El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: las trampas del Demonio

En esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, la presencia de lo prodigioso, de lo maravilloso, de lo sobrenatural y espectacular tiene un anticipo en la conversación que mantiene Teodora con su criada Julia en la Jornada I. Ahí le explica que la persigue una estrella violenta y cuenta el prodigio que ocurrió en el momento de su nacimiento, aunque no sabe si es un buen o mal vaticinio:

TEODORA.- De nobles padres nací
en la grande Alejandría,
con prodigiosos anuncios
que mi pecho atemorizan:
la noche que del materno
centro en que fui concebida
salí al piélago del mundo,
mar en que todos peligran,
sobre mi casa en el aire
subió una antorcha lucida,
y los que vieron entonces
aqueste prodigio afirman
que una nube obscura y densa
manchó su luz pura y limpia,
y que de allí a breve espacio
aquella luciente envidia
del Sol, libre del grosero
vapor que la escurecía,
quedó más resplandeciente,
y volando introducida
a más superior esfera,
cortó[1] la región vacía,
pájaro de fuego, siendo
las alas sus luces mismas.
Yo no sé si estas señales
el bien o el mal significan,
pues aunque en él impresas
cuando el asombro las mira
se observan como portentos,
no se entienden como enigmas (p. 248a-b)[2].

Este prodigio es prefiguración clara de la historia de Teodora: su virtud se va a ver temporalmente manchada, eclipsada, por la infamia y el deshonor, pero luego va a brillar con más fuerza que nunca (será santa).

Teodora sigue refiriendo después a Julia la causa de sus tristezas en los últimos tiempos. Un día que estaba en el jardín[3] se quedó dormida, y le vino un sueño en el que una sombra lasciva le animaba a premiar el amor constante de Filipo. Desde entonces, la visión la acosa todas las noches:

TEODORA.- Desperté toda turbada,
sin valor, sin osadía,
y desde entonces no hay noche
que no me acose y persiga
esta visión, repitiendo
sus espantosas porfías (p. 250a).

Es el Demonio —él mismo lo explica— quien manda las tentadoras visiones a Teodora: «valiéndose del sueño mis porfías, / la persigo con tristes fantasías» (p. 251). Sin embargo, el Demonio teme el recogimiento de Teodora, y esta —ya ha quedado indicado en una entrada anterior— será otra de las constantes de la comedia: la impotencia de las fuerzas del mal frente a una mujer en apariencia débil, pero fortalecida por la fuerza de la fe. El sueño y la visión de Teodora no se presentan visualmente en escena (en una escena paralela), sino que son relatados por ella misma. Sin embargo, sí se escenifica la siguiente intervención del Demonio, en el asalto a la casa de Natalio. El Demonio, que convierte a Filipo y sus deseos deshonestos en el instrumento de sus planes, le va a facilitar la entrada en casa del rico esposo de Teodora. Si este había afirmado pocas réplicas antes que la hermosura de su mujer es el más estimado tesoro que en ella guarda, en realidad es su bella alma la joya más preciosa que quiere robar el Demonio. Este arroja una escala que queda asida al muro y pone en fuga a tres ladrones que intentaban un robo: de esta forma, Filipo tiene la entrada franca, y no va a encontrar ninguna oposición, porque Natalio se halla fuera gracias a una añagaza urdida por Morondo. Al ver Filipo la escala, el criado comenta: «Parece que algún diablo la ha dispuesto» (p. 254), subrayando de nuevo con el comentario humorístico la realidad de la intervención diabólica. Y si la ocasión hace al Demonio ladrón, Filipo no quiere desaprovechar la que ahora se le presenta, y va a convertirse en el ladrón de la honra de Teodora: «A gozar la ocasión me determino» (p. 254), exclama. Sus criminales pretensiones contrastan con el recogimiento de los cristianos que rezan en el cercano oratorio, pero nada le importa: «Mi despeñado amor ofenda al cielo» (p. 254). Distintas imágenes verbales insisten en su apetito desenfrenado, en el fuego de la pasión en que se abrasa.

La escena que sigue visualiza sobre las tablas las dudas de Filipo y, sobre todo, la contraposición de las fuerzas del bien y del mal. Si un músico llama a su conciencia con frases como: «Larga cuenta que dar de tiempo largo», «Que tengo de morir es infalible» o «Dejar de ver a Dios y condenarme» (p. 255), el Demonio le incita a que cometa la mala acción.

Demonio tentador

Combatido por estos dos impulsos contrarios, Filipo se decide a no sujetarse a las leyes del Cielo, con lo que comete un nuevo error, subrayado por una réplica del Demonio: no solo peca contra Dios, sino que además desprecia el auxilio divino que se le ofrece en forma de aviso.

Consideremos ahora el segundo ardid del Demonio. Ocurre cuando Filipo y su amigo Roberto, huidos, andan por el monte como bandoleros. Como Filipo desea pasar la noche con Flora, el Demonio intentará sustituir a esta por Teodora: «Ya llegó el tiempo / aquí del engaño mío» (p. 268b). Para ello, explica a Filipo que Flora, por burla, se ha vestido el hábito del donado, y que es mujer fácil: «tiene vicio / en her mil cosas a todos» (p. 268b). Así pues, le incita a cumplir su deseo esa noche y hasta llega a fingir la voz de Flora para sacar adelante su engaño. Su propósito es que Filipo peque de nuevo con Teodora[4], pero la voluntad de Dios —a la que Teodora se ha abandonado— no permite que esta nueva infamia se lleve a cabo[5].


[1] En el texto manejado (la edición de 1657, por la que vengo citando) se lee «corté», pero el sentido parece exigir «cortó».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Ver la descripción de este jardín en la p. 149a-b.

[4] Otro instrumento que quiere utilizar el Demonio es Roberto. Este personaje se quiere vengar de las injurias de Filipo entregándolo a Natalio, cuyas riquezas codicia. El Demonio subraya su acción con el comentario de «que el que a ser traidor se arroja / no ha menester más demonio / que su intención alevosa» (p. 275a).

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

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