Tras la repetición del poema «¿Por dónde descubrir caminos no hollados, rincones virginales?»[1] (que era el número XXXII y último de El libro de la creación), ahora con el subtítulo de «Elegía innominada en su nueva perspectiva de luz», vienen dos poemas dedicados nuevamente a los nietos. El primero, «Alas de vida», es un apóstrofe a Juan, que es risa, frágil melodía, lluvia fina, que inicia «su vuelo / de frágil ala de golondrina», «pájaro recién nacido […] sediento de vida». En suma, junto con la expresión de la fragilidad e indefensión del ser, una ponderación del deseo de vida, de la ternura y el amor que le rodea, y el consejo reiterado: «acaricia tus días». Notemos que, si en los primeros poemas de Amadoz aparecía la vida en abstracto, el decir poético se nos muestra ahora concretado en vidas particulares (las de los nietos); pero, frente a los que llegan al mundo, están los que se van: Guillén, o la conciencia —presente— de la finitud y próxima muerte del propio poeta…
El segundo de esos dos poemas, «Siempre quise miraros con mis ojos de porcelana…», se divide en dos secuencias largas numeradas como I y II, tras un lema-dedicatoria a sus nietos Guillermo, Alessandra y David. Todo el poema es una evocación de juegos y alegrías infantiles: «he subido al tiovivo de vuestro sueño». Con el mago Disney de la mano, la alegría infantil contagia al poeta y lo rejuvenece hasta el punto de que afirma «sentirme como un pequeño niño más»: comparte con ellos sus ilusiones de niños, «un aluvión de caminos y sueños mágicos», sus «sonoros ayes de alegría», todo su gozo que se reduce a «soñar, / jugar, / seguir soñando». En la número II, además de la mención de diversos héroes infantiles, se insiste en esa idea de «subir por la escala dorada de vuestras pequeñas mentes / todopoderosas para el sueño», de compartir «el juego de vuestra inocencia», hasta que los niños acaban exhaustos y dormidos:
… con el mirar azul de vuestras noches,
ya aquietados, serenos, mágicos,
hundidos en vuestro irrepetible sueño.
Con «Acaso haya que ser héroe» volvemos al terreno de los homenajes literarios, pues está dedicado al poeta pamplonés Ángel María Pascual. El poema nos habla de la necesidad de ser héroe cada día y «mirarlo todo, / vivirlo todo», «vivirlo todo / como niño pequeño» (imagen cara a Amadoz), en definitiva, de la gran heroicidad de las cosas pequeñas, del héroe-hombre que debe navegar día a día en el navío de la vida:
… acaso haya que ser
simplemente HOMBRE,
simplemente HOMBRE
en honda gratitud
con este sobrio homenaje
que la vida nos hace con todo
[…]
amarlo todo ciegamente,
vivirlo todo
y expandirlo como regalo
que a todos abarca,
que nos lleva
mano con mano
en nuestro miedo unidos,
seguros de este viejo camino
de ser simplemente
HOMBRE[2].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
