Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (1)

La primera parte de Prosa española[1], «Entre nosotros», se inicia con un breve poema, más bien unos versos preliminares a modo de envío, que resultan harto claros:

Estos versos se quedan solos
pues no halagan rencor ni rabia.

Por un centro vacío van derechos
al corazón dolido de la patria.

De ambos lados silban o tiran,
amenazan o halagan.

Pero ellos, sordos y ciegos
a los miedos y a la esperanza,
van buscando el amor que une,
el olvido que todo lava,
no el perdón, la única que puede
perdonarnos, se llama España,
el respeto a las divergencias
y a otras pocas cosas sagradas
para así preparar las sendas
a un futuro sin más revanchas.

Sin más extremas, diestras, siniestras,
que nuestras manos para enlazarlas (p. 13).

«Desde mi punto muerto» (pp. 14-15) alude ya a la experiencia de la guerra civil («la reyerta / aquella»); el poeta va enlazando imágenes que connotan el mal, la división y el dolor por ella causados: furia, batalla, luces combatidas, sangre, rencor, infectar, emponzoñar, metralla, bilis, llagas…, y también uñas hurgando en las heridas para que no cicatricen; la voz lírica —que cabe identificar en todos estos poemas con el autor— se dirige a un vosotros, a los que aplica el calificativo de caínes, y se lamenta, como Unamuno, con un «a mí también me duele España»; finalmente manifiesta su intención de no callar: «Porque estoy como Cristo, entre dos reos, / entre la tiranía y la venganza, / y es la madre común la que está en juego, / yo puedo y debo gritar: ¡Basta!». En «Hablando en plata» (pp. 16-17), la voz lírica endereza su discurso, «Desde el monte de mi edad plena», a los jóvenes, depositando en ellos la esperanza para superar la situación antes descrita: «os diría que el mundo es vuestro / y aún más vuestro será el mañana»; atrás deben quedar la ignorancia, la muerte, la venganza, la violencia infructífera. Y acaba: «Que aún supuran las cicatrices / de unas tierras acribilladas; / que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España». En conjunto, el poema es una exhortación a los jóvenes españoles, que deben buscar para el futuro las raíces que les unen, no las que les separan.

«Letra para una joven cantante» (p. 18) contrapone los símbolos negativos (los heredados, que hay que dejar atrás) y los positivos (los que deben predominar en el porvenir); así, su voz limpia y sin horas se opone a tugurio de asechanza; la luz fresca de algas a cobacha sorda, oscura. La cantante aporta esa voz que «carece de repliegues»: «Contra el temor, contra la envidia, / contra el rencor, contra la espada, / yo traigo un chorro de voz limpia / para regaros la esperanza». Con su mano tendida y su corazón que no oculta nada, esa cantante se convierte en un símbolo de la reconciliación nacional[2].

Mano y corazón

El siguiente poema, «Cuestión» (pp. 19-20), plantea la pregunta de si fue necesaria la guerra del 36, con su olor a pólvora, las denuncias de unos y otros y los disparos dirigidos «al centro de la vida»; insiste en que la contienda bélica fue «un rencor de dos caras» y comenta que, en el futuro, habrá de ser para los españoles «sermón de escarmiento avergonzado».

«Exules filii Hispaniae» (p. 21), cuyo título parafrasea una expresión de la «Salve», es un emotivo soneto que equipara a España con una «flor añeja / casi marchita ya»; se trata de un apóstrofe a la «descoyuntada patria» para que atienda su queja de reparar la orfandad de esos desterrados hijos de España, de forma que puedan volver a vivir y a morir en el suelo hispano: «Que no le nieguen / los jugos de su cuerpo a tus cosechas», acaba; al mismo tiempo, manifiesta su deseo de que desaparezcan las divisiones «de izquierdas y derechas». La composición que viene después, otro soneto, define «En qué consiste ser español» (p. 22); el primer cuarteto resulta significativo:

Llamamos español a ese agrio modo
de entendernos, de no entendernos, vaya.
De alzarnos cada cual, torre o muralla,
contra nosotros y otros, contra todo.

Esa especie de predisposición española para la disensión, ese querer hacer cada uno las cosas a su modo, es la explicación de que, como dirá luego, no haya solo dos Españas, sino todas cuantas podamos imaginar[3].

Encontramos a continuación la bella «Oración por los españoles sin España» (pp. 23-24), encabezada por una cita de san Lucas: «Porque atardece y el día ya ha declinado», donde el poeta ve a la «madre común España» («madre-abuela», dirá luego) como una rosa y como una fiel viuda. Es, de nuevo, un apóstrofe a la patria puesto en boca de «el menor de tus hijos», que habla por «tantos otros tuyos / enajenados de tu paz». Retomando la idea de «Exules filii Hispaniae», manifiesta su esperanza de que los españoles que están en el exilio podrán regresar a su país, «como que son de casa», y se arrimarán al fuego del hogar común:

Que sí que volverán. Nadie se puede
conformar sin la tierra. Morirse sin la tierra
no es siquiera posible […]
Claro que vuelven…

En «Loco con el mismo tema» (p. 25) se dirige a Antonio Machado, para constatar, en tono semifestivo, que la España mejor que él anhelaba, superadora de viejos conflictos y diferencias, está todavía por construir: «que el porvenir todavía / sigue estando por venir». «Coplas de las aguas turbias» (pp. 26-34) es una composición más larga, a la que sirven de lema los versos tradicionales: «Turbias van las aguas, madre. / Turbias van, / mas ellas aclararán». Está formada por trece estrofas en las que, además de volver sobre la guerra y las diferencias de las dos Españas, se introduce un nuevo tema, la reflexión sobre el arte social. Sin embargo, hacia el final se insiste en el recuerdo de la guerra: a eso aluden las aguas turbias del título, en las que medran, como en todo río revuelto, aquellos «jugadores de ventaja» que se aprovechan de la situación[4] de un país envuelto en sangre y lodo y sin pan. Su deseo vehemente es «¡Que esta sangre no se pierda!» (p. 32); y, de hecho, el poema acaba con la esperanza de que las aguas aclararán.

Sencilla pero muy eficaz, con el efecto sorpresivo que producen los ripios buscados, las rimas internas y las asociaciones humorísticas entre elementos dispares[5], es la «Letanía de las reconciliaciones» (pp. 35-38), basada en la anáfora de bendito, -a, -os, -as, que incluye a unos y otros, a todos, y que podría resumirse en ese «bendito sea mi amigo / y mi enemigo» que leemos en la p. 36. Las «Coplas de la mala racha» (pp. 39-40) vienen a ser un eco de las «Coplas de las aguas turbias», pues también estas sirven para reflexionar sobre la poesía social; el poeta, en cambio, aboga por una poesía sencilla, que se caracterice por su gracia y claridad. En fin, «Cuidemos este son» (pp. 41-44), título tomado para una antología póstuma del autor, expresa la admiración del poeta ante las distintas modalidades del cante popular (el fandango, la soleá, la malagueña, la alboreá, la seguiriya…).

En esta primera parte, el tema predominante ha sido la constatación de las divisiones existentes en España tras la guerra civil y el apunte de algunas soluciones que se deben aportar para recuperar la paz y la concordia, la convivencia pacífica «Entre nosotros»; no obstante, hacia la parte final, ese tema ha dejado paso o, mejor, se ha imbricado con una reflexión sobre el quehacer del poeta, la poesía social y el cante popular[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] En otra entrada veremos el importante papel que el cante y la poesía en general desempeñan en el pensamiento de Tejada: si de la Poesía —así, con mayúscula— dice que debe ser «ese pan de cada día» (p. 31), el cante, que es «verbo en pie» (p. 41), será igualmente «eucaristía comunal» (p. 43).

[3] En «Coplas de las aguas turbias» leemos: «—Pero… ¿hay una España o dos? / —Hay todas las que usted quiera» (p. 32).

[4] Luego dirá que «Para ser un malnacido / no hace falta renegar / de la patria. Basta dar / la espalda a un presente urgido» (p. 34).

[5] «Bendito el gozo del borracho / y el picorcillo del gazpacho. / […] Bendita sea la panarria, / tan original ella, y la fanfarria / tan marcial y la miel de la Alcarria. / Bendito el vino tino, el blanco / y el general Francisco Franco»», etc.

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

El poemario «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: estructura y contenido

José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, 1927-Cádiz, 1988), escritor y profesor universitario, autor de varias obras de poesía[1], definió sus versos, en su poema «Desgana», como «pocos, pálidos, tímidos, pequeños». Sin embargo, su faceta poética no fue ni tan pequeña ni tan pálida como su modestia nos quiso hacer creer. En sucesivas entradas pretendo realizar un acercamiento temático a su poemario Prosa española, cuyo título es una reminiscencia del verso de Berceo que le sirve de lema: «Quiero fer una prosa en román paladino…». Deseo, pues, el suyo de hablar a las claras, con valentía, de un tema siempre espinoso, la realidad nacional de la posguerra, con una apuesta decidida por la reconciliación de todos los españoles. El propósito del libro coincide con algunas de las inquietudes generales de su producción poética, con una circunstancia especial añadida: la de su fecha de publicación, 1977, en los comienzos de la transición democrática española. El poemario quiere ser una profunda reflexión sobre la convivencia pacífica de los españoles y, en general, sobre el tema de España («tierra madre» común para todos, pero a veces también “madrastra” para con algunos de sus hijos). Además, Tejada lanza un llamamiento a la fraternidad universal entre todos los hombres, habitantes de un mismo hogar-tierra.

TejadaJoseLuis

Como acabo de indicar, José Luis Tejada publica esta obra en 1977, aunque los poemas que la componen son anteriores. En efecto, tras la cita-lema de Berceo ya mencionada y la sentida dedicatoria «A todos los españoles de buena voluntad», el autor explica:

Estos poemas fueron escritos entre 1960 y 1966, algunos están publicados en diversas revistas; en mi apreciación, ahora recobran vigencia, por eso los reúno en este libro.

Acaso hoy, todavía, no lleguen demasiado tarde en su llamada vehemente a la reconciliación nacional.

Tras la «Cita, dedicatoria y aclaración», el poemario se divide en tres secciones, «Entre nosotros» (que consta de doce poemas[2]), «Tríptico de la libertad» (son tres sonetos) y «Tierra madre» (otros doce poemas). Todas las composiciones del libro[3] llevan título propio, salvo los versos iniciales de la sección «Entre nosotros» (empiezan «Estos versos se quedan solos…»), que, más que como un poema propio, pueden ser considerados una declaración de intenciones. Si lo entendemos así, la estructura externa resulta equilibrada y simétrica, con dos partes con igual número de poemas, doce, unidas por un eje de tres sonetos, que sirve de puente entre ambas[4].


[1] Para andar conmigo (Homenaje a Lope de Vega, 1562-1962), Madrid, Rialp, 1962; Villancicos de los oficios, Cádiz, Torre Tavira, 1965; Carta para Aquilino en Inglaterra, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Hoy por hoy, ed. de Ángel Caffarena, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Razón de ser, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967 (y una 2.ª ed. abreviada, Málaga, Diputación de Málaga, 1976); El cadáver del alba, Madrid, Editorial Oriens, 1968; Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977; Del río de mi olvido, El Puerto de Santa María, Fundación Municipal de Cultura, 1978; Poemía (Antología de los primeros libros), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1985, con prólogo de Leopoldo de Luis; Aprendiz de amante, Cádiz, Publicaciones de la Caja de Ahorros de Cádiz, 1986, y el libro póstumo Cuidemos este son (Poesía flamenca), Sevilla, Renacimiento, 1997. Ver también Desde un fracaso escribo. Antología poética, ed. de Jaime Siles, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006. Sobre el autor y su obra, remito especialmente a Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000; y a Luis Miguel García Jambrina y Mercedes Gómez Blesa (eds.), La poesía amorosa de José Luis Tejada, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005.

[2] Serían trece si contamos como tal «Estos versos se quedan solos…», que funcionan más bien, en mi opinión, como palabras preliminares.

[3] Prosa española recoge todos los poemas ya incluidos en Hoy por hoy (1966), libro formado por «Coplas de las aguas turbias», «Lo peor», «Loco con el mismo tema» y «Reconciliaciones». Por otra parte, en Razón de ser (1967) ya se había publicado la «Oración por los españoles sin España».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: valoración final

Ana María Navales ofrecía esta valoración de Corte de corteza de Daniel Sueiro[1], con la que coincido en buena medida:

Sueiro ha puesto en Corte de corteza toda la imaginación de que probablemente es capaz aunque, en muchos pasajes, se ha quedado a mitad de camino entre la fantasía del futuro y la realidad del presente a que tan acostumbrado está. Lo verdaderamente interesante en esta novela, a la que quizás sobran páginas, perdidas en una confusa demagogia, es la manera de tratar el tema. […] Sueiro quiso salir del oscuro callejón de la novela social con un tema y un planteamiento universal. Su ambicioso proyecto se le quedó en una realidad conseguida de menor trascendencia que lo imaginado. Sus dos piedras de toque, literatura para una mayoría de público y su particular ideología, limitaron su obra en este caso en que el escritor no se limitaba a sí mismo, amparado en el consciente confusionismo de su planteamiento. No obstante, en Corte de corteza utilizó una fórmula valiosa en la que quizá no ahondó suficientemente. Algunos personajes quedan borrosos y desleídos en esa falsa ciencia-ficción y en su mundo de postulados y teorías que les resta enjundia y fuerza humana por exceso de cerebralismo[2].

Ciertamente, Corte de corteza fue una obra renovadora en su momento de aparición: lo fue en lo formal, aunque hoy estemos acostumbrados a experimentalismos mucho mayores; y lo fue también temáticamente, si bien ahora —a más de cuarenta años de distancia— tampoco nos llama tanto la atención desde ese punto de vista: muchos de los avances de los que habla Sueiro son en nuestros días realidad cotidiana, o casi lo son. La novela nació como un eco de la euforia de los trasplantes y hoy los maravillosos progresos de la medicina en este campo continúan sorprendiéndonos positivamente. Día a día la ciencia avanza, haciendo realidad proyectos que hace pocos años eran impensables (o solo soñados por la mente de algún escritor, como por ejemplo Julio Verne en su tiempo). Hoy por hoy, el argumento que plantea Corte de corteza, un trasplante de cerebro[3], no parece posible, afortunadamente, pero quizá no lo sea en un futuro más o menos lejano…

TrasplanteDeCerebro

En cualquier caso, la obra de Daniel Sueiro resulta interesante, fácil de leer y, lo más importante, nos hace reflexionar, entre otras cosas, sobre la pérdida de valores en una sociedad cada vez más deshumanizada[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, pp. 195-197.

[3] Este mismo tema lo ha planteado más recientemente Jesús Ferrero en su novela Doctor Zibelius, Sevilla, Algaida, 2014.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (y 2)

Chaplin, Charlie (Modern Times)En cuanto a los temas presentes en Corte de corteza[1], el propio Daniel Sueiro dice que en su novela se pasa revista a «todo lo divino y lo humano»[2]. Se habla, como indica Ana María Navales, de «la violencia, la represión, la publicidad comercial, las técnicas vitalistas, la discusión de primacía entre la religión y la ciencia, la demagogia, el inconformismo o lo contrario, la sexualidad, […] el endiosamiento profesional por vía del éxito, la sociedad de consumo, los desastres de las guerras…»[3]. Efectivamente, en el momento en que se sitúa la acción el mundo está envuelto en varias guerras, han vuelto a triunfar los fascismos en Europa, existe en Estados Unidos y Japón una sociedad capitalista que aliena al individuo, que lo esclaviza. Hay referencias claras el mayo del 68 en París, al movimiento hippie, a la guerra de Vietnam, al imperialismo estadounidense. En este sentido, se podría considerar Corte de corteza como una obra culturalista, en la medida en que su autor, Daniel Sueiro, trata de reflejar en ella algunos aspectos, los que más le interesan, de la cultura de una época, la que a él le ha tocado vivir. Se critica la opresión de la gran ciudad, el trabajo agobiante y deshumanizador, la vida automatizada, el Estado policial, el poder manipulador de los medios de comunicación de masas (prensa, radio, televisión, publicidad). No faltan las alusiones a otros temas como el mercado negro de órganos, la posibilidad de hibernar un cuerpo enfermo hasta que se descubra el remedio para su enfermedad o de elegir el sexo de los hijos, la existencia de vida inteligente en otros planetas o la venta de medicinas adulteradas que causan graves daños al ser comercializadas antes de tiempo, sin haber sido suficientemente estudiados sus efectos secundarios.

Sueiro parte de una anécdota concreta, el trasplante de cerebro, que plantea los límites del progreso científico, su choque con los valores humanos. Ese es el núcleo central, el punto de partida. Pero a partir de ahí surge toda una constelación de temas y, al final, más que el conflicto interior de Adam, el de la doble personalidad, importa el tema social, la problemática del mundo que le rodea. Ya lo apuntaba José Domingo:

Es más, mucho más que un caso de conciencia lo que Sueiro ha pretendido plantear en su novela pues, además del problema moral originado por el trasplante, se nos describe con toda precisión el panorama de la sociedad capitalista actual, en la que tan disgregador papel desempeña la alienación del individuo… Crítica rigurosa de un sistema en el que los progresos científicos […] plantean cuestiones de muy difícil solución[4].

He señalado que se está criticando un tipo de sociedad capitalista, concretamente la sociedad norteamericana. Ahora bien, indirectamente la crítica se puede aplicar a la realidad española de los años 60, sobre todo en lo relativo a la persecución de los intelectuales o a las violentas intervenciones de la policía (la censura no permitiría hablar de ello explícitamente, pero Sueiro lo deja caer como de pasada, veladamente). Por ejemplo, se dice que el periodista que resulte molesto

será expedientado, multado, procesado, juzgado, condenado, y si lo merece y no hay más remedio, a pesar de nuestra buena voluntad, ejecutado, y aquí paz y después gloria, y el que venga detrás que arree, ahí me las den todas y a ver quién es el chulo que se mueve. ¡Silencio!, que lo abraso, como abrasamos a todos los demás y seguiremos abrasando para que no nos abrasan a nosotros (pp. 50-51).

Y se menciona que, al disolver una manifestación, los policías daban

fuertes mazazos con las porras de goma o de plomo, que sonaban secamente, se oían los huesos al romperse, la carne al macerarse o abrirse. […] Al levantarse vio el final de la escena con un enjambre de negros cuervos picoteando, pisoteando, pateando y apaleando a una muchacha de unos dieciséis años, hecha un ovillo en el suelo, que no se movía, ni gritaba (p. 199).

Podría multiplicarse el número de citas, pero me limitaré a una pequeña selección de algunas de las más interesantes. Así, se pone de relieve la opresión de la gran ciudad, con sus inmensos rascacielos: «sentados ante la angosta ventana que daba a varios centenares, a miles de ventanas iguales en los grandes edificios de enfrente» (p. 38). Edificios iguales. Repetición. Monotonía. Rutina. Se construían

villas idénticas para aburrirse del mismo modo durante los largos, largos fines de semana, de modo que de pronto las grandes ciudades quedaron rodeadas de ciudades más grandes todavía de las que de momento nadie había encontrado aún la forma de escapar […] y ya todo a lo largo y ancho y por cualquier lado que mires la miríada, la colmena, el hormiguero de casitas bajas (p. 245).

El poder de la publicidad puede detectarse en estas palabras:

Realmente, la compañía de Key no fabricaba nada, pero lo vendía todo, ese era su lema. […] Conocían las técnicas de ventas, merced a las cuales conseguimos hacer necesario lo superfluo y sabemos hacer viejo lo nuevo en cuestión de semanas. Nunca hay riesgos así (p. 81).

Igualmente condenable resulta

el sucio y criminal negocio del trust o banco de órganos humanos, cuyo éxito crecía al mismo ritmo con que se registraban aquellas misteriosas desapariciones de la gente, hasta que llegó a saturarse el mismo mercado negro (p. 43).

Varias veces se describe el poder destructor de las guerras, como cuando vuelven a la patria

los restos de lo que fue nuestro flamante ejército pacificador: muchachos de quince años mutilados y envejecidos, hombres vendados, ensangrentados, taciturnos, soldados y oficiales barbudos y silenciosos, de ojos inmóviles y ensimismados, de uniformes rotos, y ataúdes (p. 107).

Son palabras duras, que invitan a pensar sobre el sentido de una guerra, de cualquier guerra. Se dice que los médicos de campaña «cada mañana ven llegar a sus bases batallones enteros de hombres jóvenes y sanos, frescos para la lucha, que cada noche les entregan mutilados, moribundos o muertos» (p. 115).

En algunos fragmentos apunta el tema de la doble personalidad (aunque, como insiste Tomás Yerro en su análisis, se deja de lado, sin que constituya, como podía haber sido, el elemento principal de la novela):

No se puede vivir la vida de otro, no se puede vivir con otra persona que no es ella misma, y esta misma persona tampoco puede, creía ella, vivir sin reconocerse (p. 116).

Ahora ya no son sólo los semejantes a los que ha de soportar usted [le dice Castro a Adam], ha de soportarse a sí mismo (p. 266).

Parecía como si pretendieran introducirle en unos carriles que él no pensaba seguir, habituarle a una serie de cosas, hechos, personas, a las que nada le unía (p. 267)[5].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] En Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974,  p. 193.

[3] Navales, Cuatro novelistas españoles…,  pp. 191-192.

[4] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3. En cambio, a De la Fuente (1989) el problema en torno a la identidad personal le parece el tema central.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (1)

El análisis de los personajes —junto con el tiempo y el espacio en que se mueven— y de los temas servirán para comprobar que Corte de corteza de Daniel Sueiro es una novela[1] con abundantes elementos de crítica social, como certeramente han destacado diversos estudiosos. Así, Bienvenido de la Fuente señalaba:

Sueiro no ha abandonado su tarea de llamar la atención sobre problemas sociales y de criticarlos. El trasplante de cerebro de Corte de corteza no hay que verlo sino como un ejemplo para mostrar a qué extremo se puede llegar en nuestra sociedad. Ante el adelanto técnico, ante el progreso en general, y aquí ante el adelanto en el campo de la medicina, el individuo está en continuo peligro de perder su personalidad[2].

Por su parte, Rafael del Moral escribía:

Ciencia ficción comprometida, y no de aventuras, que anuncia, al poner en peligro la integridad humana, un fruto caótico y deshumanizado. El fondo es un trasplante de cerebro con sus significados éticos y morales. […] Crítica al mundo dominado por la técnica y el desarrollo ciego del capitalismo con una orientación más social que psicológica[3].

Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres comentan que la apasionante historia en que se sustenta la novela sirve de pretexto a Sueiro para dar salida a una fuerte crítica a la sociedad de consumo deshumanizada:

Sueiro plantea los conflictos que presenta para el hombre un progreso que sólo atiende a los aspectos tecnológicos, y se cuestiona qué límites hay que ponerle. Aunque ha renovado su forma de expresión, manifiesta las mismas ideas de siempre, con idéntica crítica al sistema[4].

Y podrían añadirse otras citas similares. Ya mencioné que Corte de corteza era «una crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Considerando que la obra estaba escrita para 1968, podemos calcular que la acción estaría situada hacia el año 1983. Hemos de suponer que la historia sucede en verano (se alude varias veces al calor sofocante, en un determinado momento se dice de un personaje que lleva un traje veraniego…), aunque no existe una datación exacta. Se trata de una historia lineal, que comienza con la matanza en la calle, sigue con la operación de trasplante (realizado a los dos días), cuenta el proceso post-operatorio y termina con la muerte de Castro y de Adam. Cuando esto ocurre, ha debido de pasar cierto tiempo, no se precisa cuánto, pero podemos imaginar que han sido algunos meses o, por lo menos, algunas semanas, ya que, cuando se encuentran ambos personajes, Adam nos indica que «no había vuelto a ver a Castro desde hacía tiempo». Encontramos, además, un tiempo evocado en las secuencias que nos refieren las vidas de Adam, David, Olga o el francotirador, entre otras.

Megaciudad.jpgPor lo que toca al espacio, sabemos que los personajes se mueven en una metrópolis de los Estados Unidos, probablemente Nueva York, si bien tampoco se dice expresamente. Sea como sea, la problemática que trata la novela podría darse perfectamente en cualquier otro país cuyo modelo de sociedad sea el mismo (capitalismo, mecanización…) y así lo hace notar José Domingo: «… vida que, aun localizada en un lugar fácilmente reconocible —el del primer estado mundial en cuanto riqueza, capacidad de empresa y ambición imperialista de dominio—, podría extenderse en su sentido general a buen número de otros países»[5]. Dentro de esa gran ciudad aparecen espacios concretos, como son la calle en que tiene lugar la escena del francotirador, el Hospital Central, la casa de Adam, la de David, un cementerio (pues de algún modo hay que deshacerse de las partes no aprovechables en la operación, el destrozado cuerpo de uno y el cerebro enfermo de otro), la finca del doctor Blanch o el circuito de carreras donde muere Castro. Igual que existía un tiempo evocado, aparece también otro tipo de espacios en los recuerdos (Castro fue guerrillero en las selvas venezolanas, Adam estuvo en Francia y en Canadá, Olga, por ser periodista, ha recorrido distintos lugares, etc.).

Son varios los personajes que quedan retratados en las páginas de la novela: Olga (la exmujer de Adam), Sonia (la joven que convive con él), Diana (la mujer de David), Rubén-Rubén (jefe de los periodistas encargados de filmar la operación), Douglas Key (prototipo del empresario sin escrúpulos que llega a eliminar físicamente a la competencia), los doctores Fushia y Marius (miembros del equipo médico que realiza la operación) y algunos otros. Sin embargo, centraré mi comentario en cinco de ellos: Adam y David, por un lado, y los doctores Castro y Blanch y el Padre Lucini, por otro. Por lo demás, conviene destacar que es tal la abundancia de temas tratados en la novela, que algunos personajes quedan un tanto borrosos, como si el peso de las ideas expuestas les restase fuerza humana.

Adam y David están caracterizados de forma maniquea. Adam es un profesor universitario, un intelectual culto y rebelde, insatisfecho y sincero, que se resiste a ser un simple número en una sociedad deshumanizada, despersonalizadora. Inconformista, lucha contra ese modelo de Estado autoritario y policial que rige en el país. No es de extrañar que se convierta en el portavoz de las ideas de Daniel Sueiro, autor inconformista e insatisfecho también. David es todo lo contrario: así como Adam es una persona que ha cultivado fundamentalmente el cerebro, él es un deportista que ha cuidado el cuerpo. Hombre de negocios que solo aspira a prosperar, sin importarle que para ello deba ir dejando jirones de su dignidad humana, representa al hombre-masa, despreocupado (o únicamente preocupado por sus propios intereses) y conformista.

El doctor Castro es, a semejanza de Adam, un hombre preocupado, otro inadaptado dentro de esa sociedad (de ahí el fin que les aguarda a ambos). No es extraño, por tanto, que los dos se hagan amigos tras la operación. El propio Adam indica que, de todos los doctores, Castro era el que le parecía más sincero y humano, el más cercano a él, sin saber bien el porqué: «No sabría aún explicar por qué, pero necesitaba como nunca aquella compañía [la de Castro], aquel afecto, en un momento en que me sentía más solo, más aislado y más extraño que nadie en el mundo» (p. 267). El ateísmo del doctor Castro se nos revela en su enfrentamiento con el Padre Lucini, sacerdote que desempeña su ministerio en el hospital y que representa el punto de vista de la Iglesia (tratando de fijar unos límites morales al avance de la ciencia). En cuanto a Blanch, Yerro le aplica el certero calificativo de «médico vedette». En efecto, solo le importa el éxito y la popularidad que va a proporcionarle la operación (aparte de los beneficios económicos). Es el jefe del equipo y se le califica de «maestro» y «dios», en tanto que los otros doctores no pasan de ser sus «vasallos»[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Bienvenido de la Fuente, «El problema de la identidad personal en Corte de corteza de Daniel Sueiro», en Sebastián Neumeister (coord.), Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: 18-23 agosto 1986, Berlín, Frankfurt am Main, Vervuert, 1989, vol. 2, p. 234.

[3] Rafael del Moral, Enciclopedia de la novela española, pról. de Andrés Amorós, Barcelona, Planeta, 1997, p. 141.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875.

[5] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: breve apunte sobre el estilo

Daniel Sueiro quiso llegar con Corte de corteza[1] a un gran número de lectores, de ahí la sencillez y claridad de su estilo. Hemos visto en entradas anteriores que utiliza técnicas narrativas novedosas, pero su relato nunca se hace oscuro o ininteligible, como señala José Domingo:

Sueiro ha sabido escoger certeramente el estilo idóneo para su novela. El aire trepidante, raudo, de la vida neoyorkina, con su alternancia —sin signos ortográficos distintivos— de las descripciones del novelista y el diálogo interior de los protagonistas, la magnífica descripción de la operación, que parece copiada de una alucinante y lúcida realidad, el ritmo siempre creciente de una acción en la que, al lado de los sangrientos sarcasmos, figuran las notas humanas, la piedad por el desvalimiento de algunas de sus criaturas…[2].

A ese ritmo rápido se refiere también Ana María Navales:

La novela está escrita en un estilo conciso, trepidante, en el que contribuye a acelerar el ritmo de la narración el uso repetido y casi abusivo de la conjunción y en algunos momentos. Otras veces, por el contrario, la eliminación de toda clase de unión entre las palabras, la enumeración progresiva de objetos y sensaciones, le hacen adquirir a la prosa un tono telegráfico, que unido a una puntuación arbitraria o sin signos ortográficos, que distingan la descripción del autor del diálogo interior de los personajes, confiere un clima rápido y confuso a su prosa. Sueiro maneja aquí más recursos estilísticos que en obras anteriores: voces onomatopéyicas […], el empleo de la palabra etcétera para sugerir lo que está en el ambiente o para descargarse de mayores enumeraciones o como si él mismo se fatigase con sus propias disquisiciones. El diálogo está reducido al mínimo y el punto de vista del autor fluctúa entre la primera y la tercera persona, mezclándolas en ocasiones, uniendo diálogos de los distintos protagonistas sin una diferenciación. Esto, unido a un lenguaje no demasiado rico ni expresivo, contribuye a crear un tono uniforme y confuso, también intrincado, el que Sueiro ha elegido para pronunciarse contra la falsa civilización que estamos padeciendo[3].

Corte de corteza, de Daniel Sueiro

No encontramos en la prosa de Corte de corteza notas líricas o coloristas, pero sí algunos recursos retóricos; así, abundan las enumeraciones caóticas, como esta en la que la acumulación de objetos pone de relieve los efectos de la masacre:

… cuerpos inmóviles, cuerpos gimientes, brazos alargados y torcidos, brazos ocultos por el cuerpo, cabezas inclinadas, cuellos sangrantes y vueltos, piernas rotas, piernas descoyuntadas y pies descalzos, zapatos. Papeles, bolsos, carteras negras rectangulares (pp. 12-13).

Y también los paralelismos, para subrayar pasajes especialmente significativos:

No había restos que salvar, trozos que recomponer, rescoldos que avivar ni piltrafas que recoger (p. 111).

Ejemplos de onomatopeyas son «chup, chup, chup» para sugerir el sonido de los disparos o «tac, tac, tac» también para los disparos y para el ruido de un helicóptero. Como es lógico, dado el tema de fondo (el trasplante de cerebro), aparecen con frecuencia tecnicismos de la medicina: dolantina, craneotomía, clampar, glicerol, electro-oxigenador, gestarina, talidomida, toposcopio, sicometrías, imurán, hiperina… Mencionaré la abundancia de perífrasis, especialmente para designar, con mayor o menor respecto, a los doctores: Blanch es el «pequeño reyezuelo del quirófano» (p. 30), sus compañeros, «magos de la medicina» (p. 271), «sabios hechiceros de bata blanca» (p. 271) o una «pandilla de matarifes» (p. 136). En otra ocasión se dice que, con sus máscaras tapándoles las bocas, «parecen delincuentes, facinerosos, salteadores de caminos realizando un trabajo prohibido por la ley» (p. 171). Por último, cabe destacar también como rasgo de estilo el «sarcasmo y el disolvente poder del humor, típicos del arte narrativo de este autor»[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 196. Y más adelante (p. 202) añade sobre el lenguaje: «La enorme intuición que tienen los escritores gallegos para utilizar el castellano está casi ausente en Sueiro. No depura, apenas corrige, pero a esto hay que añadir su excesiva sobriedad, su popularismo y taquismo».

[4] Palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Estructura y técnicas narrativas en «Corte de corteza» de Daniel Sueiro: tempo lento, contrapunto y perspectivismo

En cuanto a la técnica del tempo lento en Corte de corteza[1] de Daniel Sueiro hay que decir, con Tomás Yerro, que

Corte de corteza no adopta la técnica proustiana del tempo lento, solamente insinuada en algunos episodios, que son más bien ejemplos de contrapunto. Sí hay, en cambio, un tempo narrativo en el que se mezcla un ritmo vivo, conseguido por medio de capítulos eminentemente narrativos y especiales recursos estilísticos, con otro más pausado, casi lento, visible en monólogos y diálogos, tendente a reflejar el caos del mundo deshumanizado que la novela retrata y censura[2].

En definitiva, hay en la obra secuencias de ritmo rápido, acelerado, que son las que describen la vida trepidante, frenética de la ciudad, y secuencias lentas, en las que la acción se remansa, como las que evocan las vidas de Adam, David, Castro, Diana, el francotirador… Esos pocos momentos en los que la técnica empleada se acerca (pero sin llegar a serlo del todo) a la del tempo lento son los siguientes: cuando Adam contempla su nuevo cuerpo tras la operación, evoca el suyo anterior (p. 257). Al ver las ropas que le han dejado, piensa que pudieran ser de David y recuerda una escena de intercambio de ropas ocurridas en su juventud (pp. 274-275). Y Diana, al mirarse desnuda en el espejo, recuerda cómo fue sorprendida en tal actitud por su padre y, posteriormente, por el señor Key, el jefe de su esposo (p. 250). Sí hay casos de la técnica narrativa del contrapunto:

Corte de corteza es una obra cuya acción progresa de manera cronológicamente lineal; sin embargo, en ella se ofrecen claros ejemplos de la técnica del contrapunto: uno de ellos presenta simultaneidad de escenas (intervenciones quirúrgicas en distintos quirófanos). Otros se adentran en la vida pasada de los personajes (Adam, David, Castro) a través de la visión del narrador sobre todo. Finalmente, existen evocaciones conscientes de personajes individuales (rememoraciones de Adam después del trasplante y de Diana desnuda ante el espejo) escritas en tercera persona o en monólogo interior. El autor quiere ofrecer una visión crítica de la sociedad a base de personajes arquetípicos, cuyo deshumanizado comportamiento presente sólo es comprensible con la inmersión en su pasado[3].

El caso más claro es quizá el primero de los citados por Yerro, en el que los componentes del equipo médico observan distintas operaciones a través de los monitores de televisión instalados en una centralita de control del hospital.

En cuanto al perspectivismo,

Corte de corteza ofrece una realidad equívoca, contradictoria, detalle que se observa en el enfrentamiento de posiciones (Padre Lucini y doctor Castro) o en las distintas versiones que se suministrarán sobre un mismo hecho (despertar de Adam, visita de Adam a su antiguo apartamento, muerte del doctor Castro). Las técnicas que contribuyen a este perspectivismo son varias: la primera persona gramatical del singular se utiliza en los discursos de Adam, en la carta de Olga Fontana y, de manera muy particular, en los monólogos interiores. La segunda persona del singular sólo aparece raramente en los breves fragmentos de soliloquio. En la novela predomina el relato hecho en tercera persona por un periodista que proporciona una visión de los hechos aparentemente omnisciente en las anticipaciones, pero en la que destaca la visión limitada, expresada con adverbios de duda, expresiones de suposición o de probabilidad, fuentes de dudosa información y vacilación en la denominación de personas. Estas contradicciones informativas, esta falta de atención al hombre, plasmadas mediante la técnica perspectivística, no son sino el reflejo de una sociedad contradictoria y deshumanizada que se trata de censurar en toda la novela[4].

En este sentido, resulta muy interesante la discusión entre el Padre Lucini (quien expone el punto de vista de la Iglesia y de la moral) y el doctor Castro (representante de la ciencia y de los progresos técnicos, sin tener en cuenta otro tipo de valores). Consideremos por ejemplo estos pasajes:

—Quieren ustedes ir demasiado lejos, semejante soberbia atenta contra todos los principios humanos y divinos. […] Son criaturas humanas, criaturas de Dios, con un cuerpo y un alma inseparables que han de salvarse conjuntamente. […] Es un sacrilegio, una blasfemia, un crimen. […] Son dos seres humanos que no les pertenecen, ya pertenecen sólo a Dios (pp. 61-62).

—Insisto en que quieren usted llegar demasiado lejos. No se puede dar a un hombre la personalidad de otro, no se puede atribuir a un alma las pasiones de un cuerpo que no les pertenece. ¿No se dan cuenta? Es en el cerebro donde está el principio de la vida, donde seguramente reside el alma, la conciencia.

—Por eso queremos que no se pierda —cortó secamente el doctor Castro—, y vamos a intentarlo. ¿O preferirá usted que esa vida que podemos conservar se pudra bajo la tierra junto con el cuerpo que ya no podemos curar? (pp. 63-64).

—¿Ha reflexionando usted sobre ello, doctor? ¡Es atroz! ¡Entonces resulta que no somos más que materia! El hombre encierra un alma, aunque usted no crea en ella. […] De dos seres humanos, sanos o enfermos, […] con dos cuerpos y dos almas bien diferenciados, ¿qué han hecho ustedes? ¿Qué están haciendo? A mi modo de ver, creando una confusión pavorosa y blasfema, horrible.

—Le repito que había dos hombres muertos y ahora tenemos a uno vivo. […] Cuando nosotros queremos, no tratamos de salvar almas, sino personas.

—Pero esas personas lo son en cuanto tienen un alma —se exasperó—, ¡un alma que salvar!

—Eso es algo que un cirujano nunca encuentra (pp. 231-232).

La llegada de Adam a su casa tras escapar del hospital y la muerte del doctor Castro al estrellarse su coche son acontecimientos que dan lugar a variados y contrapuestos comentarios, por lo que podemos hablar también de perspectivismo en estos casos:

Quién dice usted, Adam, señora, ah, el joven profesor, sí, tuvo ciertos líos con la policía, pero no por ser delincuente, sino por ser un patriota, bueno, ese será un punto de vista, no me dirá usted que está de acuerdo con toda esa gente, sólo le digo que vivimos en un país libre y somos ciudadanos en libertad, o no, no lo somos, pues hacía tiempo que no venía por aquí el señor Adam, claro, no podía venir, por el accidente, ¿no se acuerda usted? (pp. 308-309).

Dirían sencillamente que estaba borracho aquella tarde, demasiado borracho para conducir un Ferrari 80 a más de trescientos kilómetros por hora; dirían que el coche estaba viejo, la pista en malas condiciones, una avería mecánica, un fallo humano, qué más da; dirían cualquier cosa; dijeron que no estaba borracho, no, estaba loco, no tenía ganas de vivir, en realidad, se estaba destruyendo poco a poco mediante el alcohol, y últimamente no se le podía ver sobrio ni al salir de la ducha, a media mañana, pero no era eso, al menos no eso sólo, la muerte lenta no era suficiente, no le bastaba, quería acabar y buscaba con desesperación todas las oportunidades de morir, era su desafío, morir de golpe y sin remedio, sin posibilidad de arreglo, y por eso decían que corría de aquella manera y en aquel estado; dijeron que en aquel momento había allí unos niños cruzando imprudentemente la pista, él venía reventando el fuego a lo largo de la recta y al llegar al comienzo de la curva debió ver algo extraño, con seguridad, acaso pisó el freno, una falsa maniobra con el volante, el caso es que ya no pudo hacerse con el bólido; esto lo declaró uno que dijo haberlo visto desde lo alto de la baca de un coche aparcado; dijeron también que se había estrellado a propósito; no podía ser de otro modo, eso fue lo que pareció, venía perfectamente, la pista despejada, libre, ni siquiera pasaba entonces ninguno de los demás competidores […] hasta dirían que, bueno, que había sido un accidente muy raro, que no todo parecía claro y que no se aclararía nunca, no se recogieron más restos que negra ceniza y trozos retorcidos de hierro, algo bien organizado, pero esta versión debió obedecer fundamentalmente al clima de miedo, de terror colectivo en que vivía el país entonces, justificado desde luego por todo lo ocurrido, muertes, violencias, ejecuciones de día y de noche en las calles de las ciudades y en los campos de batalla, pues no se encontró ni podía encontrarse razón alguna consistente ni causa suficiente para que nadie quisiera librarse de ese modo de un hombre como el doctor Castro (pp. 381-382).

AmbiguedadExisten varios recursos en la novela para expresar ambigüedad o indeterminación. Entre los que cita Yerro están los adverbios de duda: «operarios selectos, de mil a tres mil dólares, no más, o tal vez de dos mil a cinco mil» (p. 128); expresiones de suposición o probabilidad: «probablemente trabajan hasta sin anestesia» (p. 26) o «Los tres debían ser más o menos de la misma edad» (p. 128); cita de las fuentes de información: «Sus alumnos y el público que llegó a escucharle en sus casas atestiguan que era un hombre…» (p. 44); vacilación en la denominación de un personaje: el policía que mata al francotirador recibe todos estos apellidos: Callagham, Currighan, Cuningham, Carrigan, Callagan, Currigan, Culligham, Cuningan[5]. Esta imprecisión nos habla de la poca importancia que tiene en esa sociedad cada persona individual (la masa, el número cuentan más que el nombre propio): «Callaghan o Currighan, puesto que ni siquiera hubo interés en determinar bien su nombre» (p. 14). Sin embargo, este policía reaparece al final de la novela (es el que dispara sobre el cuerpo, ya muerto, de Adam) y se nos aclara su verdadero nombre, que no es ninguno de los hasta entonces señalados: «Se llamaba Colemann, en realidad, era de origen germano, y ya entonces lo habían ascendido a sargento» (p. 395).

Por último, no hallamos en la novela la técnica del laberinto, por la razón que apunta Yerro:

No tiene razón de ser hablar de este procedimiento narrativo en Corte de corteza. El propósito crítico de Daniel Sueiro y su concepción comprometida de la literatura, no podían avenirse bien con una técnica caracterizada por la oscuridad y la confusión, cuando lo que él busca es una audiencia amplia. El verdadero laberinto de la novela hubiera podido encontrarse en el ánimo del profesor Adam, pero he repetido con frecuencia que este aspecto psicológico del personaje había sido preterido por el autor[6].

Se puede concluir, como apuntan Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, que pese al empleo por parte de Sueiro de todas estas nuevas técnicas y estructuras (monólogo interior, estilo indirecto libre, multiperspectivismo, contrapunto, intervención de voces anónimas que se dirigen a los personajes, rupturas temporales, saltos espaciales…), «el grado de experimentación no llega a dificultar la lectura»[7].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 128.

[2] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[3] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 142-143.

[4] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 196.

[5] Es algo similar a lo que pasa con el nombre del hidalgo manchego que se convierte en don Quijote: Quijano, Quijada, Quesada…

[6] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 159.

[7] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.