Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: los encantadores

Encontramos en Don Quijote en las Améscoas de Larráyoz Zarranz[1] algunas alusiones a los «encantadores invidiosos»[2] (envidiosos, se entiende, de las hazañas y la fama de don Quijote) y a sus encantamientos (y, en concreto, al «gigante encantador Malambruno»). Ellos son, como en el Quijote, quienes le atormentan trastocando la realidad para robarle la honra y prez que sin duda ganaría en todas sus aventuras con la fuerza de su valiente brazo, movido siempre al impulso ideal de su Dulcinea. Así, en el capítulo II Sancho Panza ve la realidad tal cual es, un carbonero navarro, pero don Quijote se empeña en imaginar que tal personaje es un príncipe (esto es, justamente, lo que sucede en la Primera Parte del Quijote: el hidalgo manchego deforma la realidad para ajustarla a las características de su monomanía caballeresca; en cambio, en la Segunda Parte son otras personas —el cura y el barbero, Sansón Carrasco, los Duques…— las que transmutan esa realidad, que don Quijote ve ahora tal cual es, con el fin de llevarlo de vuelta a casa, o peor —en el caso concreto de los Duques—, para burlarse cruelmente de él y reírse a su costa). En efecto, al ver al carbonero, dice Sancho:

—También lo digo yo […], pero cátese bien mi amo antes de lo que hace, que aquellos no parecen príncipes de sangre, ni tan siquiera marqueses, ni condeses. Al menos, aquel que yo mejor veo, por la negrura de su rostro y manos, más parece demonio de pura raza escapado de alguna zahúrda de Satanás que infante criado en los palacios con leche azaharada y lengüítas de pavo real. A lo más, y perdonándole mucha mugre, daríale yo cédula de carbonero, que tales y tan negros suelen andar por mi tierra los que trabajan en aquestas labores (p. 25).

Carbonero

Y más tarde, cuando le explica que don Quijote quiere acercarse a besar sus manos, añade que lo hará «estén ellas como estuviéreden, ambaradas si sois príncipe, u hollinadas si carbonero, según se les antoja a estos mis ojos, aunque, a lo que creo, ahora me mienten como bellacos» (p. 28).

Algo similar sucede en el capítulo IV, cuando los clérigos que se presentan ante su vista (y que Sancho, por supuesto, identifica claramente como tales) se le representan a don Quijote, en su fantástica imaginación, como viudas enlutadas:

—Con la Iglesia tornamos a topar, mi señor don Quijote, que aquellas cuentas negras que lueñe veíamos, no en otra cosa se han trocado sino en otros tantos curas, enteros y verdaderos, tanto o más que los de nuestra tierra.

—¿Y cómo lo conociste, Sancho?

—¿En qué voy a conocer que de día estamos? —respondió Sancho—. Tan simple es, pues vienen como entalegados de pies a cabeza y más negros que la noche.

—¿Y no pudieran ser una caterva de viudas enlutadas? —replicó don Quijote.

—Rasúreme en seco si aquellos no son tan clérigos como el que más pudiere serlo en Roma, que antes confundiera yo una gallina con un alguacil de a caballo, si los hubiere, que a una dueña plañidera con un cura navarro.

—¿Curas y navarros? Buena nueva me das, Sancho —dijo don Quijote (p. 38).

A su vez, llama la atención que estos simpáticos curas navarros no crean de entrada que se encuentren ante ellos los verdaderos don Quijote y Sancho, como si dijéramos «en carne y hueso», sino que piensan que se trata de dos gangarilleros, es decir, dos actores de teatro que representan el papel de las inmortales creaciones cervantinas (y tal vez no estaría de más relacionar este aspecto con el motivo del juego y la representación, tan presente en todo el Quijote, y muy especialmente en la Segunda Parte)[3].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Y el adjetivo follones ‘malandrines, desalmados’, que suele aparecer ligado en el Quijote a los encantadores y gigantes, lo encontramos aquí en el sintagma «cleros tan follones».

[3] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

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