Navarro Villoslada, poeta: «A la Virgen del Perpetuo Socorro»

De entre las composiciones de temática religiosa de Navarro Villoslada, una de las más destacadas es la titulada «A la Virgen del Perpetuo Socorro» (Obra poética, núm. 23), escrita en 1886, ejemplo representativo de los poemas inspirados por la piedad y el sentimiento religioso del autor[1]. Desde el punto de vista métrico, se trata de una silva (8 formas paraestróficas, que oscilan entre los 11 y los 25 versos cada una). Presenta a la Virgen, siempre dispuesta a ayudar y consolar al cristiano, como fuente de todas sus fuerzas: «¡Victoria! ¡Con tu amor nada me espanta!, / que teniéndote a ti lo tengo todo». El poeta le pide: «¡No mires que amo mal, mira tan solo / cómo amarte quisiera!»; y termina solicitando su protección para él y para el país, amenazado por la impiedad:

¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima fe rota en pedazos!
¡Socorro! —¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía!

Este es el texto completo del poema:

VirgenPerpetuoSocorro

La vencedora luz de la mañana
derramando alegría, el eco lento
de trémula campana
que retumba sonoro en mi aposento,
despiértanme a porfía
para que eleve a Ti, Virgen María,
mi primer pensamiento.
Todo en torno revive,
y en reflejos de amor al cielo sube
vida que el orbe de tu amor recibe;
resplandor de tus ojos es el día;
la arrebolada nube,
tu maternal sonrisa; el aura pura,
tu aliento; y en las perlas de la aurora
contemplo de tu pecho la ternura:
que en mi mente confundo
tu inefable hermosura
con todo cuanto bello encierra el mundo.

¡Gloria a Jesús, que me la dio por Madre,
cuando en hora solemne,
por rescatarme indemne,
entregaba el espíritu a su Padre!
¡Gloria al Señor que de mi Madre es Hijo!
¡Y a Ti, oh Virgen, mis cantos y loores,
mi corazón, en pena o regocijo!
Tú con potente brazo
me ciñes en desmayos y dolores;
Tú me ofreces abrigo en tu regazo
cuando, aterido en el mundano hielo,
suspiro por el fuego de tu cielo.

Siempre atento el oído,
con desvelo de Madre, a mi gemido,
cuando me mira a mí, todo es dulzura;
cuando mira al Señor, todo lo alcanza[2].
¿Quién pone valladar a mi esperanza
ni en mi queja amargura?
Del Perpetuo Socorro el dulce nombre
se goza en recibir, y dice al hombre:
«Ven; si te abrasan lágrimas y duelos,
desengaños en loco desvarío,
mi corazón es fuente de consuelos:
aplaca en mí tu sed, y no se harte
tu pecho de beber, que el pecho mío
nunca se ha de cansar en consolarte».

Madre, el león rugiente la bizarra
melena agita hambriento:
me ve, me acosa, y al festín sangriento
las fauces abre y la espantosa garra.
«¡Socorro, Madre!» —La implacable fiera,
que se gozaba ya con mis despojos,
baja ante Ti los ojos,
humilla la cerviz y se estremece,
y con sordos rugidos
en el antro infernal desaparece.
«¡Victoria! ¡Honor a Ti!» —Bajo tu planta
yace el soberbio, y del mundano lodo
el humilde en tus brazos se levanta.
¡Victoria, con tu amor nada me espanta!,
que teniéndote a Ti lo tengo todo.

Madre, yo soy un niño
en la vida que lleva al alto asiento.
Sea tu diestra, en maternal cariño,
de mi inexperto andar sostenimiento.
Vacilo, Madre mía;
me desvanece el mundo todavía:
ten compasión del que a subir empieza
camino de la Cruz, y desmayado
contempla su aspereza.
No me vea otra vez encenagado;
que habiendo conocido tu pureza,
tengo horror al pecado.

De tu insondable abnegación en palma,
bendijo Dios tu alma. Reina de Cielos eres,
porque fuiste entre todas las mujeres
la más humilde. ¡Dame al hondo abismo
de mi nada llegar; seguir tus huellas,
para alcanzar por ellas
conocerme a mí mismo!
Dame decir al Verbo,
si en calma o tempestad a mí se inclina:
«Señor, yo soy tu siervo;
Cúmplase en mí tu voluntad divina».

Entendimiento, voluntad, memoria
arrojo en tu crisol y dulce fuego.
Mía será la escoria;
tuyo el ruego acendrado de mi ruego[3].
Y si todo es impuro, todo vano,
desoye, ¡oh Virgen!, mi clamor insano.
Si regalos te pido y me das penas,
¡bendita seas! Si me das cadenas,
flores serán viniendo de tu mano.
Y si de amor el manantial se obstruye,
y el alma yerta y fría
se consume en letal melancolía,
y la unción del espíritu rehúye,
¡convierte el pedernal en blanda cera;
derrite en mí los témpanos del polo!
¡No mires que amo mal, mira tan solo
cómo amarte quisiera!

¿No ves la tempestad que el mundo corre
cuando la plebe ruge y alborota,
y el huracán de la impiedad azota
la incontrastable torre
de nuestra santa fe? —¡Vuela, socorre
al Pastor de tu grey encarcelado[4]!
Contra todas las obras del Eterno,
todas las potestades del Averno
formidable clamor han levantado,
juntas embisten al ingente solio
que sobre escombros e ignominia loca,
sobre el imperio vil del Capitolio,
sentó tu Hijo en perdurable roca.
Contra Aquel que tuviste en las entrañas
se revuelven con bárbaro coraje
montañas y montañas,
en espuma y fragor del oleaje.
¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito[5] los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima[6] fe rota en pedazos!
¡Socorro! ¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía![7]


[1] «Su oda “A la Virgen del Perpetuo Socorro” es un verdadero modelo de oda religiosa y una síntesis tan sincera como brillante de la fe del autor», se lee en el Diccionario Enciclopédico Espasa, tomo XXXVII, p. 1293, s. v. Navarro Villoslada. Manuel Iribarren, en Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158, señala también que esta composición es «buena prueba de su inspiración y capacidad poética».

[2] Se apunta aquí el papel de la Virgen María como intercesora entre los hombres y Dios.

[3] crisol … fuego … escoria … acendrado: se emplea aquí léxico relacionado con el proceso de purificación de los metales.

[4] socorre / al Pastor de tu grey encarcelado: alusión a la situación del Papa, enfrentado al Estado italiano, en el contexto de la denominada «Cuestión romana».

[5] anhélito: aliento.

[6] integérrima: superlativo de íntegra.

[7] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 23, pp. 144-149.

Navarro Villoslada, poeta: «A Pío IX»

En 1867, para el álbum del Centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, escribió Navarro Villoslada un poema titulado «A Pío IX»[1] (Obra poética, núm. 20). Está compuesto en séptimas, una estrofa muy poco utilizada por nuestros poetas[2] (aquí el esquema de rima que se sigue es AABBC´BC´, con versos decasílabos), y rematado con dos serventesios, también de decasílabos, con las rimas pares oxítonas: AB´AB´. El poeta (el yo lírico) se presenta como un soldado del ejército pontificio que, aunque herido y con escasas fuerzas, está dispuesto a darlo todo por la defensa del Papa:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

Se identifica plenamente con todas las penas y sufrimientos de Pío IX (son los años de la «cuestión romana», en el contexto de las luchas por la unificación de los territorios italianos), y se muestra preparado para obedecer sus consignas, aunque se considera la última oveja de la grey del Papa: «Palabras tuyas serán mi arenga» (esto es, precisamente, lo que hizo Navarro Villoslada desde El Pensamiento Español); concluye con estas palabras que dirige a su canto para que las transmita al Pontífice: «Dile que aún guardo para el combate, / si Dios me alivia, lanza y broquel; / que si mi frente la muerte abate, / mi último aliento será por Él».

PioNono

Este es el texto completo del poema, con algunas breves notas explicativas:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

No sientes penas, ¡oh Rey mendigo!,
que yo no sepa llorar contigo,
ni afanes tienes que yo no tenga,
que al pecho mío no den solaz.
Palabras tuyas serán mi arenga;
la paz que esperas será mi paz.

En esta tierra que el Betis baña
fuego despiden campo y montaña;
y con las nieves en cruda guerra,
solo consiente la altiva sierra
mantos de rosas, rizos de flor.
En naranjales que el valle encierra
cantan las aves, locas de amor.

Y en este campo, que de amor late,
yo, siervo inútil para el combate,
paso las horas yerto y sombrío,
mirando el agua correr del río,
y al pie sentado de humilde cruz.
O ya estás muerto, corazón mío,
o ya ni el cielo tiene aquí luz.

Pero de pronto grato silbido
del Pastor santo llegó a mi oído,
y vio su imagen la fantasía,
que en blanda queja me reprendía
por el silencio de mi laúd.
Y la vergüenza del alma mía
me dio este canto, me dio salud.

Hoy que en la fiesta mayor del siglo
vences a tanto fiero vestiglo[3],
y entre Pontífices reinar te veo,
¿quién pone trabas a mi deseo?
¿Quién niega cantos en tu loor?
Yo te saludo, gran Macabeo[4],
vuelto a la vida, lleno de ardor.

Cuando el impío, del Trono afrenta,
cetro de caña poner intenta
donde Dios puso llaves del Cielo;
cuando los brazos con dulce anhelo
tiende a tus brazos la humanidad,
y en medio se alza con faz de hielo,
seca de envidia, la Libertad;

en ira santa mi pecho estalla,
y el dardo aguzo de la batalla.
Pero, rendido por la dolencia,
caigo en el lecho con impaciencia,
mientra[5] el combate cruje sin mí…
¡Y yo aquí solo con mi impotencia,
y otros, oh Padre, luchan por Ti!

Vuela, airecillo de la montaña,
con los amores de toda España,
con sus virtudes de rico aroma:
llega hasta el Trono que se alza en Roma;
la dulce carga sacude al pie;
con el arrullo de la paloma,
dile al gran Pío, dile mi fe.

Vuela, y no temas hallarte solo;
que allí del Austro y allí del polo,
de donde el alba perlas derrama[6],
de donde muere del sol la llama,
van mil Apóstoles, Príncipes van,
y en vario idioma su voz proclama
una fe misma y un mismo afán.

Junta a sus preces mi ruego ardiente;
mi ósculo al suyo, Padre clemente;
que en este día de desagravios
van los pequeños entre los sabios,
y última oveja soy de tu grey.
Si Rey te llaman augustos labios,
los más humildes llámente Rey.

…………

Ruin testimonio del amor mío,
débil suspiro del corazón,
pégate al polvo que huella Pío,
voz del doliente, triste canción.

Dile que aún guardo para el combate,
si Dios me alivia, lanza y broquel[7];
que si mi frente la muerte abate,
mi último aliento será por Él[8].


[1] Figura a veces con otro título: «El Papa. Oda escrita para el álbum destinado al Sumo Pontífice, en celebridad del centenario de San Pedro y San Pablo».

[2] Ver José Domínguez Caparrós, Métrica española, Madrid, Síntesis, 1993, p. 207: «Se llama “septeto”, “séptima” o “septilla” a toda estrofa de siete versos. No son muy frecuentes estas estrofas en la poesía castellana»; cita sendos ejemplos de Dionisio Ridruejo, Rubén Darío y Fray Luis de León.

[3] vestiglo: monstruo horrible y fantástico.

[4] gran Macabeo: en la tradición bíblica, los Macabeos son siete hermanos que fueron martirizados junto a su madre, según narra el segundo libro de los Macabeos. Son héroes nacionales del pueblo judío.

[5] mientra: es necesaria esta forma (no desconocida en la lengua clásica), en lugar de mientras, para que pueda haber sinalefa y lograr así la medida del hemistiquio (cinco sílabas).

[6] el alba perlas derrama: imagen poética tópica para el rocío del amanecer.

[7] broquel: escudo.

[8] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 20, pp. 131-134.

Un soneto «A la Resurrección» de Lope de Vega

Este soneto del Fénix dedicado a la Resurrección de Cristo, «la luz del mundo» (v. 8), se construye como un apóstrofe a los que vieron su muerte en el Calvario y las señales que se produjeron en ese momento en Jerusalén (eclipse de sol y consiguiente oscuridad de día, terremoto, rasgadura del velo del Templo, etc.). La estructura de los once primeros versos se basa en el paralelismo («Los que vistes el sol… los que vistes la vida … mirad el Sol … mirad la Vida…»), jugando, claro, con el distinto significado de los significantes sol / Sol y vida / Vida: si antes vieron el astro sol eclipsado y la vida muerta (el fallecimiento del Dios-hombre en la Cruz), ahora pueden contemplar la resurrección de Cristo, que es Sol que se libera de la prisión del mortal cuerpo humano y Vida eterna «que a la muerte espanta» (v. 11). En el último verso, «el cinco veces roto velo humano», el sintagma velo humano alude a la naturaleza humana de Cristo, en tanto que la mención de cinco veces roto es referencia a sus cinco llagas (las de las manos, las de los pies y la del costado). En suma, el soneto —que es todo él una sola oración— invita a los interlocutores a ser testigos de la Resurrección de Jesús, a contemplar a Cristo vencedor de la muerte. Ilustro el poema con «La resurrección de Cristo» de Tiziano.

ResurreccionDeCristo_Tiziano

Los que, fuera del curso y armonía
que con ley inmortal gobierna el suelo,
vistes[1] el sol entristecer el cielo
y suceder la noche al mediodía;

los que vistes con triste melodía
llorar las piedras y romperse el velo,
morir la vida y convertirse en hielo
la luz del mundo, que en sí misma ardía,

mirad el Sol que la prisión levanta
al luminoso cuerpo soberano;
mirad la Vida que a la muerte espanta,

pues con los rayos de su eterna mano
renueva de su templo el alma santa
el cinco veces roto velo humano[2].


[1] vistes: visteis.

[2] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 319, con algunos cambios en la puntuación; además en el v. 4 edito mediodía en vez de medio día.

El soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez

Este texto pertenece al volumen Diario lírico. Dios y yo (1988) de Antonio Trujillo Téllez, escritor nacido en 1923, autor de otro poemario titulado Belén de barro (Sevilla, Edelce, 1953), en el que las poesías van acompañadas de ilustraciones de José Ángel Ordóñez. El soneto que ahora nos interesa, que es todo él un apóstrofe al «Señor» (vv. 1 y 9), se articula en los dos cuartetos como una enumeración de cuatro elementos del cadáver de Cristo, que van de lo más general a lo particular (cuerpo, rostro, boca, ojos). Los puntos suspensivos al final de los vv. 2, 4, 6 y 8 intensifican la sensación de tristeza y desazón que causa la visión del cuerpo muerto de Jesús, pero al mismo tiempo se anuncia ya su inminente resurrección (los ojos, en concreto, «aguardan el momento / de que un alba, de nuevo, los despierte», vv. 7-8). Los tercetos manifiestan la voluntad del hablante lírico tras contemplar el cuerpo del Salvador: grabar a fuego «esa imagen de paz y de sosiego» (v. 11) que transmite para, a continuación, quedar ciego «por no olvidar los rasgos de tu cara» (v. 14).

Sabado-Santo

El soneto completo es como sigue:

Ese cuerpo, Señor, desnudo e inerte
que aún transpira el perfume del ungüento…
Ese rostro sereno y macilento
como un lirio agostado por la muerte…

Esa oculta tristeza que se advierte
en tu boca sumida y sin aliento…
Esos ojos que aguardan el momento
de que un alba, de nuevo, los despierte…

—Yo quisiera, Señor, grabarme a fuego,
para evitar que el tiempo la borrara,
esa imagen de paz y de sosiego.

Y una vez en mis ojos presa y clara
yo quisiera después quedarme ciego
por no olvidar los rasgos de tu cara[1].


[1] Antonio Trujillo Téllez, Diario lírico. Dios y yo, Mérida, Parroquia de Cristo Rey, 1988, p. 65. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 155.

El «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular y Antonio Machado,
popularizada por Joan Manuel Serrat,
aquí a dúo con Camarón)

Vaya para este Viernes Santo el «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens (1922-1946), perteneciente a su poemario Secreta Fuente, publicado póstumamente por Adonais en 1948, selección y prólogo de su amigo Carlos Bousoño. El poema constituye un apóstrofe a «Cristo mío» (v. 1), «Jesús» (v. 13). Los dos cuartetos y el primer verso del primer terceto son una enumeración de distintos elementos relacionados con la Pasión de Cristo (corona de espinas, clavos, sudor y lanza, a cada uno de los cuales se dedica un par de versos; llagas, dolores y agonía, unidos en enumeración en el v. 9). En los vv. 10-11 el yo lírico indica que tales instrumentos de la Pasión (arma Christi) los siente arder en sí, abrasando en dolor su alma. En fin, el segundo terceto pone de relieve lo dulce (adjetivo repetido: «¡qué dulce, cuán dulce este tormento!, v. 12) de ese dolor, oxímoron de sabor barroco, y el remate es la afirmación de la voluntad del hablante de crucificarse por Jesús «si así evitase yo tu sufrimiento» (v. 14). Este es el texto completo del soneto, que ilustro con el cuadro anónimo de época virreinal «Cristo con los instrumentos de la Pasión» (Museo Amparo, Puebla, México):

cristo-con-los-instrumentos-de-la-pasion-coleccion-de-arte-virreinal-y-siglo-xix-museo-amparo-puebla

La corona de espinas, Cristo mío,
que fiera te mordió la pura frente;
los clavos que tu carne transparente
hendieron, apagando en ti su frío;

el acerbo sudor, letal rocío
que te empapó la carne amargamente;
la lanza con que abrió la oculta fuente
de tu costado el centurión impío.

Tus llagas, tus dolores, tu agonía
en mí los siento arder, en mí los siento
abrasando en dolor el alma mía…

Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento!
Por ti, Jesús, me crucificaría
si así evitase yo tu sufrimiento[1].


[1] Bartolomé Llorens, Secreta Fuente, en Juan Ignacio Poveda, Bartolomé Llorens. Una sed de eternidades, prólogo de Carlos Bousoño, Madrid, Ediciones Rialp, 1997, p. 138. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 141.

Un soneto «A Cristo en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix —¡gran pecador y gran arrepentido!—, el Soneto LXXIII de sus Rimas sacras, «A Cristo en la Cruz», que muestra el arrepentimiento del hablante lírico, que se sabe alejado de Dios («¿adónde voy de tu hermosura huyendo?», v. 2; «las espaldas pude yo volverte», v. 13), conoce sus pecados («tu rostro ofendo», v. 3) y se avergüenza de ellos («me avergüence de ofenderte tanto», v. 8); y que se dirige contrito en apóstrofe a «Cristo santo» («vida de mi vida», v. 1, y «mi dulce amor», v. 10). Nótese además el bello encabalgamiento de los vv. 9-10, «mis perdidos / pasos», que resalta, desde el punto de vista rítmico, el estado de «confuso espanto / de ver que me conozco y no me enmiendo» (vv. 5-6).

CristoEnlaCruz_FedericoBarocci.jpg

Este es el texto del soneto:

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con la suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?[1]


[1] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 331, con algún ligero retoque en la puntuación. Figura reproducido en Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 131.

«A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera», de Carlos Murciano

Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor, finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:

El Todo sobre la Nada.
Duermes así, de manera
que finge una calavera
ser tu mullida almohada.
La breve mano apoyada
sobre la mejilla, di,
¿qué estremecer de alhelí
te puso en tan dulce trance
que diste a la caza alcance,
Niño, sin volar de Ti?[3]

NiñoJesusCalavera


[1] Carlos Murciano es autor que se ha acercado con frecuencia al tema navideño en su poesía, ya en solitario (ver, por ejemplo, su poema «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», o el «Soneto para la madrugada de un seis de enero»), ya al alimón con su hermano Antonio (como en el «Romance viejo de la madre nueva»).

[2] Ver sobre este tema el trabajo de José Guillermo Rodríguez Escudero, «La iconografía del Niño Jesús dormido sobre la calavera y con los atributos de la Pasión». Varias representaciones pictóricas y escultóricas pueden verse en esta otra entrada de blog: «Theatrum: Niño Jesús dormido sobre la cruz, la conciencia de nacer para morir».

[3] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.

«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli

Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.

«De Nazaret a Belén», de Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla

Vaya para este día último del año, que coincide con la festividad de la Sagrada Familia, esta hermosa décima del poeta navarro (de Murchante) Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, que es la segunda composición de su poemario Fuegos de la Navidad (1997). El poema pone de relieve el vínculo amoroso de María y José reforzado con la llegada de su hijo Jesús, «trigo en flor» (v. 1) y «carne de amor» (v. 4). En el último verso se recuerda la etimología de Belén, lugar donde vino al mundo el Salvador, que en hebreo significa ʽcasa de panʼ[1]:

Nazaret, el trigo en flor.
María, de nieve fue.
En su vientre San José
sintió el divino calor
del hijo en carne de amor.
Tan llenos de gracia están
y tanto en amor se dan,
que un corazón de mujer
supo con el trigo hacer
de Belén, Casa de Pan[2].

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Sagrada Familia, de Giorgione.

 


[1] Ver Ignacio Arellano, Repertorio de motivos de los autos sacramentales de Calderón, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra (Publicaciones digitales del GRISO), 2011, p. 96, s. v. Belén, quien cita, entre otras autoridades, a San Juan de Ávila en sus Sermones: «en aquella casa de pan está el Hijo de Dios consagrado, envuelto en pañales de pobres accidentes». Es, en efecto, etimología muy reiterada en los autos sacramentales de Calderón y en otros textos áureos.

[2] Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, Fuegos de la Navidad, prólogo de Enrique Banús, Pamplona, Medialuna Ediciones, 1997, p. 21.

El villancico «Canta, gallo, canta…» de Rodrigo de Reinosa

¡Aleluya, Aleluya,
ha nacido el Salvador!

Rodrigo de Reinosa, pseudónimo del bachiller Rodrigo de Linde (Reinosa, Cantabria, c. 1450-c. 1530), es poeta conocido por ser el creador de la lírica germanesca en lengua castellana. Ha sido estudiado por José María de Cossío, quien le dedicó un volumen en la Antología de escritores y artistas montañeses[1]. La primera obra impresa con su nombre, aunque perdida, es el Cancionero de Rodrigo de Reinosa de coplas de Nuestra Señora (Barcelona, 1513). Por otra parte, se le ha atribuido un Cancionero de Nuestra Señora, impreso tardíamente (León, 1612), pero tal atribución resulta problemática. Rodrigo de Reinosa fue muy popular en su época y sus composiciones se nos han conservado en distintos cancioneros y a través de pliegos sueltos. En sus poemas da entrada a personajes populares como rufianes, prostitutas, pastores, comadres, venteros, negros, etc. Cultivó también el tema navideño; al decir de Gerardo Diego, lo trata

de diversos modos y con variedad de intenciones. Una veces, anacrónica y deliciosamente, como en la letrilla a la Virgen para que abrigue al Niño con una de las dos mortajas de Lázaro, con la media capa de San Martín, el manto de Elías o el velo del Templo. Otras de manera un tanto conceptuosa y refinada. O como en el romance «Al Nacimiento», lleno de sagrado estupor. O bien, y es quizá su más tierna inspiración, cantando sobre el estribillo popular la inminencia del parto virginal[2].

Este último comentario se refiere al villancico que copio hoy, en el que la voz lírica corresponde a san José, que se dirige en apóstrofe al gallo (vv. 1-2), para que anuncie el amanecer del nuevo día; y luego ya, durante el resto de la composición, a su esposa María, cuyo vientre está  a punto de florecer con el nacimiento del Niño-Dios:

Canta, gallo, canta,
cata[3] que amanece;
y tú, Virgen Santa,
tu vientre florece[4].

El parto es llegado
de nuestra esperanza;
que Dios encarnado
nació sin dudanza;
por donde se alcanza
el bien que parece[5];
tu vientre florece.

A la media noche
acá entre nos
sin ningún reproche
nació hombre y Dios;
pues, Señora, a nos
por vos tal contece[6],
tu vientre florece.

Según me decíais,
y a mí me dijeron,
estas profecías
en vos se cumplieron;
pues vos escogieron[7]
porque Adam padece,
tu vientre florece.

Pues Dios nos echó
en este portal
do el Niño nació
por lo humanal;
en este arrabal,
con frío que crece,
tu vientre florece.

Si quieres que vaya
partera[8] a buscar,
el gabán y sayo
os quiero dejar;
en pobre lugar
todo esto acaece;
tu vientre florece.

Mientras vo[9], Señora,
partera a buscar,
quered vos agora
sola consolar:
no queráis llorar,
que a mí me entristece;
tu vientre florece.

Lumbre no tenemos
ni leña ninguna,
ni tampoco habemos[10]
mantillas ni cuna;
pues nuestra fortuna
todo esto merece,
tu vientre florece.

Con terrible invierno
y noche lloviosa[11],
sin ningún gobierno,
con pena penosa,
consuélate, Esposa,
aunque algo fallece[12];
tu vientre florece[13].

Adoración_de_los_pastores_Bonifazio_Veronese

Adoración de los pastores, de Bonifazio Veronese.


[1] Rodrigo de Reinosa, selección y estudio de José María de Cossío, Santander, Librería Moderna, 1950. Ver también Stephen Gilman y Michael J. Ruggerio, «Rodrigo de Reinosa and La Celestina», Romanische Forschungen, 73, 1961, pp. 255-284; La poesía de Rodrigo de Reinosa, estudio y ed. de José Manuel Cabrales Arteaga, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1980; Rodrigo de Reinosa, Poesía de germanía, ed. de María Inés Chamorro Fernández, Madrid, Visor, 1988; y, más reciente, Rodrigo de Reinosa, Obra conocida, ed. de Laura Puerto Moro, San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2010.

[2] Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1953, pp. 19-20.

[3] cata: mira, date cuenta.

[4] florece: haz florecer.

[5] parece: aparece, se presenta.

[6] contece: acontece, sucede.

[7] pues vos escogieron: Diego lee este verso «pues a vos escogieron», largo; enmiendo para regularizar la medida del hexasílabo.

[8] partera: cambio la lectura de Diego, partero, por partera, como figura luego en el v. 41.

[9] vo: voy.

[10] habemos: tenemos.

[11] lloviosa: forma usual en la lengua antigua, con vacilación en la vocal átona.

[12] fallece: falta.

[13] Diego, La Navidad en la poesía española, pp. 20-22. Retoco ligeramente la puntuación y destaco en cursiva la cabeza del villancico y el verso repetido como estribillo. Diego cierra su comentario sobre este villancico con una nota humorística, en guiño regional: «Bien se echa de ver que este San José, disfrazado bajo el capote recio y pardo de Rodrigo de Reinosa, conocía bien las noches cerradas de cellisca y ventisca en Campóo de Suso» (p. 22).