El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: amor y honor

CapayEspadaSabido es que muchas de las estructuras y mecanismos de la comedia hagiográfica coinciden con los de la comedia de enredo o de capa y espada: amor, honor, gracioso, humor, mujer en traje varonil, etc. Pues bien, en esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso ese elemento profano es muy importante. Recordemos que la acción comienza con un triángulo amoroso, el formado por Natalio, Teodora y Filipo. El galán desdeñado logra con violencia gozar a la mujer y el marido ultrajado querrá vengar su honor. Veamos cómo funciona en la pieza esta estructura de amor y honor.

En efecto, el arranque de La adúltera penitente bien podría ser el de una comedia de enredo. La primera escena nos muestra a un galán, Filipo, que, tras quejarse de sus desdeñados amores, pide a su criado Morondo y a su amigo Roberto que le dejen morir. Morondo va a ser el típico criado industrioso[1]. Le dice que es una locura amar a una mujer casada, pero el galán se excusa diciendo que ella se casó con un rico que compró su belleza. Dos años después, él le sigue escribiendo billetes de amor. La propia Teodora corrobora esa explicación: sabía al casarse que Filipo la amaba, pero sus deudos le pidieron que admitiera a Natalio por dueño. Ella, en cualquier caso, es virtuosa y, fiel al honor conyugal, resiste en todo momento a las porfías de Filipo. Consideremos esta bella descripción de Teodora vista por Filipo:

FILIPO.- Aunque es el fuego su asiento,
libre en sus llamas se mira
la salamandra, y respira
sin riesgo de un elemento.
Entre las zarzas vecinas
de las fragosas montañas,
nace el lirio, y aunque hurañas,
le respetan las espinas.
Con repetida porfía
de la enfaldad[2] obscura
de la noche hermosa y pura
se libra la luz del día.
Sin que amargo sabor cobre,
hay río cuyos cristales
conservan dulces raudales
en medio del mar salobre.
Y así el recato que veo
en Teodora ser pretende
salamandra, que no ofende
todo el fuego de un deseo;
lirio cuajado ni herido
del riesgo, no puede ser;
aurora que obscurecer
sombras torpes no han podido,
y río que nunca deja
el curso de su rigor
y está en el mar de mi amor
si en lo amargo de mi queja (p. 245a)[3].

También el final de la primera jornada, cuando salen Filipo y Teodora a medio vestir, es «de capa y espada». Él le ha arrebatado su honor, pero una vez que ha tomado posesión del cuerpo, muere su deseo y se va, dejándola abandonada. En ese momento, el Demonio mata la luz y hace creer a la desengañada mujer que ha llegado su esposo, todo para incitarla a dejar la casa. Así lo hace, no sin antes explicar que, si huye, es porque teme el castigo de los cielos, no el humano. Al llegar Natalio ve ropas revueltas en el suelo y teme por su honor. Al principio duda, pero convencido de su deshonra, sale a buscar a la fugitiva y ejecutar su venganza:

NATALIO.- Ya no hay mal que no recele
contra el decoro sagrado
del honor; pero ¿qué arguyo?
Miente el recelo villano,
miente cualquiera apariencia,
mas lo que podrán pensar
los que la vieren faltar,
a lo peor me sentencia.
Pues su duda o su obediencia
a nadie honrado le hace,
del concepto ajeno se hace
la honra propia, y así
no me satisface a mí
si a todos no satisface.
Hallar desea en su ayuda
algún indicio mi amor,
mas de ausentarse el error
no da lugar a la duda.
Claros astros, noche muda,
guiad mi venganza fiera,
pero aunque seguirla quiera,
¿cómo he de alcanzar, cargado
de un agravio tan pesado,
a una mujer tan ligera?
Mas ya que a entender su culpa
me obligan indicios tantos,
la buscaré aunque la esconda
el centro más ignorado
de la tierra o el abismo
en sus profundos espacios.
Peregrinando sujeto
al dictamen de mi agravio,
fatigaré incultos montes,
pisaré desiertos campos,
navegando nuevos mares,
discurriendo climas varios,
siendo piedad de los Cielos,
de los hombres y los hados
con la deshonra que llevo,
con el fuego en que me abraso.
Y si no hallare la causa
de tan afrentosos daños,
hallar la muerte aguardo
que es la dicha mayor de un desdichado (p. 258a-b).

Al comienzo de la Jornada II se nos informa de que Teodora lleva dos meses en traje varonil: vive en un convento de la orden de San Elías (Teodora es ahora fray Teodoro); Filipo, a su vez, recorre el monte como bandido; y el esposo ultrajado los anda buscando a los dos. El Demonio quiere hacer que Natalio conozca su afrenta a ciencia cierta y para ello escribe en los troncos el siguiente mensaje: «Adúltera fue Teodora». Trata así de vengarse en la opinión de Teodora, ya que no puede en su virtud. Más tarde se produce el encuentro entre Natalio y su esposa (a la que no reconoce por ocultar con el hábito su verdadera personalidad). Natalio cuenta su historia —cómo casó con la bella e ingrata Teodora— al supuesto padre Teodoro, el único que le ha prestado atención. Teodora, llorosa por lo que escucha, se turba cuando su marido empuña el acero en su mano: Natalio, tras leer al final el «Adúltera fue Teodora», ve confirmado su agravio, ve su deshonra grabada en las cortezas de los árboles, y todo su amor se transforma en odio. Si Teodora es mala, concluye, no habrá ninguna mujer buena.

Al inicio de la Jornada III, vemos de nuevo a Natalio, rodeado de sus deudos y amigos, encendido por la deshonra y su sed rabiosa de venganza. Siente la herida afrentosa de su deshonor y el Demonio quiere acercarlo a Roberto, que va a traicionar a Filipo. Honor, venganza, deshonra, son palabras repetidas en esta escena. Roberto dice que Filipo ha afrentado a la esposa de Natalio. Pero Natalio no desea hacer notoria su afrenta. Por ello, en lugar de darse a conocer, dice ser un hombre que vengará esa inocencia ofendida (intentará que parezca socorro lo que en realidad es venganza). Natalio va a ser médico de su honra (p. 275b; de ahí que se hable de herida, p. 275b y supra, p. 274a). Se duele de la resolución tomada (ama a su esposa, se insiste en esto) y luchan en su pecho los sentimientos de amor y de deshonra:

NATALIO.- Muerte dio a mi bien, señora,
Teodora, querido dueño,
vida ya de mis congojas,
alma de mi amor, ¿qué digo?,
siéndolo de mi deshonra.
Cielos, ¿cómo cabe en mí
este sentimiento agora
sin que el de mi amor le impide?
Sin duda, pues no se estorban,
que en los secretos del pecho
puso mano artificiosa
un seno para el amar
y otro para la deshonra,
pues entrambos ofendidos,
¿qué espera mi furia loca?
El veneno que respiro,
¿cómo el aire no inficiona?
¿Qué nieve en mi pecho oculta
el Etna[4] que incendios brota?
¿Cómo no arden estas plantas
para hacer ojos sus hojas
con que miren mi venganza?
¿Cómo ya llamas no arrojan
arenas, riscos y peñas?
Amigos, huid agora,
que el volcán de mis alientos
va abrasando cuanto topa.
¡Venganza, amigos, venganza,
que abrasará mi deshonra,
que este rayo aun lo débil no perdona! (pp. 275b-276a).

Natalio afirma que quemará todo el monte, aunque es consciente también de que, aunque se vengue con el fuego, quedarán siempre las cenizas del deshonor. En la escena en que Roberto se ofrece para entregarle a Filipo —a cambio de lo cual Natalio le promete «hacienda, honor, riqueza» (p. 276b)— aparecen de nuevo las imágenes ígneas: abrasa, incendia, quema[5]


[1] Ver para industria las pp. 244b y 245a.

[2] Sic en el texto, quizá error por «frialdad».

[3] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[4] Enmiendo la lectura errada «Etno».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

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