Un soneto «A la Resurrección» de Lope de Vega

Este soneto del Fénix dedicado a la Resurrección de Cristo, «la luz del mundo» (v. 8), se construye como un apóstrofe a los que vieron su muerte en el Calvario y las señales que se produjeron en ese momento en Jerusalén (eclipse de sol y consiguiente oscuridad de día, terremoto, rasgadura del velo del Templo, etc.). La estructura de los once primeros versos se basa en el paralelismo («Los que vistes el sol… los que vistes la vida … mirad el Sol … mirad la Vida…»), jugando, claro, con el distinto significado de los significantes sol / Sol y vida / Vida: si antes vieron el astro sol eclipsado y la vida muerta (el fallecimiento del Dios-hombre en la Cruz), ahora pueden contemplar la resurrección de Cristo, que es Sol que se libera de la prisión del mortal cuerpo humano y Vida eterna «que a la muerte espanta» (v. 11). En el último verso, «el cinco veces roto velo humano», el sintagma velo humano alude a la naturaleza humana de Cristo, en tanto que la mención de cinco veces roto es referencia a sus cinco llagas (las de las manos, las de los pies y la del costado). En suma, el soneto —que es todo él una sola oración— invita a los interlocutores a ser testigos de la Resurrección de Jesús, a contemplar a Cristo vencedor de la muerte. Ilustro el poema con «La resurrección de Cristo» de Tiziano.

ResurreccionDeCristo_Tiziano

Los que, fuera del curso y armonía
que con ley inmortal gobierna el suelo,
vistes[1] el sol entristecer el cielo
y suceder la noche al mediodía;

los que vistes con triste melodía
llorar las piedras y romperse el velo,
morir la vida y convertirse en hielo
la luz del mundo, que en sí misma ardía,

mirad el Sol que la prisión levanta
al luminoso cuerpo soberano;
mirad la Vida que a la muerte espanta,

pues con los rayos de su eterna mano
renueva de su templo el alma santa
el cinco veces roto velo humano[2].


[1] vistes: visteis.

[2] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 319, con algunos cambios en la puntuación; además en el v. 4 edito mediodía en vez de medio día.

El soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez

Este texto pertenece al volumen Diario lírico. Dios y yo (1988) de Antonio Trujillo Téllez, escritor nacido en 1923, autor de otro poemario titulado Belén de barro (Sevilla, Edelce, 1953), en el que las poesías van acompañadas de ilustraciones de José Ángel Ordóñez. El soneto que ahora nos interesa, que es todo él un apóstrofe al «Señor» (vv. 1 y 9), se articula en los dos cuartetos como una enumeración de cuatro elementos del cadáver de Cristo, que van de lo más general a lo particular (cuerpo, rostro, boca, ojos). Los puntos suspensivos al final de los vv. 2, 4, 6 y 8 intensifican la sensación de tristeza y desazón que causa la visión del cuerpo muerto de Jesús, pero al mismo tiempo se anuncia ya su inminente resurrección (los ojos, en concreto, «aguardan el momento / de que un alba, de nuevo, los despierte», vv. 7-8). Los tercetos manifiestan la voluntad del hablante lírico tras contemplar el cuerpo del Salvador: grabar a fuego «esa imagen de paz y de sosiego» (v. 11) que transmite para, a continuación, quedar ciego «por no olvidar los rasgos de tu cara» (v. 14).

Sabado-Santo

El soneto completo es como sigue:

Ese cuerpo, Señor, desnudo e inerte
que aún transpira el perfume del ungüento…
Ese rostro sereno y macilento
como un lirio agostado por la muerte…

Esa oculta tristeza que se advierte
en tu boca sumida y sin aliento…
Esos ojos que aguardan el momento
de que un alba, de nuevo, los despierte…

—Yo quisiera, Señor, grabarme a fuego,
para evitar que el tiempo la borrara,
esa imagen de paz y de sosiego.

Y una vez en mis ojos presa y clara
yo quisiera después quedarme ciego
por no olvidar los rasgos de tu cara[1].


[1] Antonio Trujillo Téllez, Diario lírico. Dios y yo, Mérida, Parroquia de Cristo Rey, 1988, p. 65. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 155.

El «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular y Antonio Machado,
popularizada por Joan Manuel Serrat,
aquí a dúo con Camarón)

Vaya para este Viernes Santo el «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens (1922-1946), perteneciente a su poemario Secreta Fuente, publicado póstumamente por Adonais en 1948, selección y prólogo de su amigo Carlos Bousoño. El poema constituye un apóstrofe a «Cristo mío» (v. 1), «Jesús» (v. 13). Los dos cuartetos y el primer verso del primer terceto son una enumeración de distintos elementos relacionados con la Pasión de Cristo (corona de espinas, clavos, sudor y lanza, a cada uno de los cuales se dedica un par de versos; llagas, dolores y agonía, unidos en enumeración en el v. 9). En los vv. 10-11 el yo lírico indica que tales instrumentos de la Pasión (arma Christi) los siente arder en sí, abrasando en dolor su alma. En fin, el segundo terceto pone de relieve lo dulce (adjetivo repetido: «¡qué dulce, cuán dulce este tormento!, v. 12) de ese dolor, oxímoron de sabor barroco, y el remate es la afirmación de la voluntad del hablante de crucificarse por Jesús «si así evitase yo tu sufrimiento» (v. 14). Este es el texto completo del soneto, que ilustro con el cuadro anónimo de época virreinal «Cristo con los instrumentos de la Pasión» (Museo Amparo, Puebla, México):

cristo-con-los-instrumentos-de-la-pasion-coleccion-de-arte-virreinal-y-siglo-xix-museo-amparo-puebla

La corona de espinas, Cristo mío,
que fiera te mordió la pura frente;
los clavos que tu carne transparente
hendieron, apagando en ti su frío;

el acerbo sudor, letal rocío
que te empapó la carne amargamente;
la lanza con que abrió la oculta fuente
de tu costado el centurión impío.

Tus llagas, tus dolores, tu agonía
en mí los siento arder, en mí los siento
abrasando en dolor el alma mía…

Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento!
Por ti, Jesús, me crucificaría
si así evitase yo tu sufrimiento[1].


[1] Bartolomé Llorens, Secreta Fuente, en Juan Ignacio Poveda, Bartolomé Llorens. Una sed de eternidades, prólogo de Carlos Bousoño, Madrid, Ediciones Rialp, 1997, p. 138. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 141.

Un soneto «A Cristo en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix —¡gran pecador y gran arrepentido!—, el Soneto LXXIII de sus Rimas sacras, «A Cristo en la Cruz», que muestra el arrepentimiento del hablante lírico, que se sabe alejado de Dios («¿adónde voy de tu hermosura huyendo?», v. 2; «las espaldas pude yo volverte», v. 13), conoce sus pecados («tu rostro ofendo», v. 3) y se avergüenza de ellos («me avergüence de ofenderte tanto», v. 8); y que se dirige contrito en apóstrofe a «Cristo santo» («vida de mi vida», v. 1, y «mi dulce amor», v. 10). Nótese además el bello encabalgamiento de los vv. 9-10, «mis perdidos / pasos», que resalta, desde el punto de vista rítmico, el estado de «confuso espanto / de ver que me conozco y no me enmiendo» (vv. 5-6).

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Este es el texto del soneto:

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con la suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?[1]


[1] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 331, con algún ligero retoque en la puntuación. Figura reproducido en Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 131.

«A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera», de Carlos Murciano

Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor, finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:

El Todo sobre la Nada.
Duermes así, de manera
que finge una calavera
ser tu mullida almohada.
La breve mano apoyada
sobre la mejilla, di,
¿qué estremecer de alhelí
te puso en tan dulce trance
que diste a la caza alcance,
Niño, sin volar de Ti?[3]

NiñoJesusCalavera


[1] Carlos Murciano es autor que se ha acercado con frecuencia al tema navideño en su poesía, ya en solitario (ver, por ejemplo, su poema «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», o el «Soneto para la madrugada de un seis de enero»), ya al alimón con su hermano Antonio (como en el «Romance viejo de la madre nueva»).

[2] Ver sobre este tema el trabajo de José Guillermo Rodríguez Escudero, «La iconografía del Niño Jesús dormido sobre la calavera y con los atributos de la Pasión». Varias representaciones pictóricas y escultóricas pueden verse en esta otra entrada de blog: «Theatrum: Niño Jesús dormido sobre la cruz, la conciencia de nacer para morir».

[3] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.

«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli

Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.

«De Nazaret a Belén», de Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla

Vaya para este día último del año, que coincide con la festividad de la Sagrada Familia, esta hermosa décima del poeta navarro (de Murchante) Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, que es la segunda composición de su poemario Fuegos de la Navidad (1997). El poema pone de relieve el vínculo amoroso de María y José reforzado con la llegada de su hijo Jesús, «trigo en flor» (v. 1) y «carne de amor» (v. 4). En el último verso se recuerda la etimología de Belén, lugar donde vino al mundo el Salvador, que en hebreo significa ʽcasa de panʼ[1]:

Nazaret, el trigo en flor.
María, de nieve fue.
En su vientre San José
sintió el divino calor
del hijo en carne de amor.
Tan llenos de gracia están
y tanto en amor se dan,
que un corazón de mujer
supo con el trigo hacer
de Belén, Casa de Pan[2].

SagradaFamilia_Giorgione.jpg

Sagrada Familia, de Giorgione.

 


[1] Ver Ignacio Arellano, Repertorio de motivos de los autos sacramentales de Calderón, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra (Publicaciones digitales del GRISO), 2011, p. 96, s. v. Belén, quien cita, entre otras autoridades, a San Juan de Ávila en sus Sermones: «en aquella casa de pan está el Hijo de Dios consagrado, envuelto en pañales de pobres accidentes». Es, en efecto, etimología muy reiterada en los autos sacramentales de Calderón y en otros textos áureos.

[2] Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, Fuegos de la Navidad, prólogo de Enrique Banús, Pamplona, Medialuna Ediciones, 1997, p. 21.