Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (3)

Tras el paréntesis monográfico que supone el «Tríptico de la libertad» (que plantea un tema no ajeno, sino indirectamente relacionado con lo que se ha expuesto antes: sin libertad, sin libertades, será difícil lograr la reconciliación nacional), los doce poemas de la tercera parte de Prosa española[1], «Tierra madre», buscan elevar a categoría universal los temas que preocupan a Tejada: ahora ya no se trata tan solo de una reflexión sobre España y los españoles, sino que el poeta salta por encima de las fronteras de su propio país y entona un exaltado canto a la fraternidad universal. Así sucede desde el primer poema. En efecto, «Dices tú» (p. 55) es un apóstrofe dirigido a todas aquellas personas que solo son capaces de ver la realidad más inmediata, sin darse cuenta de que existen otros problemas verdaderamente sangrantes en el mundo a los que deberíamos poner remedio:

Hay más hijos sin padres que con ellos,
hay más padres con hambre que con pan
y son tu misma sangre, blancos, negros
o amarillos, cual tú, nietos de Adán[2].

Blancos_Negros_Amarillos

Sigue un bello verso que recuerda a todas esas personas: «Tu familia no acaba en tu cancela»; los aludidos deben abrir al prójimo las puertas del hogar, que no son otras que las puertas del corazón. Tejada proclama aquí la hermandad universal de todos los hombres, unidos «en el parentesco en Cristo»[3].

En «Cargos» (p. 56), el yo lírico acusa a todos —incluso a las palomas, al agua clara, al sol, a la voz del viento…—, y, sobre todo, se acusa a sí mismo del horrible «crimen del silencio», entonando el mea culpa con estas palabras: «Debí gritar al ver que amordazaban / al alba, pero tuve pena y miedo». Por su tono, este poema se aproxima más a los de la primera parte que aludían a la situación española (silencios cómplices durante la guerra y la posguerra), aunque la ausencia de expresiones localizadoras concretas[4] podría conferirle también alcance universal. En cambio, «Lo peor» (pp. 57-58) retoma claramente la misma idea expuesta en «Dices tú…», y empieza:

No se trata de extraños; es la misma familia.
Ni animales ni monstruos ni marcianos.

Hombres como vosotros y yo, niños, mujeres,
tan inmortales como el Cristo mismo,
sencillamente pasan hambre.

Tejada da un nuevo aldabonazo en el corazón del lector para recordarle —para recordarnos a todos— los deberes que nos impone la fraternidad universal como hijos de Dios: todos los hombres formamos esa «familia total» de que habla y cada uno de nosotros debe remediar en primer lugar la indigencia más cercana, socorrer a los sujetos de cualquier sangre sea «blanca, negra, amarilla», pues debe ser «sangre unamente sentida». «Luego hablaremos de otras muchas cosas, / todas ellas menores…», añade. Porque no puede haber poesía, en el sentir del poeta, mientras existan injusticias por reparar.

En los textos siguientes irán alternando los poemas que tienen lecturas en referencia específica a la situación española y los que cabe interpretar en clave universal, aunque a veces la diferencia sea difícil de establecer con precisión. A la realidad española parece aludir, con desesperanza, «Abril negro y cerrado» (p. 59), que es, según indica el subtítulo, un «Aborto de soneto», peculiar por la acumulación de encabalgamientos, la introducción de giros coloquiales y la abundancia de juegos de palabras y creaciones léxicas; el texto insiste en los aspectos más negativos, con expresiones como bilis, agrio cuajo del rencor, «un invierno eterno y sin abriles» en el que llueve y no nieva… (que recuerdan las imágenes de «Desde mi punto muerto») para acabar con un resignado «En fin, paciencia», porque nada cambia y todo sigue igual.

«Villancicos para una tregua»[5] (pp. 60-61) insiste en la idea de la deseada unidad fraternal de blancos, negros y amarillos; los grupos rivales son capaces de hacer una tregua para cenar, pero no de salvar «el abismo / entre fiera y fiera humana» y firmar una paz duradera: «Por ahora, todos hermanos; / pero el machete, cercano, / al alcance de la mano». Y acaba con la pregunta desesperada del poeta, que no comprende: «Si hay tregua, ¿por qué no hay paz?».

El comienzo de «Formalidad» (pp. 62-63) recuerda la serie de Miguel d’Ors sobre «La segunda mitad del siglo XX», época en la que siguen imperando en muchos lugares de la tierra el hambre y la miseria, el analfabetismo y las guerras. El poeta constata: «Aún nos sobra miseria en el planeta / y hay tanta boca por saciar…» (p. 62). Las guerras, en concreto, explica el yo lírico, son algo necesario porque constituyen un inmenso negocio y, por tanto, seguirá habiéndolas mientras haya quien se beneficie de ellas (esos banqueros, empresarios, etc. a los que se dirige pidiéndoles irónicamente formalidad). Sin embargo, cabe depositar cierta esperanza en la religión y en los hijos, que son el futuro: «Yo tengo un hijo como un árbol / que está aprendiendo ya a rezar».

En «Tened, hijos» (p. 64), que insiste en que ellos son el «futuro nuestro», el poeta les ofrece la paz que su generación ha vislumbrado, aunque no alcanzado del todo: la generación anterior fue la de la guerra; la suya ha estado a punto de arribar al puerto de la paz, aunque no lo ha logrado todavía; en cambio, «Vosotros ya poseeréis las paces», y entonces:

Hambre, guerra, dolor y otras miserias
serán ya apenas fúnebres recuerdos.
Seréis verdad, la muerte ya bien muerta,
y aún jugaréis con el dogal del tiempo.

«Si alguien mata a Caín» (pp. 65-68) es un poema dividido en cuatro secciones, «La soga», «La cadena», «La casa» y «El maestro»[6]. La primera habla de la familia universal, del «gremio» que todos los hombres constituimos sobre «este hogar-tierra». La segunda nos recuerda que las víctimas de hoy fueron ayer verdugos y viceversa: «Lo urgente es cercenar esta cadena, / esta sarta suicida y sin remedio», pues —insiste el poeta— todos somos iguales, «blancos, negros, azules y amarillos»; tan solo nos pide que «nos descangilonemos / ya mismo» de esta noria, poniendo fin a la «rueda de rencores» en que vivimos inmersos, porque si no «no va a quedar ni quien lo cuente luego». En la tercera sección se lamenta del nacimiento de expresiones como «lo mío» (que es un «no tuyo»[7]), y añade:

 Se olvidó, se ignoró el sabor divino
del compartir del pan, del compañero.
La alegría de dar, de darse, herida,
arrastró su agonía por los suelos (p. 67)[8].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Y más adelante leemos: «Porque no oyes las voces de hambre y de frío, / de ignorancia, dolor y soledad. / Te hace falta una trompa en el oído / y en el ojo un cristal de claridad».

[3] «El parentesco en Cristo, ¿no te basta? / ¿Es que aún no les has reconocido / tu misma, miserable, condición?».

[4] Salvo, quizá, la alusión final a «nuestros campos».

[5] Empieza con el verso de un célebre villancico tradicional: «Esta noche es nochebuena / porque no suena el cañón… / pero mañana ya suena» (p. 60).

[6] Lleva dos textos preliminares, una cita del Génesis, que proporciona el título, y un apunte entresacado de la prensa diaria sobre el ajusticiamiento de catorce hombres en Bagdad.

[7] Esta idea estaba anticipada en unos versos de «Dices tú…», donde leemos: «Tú dices: “hijo mío…, hermano mío” /hablando torpemente en singular / porque no ves los ojos de otros niños / que acechan desde fuera de tu hogar» (p. 55). Y al comienzo de «Sodoma» acusa a otra persona de decir también «Los míos» y «Cada uno […] a lo suyo» (p. 72).

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

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