Breve cronología del Romanticismo en España

La crítica ha discutido mucho sobre la duración y la trascendencia del Romanticismo en España. Para Russell P. Sebold, el Romanticismo surge en fechas muy tempranas, hacia los años 70 del siglo XVIII. Representantes de ese primer Romanticismo serían José de Cadalso con su relato titulado Noches lúgubres (escrito en 1771) o Melchor Gaspar de Jovellanos con su comedia lacrimosa El delincuente honrado (estrenada en 1774). Según sus teorías, habría todo un siglo romántico, que se prolongaría, aproximadamente, desde 1770 hasta 1870 (con los post-románticos Bécquer y Rosalía de Castro). En cambio, para otros autores, como Edgar A. Peers, el Romanticismo en España es un fruto muy tardío (su triunfo se produce hacia 1833-1834), su plenitud es muy breve (dura unos pocos años), carece de un fundamento teórico-ideológico profundo, es más bien superficial (imita los rasgos más externos del Romanticismo europeo) y no produce resultados especialmente brillantes.

 

En el caso de Hispanoamérica, el apogeo romántico se da más tardíamente que en España, entre los años 1840 y 1890.

Peers_Romanticismo

Sea como sea, lo que sí está claro es que el triunfo del Romanticismo en España se vio retrasado por las adversas circunstancias históricas y políticas: por un lado, el miedo a la Revolución Francesa hizo que durante años las fronteras se cerrasen y se pusieran obstáculos a la difusión de libros e ideas procedentes de Europa; por otra parte, la guerra de la Independencia (1808-1814) interrumpió bruscamente la actividad artística y el cultivo de las letras; después, el turbulento reinado de Fernando VII, con las continuas luchas políticas de absolutistas y liberales en el periodo 1814-1833, resultó fatal para la creación literaria e impidió el normal desarrollo de la vida cultural: existía una férrea censura y muchos escritores fueron encarcelados (Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa…) o tuvieron que marchar al exilio.

Uno de los géneros triunfantes en el Romanticismo español será la novela, concretamente la novela histórica, con títulos importantes publicados entre 1834 y 1844 (la moda seguiría varias décadas más, pero ya con menos calidad literaria: novela de aventuras históricas, folletines, etc.). Pero el camino que tuvo que recorrer fue muy largo. Recuérdese que en el siglo XVIII se produjo un gran vacío novelesco —matizado por la crítica reciente— y que el periodo 1800-1830 produjo imitaciones y traducciones más que obras originales. Así lo expresa este pasaje de una novela de Benito Pérez Galdós:

En esto de novelas andamos tan descaminados, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor que el tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos» (Napoleón en Chamartín, capítulo VII).

Además de sufrir la censura aplastante que señalábamos, el género novelesco se vio atacado en varios frentes. Ya en 1799 el Gobierno había intentado suprimir la publicación de novelas. El desprestigio de la narrativa era doble: por un lado, en el terreno de la moral, se pensaba que era un género dañino, corruptor de las costumbres y especialmente peligroso para los jóvenes; desde el punto de vista de la preceptiva, se consideraba un género menor, muy poco apreciado. La recuperación fue muy lenta, y a ella contribuyeron distintas iniciativas, como la «Colección de Novelas» (1816). Interesa destacar que, en los años 30, muchos españoles se educarían para la lectura con las novelas históricas románticas, y en esta circunstancia sociológica, más que en su calidad literaria, estriba su verdadero valor.

Por otra parte, hemos de considerar que el Romanticismo no surge de repente, sino que hay una etapa de transición entre la Ilustración dieciochesca y el nuevo estilo que triunfará en los años 30 del nuevo siglo. Efectivamente, los últimos poetas del XVIII que cronológicamente pasan también al XIX (Cienfuegos, Quintana…), aun cuando conservan técnicas neoclásicas, muestran una ideología política liberal más o menos radical que apunta al nuevo movimiento. Otro nombre que debemos recordar es el de Alberto Lista (1775-1848), en su juventud liberal avanzado, luego afrancesado, quien pasará (como Mora) desde posiciones neoclásicas a un tibio Romanticismo muy limitado.

No siempre resulta fácil diferenciar a los escritores románticos de los no románticos. Sus posiciones son muy variadas, e incluso se dan en ellos contradicciones entre la actitud política y sus posicionamientos estéticos (e incluso, en el terreno literario, a veces difieren sus ideas teóricas y su práctica). Así, nos encontramos con autores que todavía pueden ser considerados neoclásicos (Bretón de los Herreros); otros cuyas obras presentan rasgos eclécticos, neoclásicos y románticos (Martínez de la Rosa, Larra); hay algunos neoclásicos en sus comienzos que se pasan, a veces con matices, al Romanticismo (el duque de Rivas, Espronceda); otros plenamente románticos (Gil y Carrasco, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla, Navarro Villoslada…); y, en fin, los costumbristas (Mesonero Romanos, Estébanez Calderón).

Desde otro punto de vista, se ha señalado la existencia de dos tipos de Romanticismo: el Romanticismo tradicional (cristiano, nacional), que está representado por Schlegel, Novalis, Scott, Chateaubriand, y en España por Böhl de Faber, el duque de Rivas, Zorrilla o Navarro Villoslada; y el Romanticismo liberal, cuyos paladines son lord Byron, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Alfredo de Vigny y, entre los españoles, Espronceda, Gil de Zárate o Hartzenbusch.

Como ya señalamos, el triunfo pleno del Romanticismo se produce hacia el año 1834, que ha sido considerado por la crítica como un annus mirabilis dada la acumulación de importantes publicaciones y estrenos: La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa; Macías y El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra; El moro expósito, del duque de Rivas.

En los años siguientes podemos destacar los siguientes títulos:

  • 1835 Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas.
  • 1836 El trovador, de García Gutiérrez.
  • 1837 Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch.
  • 1840 Poesías, de Espronceda.
  • 1841 Romances históricos, del Duque de Rivas; Cantos del trovador, de Zorrilla.
  • 1844 Don Juan Tenorio, de Zorrilla; El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

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