobierno, de la educación de los hijos, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», Madrid, Ínsula, 1949.

La comedia de la decadencia del Barroco en España

Hay que señalar que los primeros cincuenta años del siglo XVIII son postbarrocos en el teatro: hay una clara pervivencia de las formas del XVII[1]. Los epígonos del Barroco mantienen en el siglo XVIII formas caducas, sin la calidad literaria de sus predecesores. No interesa la imitación de Lope o de Tirso, sino la de Calderón, al que todos tienen por modelo. La mayoría de ellos no escriben piezas originales, sino que tienden a la refundición y la rescritura de obras antiguas que se intentan revivir con representaciones de más o menos éxito. No surgen fórmulas nuevas que sustituyan el éxito de las anteriores (tramoya, lances, enredos…). El teatro neoclásico, cuando hace aparición, no despierta el entusiasmo de las masas.

Sin embargo, resulta también evidente que las fórmulas barrocas están ya agotadas: los autores carecen de creatividad, de originalidad y de genio; se da una repetición casi mecánica de esquemas que han perdido vigor y fuerza expresiva; la intriga se complica hasta límites insospechados. Es un teatro sobrecargado de recursos escénicos, música, tramoyas, etc. Hay un gusto exagerado por la aparatosidad (comedias de santos, de bandoleros, heroicas, de magia…).

Loas completas de Bances CandamoEn esta etapa de transición se representan los autores del XVII: Calderón, Moreto, Rojas Zorrilla, Solís, Matos Fragoso, pero curiosamente Lope y Tirso apenas interesan. El último autor barroco destacado es Francisco Antonio de Bances Candamo, dramaturgo oficial de Carlos II, que vive entre 1662 y 1704 y presenta un teatro de transición. Además de varias comedias y autos sacramentales, dejó una obra teórica (de preceptiva dramática) titulada Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos.

En el terreno de los géneros de éxito popular debemos destacar las comedias de santos y de magia; las comedias heroicas y militares; y las comedias sentimentales. Es un corpus de obras de escasa calidad literaria y un gusto exagerado por los excesos. Autores representativos de estas tendencias son Luciano Francisco Comella, Gaspar Zavala y Zamora o Antonio Valladares y Sotomayor. La pata de cabra, comedia de magia debida a Juan de Grimaldi, fue uno de los mayores éxitos de todo el teatro dieciochesco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Temas del «Quijote» de 1615

Por otra parte, en el Quijote de 1615 se desarrolla uno de los elementos temáticos que en el Quijote de 1605 estaba solamente esbozado: la adquisición del gobierno de la ínsula; en esta II Parte Sancho consigue el anhelado cargo de gobernador gracias a una burla tramada por los Duques, que lo mandan a gobernar una de sus villas[1].

Sancho Panza, gobernador de la ínsula

En cuanto al tema literario, sigue siendo central, como en la I Parte, donde se relacionaba fundamentalmente con dos personajes, el cura y el barbero. Ahora la función literaria es portada, sobre todo, por el bachiller Sansón Carrasco. Es él quien llega en II, 3 con la noticia de la publicación de la I Parte del Quijote. Es decir, en la continuación don Quijote y Sancho han pasado a ser personajes conocidos a través de la lectura y, de alguna manera, se convierten en víctimas de su fama, en tanto en cuanto el conocimiento de sus aventuras es lo que promueve muchas de las burlas que van a sufrir, especialmente las del Palacio ducal.

Otro aspecto relacionado con este tema literario nuclear es la introducción de referencias al falso Quijote de Avellaneda, publicado en 1614, que llega a adquirir una gran importancia estructural en el desarrollo de la acción: cambio de rumbo de Zaragoza a Barcelona; encuentro de don Quijote y Sancho con Álvaro Tarfe, personaje del Quijote apócrifo; visita a la imprenta barcelonesa, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Algo más sobre el teatro en España en tiempos de la Ilustración

Por otra parte, el teatro tenía que enfrentarse a dificultades de orden material, ya que solo había teatros estables en las grandes ciudades[1]. La actividad era intensa sobre todo en Madrid: destacan el teatro del palacio del Buen Retiro, el Teatro del Príncipe y el de la Cruz, así como el de los Caños del Peral (para la ópera italiana y el arte lírico en general). Fueron famosas las disputas entre chorizos (asiduos del Teatro del Príncipe), polacos (del de la Cruz) y panduros (de los Caños del Peral). El espectáculo teatral duraba —como en el siglo XVII— entre tres y cuatro horas. En esa época triunfaron actores célebres, como Isidoro Máiquez[2].

Isidoro Máiquez, por Goya

De la misma forma que se establecen claras fronteras entre las clases sociales, el teatro mantiene también las fronteras literarias entre tragedia y comedia, no permitiéndose su mezcla. Un personaje que había existido en el teatro anterior —con una importancia muy destacada— va a desaparecer ahora de la escena: el gracioso o figura del donaire. Efectivamente, no tiene cabida en la tragedia, por innecesario, mientras que en la comedia su función como agente de la comicidad se divide entre varios personajes.

El conjunto del teatro del siglo XVIII se puede clasificar en varios apartados: 1) la comedia de la decadencia del Barroco; 2) los géneros de éxito popular; 3) el teatro menor (el sainete y las obras musicales); 4) la tragedia neoclásica; y 5) la comedia neoclásica, cuyo mayor exponente es Leandro Fernández de Moratín. Dedicaré las próximas entradas a examinar por separado cada uno de ellos.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Ver Emilio Cotarelo y Mori, Isidoro Máiquez y el teatro de su tiempo, Madrid, Imp. de José Perales y Martínez, 1902.

Otras diferencias entre el «Quijote» de 1605 y el de 1615

Siguiendo con las diferencias, en el Quijote de 1605 las aventuras se rigen por las leyes del azar, y el destino de don Quijote es incierto[1]; en cambio, en la II Parte don Quijote se dirige a lugares específicos, tiene unas metas concretas: el Toboso, la cueva de Montesinos y Zaragoza (destino cambiado luego por Barcelona). En 1615 se introducen menos aventuras ajenas a la historia central de don Quijote y Sancho, como ya indiqué en una entrada anterior, y hay, en cambio, más encuentros casuales y conversaciones cotidianas. Por otro lado, en la II Parte aparecen nuevas formas textuales: consejos, juicios y sobre todo cartas, que se intercambian don Quijote, Sancho, los Duques y Teresa Panza.

El bachiller Sansón CarrascoAdemás, en este Quijote de 1615 el engaño también invade el plano narrativo. Así, como ha estudiado Avalle-Arce[2], la historia nos la refiere un narrador «infidente» en quien el lector no puede confiar plenamente pues le oculta información clave, le da pistas falsas que lo llevan por derroteros confusos y le tiende trampas, en definitiva, es un narrador que engaña «a sabiendas y a conciencia». Para el citado crítico, la promesa rota del bachiller Sansón Carrasco («Todo lo prometió Carrasco», señala el narrador en II, 4, p. 662, cuando don Quijote le pide que guarde el secreto de su nueva salida) es el resorte que pone en marcha toda la acción de la II Parte: en realidad, el bachiller saldrá a los caminos tras él, oculta su personalidad, con el objetivo de vencerlo y devolverlo a su casa. Y por ello en esta II Parte se requiere una serie de capítulos explicativos breves, que se insertan después de sucedidos los hechos, para desvelar detalles o dar a conocer la identidad de alguno de los personajes (por ejemplo, Sansón Carrasco como Caballero de los Espejos, o Ginés de Pasamonte como maese Pedro).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver, entre varios trabajos de Juan Bautista Avalle-Arce, «El narrador y Sansón Carrasco», en On Cervantes: Essays for L. A. Murillo, ed. James A. Parr, Newark, Juan de la Cuesta, 1991, pp. 1-9.

El teatro ilustrado, instrumento para la educación

La concepción que de la literatura tiene la Ilustración es la de un instrumento de educación del pueblo, manejado por el estrato social superior (los gobernantes e intelectuales)[1]. Es decir, los ilustrados conciben el teatro al servicio de la instrucción pública, tal como explicita Leandro Fernández de Moratín con estas palabras:

Un mal teatro es capaz de perder las costumbres públicas, y cuando éstas llegan a corromperse, es muy difícil mantener el imperio legítimo de las leyes, obligándolas a luchar continuamente con una multitud pervertida e ignorante.

En este sentido, el teatro neoclásico mantiene una postura política conservadora que pretende influir positivamente sobre la masa; el problema es que el público no acudía a ver ese teatro neoclásico, sino que llenaba las salas para aplaudir las obras barrocas o postbarrocas. El teatro neoclásico gozó de un fuerte apoyo gubernamental: los escritores, a través de la escritura de dramas, accedían a puestos políticos o a cargos en el funcionariado. Además, las obras estaban sujetas a la censura, que era doble: de las autoridades civiles y de las religiosas.

Censura

A lo largo del siglo XVIII, las representaciones teatrales conocen dificultades debidas a los ataques de los moralistas, llegando a sumarse cinco prohibiciones oficiales: en 1723, 1731, 1755, 1779 y 1800.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

El encantamiento de Dulcinea y la cosmovisión de la Segunda Parte del «Quijote»

Uno de los grandes problemas que preocupan ahora al personaje es el encantamiento de Dulcinea[1]. Recordemos que don Quijote ve a Dulcinea encantada en tres ocasiones: en las afueras del Toboso, cuando Sancho le convence de que la labradora que se acerca es Dulcinea acompañada de dos de sus damas; en la visión de la cueva de Montesinos, cuando Dulcinea le pide dinero por medio de una de sus doncellas; y en la representación burlesca ideada en el Palacio ducal, cuando se presenta (en realidad, un paje que hace su papel) con el mago Merlín y se le indica el modo de liberarla: solo si Sancho se da tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas» quedará desencantada.

Labradora del Toboso / Dulcinea

Apreciamos también un cambio con respecto a la cosmovisión que se presenta en esta Segunda Parte. En el Quijote de 1605 los personajes, don Quijote sobre todo, experimentaban una relación histórico-metafísica con el medio: era un vínculo ideal el que se establecía, tendente a la utopía (recordemos a este propósito los dos grandes discursos del caballero, el de la Edad de Oro y el de las armas y las letras). Por el contrario, en 1615 se trata de una experiencia de tipo político-social: en numerosos pasajes don Quijote es el portavoz de Cervantes para mostrar su actitud crítica frente a la nobleza cortesana e improductiva, que vive imbuida en el ocio y ha perdido la función social que había tenido en tiempos anteriores (ser los defensores de la sociedad). Así, en el capítulo II, 1 don Quijote explica al barbero la diferencia entre los caballeros de antes y los del presente:

—Los más de los caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño, como lo hacían los caballeros andantes. […] Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros (pp. 633-634).

Asimismo, don Quijote y Sancho se van integrando más en la sociedad, al entrar en contacto con el ámbito urbano, que es el que predomina en esta Segunda Parte.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La polémica por los autos sacramentales en el siglo XVIII

Fue en este terreno, efectivamente, donde más se agudizó la polémica antibarroca en el siglo XVIII español[1]. En el auto sacramental, además de desorden literario encontraban los ilustrados una peligrosa mezcla de lo sagrado y lo profano. El auto es esencialmente una obra religiosa, pero los autores tardíos habían ido introduciendo cada vez más elementos entretenidos y ridículos[2]. Las propias procesiones del Corpus (día en que se solían representar los autos) se habían convertido en una fiesta semiprofana.

Tarasca del Corpus

Para los ilustrados, esa mezcolanza de lo sacro y lo profano, de lo religioso con lo popular y hasta grosero[3], en un ambiente festivo de escaso recogimiento y devoción, resultaba disparatada. Pensaban que tal mezcla podía ser motivo de escarnio, irreverencia y aun de sacrilegio, y por ello desataron una dura campaña de ataque contra el auto sacramental. Tres años antes Clavijo y Fajardo había solicitado ya su prohibición por ser «farsas espirituales, ofensivas para el catolicismo y para la razón». La polémica en torno a los autos sacramentales culminaría al ser suprimidos por real cédula de 11 de junio de 1765[4].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Por ejemplo, solía aparecer en los autos, a imitación de lo que sucede en la comedia, un gracioso, papel que correspondía al Pensamiento humano o al Sueño.

[3] Nasarre los consideraba una «monstruosa amalgama entre lo sagrado y lo profano».

[4] Para la etapa final de desarrollo de los autos y las circunstancias de la prohibición, puede verse Ignacio Arellano y J. Enrique Duarte, El auto sacramental, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2003, pp. 151-163, capítulo titulado «El agotamiento del auto».