Después de tres poemas construidos en estilo versolibrista, «Me hablaban luz y viento» inaugura un segmento de poemas de metros cortos[1]. El poeta evoca primero las «lejanas tardes» en las que se le aparecía «la fe / de tus palabras / saltarinas y fuego» (de nuevo se dirige a ese tú femenino de la mujer amada). En «Mas no era todo así», la fuerza del amor es tal, que —se nos dice— tiene poder sobre la muerte, que parece no existir; en cualquier caso, se contrapone una primera parte positiva, en la que se afirma que el amante ha navegado «por tus ardientes dunas», y una final en la que queda «el poso de tu ausencia». Estos dos poemas forman una especie de serie junto con «Miraba al cielo» (evocación de la «espera frustrada» en la que «siempre tu canción vencía, / pisoteaba mi nombre»); «Salíamos los dos» (los amantes son «remeros sin remo, / rehenes sin rescate»); «Adiós a la noche» (se habla de «el holocausto / de nuestras vidas» y de «nuestro arrepentimiento»); «Que llegue el milagro» (la amada, de la que se predica «tú siempre eres la misma», se equipara con mujeres bíblicas: Sara, Ruth, Rebeca; el amor entre ellos era suficiente para «poner alas al fuego, / para obligar el corazón / derecho / al canto vivo / de las mil vendimias»); «Y qué seguros» (muestra líricamente la seguridad de los cuerpos «en aquella tarde de lluvia / con los corazones traspasados / por el eco de nuestros besos»); y «Adiós a los viejos prados» (serie enumerativa de cosas de las que el poeta se despide, que se remata con el «adiós a los púdicos e irresueltos, / a los que temen el milagro / de amarse»).
«Poemas encadenados» se presenta bajo un lema que habla de la voluptuosidad de la noche y de lunas ardientes: «ahora que todo parece acabarse», ahora que está escrita «la página gris / de mis días sin retorno», ahora que sus manos están quebradas, sus huesos retorcidos y sus venas desgastadas, el poeta evoca «aquellos días» de amorosos juegos con los cabellos y labios de la amada, el «regazo acariciador / del amor lejano», la pasión de los cuerpos fundidos en la noche desnuda, para concluir que «todavía tus senos / hablan hermosos».
En «Así creciste en el amor» el yo lírico se dirige de nuevo a ese tú femenino correspondiente a la mujer amada. La idea que se destaca es doble: por un lado, la de la profunda unión de los amantes en el pasado y, por otra, el deseo de una de sus noches de pasión («tú y yo unidos / en la prisa de nuestro deseo», «aguijón de llama», «sedientos / en límite de brasa y fuego», «la cosecha oculta / de nuestros deseos», «tú y yo interminables, / juntos», «el oscuro bosque del deseo», «alborozo de caricias»…). Evoca también «tu belleza interminable / de tus senos abiertos / como odres deseables» y «los transidos caminos de tu cuerpo».
«Pájaros de fuego» se presenta bajo un lema de Jorge Guillén que reitera esa idea del yo y el tú de los amantes, juntos y solos. Son siete secuencias numeradas en romanos que nos presentan un amor prístino, a la manera del de Adán y Eva («rubia y obscura música / de Génesis», dice el poema). Se acumulan en él diversas imágenes positivas referidas a la amada (nido y ramas, huerto, lluvia mansa, flores…) y se anticipa una posible pérdida de ese amor. Habla de «tu belleza hecha noche», desea estar «al otro lado del rubicón de tus brazos» (juega con la frase hecha cruzar el Rubicón, que alude a la toma de una decisión importante que no tiene vuelta atrás), recuerda «tanto atardecer / hecho “for your love”» y, en suma, pondera ese «tú y yo, / solos, / tiernamente apresados para siempre»[2].
[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
