«A Cristo en la Cruz», de Ramón de Garciasol

Vaya para este Miércoles Santo el soneto «A Cristo en la Cruz» de Ramón de Garciasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, Humanes, Guadalajara, 1913-Madrid, 1994), con el comentario con el que se lo envió al antólogo Leopoldo de Luis:

Cuando hice estudios sobre el Homo albaterensis, allá por la primavera-verano de 1939, escribí este soneto que te copio, pues desconozco si Luis Guarner llegó a publicar su antología de poemas religiosos. […] Te pongo aquí este poema en función testimonial y documentaria. Algunos me dijeron entonces que el soneto es más Cristo-Pueblo que Cristo-Símbolo. No lo sé. Lo que recuerdo es que le escribí con la muerte hasta la garganta. Además, Cristo era —y es— pueblo también —uno de los nombres que se le olvidaron a fray Luis—, como nos advierte su origen, su encuadramiento humano. Y por algo el pueblo lleva su cruz, en la que a menudo acaba izado por cabezonerías, egoísmos e ignorancias[1].

Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.
Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.

El poema dice así:

Si no fuera por Ti, ¿quién disipara
esta espesa negrura que me crece
como bosque de luto? Me parece
habitar el dolor. Veo tu cara

chorreada de sangre que saltara
la soberbia brutal que entenebrece
la historia de los hombres y amanece
en mi pecho por tu mirada clara.

Tu Cruz echa raíces en la roca
estéril hasta ahora de mis días
y tu cruel Pasión limpia mi boca.

Seré digno de Ti. Si no me dejas
las espinas darán sus profecías.
Estás por mí en la Cruz y no te quejas[2].


[1] Ramón de Garciasol, «Sobre la poesía religiosa (Carta a Leopoldo de Luis)», en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 67-68.

[2] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, p. 67.

«A la Oración del Huerto», de Cristóbal Cabrera

Vaya para este Martes Santo el soneto «A la oración del Huerto», del misionero y escritor del siglo XVI Cristóbal Cabrera, nacido en Burgos hacia 1513, que vivió en Nueva España protegido primero por el virrey Antonio de Mendoza y luego por Vasco de Quiroga. 

El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido)
El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido).

La humanidad de Dios, triste, afligida,
con pura sangre matizando el suelo[1],
rogaba al Padre con humilde celo
le escusase la muerte dolorida[2].

Un ángel le envió, su voz oída,
que ansí le dice, dándole consuelo:
«¿Qué es esto, Capitán de tierra y cielo?
¿Teméis la muerte, siendo vos la Vida?

Como hombre la temió; mas como fuerte
y eterno Dios, no hay cosa que le asombre;
y así el temor en ánimo convierte.

Pues di, cristiano indigno de tal nombre:
si Cristo, con ser Dios, temió la muerte,
¿cómo tú no la temes, siendo hombre?[3]


[1] con pura sangre matizando el suelo: según Lucas, 22, 44, Jesús sudó sangre en el huerto de Getsemaní durante su angustiosa oración antes de la crucifixión. Médicamente, este fenómeno se conoce como hematidrosis, y se produce cuando un estrés emocional extremo rompe los capilares, mezclando sangre con el sudor. 

[2] rogaba al Padre … le escusase la muerte dolorida: comp. Mateo, 26, 39: «Unos pasos más adelante, se inclinó sobre su rostro y comenzó a orar. Y decía: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no sea como yo lo quiero, sino como lo quieres tú”». 

[3] Cito con algún retoque por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 272.

«El Cirineo», de Julio Mariscal Montes

Vaya para este Lunes Santo otro bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), dedicado a Simón de Cirene, el Cireneo (o el Cirineo), una persona que «venía del campo» y, según los evangelios (Mateo, 27, 32-33; Marcos, 15, 21-22 y Lucas, 23, 26-27), ​fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota.

Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

La artesa y el olivo; el hormiguero
de afanes por la yunta o el verano…
Desde su amanecer ya era mi mano
justa para abrazar este madero.

Me equivocó la brisa de sendero,
que iba a los surcos y me trajo al grano;
me equivocaba este pujar en vano
hacia un terrible y último tempero.

Pero rugió la plebe: «Este que viene
cumplido de pujanza…». La mirada
del Hombre se hizo estrella: amanecía.

Jesús, de Nazaret. Yo, de Cirene.
Luna y sombra cumpliendo una jornada
que ya iba a repetirse cada día[1].


[1] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 363.

«¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte», soneto atribuido a Calderón de la Barca

Vaya para hoy, Sábado de Pasión, un hermoso soneto atribuido tradicionalmente a Calderón de la Barca. Dejando de lado la cuestión de la autoría, me limitaré a señalar que el poema, construido como un apóstrofe a «mi Jesús», «amable Jesús», «Jesús» (vv. 1, 9 y 14), recuerda —no solo por el contenido, sino también por su estructura paralelística— el célebre «No me mueve, mi Dios, para quererte». Llamo la atención sobre el hecho de que doce de las catorce rimas se consiguen con formas verbales de infinitivo + pronombre enclítico, siendo vida y herida (vv. 10 y 13) las únicas rimas con sustantivos.

Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid)
Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid).

¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte,
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, quiero abismarme
en ese dulce abismo de tu herida,
y en tus divinas llamas abrasarme.

Quiero en aquel que quiero transformarme,
morir a mí, para vivir tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme[1].


[1] Cito, con ligeros retoques de puntuación, por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 156. En YouTube existen algunas versiones musicadas del texto, por ejemplo esta de Viviana Sassaro o esta otra de Eric Costa.

«El llanto de la Virgen», de Lope de Vega

Vaya para este Viernes de Dolores, que marca el inicio de la Semana Santa, la traducción de Lope de Vega del «Stabat Mater» —poema atribuido al papa Inocencio III y a Jacopone da Todi—, incluida en sus Soliloquios amorosos de un alma a Dios, publicados en 1626 bajo el anagrama de Gabriel Padecopeo.

Piedad, de Luis de Morales (siglo XVI)
Piedad, de Luis de Morales (siglo XVI).

La Madre piadosa estaba
junto a la Cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía;

cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh, cuán triste! ¡Oh, cuán aflicta
se vio la Madre bendita
de tantos tormentos llena,

cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara
si la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre;

y muriendo el Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo!

Y que por mi Cristo amado
mi corazón abrasado
más viva en Él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo:

porque acompañar deseo
en la Cruz, donde lo veo,
tu corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santas,
llore ya con ansias tantas
que el llanto dulce me sea.

Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su Cruz me enamore
y que en ella viva y more,
de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y me encienda
y contigo me defienda
en el día del Juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén[1].


[1] Cito con algún ligero retoque por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, pp. 169-173.

«La cuna de José», de Pedro Miguel Lamet, SJ

«… un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
“José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa,
porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo”» (Mateo, 1, 20).

Vaya para hoy, festividad de san José y Día del Padre, este hermoso soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ, que no requiere de mayor comento:

San José

Dejé mi casa cuando amanecía
y cerré con amor aquella puerta
de mi pobre taller. La luz incierta
besó el recinto con la luna fría,

Y allí, entre olores de carpintería,
dejé mis dudas y la pena yerta
de noches sin dormir, de estar alerta
bajo el peso de la melancolía.

Pero al mirar de pronto inacabada
la cuna que clavé con tanto anhelo
se desbordó mi alma de alegría,

sin miedo ya al camino ni al desvelo.
Pues no hay cuna mejor, ni otra posada,
que los amantes brazos de María.

«Belén por compañía», soneto de Nieves Viesca

Nieves Viesca (Gijón, 1959) es poeta y narradora, autora de libros como La danza del equilibrio (1996), Metamorfosis del sentimiento (2002), Diecinueve o veinte líneas (2009), Manual de tinta (2012) o El túnel y los días (2017). Copio para hoy su soneto «Belén por compañía», publicado en Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea (2016).

Juan Correa de Vivar, Adoración de los pastores (c. 1555-1559). Museo de Santa Cruz (Toledo, España)
Juan Correa de Vivar, Adoración de los pastores (c. 1555-1559).
Museo de Santa Cruz (Toledo, España).

Llega la Navidad que me envolvía
y el belén que recuerdo tan presente
arropa con su manto bien caliente
a este fin por su larga travesía.

Con luz hasta la sien, es compañía
disfrutar sus delicias gratamente
obsequiando figuras de mi mente
al anciano que muere cada día.

La hoz de mi vejez me trae presencias,
atesora la espera del adviento
reposado de azul melancolía

y encumbra los recuerdos con clemencias
del hogar en su vivo movimiento
para alcanzar la cúspide que es mía[1].


[1] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, p. 35.

«Villancico de la sorpresa», de José García Nieto

De José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001) ya pueden leerse en el blog un par de poemas de temática navideña,  «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”» y «Nacimiento de Dios». Añado hoy su «Villancico de la sorpresa», perteneciente a su libro Seis villancicos en la Navidad (1961).

Luca Giordano, Adorazione dei pastori (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).
Luca Giordano, Adorazione dei pastori (c. 1688).
Musée du Louvre (París, Francia).

¡Pronto, venid, que aquí hay al…!
Algo hermoso, iba a decir,
y no pude concluir
al ver la luz del Portal.

¡Carillo, Gabriel, Leo…
Leonor, quise llamar,
pero no pude acabar,
que ya he visto al Niño yo.

¡Traed acá queso y mi…!
Y miel también, os decía,
que al tiempo que le veía
el Niño me ha visto a mí.

¡Preparad leña y cande…!
Candela de aquella estrella
y haced la hoguera más bella
para el hijo de José[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 155. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.

«Nana de pastor en Navidad», de Celia Viñas

¡Muy feliz 2026,
con mis mejores deseos,
a todos los insulanos!

Celia Viñas (Lérida, 1915-Almería, 1954) fue catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media (obtuvo la cátedra en 1943 en el instituto de Almería). Allí contrajo matrimonio con el también poeta Arturo Medina. Escribió poesía infantil en español y catalán. Entre sus libros de poemas destacan Palabra sin voz (1933), Trigo del corazón (1946), Canción triste en el sur (1948), El amor de trapo (1949), Palabras sin voz (1953) o Del foc i la cendra (1953), títulos a los que hay que sumar los de otras publicaciones ya póstumas: Como el ciervo corre herido (1955), Canto (1964, edición preparada por Arturo Medina), Antología lírica (1976, a cargo de Guillermo Díaz-Plaja, que había sido su profesor en Barcelona), Poesía última (1979), Oleaje (2004) y Las islas del amor mío (2015). Cuenta en su haber también con algunas obras narrativas (novela y cuento).

Vaya para hoy su sencilla cuanto emotiva «Nana de pastor en Navidad», una composición con una estructura (la de la nana) que adopta con frecuencia la poesía navideña.

Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640). Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).
Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640).
Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).

A la nanita nana,
nanita ea,
el mal es una cuna
para la tierra.
Es tan ancho el abrazo
de la montaña,
que hasta la brisa duerme
sobre las ramas.

—Madre, tengo el corazón,
tengo el corazón de barro
y se me ha dormido, madre,
como se mueren los pájaros,
los pájaros, madre mía,
que ayer volaron,
¿sabes?,
volaron alto.
Duerme mi corazón, madre,
¿quién podría despertarlo?

—Pastor que tienes los ojos
tan duramente cerrados,
antes del alba tendrás
el corazón desvelado
y las manos temblorosas
tendidas hacia lo alto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 206-207. Cito con algunos retoques en la puntuación, añadiendo los guiones de diálogo y la separación en estrofas. El comienzo del poema lo es también de un conocido villancico tradicional: «A la nanita nana, / nanita ea, / nanita ea, / mi Jesús tiene sueño, / bendito sea, / bendito sea» (o con la variante «mi niño tiene sueño» en el verso cuarto).

«La visitadora», de Antonio Murciano

Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1929), en solitario o al alimón con su hermano Carlos, ha cultivado con frecuencia la temática navideña en su poesía. En el blog pueden leerse sus poemas «La Nochebuena del astronauta» y el «Villancico de los qué dirán», más otro, «Romance viejo de la madre nueva», fruto de la mencionada colaboración fraternal. Vaya para hoy su composición titulada «La visitadora», que recrea con tensión dramática la llegada al Portal de Belén de una «mujer seca, harapienta y oscura» (v. 3). María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura («¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!», v. 18): es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.

Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso
Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso.
Imagen creada con IA (Gemini).

A la memoria de los hermanos Tharaud

Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.

Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.

Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.

Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh, Dios!, ¿qué llevaría?…
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.

La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.

Era Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: «¡Madre!».
Eva miró a la Virgen y la llamó: «¡Bendita!».

¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos niños la manzana mordida[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 73. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.