Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (1)

El autor ha señalado en alguna entrevista que, en su novela[1], Cervantes es un secundario de lujo. Efectivamente, no ocupa el lugar protagónico, sino que aparece en determinados momentos de la acción global: 1) en el «Prólogo», en su primera jornada como comisario de abastos, salva al niño Sancho de Écija. Luego desaparece de la acción narrativa durante un buen trecho del relato. En el «Interludio» (situado entre los capítulos XLIV y XLV, ocupando las pp. 487-497) se rememora su rescate de Argel por fray Juan Gil y se ofrecen datos relativos a sus cinco años y medio de cautiverio. Por último, en el tramo final de la novela, Sancho le ayuda en una partida de cartas en el garito de Gonzalo Ramos, el Florero, y le presenta a Shakespeare. A partir de ahí Cervantes y Shakespeare, que se hacen amigos, ayudarán juntos a Sancho de Écija.

Shakespeare y Cervantes

Esta es la primera descripción que se ofrece de Cervantes (aunque su nombre no se revelará hasta el final de este apartado introductorio de la novela, para los conocedores de la biografía del autor del Quijote resulta claro de quién se trata):

Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo […]. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir el trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra. Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen (p. 11).

Y con estas líneas refleja el narrador sus pensamientos, en estilo indirecto:

Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los sitios, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba (pp. 11-12).

Insisto: todavía no se ha mencionado su nombre, pero para el lector avisado ya queda suficientemente claro quién es este comisario de abastos. Sea como sea, para que no quede ninguna duda, su identidad se explicita al final de este prólogo, cuando deja al niño que ha salvado en el orfanato, en manos de un fraile:

El comisario volvió a montar, pero cuando iba a ponerse en marcha el anciano agarró el bocado del animal.

—Esperad, señoría. ¿Quién debo decirle que es su salvador, para que le tenga en cuenta en sus oraciones?

El hombre guardó silencio un momento, con la mirada perdida en las calles tenebrosas de Sevilla. Estuvo a punto de negarse a responder, pero había pasado por demasiados malos tragos en la vida, demasiadas pruebas y sinsabores como para desperdiciar una oración a cambio de sus seis escudos. Volvió sus ojos tristes hacia el fraile:

—Decidle que rece por Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey (p. 21)[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

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