Cristóbal Colón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristobal ColónEl retrato y la valoración de Cristóbal Colón constituyen uno de los aspectos más importantes de ambas obras[1], siendo el personaje histórico que les da unidad. En cada una de ellas tiene enfrente un antagonista, Martín Alonso Pinzón y Alonso de Ojeda, y en la confrontación con ambos sale bastante mal parado el Almirante. Y es que Blasco Ibáñez se propuso desmitificar su figura, abordándola con actitud contraria a la de sus panegiristas, quienes lo ensalzaron hasta el extremo de hacer de él un genio y un santo, o poco menos. No cabe duda de que la personalidad de Colón —una curiosa mezcla de marino, negociante y soñador idealista— fue compleja y apasionante. Al comienzo de En busca del Gran Kan se nos describe como un caballero de capa raída (pp. 1218b-1219a), uno de los muchos hidalgos pobres existentes en España. En el capítulo tercero se ofrecen más datos: habla el narrador de su misterioso origen (tal vez sea converso, como sospecha Acosta, o quizá judío) e insiste en dos notas muy marcadas de su carácter, la egolatría (p. 1237a) y la tenacidad: «Era el hombre de una sola idea a la cual dedica toda su existencia» (pp. 1235b-1236a).

En ese mismo capítulo se explica su proyecto (llegar a las Indias por Occidente), con la indicación de las lecturas que le han inspirado: la Imago mundi de Pierre d’Ailly, el relato de viajes de Marco Polo y el Libro de las maravillas de Juan de Mandeville. Blasco Ibáñez subraya sus enormes errores de cálculo: Colón creía que la masa continental era muy grande y el océano muy pequeño, en proporción de siete a uno, y confundía las millas árabes con las italianas. Manifiesta además su convicción de que no se movía por intereses científicos, sino que buscaba oro, poder y honores. A lo largo de la novela se aludirá muchas veces a la «geografía delirante» del Almirante y a sus quiméricos proyectos: localizar al Gran Kan y rescatar abundante oro para liberar el Santo Sepulcro del poder del Islam (cfr. la p. 1364a). También a su mesianismo, pues constantemente apela al apoyo de Dios, del que se cree un elegido, y se guía por su fe ciega de iluminado. Es un «soñador de los caminos del Océano», soñador de ensueño único (p. 1274b) que escribe de forma lírica en su diario de a bordo, un «hombre contradictorio, mezcla de poeta y mercader, de místico vidente y avaro judaico» (p. 1320b[2]). Para el novelista valenciano, «Colón fue el último hombre célebre de la Edad Media, un hermano de los astrólogos y alquimistas» (p. 1356a).

Otro destacado rasgo de su persona es la predisposición a la sospecha, la manía de verse perseguido y la creencia de que todos se muestran ingratos con él. Cuando los reyes le procuran los primeros dineros, cambia de vestido para dejar de ser el hombre de la capa raída (p. 1270b) y muestra su superioridad orgullosa por el tratamiento de don que le han concedido. La ambición sin límites es nota que completa su retrato moral: sus exigencias son las de ser Almirante, Virrey y Gobernador perpetuo de las tierras que se hallen, para sí y sus descendientes. Colón es además rencoroso: al ser finalmente aprobado su plan, visita a su opositor Acosta para vanagloriarse de su triunfo. Un sentimiento que podría dulcificar su carácter es el amor: cuando conoce a Beatriz de Arana, ella es la fuerza que le anima en los momentos de desesperanza, y así, en una de las cartas de marear que traza pinta a la Virgen con las facciones de la mujer amada. Sin embargo, pronto los fracasos sacan a la luz su mal carácter y más tarde, cuando llegue a ser rico y famoso, sentirá un desvío completo por ella. Escribe el novelista, haciendo un primer balance de su figura:

Una leyenda formada después de la muerte de Colón nos lo ha presentado durante tres siglos como un genio superior a todos sus contemporáneos, sólo comparable a una montaña aislada en el centro de un desierto, y esta concepción romántica y falsa no puede ser más opuesta a la realidad. Quisieron hacer de él un ser providencial, poseedor de un secreto sólo conocido por él, hasta el punto que de haber muerto, ningún otro hombre habría podido realizar su obra (p. 1284b).

El inicio del primer viaje añade otra nota negativa, la de mal marino: por un lado, Colón anota menos leguas de las navegadas, pensando ingenuamente que podrá engañar a sus tripulaciones, formadas por curtidos pilotos y marineros; por otro, se destaca su mal carácter (p. 1311b) y su falta de dotes de gobierno. En opinión de Blasco Ibáñez, no hubo ningún motín por la tardanza en avistar tierra, tan solo unas murmuraciones de los proeles:

Y esto fue lo que sirvió muchos años después para que los panegiristas de Colón, necesitados de convertirlo en una especie de Cristo perseguido o de cordero entre lobos, inventasen una terrible conspiración y un ruidoso motín en el cual los marineros amenazaron de muerte a su jefe con las armas en la mano, y éste les pidió un plazo de tres días, lo mismo que un personaje de ópera, para descubrir tierra, realizando su promesa dentro de las setenta horas, como un maquinista de tren que llega puntualmente (p. 1315b).

Continuamente se alude a la impericia y al carácter descontentadizo de Colón: «era capitán poco experto en la práctica naval y de genio enojadísimo, injusto, egoísta, incapaz de la fraternidad marinera que se establece entre los jefes y sus hombres más humildes al correr todos una suerte común» (p. 1316a). Los datos en su contra se acumulan: Rodrigo de Triana nunca tuvo la renta real prometida al primero que divisase tierra, al adjudicársela Colón (por la lucecilla que vio la noche anterior). Además se empecina en sus errores: tras la llegada a Guanahaní el 12 de octubre, Colón cree que el Cipango (Japón) está cerca; no cree que Cuba sea una isla, sino la tierra firme de Asia (Catay o China); cuando la Santa María choca con unos bajos, elude la responsabilidad acusando a otros; en el viaje de vuelta da muestras de su inexperiencia al dejar sin lastrar su nave y al tener que tocar dos veces en tierras portuguesas, etc.

El último capítulo de En busca del Gran Kan recapitula las principales notas negativas de su carácter, añadiéndose ahora el cariño desmedido a los suyos: «Para que él amase a alguien era preciso que se llamara Colón» (p. 1383a). Blasco Ibáñez ve en él un navegante visionario «de palabra fácil e imaginación pronta» (p. 1387b), cuya mente estuvo llena de fantasías, de «exageraciones imaginativas» (p. 1389a), hasta el punto de que morirá convencido de haber llegado a las tierras del Gran Kan, y no de haber descubierto un Nuevo Mundo[3].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Poeta y mercader lo llama también en la p. 1326b, y en la en la p. 1349a insiste en su fervor de poeta.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

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